sábado, 9 de diciembre de 2017



Las mujeres que escriben suelen ignorar 
al escritor canónico o al menos, 
por estar afuera de la pulsión genealógica patriarcal, 
pueden filiarse en una mujer infértil (Alejandra), 
en otra que  parió fuera de la ley (Alfonsina) o 
escribir guachas para volver a la gauchezca.  

María Moreno reflexiona sobre la literatura  argentina
 a partir de la nueva novela de Gabriela Cabezón Cámara
 “Las aventuras de la China Iron”



Este es el romance de la Mujer de Martín Fierro y la gringa Elizabeth luego de un autostop sin ruta y en carreta, el cuento del viaje que las dos hicieron por la pampa adonde encontraron peligro y amistad, leyeron libros y probaron especias, siendo maestra una de la otra y– pasando fortín y desierto– , fundaron una patria flotante que no pide carta de ciudadanía, en la que se trabaja un mes de tres y se cultiva el sexo, la lectura, la droga y la cría y no hay patrón ni marido y menospolecía.

Gabriela Cabezón Cámara rescata a la mujer de Fierro de la muerte solitaria en un hospital a la que la había condenado La vuelta y la hace autobautizarse “China Josefina Star Iron”, ya que aprendió el inglés con esa otra mujer inventada, la del gringo de la tercera parte de La Ida (“Hasta un inglés sanjiador /que decía en la última guerra /que él era de Inca-la-perra /y que no quería servir,/ también tuvo que juir /a guarecerse en la sierra) a quien le pone el nombre de Elizabeth Taylor.
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La ley cabeza. Cabezón, cabeza, cabecita. Es verdad que en el nombre está la cifra y en el primero de Cabezón Cámara está la fiesta popular –la de gigantes y cabezudos de cartón piedra bailando y girando –y, en superlativo, el del pajarito con que se bautizó a los hombres y mujeres que se juntaron para hacerse muchos según el concepto de Pueblo durante el gobierno peronista: cabecita negra. Tradición gorila y paranoica para nombrar la idea de invasión de los provincianos a la capital, entonces dignificados y versión primaria del “aluvión zoológico”.

Hija del pueblo, tan cerca de la canción de José Alfredo Giménez como del himno anarquista, Cabezón Cámara deja sentada en cada uno de sus libros una ley que carece del cepo moral de las izquierdas y de la mera picaresca individual.

En La virgen cabeza, la periodista Qüiti, luego de rematar con su Smith&Weson a una puta bonzo –“una hoguera en tanga”–escribe –, quemada por su patrón alias La bestia, ex policía, capo de la Agencia de Seguridad más fuerte del conurbano, mandamás de la prostitución en la provincia y testaferro del Jefe Juárez, el empresario con más poder en el gobierno nacional, se pregunta: “¿Sería asesinato terminar de matar a un casi muerto? ¿me hizo cómplice del castigo que la Bestia administraba a las chicas que se escapaban de sus prostíbulos? ¿No hubiera sido mejor llamar a la policía, al Same, al ejército y denunciarlo y que la muerte de la chica tuviera alguna utilidad? Pero no se podía denunciar, la policía, el Same, el gobierno, el ejército, los medios, todos encubrían el negocio prostibulario (…) yo sólo ejecuté el fin de un fin.”

Como no es un alma bella, La protagonista de Beya, le viste la cara a Dios, acepta un arma del patrón cafishio y ejecuta a otra cautiva de la trata que denunció, ingenua, ante un juez cliente y fue dejada al borde de la muerte por la paliza. Tentaría hacerla cómplice del crimen. Sin embargo ¿matar lo ya muriente por manos otras es todavía matar? ¿O es decir ni un minuto más de dolor para una ya no vida?
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Esa es la parte filosófica de la Ley Cabezón que no es sólo penal. Se ocupa también del arte. Romance de la negra rubia cuenta cómo una poeta se fue a lo de una amiga que era artista de la basura, y quedó en medio de un desalojo y llena de merca y whisky, se hizo bonzo con zippo y querosene hasta perder la jeta en vez de incendiar a los canas que la querían detener, luego devino santa popular; obra de arte en Venecia, amante de una suiza que la compró como tal y que fue su Helena y que muerta le dejó como herencia su cara de tirolesa para que, transplantada, se volviera un oxímoron: La negra rubia (la cara le quedó un poco tirante hasta que un chiste de Capusotto la hizo reír y aflojarse), militante social con gestal–imagino–, onda Frankestein.

