martes, 29 de marzo de 2016

El absurdo de los consensos: Cómo se articulan las identidades colectivas y la voluntad popular, por Jorge Aleman

La paradoja democrática y su radicalización

La vigencia histórica de los escritos de Chantal Mouffe procede de la firme decisión de atravesar el impase de los consensos neoliberales, el populismo de derechas de tintes xenófobos y el esencialismo de corte marxista, incapaz de reconocer como se articulan, a partir del discurso, las identidades colectivas y la voluntad popular
Cuando en la década de los 90’ Chantal Mouffe ya planteaba una decidida  advertencia sobre la función del "consenso" en el discurrir de la política, este aviso constituía una verdadera premonición teórica y política. ¿Acaso no era el "consenso" el fetiche privilegiado de la mediación política? Esa mediación que se imponía tanto en la gobernabilidad conservadora como socialdemócrata  funcionando como una realización plena del ideal democrático.
En los textos de La Paradoja democrática no solo el consenso no constituye un ideal político, sino que encubre y reprime al "antagonismo" político, ese antagonismo que se presenta como una negatividad radical ineliminable y sin posibilidad de ser cancelada dialécticamente. De ahí el peligro del consenso, al que alude el subtítulo del libro, como maniobra final de la política. Lo que el consenso reprime y evita es el antagonismo constitutivo de lo social que entonces retorna  de una manera feroz y ciega y a expensas de ser recogido por la ultraderecha que se nutre siempre de la amenaza que supone un enemigo nombrado y delimitado. En la época del capitalismo posfordista, el neoliberalismo ha capturado a la izquierda democrática y es entonces la ultraderecha la que se apropia de un modo perverso de las tradiciones referidas a la soberanía popular, la constitución de un Pueblo y el carácter antagónico de lo político. Pero, en ultima instancia, la ultraderecha  despliega esta operación con el único fin de darle consistencia  a una supuesta unidad nacional que necesita expulsar al exterior todo aquello que la cuestiona en su ser presentado siempre como un fundamento identitario.
La vigencia histórica de los escritos de Chantal Mouffe -que prosiguen rigurosamente la lógica iniciada junto a Ernesto Laclau en Hegemonia y estrategia socialista- procede de la firme decisión de atravesar el impase de los consensos neoliberales, el populismo de derechas de tintes xenófobos y el esencialismo de corte marxista, incapaz de reconocer como se articulan,  a partir del discurso, las identidades colectivas y la voluntad popular. Para esta singular operación teórica, Chantal Mouffe propone revisar a todos los teóricos liberales que inspiraron el giro al  "centro" de la socialdemocracia, así como también a los teóricos "reaccionarios" que permiten elaborar el crecimiento en Europa de los partidos ultraderechistas.
La condición de posibilidad de esta singular  operación es la invención de un nuevo campo teórico, el posmarxismo, construido en Hegemonia y estrategia socialista hace ya treinta años, cuya originalidad más determinante consistió en radicalizar el programa gramsciano a partir de autores posestructuralistas como Foucault, Derrida y Lacan. De esta original  vocación teórica surgió una nueva ontología de lo político que, en su intento de volver a pensar la Emancipación y la tarea de una inacabable radicalización  de la democracia, trazó una frontera que separa a ese proyecto de una nueva izquierda. Diferenciándose tanto del esencialismo metafísico del marxismo que se refugia en la clase y la economía como fundamento último  de la sociedad, como del constructivismo posmoderno que remite a las relaciones de poder a su determinación histórica, ignorando también el carácter ontológico y estructural del antagonismo y la lógica hegemónica que lo aloja, lo modula y lo instituye como estructurante de lo social.
En el caso de los textos aquí presentados, se insiste bajo distintos modos de enunciación, de la "paradoja democrática" que nos habita en el quehacer político que se nos presenta. Por un lado, la tradición del pluralismo democrático liberal, por el otro, la tradición referida a la igualdad, la justicia y la soberanía popular. Ambas tradiciones se presentan como irreconciliables y hasta ahora ha sido un verdadero síntoma de lo político suprimir a una en desmedro de la otra, esperar una reconciliación dialéctica o presentar la cuestión como una idea asintótica al estilo kantiano, inalcanzable pero reguladora del espacio político. Para Mouffe, en cambio, se trata de habitar en la paradoja, sin esperar reconciliación final alguna y a la vez apostando por una articulación hegemónica de las dos tradiciones.
Se trata de construir una articulación contingente, contaminada de una indecibilidad estructural, inestable en todas sus formas concretas y donde jamás se encontrara el fundamento último de lo social. Dicho de otro modo, estas dos tradiciones sólo se pueden "suturar" de modo contingente, a partir de decisiones políticas que nunca reducen el elemento de lo indecidible, surgiendo así una lógica hegemónica. Negatividad irreductible, antagonismo y  lógica hegemónica son los tres términos que anudan al proyecto emancipatorio con la radicalización de la Democracia. Es evidente que la posición de Mouffe se distancia de otros autores del llamado posmarxismo que han decidido que ya no hay nada que hacer con respecto a la democracia. Estos autores suelen insistir en que el Otro de la democracia es el Capital y ya no hay emancipación que pueda plantearse en el interior de la misma. En este aspecto, debemos señalar que dichos autores no dan otra propuesta política que el "éxodo nómada o la sustracción" y que no se prodigan precisamente en formular como sería  una intervención política frente a las hegemonías ya sedimentadas y naturalizadas  por el Poder del Capital.
La propuesta de Mouffe transita por otras vías, no solo no cede con respecto a la democracia y su condición pluralista, sino que añade un término no muy presente en la obra laclausiana: el agonismo. En la radicalización de la democracia, en un proyecto de izquierda populista y hegemónico, el antagonismo debe ser elaborado políticamente, de tal forma que el "enemigo" consustancial al antagonismo debe mutar en "adversario". Mientras al enemigo se lo elimina, en la "guerra de posiciones" de la radicalización democrática se lo considera bajo la forma conflictual y agonística del adversario.
Asimismo, es necesario considerar que el pensamiento político de Mouffe acontece en la época posrevolucionaria donde las metáforas de una ruptura total  o un corte radical que vendría a dar a un nuevo comienzo absoluto han perdido toda operatividad política.
Las distintas experiencias contrahegemónicas que tuvieron lugar en Latinoamérica, la nueva formación política de Podemos en España y otras experiencias incipientes en Europa, confirman la vigencia histórica de la  apuesta por el "pluralismo agonístico" de Chantal Mouffe, en esa radicalización de la democracia que marca de un modo definitivo el trayecto siempre inconcluso de la Emancipación.