Y hay una Ley Cabezón también para los derechos de autor que critica el plagio (de Hernández que aparece en Las aventuras de la china Iron como un milico baboso y bastante rústico, mero copión de los versos de su personaje ) pero no el propio afano: le adjudica a la madre de Hernández la historia borgeana del guerrero y la cautiva, esa donde se cuenta de una inglesa raptada por los indios que se pasa al otro, no quiere salir de las tolderías, ha dejado su lengua por el araucano y, mientras se alejan las tropas de quienes le han ofrecido infructuosamente la vuelta al fortín, bebe en el cuenco de sus manos la sangre caliente de una oveja recién carneada. Otra que Katchaskian y su Aleph engordado, la Ley Cabezón Cámara cambia a la abuela de Borges por la madre de Hernández. Si según el sonsonete patriarcal, escribir en la Argentina es pagas una deuda con Borges, Cabezón, antes de chorearlo, ni siquiera lo deja entrar en su libro.

Ella es capaz de escribir por boca de la china Iron que a lo mejor Fierro no venía borracho cuando mató al negro , que lo mató por negro nomás y que le gusta pensar que lo mató por enviudar a la Negra que la maltrató media infancia como si ella hubiera sido su negra, la negra de una negra ( en su versión la Negra habría criado y luego, perdido al truco por culpa de su marido , pasando a ser de Fierro). No se trata de la mera incorrección política, en la incorrección política hay un referente a torcer, burlar, desenmascarar, entonces es todavía un sometimiento, una obediencia como la del pobre perverso que no pasa un día sin verse obligado a escupir en el trono, el altar y la posición del misionero.

Cabezón Cámara inventa toda una política de la felicidad que, de haberse impuesto en el mundo real, otra sería la Historia. Una hipótesis: el socialismo no hubiera caído si hubiera comprendido antes la industria del sueño de Hollywood como una forma de vida y no como una enajenación de la vida misma. Si le hubiera dado más bolilla política –no quiero decir al “deseo”, esa palabra ocupada, que detiene la imaginación en una especie de entre nos cool y ahora hasta psicobolche– pero sí a las ganas imperiosas de tener lo que tiene el otro, las calenturas con quien no conviene, las amables pavadas, el comprarse Addidas estando en cana. Porque lo que Cabezón Cámara comprende, pero comprende profundamente es que la China Iron se enloquezca por la porcelana inglesa, el curry, las enagüitas, una pelirroja dadivosa y de piel transparente, zapatitos bordeaux, los cuentos con dragones y la droga gourmet. Porqué ¿que iba a desear la china? ¿otro par de alpargatas bigotudas? ¿tener una escobilla de biznaga para barrer el rancho? ¿un trapo grande para colgar un hijo de un tirante?¿una cola de potro para clavar el peine?

La Ley Cabezón Cámara no elimina al gozador: lo organiza y lo hace viajar.

La gauchita again. Las mujeres que escriben suelen ignorar al escritor canónico o al menos, por estar afuera de la pulsión genealógica patriarcal, pueden filiarse en una mujer infértil (Alejandra), en otra que parió fuera de la ley (Alfonsina) o escribir guachas para volver a la gauchezca. “Gauchita” inventó fino Ariel Schiatini para un libro de Cabezón Cámara pero podría ser para todos. La gauchita es a la gauchezca, propongo por si alguien quiere agarra la sortija, lo que el neobarroso perlonguiano es al neobarroco. Por gauchita se combate con el subfusil justiciero Miniuser que se traduce “Minita, usala”  (ésta es una ocurrencia). En gauchita se perdona al que mata de celos pero más por amor puto como hizo Fierro con el gaucho Raúl al que amaba la china Iron (”Fui yo el que mató a Raúl/Lo degollé y quedó azul,/Y después blanco de muerte./Era hermoso y era juerte/Pero era más mi facón/Y había perdido el corazón”, rima cabezón Cámara heciéndose el Fierro), se puede tener de amigo a un cana como Qüiti en La virgen cabeza, a condición de que el cana se haya dado vuelta. En gauchita la forajida y el forajido no caen bajo el peso de la ley, se fugan para la farra y la libertad pero siempre en comunidad desbolada, con otros, entre otros, al vive y nunca al muere. 
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Cuando Cruz y Fierro se van al desierto, el beso por turnos al porrón es la garantía de que se trata de una de esas uniones homosexuales con instintos coartados en su fin como llamaba Freud a la homosexualidad sublimada delmacho a macho: “Lo agarramos mano a mano/ entre los dos al porrón:/ en semejante ocasión/ un trago a cualquiera encanta;/ y Cruz no era remolón/ ni pijotiaba garganta./ Calentamos los gargueros/ y nos largamos muy tiesos,/ siguiendo siempre los besos/ al pichel, y por más señas,/ íbamos como cigüeñas/ estirando los pescuezos” . El porrón que pasa de mano en mano, los gargueros calientes, y el estiramiento de pescuezos me hace pensar en una felatio por turnos. Pero el romance de la China Iron con la gringa Elizabeth no es un contrapunto ni un panfleto en ficción feminista como el que rescató a la hermana de Shakespeare . La unión de Fierro y Cruz es una precursora del matrimonio igualitario, la de la China y la Gringa , la fundación de otro modo de estar juntos, una diáspora en potencia insurgente .
La lengua de Cabezón Cámara aunque, cuando quiera, rime , es una lengua sacada , ida a los indios para dejar entrar al diccionario el mapuche, el guaraní, el mapu-espanglish y al tupi-british, las invenciones lingüística de los hongos alucinógenos y el balbuceo húmedo del amor. Y hasta, en medio de una lírica del paisaje muy Angel Della Valle, ella la pone a decir , tomándose al churrete el significante : “dando vuelta carnero los carneros”.

Y a esa lengua sacada la están usando otras mujeres como Selva Almada o Lucrecia Martel– del lado de la imagen pero como un tajo genial– , fuera de la gleba del realismo ramplón y de la pureza legislada. Por eso en el descargo que le hace en verso y avanzado el libro (Ay, Chinita de mi vida , un apócrifo genial de la autora ) Martín Fierro le dice a la China Iron “¿Me perdonás, Josefina?” y ese “¿Me perdonás, Josefina?” es también un chiste que Cabezón Cámara hace por boca de Fierro y en homenaje a la mujer cuyo nombre tomó prestado para bautizar a su personaje: Josefina Ludmer, la otra China, autora del Tratado de la Patria a quien tanto debemos.

La que(e)rencia. El Fierro de Hernández arrugó y volvió del desierto a la querencia en nombre del olvido de sus delitos y la muerte de sus perseguidores, a elogiar el mundo del trabajo (“Se dirigir la mansera/Y también echar un pial,/Sé correr en un rodeo,/Trabajar en un corral,/Me se sentar en un pértigo/Lo mesmo que en su bagual.” y convertir sus hazañas en canto jubilado La querencia es el estado, el palenque emocional, un punto en el catastro donde la servidumbre es uso horario a la espera de la muerte , cada uno, cada una separados con su correspondiente partenaire y la reproducción bendecida . El Fierro de Cabezón Cámara se hizo trans: tomó el nombre de Kurusu “–nombre de cuña en guaraní y homenaje al que la hizo hembra, significa, sí, Cruz-“ y volvió a ser amigo de la China.