La pregunta sobre el post kirchnerismo: peronismo y hegemonía política, por JORGE ALEMAN

EL PAIS › OPINION

Interrogantes sobre el kirchnerismo

 Por Jorge Alemán *

En distintas ocasiones, los compañeros españoles me preguntan por cuál fue el posible error en la “construcción hegemónica” del kirchnerismo. Después de la prudente observación sobre el 49 por ciento obtenido y dado que se me insiste en una reflexión crítica, reformulo la cuestión en los siguientes términos: ¿Hubo realmente un proceso hegemónico? Sí, siempre y cuando diferenciemos “poder” de “hegemonía”. Tal como lo vengo sosteniendo, el poder neoliberal es homogéneo, constante y dispone de distintos dispositivos mediático-corporativos de captura y producción de la realidad. La hegemonía, sin embargo, es un hecho político inestable, contingente y siempre expuesto a los procedimientos del Poder. Un éxito mediático de la derecha neoliberal argentina fue tratar al proyecto hegemónico, siempre inacabado y en permanente construcción, como si se tratara de un poder absoluto y omnímodo. Ese fue su triunfo ideológico, lograr que un sector de la población percibiera la construcción política como un cuasitotalitarismo, lo cual es un espejismo delirante, ya que el kirchnerismo, si se destaca por algo, es por haber vertebrado en la tradición popular una extensión notable de los derechos civiles y republicanos. Como ya es sabido, las experiencias nacionales y populares se encuentran con obstáculos mayores en la creación de “una nueva institucionalidad” así como en la generación de un nuevo modelo de acumulación distinto al subordinado a la exportación de las materias primas. No obstante, la redistribución de la riqueza fue suficiente como para ofuscar seriamente a los sectores del Capital concentrado y financiero.
Esa fue su fuerza y su fragilidad. Dos términos que nombran lo mismo cuando se trata de proyectos populares con vocación hegemónica.
Por esta articulación, siempre inestable pero de gran calado histórico, el gobierno gerente del poder neoliberal está más preocupado por destruir la experiencia kirchnerista que por gobernar.
Por supuesto que la misma debe ser revisada, pero no de un modo idealista donde siempre parece que se hubieran tenido todas las posibilidades del mundo. El kirchnerismo jugó su gran partida en el campo del neoliberalismo, como no podía ser de otro modo, por razones históricas. La crítica y su dimensión autocrítica no valen de nada si no se reconocen los límites estructurales en los que se realizó nuestra experiencia política.
Por ello, aún teniendo una comprensión absoluta de la catarsis que implica la difusión de los desastres del gobierno actual con el lema acusatorio “Vos los votaste”; me parece que no conduce a nada desde la perspectiva de volver hacia la tarea de nuestra nueva articulación hegemónica.
En primer lugar, porque las verdaderas construcciones políticas nunca son catárticas, exigen la fría lógica de la delimitación del adversario, en función del antagonismo que se va a desplegar.
Cuestión que concierne, a mi juicio, al peronismo postkirchnerista donde ha quedado definitivamente obsoleto el viejo chiste de “peronistas somos todos”. La célebre sentencia “el peronismo será revolucionario o si no, no será nada”, se traduce actualmente por su capacidad de participar en una construcción hegemónica que trate antagónicamente al neoliberalismo en cualquiera de sus formas y manifestaciones. Y, lógicamente, el adversario es el gobierno y el sistema de complicidades que lo sostiene.
* Psicoanalista y escritor.