Esa runfla que sube Paraná arriba en el final del libro con sus cargas de animales y de hongos alucinógenos con gusto a lechuga o a membrillo, sus caballos sobados, sus libros y sus flores no es querencia, es que(e)rencia y la que(e)rencia no vuelve, no fija, no separa: es fiesta que pasa y anexa. Como en las ferias populares sudamericanas tiene un arte de la geometría que consiste en cargar lo máximo y poner en equilibrio sobre el suelo pasajero, como esas vacas y su pasto, sussecretaires y sus naciones pintadas en sus rukas y sus guampos. Es un falansterio a lo Charles Fourier, ese utopista del amor cuyo mayor problema teórico fue que los sádicos no querían vivir con masoquistas.
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Perdónenme pero que peruca ese final con tantos diferentes embarcados y protegidos por la niebla. ¡Qué 17 de octubre! Es como si las patas en las fuentes hubieran sido tantas que, por el principio de Arquímedes y los callos nacidos al cruzar el Puente Avellaneda, se hubieran desbordado las fuentes hasta formar un río. Si la guerrera Kauka se me hace una Milagros Sala que no estuvo pero por ahí…. Si la gringa Elizabeth me recuerda a esa otra gringa, Isabel Ernst, la alemana que era novia de Domingo Mercante y fue juntando los trabajadores de a gremio y de a pasión por el general preso. Y el gaucho Rosario, sobador de caballos y nodriza de bichos guachos bien podría ser un Cipriano Reyes. Pero esta masa que pasa mete más miedo porque no para y la China dice en primera –escribe Cabezón Cámara–: “Hay que vernos pero no nos van a ver”. Como si dijera “Hay que vernos –compañeras, compañeros subansé ­–pero no nos van a ver–ni Policía, ni Ejército, ni Iglesia–,” repito y me esfumo dejando la resonancia como para que vayan corriendo a leer: “Hay que vernos, no nos van a ver”. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

Recuerdos del Medioevo Por María Moreno

El país|Sábado, 21 de noviembre de 2015
OPINION

Recuerdos del Medioevo

Por María Moreno
Imagen: Carolina Camps.
Y el verdadero debate fueron los comentarios sobre el debate, pulsiones semiológicas ante una mezcla de Odol pregunta con La justa del saber, aquellos viejos programas de tele para jugadores de palabras cruzadas, pasando (obvio) por ShowMatch (los destacados de Scioli repicaron luego en los últimos actos de campaña). Y aunque las estrategias político-espectaculares parecieran estar bajo la influencia de Domingo Faustino Sarmiento cuando dijo “Seamos los EE.UU.”, para mí estábamos en el Medioevo. No, no es una frase apocalíptica, tiene cierta precisión vigente. Michel Foucault cuenta en la tercera conferencia de su libro La verdad y sus formas jurídicas cómo en el derecho feudal, cuando alguien era acusado de algún delito, el litigio se reglamentaba por el sistema de la prueba (épreuve). Una de ellas era verbal: el acusado debía responder a la acusación con cierto tipo de fórmulas. Un error de gramática o un cambio de palabras podían hacerlo perder por invalidar las fórmulas y no por haber sido hallado culpable del delito del que se lo acusaba. Como si le hubieran dicho al Petiso Orejudo que podía quedar en libertad si recitaba correctamente “Hay chicas chachareras que chacotean con chicos chazos. Y un chico mete al chillón de la chepa un chichón por chirrichote”. Y algo de eso hubo en el debate del 15 de noviembre, de acuerdo con el texto denominado Manual de Estilo de Argentina Debate, en la restricción de responder cuando se quería hacerlo, en la imposibilidad de diálogos de ida y vuelta, de retomar temas e hilar fino cuestiones donde el formato pautado parecía favorecer la intervención aforismo de poster o la repetición en espejo del cargo de mentir al igual que en esas peleas conyugales que empiezan con y siguen con “¡y vos...!”, “¡y vos...!”. El Manual de Estilo de Argentina Debate tuvo como función principal, como se vio, impedir el debate. En las horas siguientes, ya en la última seguidilla de actos de la campaña, Daniel Scioli subió y templó la voz como si soltarla en la calle la dejara más en forma y, entonces, aguzó su lenguaje realista en un concretismo vehemente, llegó a improvisar una injuria popular al llamar a Macri “un creído de Barrio Parque” y, ya en la noche del jueves, durante el programa de Baby Etchecopar se asentó en un inventario de lo hecho en sus diversas gestiones como legado de lo por venir, a la manera de una heráldica fáctica, recurso bien diferente del de su rival, que en oposición al axioma peronista “mejor que prometer es realizar” pareció creer a través de todos sus dichos que nombrar es realizar.

De carismas y de símbolos

¿Qué se puede esperar de un candidato cuyo cotillón publicitario asume la estética del cumpleaños infantil, se hace el zonzo con el hecho de que “globo” quiere decir mentira y cuyos puestos de promoción callejera se asemejan a los de Cablevisión? Si la silla de ruedas de la candidata a la presidencia por Cambiemos, como ya escribí en otra ocasión, transmite la imagen ejemplar de alguien que se ha sobrepuesto al infortunio personal y exige el respeto de la corrección política para las personas con distintas capacidades, deslizando una cadena de asociaciones por las cuales a ella se la vería como aliada natural de diversos grupos discriminados y evocando la potencialidad de milagro –ese levántate y anda jugado en las puestas en escena evangelistas de curación por la fe–, el brazo ortopédico de Daniel Scioli no parece tener la misma fuerza semiótica –amén de haber despertado las desdichadas bromas de los compadres políticos que suelen alternar sus agudezas retóricas con lapsus a lo bestia del archivo popular barrriobajero–, ya que cierto resentimiento medio pelo lo asocia al error bravucón del deportista banana y a su prótesis con el privilegio tecnológico, y no al desafío de alguien con un sino trágico popular como, por ejemplo, fue el caso de René Lavand, de mano única pero maga. En cuanto a puestas en escenas, entre la hinchada macrista habría un cierto consenso sobre que el ejercicio del poder exige una soltura tranquila, esa cara de póquer, indicio de que el control empieza por casa: con el autocontrol (de Hitler a Fidel pasando por Ubaldini, las pasiones han sido archivadas). Y de Daniel Scioli se criticó su nerviosismo agresivo, su sobrepasarse en el tiempo de las preguntas o exposiciones, es decir su desobediencia al manual de estilo y aunque repitiera varias veces que no iba a responder por un gobierno que iba a terminar el 10 de diciembre, mostró un linaje kirchnerista en no poder fingir politesse, calentándose sin disimulo y mostrando en el tuteo con la audiencia representada por la cámara (un hallazgo teatral electoral adjudicado a John Fitzgerald Kennedy), la misma incomodidad que debe sentir el paciente de un terapeuta gestáltico cuando en su primera sesión debe hablarle a un almohadón, llorarle, abrazarlo y hasta golpearlo, haciendo de cuenta de que es su padre o su madre.
Ningún arte de la injuria se ejercitó en el modelo Medioevo-ShowMatch y estuvo claro que ninguno de los dos competidores era seguidor de Quintiliano, siquiera Tato Bores o Fidel Pintos salvo eso de “si todavía no pudiste resolver el problema de los trapitos, ¿en serio creés que la gente va a creer que vos podés solucionar el problema del narcotráfico?” y “Daniel: ¿en qué te has transformado? ¿O en qué te han transformado? Parecés un panelista de 6, 7, 8”. Pero sonó muy democrático que Daniel Scioli dijera en un momento “conmigo no, Mauricio” citando, al parecer involuntariamente, a una adversaria (¿te imaginabas, Beatriz, que una frase tuya llegaría a formar parte de las frases hechas del archivo popular nac y pop?).
El cuestionario a Mauricio Macri y Daniel Scioli publicado el 19 de noviembre en Clarín arrastra en su edición, por sobre un supuesto efecto de subjetividad, ciertos procedimientos insidiosos. A pesar de que un par de epígrafes informan que las entrevistas se han hecho por separado, la dirigida a Macri en una oficina del Gobierno de la Ciudad y la dirigida a Scioli en el hotel NH City, la nota general está editada como una sola entrevista en donde el nombre de Macri siempre encabeza cada respuesta: en buen cayetano el lector lee a lo largo de varias páginas, muchas veces, el nombre de Macri encima del de Scioli como si se tratara de una performance del pizarrón electoral.

Intervalo

Y para poner un poco de humor en estas horas en donde, como dijo magistralmente la catadora de tendencias Kiwi Sainz, muchos nos sentimos como cuando esperamos los resultados de una biopsia, aviso: ¡ojo al mensaje subliminal de los ojos de Mauri! Ese celeste tano evoca el color del ojo imperial y de raza blanca, por algo los ojos claros figuran en la línea más alta de la tablilla exhibida en el Museo Etnográfico como el rasgo más alto en la escala civilizatoria. En este mientras tanto podemos también evadirnos un poco inventando slogans como éste que se me ocurrió una noche de insomnio y plagia un poco al de los evangelistas “Pare de sufrir: tome an(scioli)ticos” o “Mejor Scioli que mal acompañado” como el que difundió por Facebook el artista y sociólogo Roberto Jacoby o el chascarrillo interpretativo de la música Paula Trama: “Cuenta la leyenda que si tu apellido está a una letra de diferencia de la palabra ‘social’ vas a ser mejor presidente que si tu apellido está a una letra de la palabra ‘marca’.”
Aunque más divertido sería someter toda intervención pública de Mauricio Macri a una comisión integrada por afásicos. Me explico: una vez el finado Oliver Sacks escuchó unas carcajadas convulsivas que provenían de la sala de afásicos del hospital donde trabajaba. Al entrar descubrió que la reacción se estaba produciendo ante el discurso del presidente –Sacks no dice cuál, aunque se puede sospechar que se trataba de Ronald Reagan–. Según su diagnóstico, cierto tipo de afásicos no pueden comprender el significado de las palabras y sí, con una peculiar precisión, la expresión que las acompaña, es decir la teatralidad. Su conclusión es que a un afásico no se le puede mentir.

No mirar: leer

Pensar que una imagen vale más que mil palabras depende de qué imagen y de qué mil palabras. Las palabras pensadas, calculadas, medidas en sus alcances fuera de las tasaciones del otro, la síntesis con la mediación del análisis desplaza la cuestión del formato torneo y ShowMatch. A las palabras no hace falta buscarlas muy lejos, se las puede buscar y elegir en el popurrí de las redes sociales, allí donde se escapen a las regulaciones taimadas y a la lógica de la cinchada. Por ejemplo en la carta dirigida al abogado Gustavo Cosacov, y multiplicada por la red, del filósofo Oscar del Barco, quien realiza una pedagogía de urgencia y cierto uso proselitista de la repetición al señalar cómo el proyecto del macrismo es dejar el control de la economía al mercado en tiempos en que capitalismo de libre competencia ha sido absorbido/destruido por el capitalismo monopolista mientras que el proyecto “kirchnerista” sostiene con fuerza el papel del Estado como freno y control de los monopolios: “No hay alternativas. Esto es lo que ocultan los bailecitos, el papel picado y las cantinelas vacuas y las sonrisitas de circunstancias... ¡como si de eso se tratara! Se está en favor del capital monopólico imperialista o se está por un Estado que defienda al obrero, al campesino, a la mediana empresa, a los pequeños comerciantes, a los jubilados, a las amas de casa, a los chicos, a los viejos... No hay término medio, o, el término medio, que es el voto en blanco o la abstención, es el juego de las ‘bellas almas’ intelectuales clase medieras, bien comidas, bien vestidas, con sus autos último modelo, sus vacaciones en el extranjero, ah, ¡y los cacerolazos!”(Tomá). O en las palabras que pronunció Horacio González durante el Festival Crece desde el pie organizado en toda la manzana que junta la Biblioteca Nacional con el Museo del Libro y de la Lengua, poco antes del debate, palabras que parecieron conciliar antiguas divergencias a través de una concertación involuntaria (“quiero decir que a este nombre (Daniel Scioli), al que llegamos después de muchas vicisitudes –ustedes lo saben–, le estamos entregando un mandato y una gran responsabilidad. La responsabilidad es que escuche estos actos. Que escuche los actos que se hicieron dentro y fuera de la campaña. Que se escuche a las voces autónomas. Que se escuche a las voces independientes. Que se escuche a las voces que se sumaron ante el momento de riesgo. Que escuche las voces que antes no se escucharon. Es la tarea de la sapiencia del político, y del ser humano en general. Lo que no supimos escuchar antes, que se escuche ahora. Por eso este voto, al candidato que vamos a votar, no es un voto sin más: se le entrega a él una gran responsabilidad. Se le entrega un mandato de escucha, un mandato de sensibilidad, un mandato de construcción, un mandato de autorreflexión”. Y ese domingo de “debate” Daniel Scioli pareció encarnar con su no disimulada dificultad para caretear, la angustia por una responsabilidad futura, aún por conseguir.
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martes, 5 de diciembre de 2017

Exposición del Presidente Evo Morales ante la reunión de Jefes de Estado de los países productores de petróleo


¡EXTRAORDINARIO EVO MORALES!
Exposición del Presidente Evo Morales ante la reunión de Jefes de Estado de los países productores de petróleo. Con lenguaje simple, trasmitido en traducción simultánea a más de un centenar de Jefes de Estado y dignatarios de los países productores de petróleo, logró inquietar a su audiencia cuando dijo:
" Aquí pues yo, Evo Morales, he venido a encontrar a los que celebran el encuentro.
Aquí pues yo, descendiente de los que poblaron la América hace cuarenta mil años, he venido a encontrar a los que la encontraron hace solo quinientos años.

Aquí pues, nos encontramos todos. Sabemos lo que somos, y es bastante.
Yo, venido de la noble tierra americana declaro que el hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me descubrieron.
Yo, venido de la noble tierra americana declaro que el hermano usurero europeo me pide pago de una deuda contraída por Judas, a quien nunca autoricé a venderme.
Yo, venido de la noble tierra americana declaro que el hermano leguleyo europeo me explica que toda deuda se paga con intereses aunque sea, vendiendo seres humanos y países enteros sin pedirles consentimiento.
Yo los voy descubriendo. También yo puedo reclamar pagos y también puedo reclamar intereses. Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo y firma sobre firma, que solamente entre el año 1503 y 1660 llegaron a San Lucas de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América.

¿Saqueo? ¡No lo creyera yo! Porque sería pensar que los hermanos cristianos faltaron a su Séptimo Mandamiento.
¿Expoliación? ¡Guárdeme Tanatzin de figurarme que los europeos, como Caín, matan y niegan la sangre de su hermano!
¿Genocidio? ¡Eso sería dar crédito a los calumniadores, como Bartolomé de las Casas, que califican al encuentro como de destrucción de las Indias, o a ultrosos como Arturo Uslar Pietri, que afirma que el arranque del capitalismo y la actual civilización europea se deben a la inundación de metales preciosos!
¡No! Esos 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata deben ser considerados como el primero de muchos otros préstamos amigables de América, destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir la devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios.
Yo, Evo Morales, prefiero pensar en la menos ofensiva de estas hipótesis.
Tan fabulosa exportación de capitales no fueron más que el inicio de un plan 'MARSHALLTESUMA", para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, creadores del álgebra, la medicina, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización.

Por eso, al celebrar el Quinto Centenario del Empréstito, podremos preguntarnos: ¿Han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o por lo menos productivo de los fondos tan generosamente adelantados por el Fondo Indoamericano Internacional? Deploramos decir que no.
En lo estratégico, lo dilapidaron en las batallas de Lepanto, en armadas invencibles, en terceros reichs y otras formas de exterminio mutuo, sin otro destino que terminar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como en Panamá, pero sin canal.
En lo financiero, han sido incapaces, después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus intereses, cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta y provee todo el Tercer Mundo.

Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman según la cual una economía subsidiada jamás puede funcionar y nos obliga a reclamarles, para su propio bien, el pago del capital y los intereses que, tan generosamente hemos demorado todos estos siglos en cobrar.
Al decir esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarles a nuestros hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas del 20 y hasta el 30 por ciento de interés, que los hermanos europeos les cobran a los pueblos del Tercer Mundo. Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo del 10 por ciento, acumulado sólo durante los últimos 300 años, con 200 años de gracia.

Sobre esta base, y aplicando la fórmula europea del interés compuesto, informamos a los descubridores que nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata, ambas cifras elevadas a la potencia de 300.
Es decir, un número para cuya expresión total, serían necesarias más de 300 cifras, y que supera ampliamente el peso total del planeta Tierra.
Muy pesadas son esas moles de oro y plata. ¿Cuánto pesarían, calculadas en sangre?
Aducir que Europa, en medio milenio, no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar ese módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo.

Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indoamericanos.
Pero sí exigimos la firma de una Carta de Intención que discipline a los pueblos deudores del Viejo Continente, y que los obligue a cumplir su compromiso mediante una pronta privatización o reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera, como primer pago de la deuda histórica...
Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar.