jueves, 15 de marzo de 2012

“Me preguntó si quería escribir y le dije que sí. “Comience a leer a Borges todos los días, como si fuera la Biblia”, Fue la primera frase del escritor guatemalteco entrevistado debajo que fue “como un cross a la mandíbula”. Se anotó en un taller de escritura de Paul Bowles, el narrador y viajero estadounidense. Cuando el autor de El cielo protector leyó los primeros relatos del joven escritor guatemalteco, no vaciló un instante en traducirlo. El primer libro de Rey Rosa, El cuchillo del mendigo (1992), fue calificado por Bowles como “historias intensas y concisas, como teoremas”. Esta frase del entrevistador, me mandó al cielo de Marruecos, a las historias más intensas sobre el cruce de oriente y occidente que he leìdo. Finalmente, la dificultad manifestada por el escritor reporteado para escribir diálogos, me produjo una empatía enorme: “Durante mucho tiempo, bajo la influencia de Paul, viví en Marruecos en un cuarto con unas pieles de cordero como cama. Y estaba feliz, completamente dedicado a leer y a escribir. Hubo un momento en que no podía escribir diálogos y Bowles me dijo: ‘Si no le sale el diálogo, utilícelo como tiros en la noche’…” me llamaron la atención las novelas de Ivy Compton-Burnett, que son puro diálogo y no hay casi descripciones. En esos diálogos los personajes se leen la mente unos a otros; es como si estuvieran los cerebros abiertos en la mesa donde están comiendo. Y creo que aprendí a usar el diálogo de esa manera. En los thrillers norteamericanos hay diálogos que me parecen de lo mejor; estoy pensando en (Raymond) Chandler, en Jim Thompson, auténticas lecciones de realismo.” SE TRATA DE UN REPORTAJE AL LADRÒN DE LIBROS Y ESCRITOR CON TRES “R”: RODRIGO REY ROSA. Guatemalteco y de verdad exquisito. ¿Hay escritor argentino actual que se le parangone? De los que conozco, ninguno estudió con Paul Bowles en Marruecos, ni se jacta de haber comenzado a escribir inspirado en la lectura de Borges...

La respuesta al interrogante que planteo en el epígrafe es que sin jactancias, hay muchos mejores escritores argentinos contemporáneos que este guatemalteco misteriosamente aclamado y abundantemente entrevistado en Buenos Aires.

Tantos buenos escritores tenemos, que superan a este escritor chato -sin profundidad, sin humor, con un ingenio de silogismo elemental-que no se entiende la alaraca que ha hecho Alfuaguara, la editora española relacionada con el Grupo Clarín en Argentina y con el grupo Prisa en España.

Los párrafos del epígrafe han sido tomados de la excelente entrevista de Silvina Friera al escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa por la publicación en Argentina de su último libro Severina, editado, como dijimos por Alfaguara. Cabe destacar que los escritos anteriores de Rey Rosa no se conocen todavía en nuestro país, tal vez sean mejores; pero, con todo respeto por el autor, éste último libro es paupérrimo.

En todo caso, si Bowles tradujo al inglés tres cuentos del autor que nos ocupa, habrá que leer las traducciones de Bowles. Se sabe, uno lee a Virginia Woolf traducida por Borges, o a Marguerite Yourcenar traducida por Cortázar o a Emily Dickinson traducida por Silvina Ocampo, y el placer son Borges, Cortázar y Ocampo.

Tanto el reportaje de Friera en Página 12, que puede leerse aquí como la posterior reseña en el suplemento Radar Libros, del mismo periódico, impecablemente escrita por Luciana de Mello, superan en estilo y densidad hasta alcanzar una literaturidad que el libro y su autor carecen. Quiero decir, éstas escritoras lo enaltecen hasta hacerlo decir cosas que la lectura del libro, pobremente escrito, con recursos escriturarios elementales, no puede ni balbucear.

Nuestros narradores contemporáneos, digamos Guillermo Martínez, digamos Alan Pauls, digamos César Aira, digamos Ricardo Piglia, -por enumerar por edades de menor a mayor; por poner los más emblemáticos y prolíficos- son excepcionales. ¿Entonces, por qué ensalzar tanto a un libro de $70, si todavía podemos releer cosas mejores de nuestros propios escritores?

No se trata de nacionalismo bobo, sino de señalar cómo hasta en los lugares impensados se filtra la mirada mentirosa de los oligopolios de la palabra..., quiero decir, que no les basta el diario Clarín, ni la televisión, ni El País de Madríd, para deformar la realidad. También acechan desde la literatura.

lunes, 12 de marzo de 2012

Videla habla. Pero no es es demonio nazi. Ayudado por la empatía del entrevistador de CAMBIO 16, Videla aparece como el Adolf Eichemann descripto por Hanna Arendt, Videla aparece como un hombre normal. Y notablemente lo es. No es un nazi, xenófobo y racista, sino un conservador-liberal que llevo a la Argentina, de ser un país excepcional en Latinoamérica,: industrial, con una clase obrera organizada y una distribución de ingreso inigualable, a un paisito agroexportador, con una clase obrera disciplinada o diezmada cumplliendo las órdenes de los ESTADOS UNIDOS durante la Guerra fría, y para peor, con el apoyo de la Iglesia Católica, las Corporaciones Empresarias, la Dirigencia Política y los Comunicadores sociales, que paulatinamente destruyeron el país y nuestra identidad.


El país|Lunes, 12 de marzo de 2012
Opinión

¿Y dónde está el diablo?

Por Guillermo Levy *
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Videla habla: lejos del demonio, fundamentalista, lleno de odio e irracionalidad, como se lo debe representar la enorme cantidad de jóvenes que aprendieron a poner en ese nombre y en esa cara el mal, el terror, la muerte y la opresión, se nos aparece como un hombre calmado que nos habla de la historia y sus personajes sin pasiones ni arrebatos.
Muchos deben de haber sentido un impacto al leerlo. Impacto que quizá no hayan podido entender o explicitar. Leyeron a un hombre gris, como siempre fue, que habla con tranquilidad y produciendo un relato histórico que muchos en la Argentina comparten.
Habla de un Perón que no puede controlar a la juventud, de un gobierno de Isabel ineficiente, corrupto, incapaz de gestionar el país, pero que al mismo tiempo les había dado carta blanca para reprimir la “subversión”.
Sugiere, quizás –en la única parte algo reveladora de su primera entrevista– lo que muchos ya sabemos y sostenemos desde hace rato. Que el Proceso de Reorganización Nacional no vino solo a combatir la guerrilla sino, como su nombre lo explicita, a reorganizar el país. Lo que significa “reorganizar” ya lo intuía Rodolfo Walsh en su extraordinaria carta y fue sistematizado durante todos estos años por muchos de los que creemos que lo que ocurrió en la Argentina fue un genocidio.
El moderado Videla, con su versión de la Historia reciente, remite a las palabras que le dedicó Ernesto Sabato tras la reunión que algunos escritores tuvieron con el presidente de entonces “preocupado por la cultura”, como fueron las expresiones del escritor a la salida de ese encuentro en 1977.
Esa moderación, que aparece cuando habla de política democrática, cuando le pide a la oposición unidad, o comenta el rol clave de los medios de comunicación, pero que muestra cierta radicalización cuando dice que éste es un gobierno socialista, no es una actuación para lograr mostrarse frente a lectores desprevenidos como lo que no es.
Las demonizaciones nunca son buenas y la imagen que se ha construido sobre muchos de estos personajes no ayuda a entender lo que ellos han representado ni a los que ellos han servido.
Videla no es un simulador, porque tampoco es un nazi, ni un racista, ni un salvaje sediento de sangre.
El problema es nuestro: para calificarlo de criminal, para mostrar su deshumanización, necesitamos esas figuras sacadas de lo más repudiado de la historia. Ahí está el problema.
Videla es un conservador-liberal en tiempos de la Guerra Fría.
Videla, con su mediocridad a cuestas, no fue más que un exponente de una fuerza social que tomó el poder en la Argentina con un importante consenso social. Empresarios, Iglesia y dirigentes políticos de primera línea, como afirma en su primera entrevista.
Martínez de Hoz, su ministro de economía, fue un modernizador, lo que implica adaptar lo viejo a las condiciones de una época nueva. La Argentina vieja era, para muchos, la Argentina de la industria “artificial e ineficiente”, la Argentina populista con un estado grande y controlador y una clase obrera organizada que había conseguido porciones de poder y riqueza inaceptables para muchos sectores de la sociedad.
El fin de esa Argentina industrial e integradora nacida con el peronismo era el objetivo central y a ese objetivo más abierta o más solapadamente adhería una parte importante del país, por conveniencia, por antiperonismo, por anticomunismo, por antitercermundismo, por haber creído en el relato de que la industria y el Estado interventor eran el centro de los males de la Argentina, o simplemente por estupidez.
La tarea de la deshumanización era remodelar esa Argentina, era tarea para liberales y conservadores, que no podían ganar elecciones. Una Argentina integrada al mercado mundial solo como productora de materias primas y una clase obrera y media disciplinadas, desarticuladas y menos politizadas no eran una tarea para nazis llenos de odio.
Videla, en la entrevista, nos dice mucho más con su forma que con su contenido. Su forma saca a la luz que su demonización tiene un punto oscuro. Ocultar que lo criminal en la Argentina fue justamente eso, algo que tenemos mucho más cerca y que está mucho más extendido. Algo que abarca mucho más que algunos militares anticomunistas adoctrinados en escuelas francesas y norteamericanas.
La criminalidad de una planificación del exterminio de miles de argentinos no fue la criminalidad solo de sus ejecutores, que no estaban locos ni manejados por un odio irrefrenable, por lo menos la mayoría de ellos. Es la criminalidad de nuestras clases dominantes, de nuestra cúpula eclesiástica, y de una gran cantidad de argentinos que asintieron, acompañaron, usufructuaron y lograron, vía demonización de sus ejecutores directos o vía la igualación de los represores con las víctimas, la amnistía más extendida que existió: una amnistía no jurídica sino histórica para los que sí supieron y avalaron.
Videla nos golpea con eso: el monstruo puede ser un columnista de un diario importante que con otro nombre y sacando algunos comentarios pasaría inadvertido.
El Adolf Eichmann, organizador del exterminio de millones de judíos, que describió Hannah Arendt en Jerusalén era un hombre sencillo, gris, buen padre de familia y no el salvaje que muchos esperaban. Sí, efectivamente era un criminal, pero lo terrible es que era un criminal demasiado parecido a nosotros. No busquemos simulación en las formas civilizadas de Videla, la monstruosidad puede estar latente en esa normalidad civilizada. El entrevistador lo ayuda a lucirse. Se nota su empatía con el entrevistado, caso contrario podría sacarlo del discurso general e indagar más a fondo con los desaparecidos, cuando improvisa cínicamente unas frases parecidas a las que se ven en tantos videos cuando era presidente, hurgar en el tema de los chicos robados, en la deuda externa, con datos de la colaboración empresaria y clerical, pero no. El periodista le deja pasar complacientemente los lugares donde el discurso del historiador deja entrever al criminal, pero no un criminal excepcional sino uno mucho peor: un criminal normal.
El criminal condujo o representó a una cantidad de criminales que habrán creído distintas cosas acerca de su accionar, pero solo a una contribuyeron: hacer que la Argentina deje de ser un país “excepcional” y pase a ser una país subdesarrollado “normal”: sin fuerzas políticas y sociales transformadoras, sin clase obrera con peso, sin distribución progresiva del ingreso, sin industria poderosa, con política internacional amoldada a los Estados Unidos y sin un Estado que pueda ponerles limites a los sectores de poder.
Ese fue el programa del Proceso. No fue un programa nazi, no fue un programa de psicópatas lunáticos, fue un programa racional que unió a nuestra clase empresaria, al sector financiero, a la Iglesia católica, a los organismos financieros internacionales, a Estados Unidos, a gran parte de nuestra dirigencia política, a muchos comunicadores sociales y una cantidad no menor de argentinos que vieron en Videla y cía. no solo el fin de la “violencia” sino el fin de esa Argentina ingobernable para nuestras clases dominantes.
* Docente de la carrera de Sociología (UBA), investigador de la Untref.
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jueves, 8 de marzo de 2012

“Uno no puede tirar la vida por la borda, no puede cambiar sus principios. Es fundamental que uno se respete a sí mismo y esté en una institución para llevar adelante lo que uno quiso hacer en la vida. Todos tenemos ideales y tenemos pasiones, y de eso se trata.” Dr. Ricardo LORENZETTI, Presidente de la Corte Suprema de la Nación Argentina

El titular de la Corte, Ricardo Lorenzetti

“La Corte no habló de persecución en democracia”

Ante la “descontextualización” de su discurso en distintos medios, el ministro habló sobre la relación con el Ejecutivo y el rol de la Corte.

Por Mario Wainfeld y Nora Veiras
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El ministro Ricardo Lorenzetti.
Los ya clásicos discursos del titular de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, siempre levantan polvareda. En primer lugar, porque instaló una costumbre novedosa. En segundo término, porque su ambición temática, sus referencias a la realidad y al desempeño de los poderes del Estado interpelan a los medios y también a otros protagonistas de la política. Lorenzetti dialogó con los firmantes de esta nota en el programa Gente de a pie, que se transmite por Radio Nacional. Habló de repercusiones erradas de ese discurso, de la cabal medida del poder de la Corte, de su relación con los jueces y con el Ejecutivo. Dijo bastante, como se verá.
–Su discurso al inaugurar el año judicial ha tenido gran repercusión en los medios, ¿Cuál fue el sentido general del mismo? ¿Se siente reflejado en la repercusión que tuvo?
–El sentido ha sido dirigirse a los jueces, planteando la necesidad de un nuevo modelo, más cercano a la población. Planteamos un recorrido de todo lo que hizo la Corte en estos años. Nosotros creemos que es un nuevo modelo de Justicia más vinculado a la gente y a las preocupaciones sociales que tienen que ver con la participación ciudadana. En ese contexto, fui citando todos los fallos de la Corte. Ahora, la repercusión no siempre refleja lo que dije. A mí me preocupó, en particular, un titular que saca bastante de contexto la cuestión. Yo hice una referencia al terrorismo de Estado, al trabajo que está haciendo la Corte en esta materia. Y ahí, dije que no sólo se trata de acelerar los juicios sino de promover una comisión interpoderes para el tema de la educación para que nuestros hijos y nietos sepan que el Estado no los puede perseguir. La misma referencia la hice el año pasado. Entonces (mi frase), “que el Estado no persiga a los que piensan diferente” hace referencia a que se usó al Estado para perseguir a los que piensan diferente durante el terrorismo de Estado. Ahora, si de ese concepto uno dice sólo una parte y repite “El Estado no debe perseguir a los que piensan diferente” y lo desvincula del terrorismo de Estado (que es lo que yo dije) y lo pone en otro contexto, es una descontextualización. Eso es lo que me parece incorrecto del titular del diario La Nación, un artículo de (el periodista) Adrián Ventura. Quiero aclararlo porque me parece que hay que ser justo y no fue ése el sentido. Yo no hablo en forma personal, sino institucional. Lo que ha dicho la Corte es exactamente eso.
–Usted, además, hizo algunas acotaciones referidas a la libertad de expresión y a la libertad de prensa, nos gustaría que las remarcara.
–Eso formó parte de toda la descripción, pero no tiene nada que ver con esto del terrorismo de Estado. La idea era describir los principios que defiende la Corte en todos los campos como una relectura que hay que hacer de la Constitución en nuestra generación. Hablamos de los derechos económico-sociales, mucho; hablamos de la posición en temas ambientales y dentro de las libertades, de los dos fallos referidos a la libertad de expresión. Uno fue la causa Patitó, en la cual un periodista critica al Cuerpo Médico Forense y entonces fue condenado a pagar una indemnización. Lo que la Corte dijo es que la crítica periodística es buena, es una actividad que mejora la democracia, el debate, y que no debe haber sanciones civiles ni penales. Después se dictó una ley derogando las sanciones penales, coherente con este fallo. Es decir que si un periodista hace una crítica no puede generar responsabilidades del periodista. También nos referimos a dos causas en las que hemos fallado: una del diario Río Negro y otra de Editorial Perfil, referidas al tema de la publicidad oficial. En el caso del Río Negro, se había retirado la publicidad oficial frente a una información crítica, entonces se dijo que no se puede hacer. Son fallos sostenidos por su composición actual de la Corte.
–Nos parece bien que el titular de la Corte Suprema se exprese, máxime presidiendo un poder que es parco en la comunicación. Pero mi impresión es que tal vez es demasiado parco cuando se refiere al Poder Judicial. La Corte es la cabeza de ese poder. Me parece que la Corte es firme y precisa cuando habla de los otros poderes del Estado y que respecto de su propio poder se sitúa en un lugar de sugerencia, de planteo y no en el lugar de cabeza de un poder donde hay muchos jueces que realmente dan vergüenza.
–Lo que pasa es que nosotros no tenemos facultades de gobierno del resto del Poder Judicial. Los fallos de la Corte son modelos ejemplares. Pero no tenemos facultades para obligar a ninguno de los jueces. Este es un tema serio. Primero, en toda la historia del Poder Judicial no hubo nunca una Corte que avance tanto sobre los jueces. Por ejemplo, en las directivas en el campo de los delitos de lesa humanidad. Lo que a ustedes les parece a lo mejor poco, para el Poder Judicial es muchísimo. La semana pasada discutimos con los jueces nuevos de Casación y, realmente, no hay facultades. Lo que tuvieron que hacer son sugerencias, directivas que no son inmediatamente obligatorias. Los tribunales superiores no tienen esas facultades.
–¿Y el peso de la autoridad del presidente de la Corte? Por ejemplo, ¿si el presidente de la Corte convoca a un encuentro de jueces para que discutan la conducta de los jueces que cajonean expedientes y al interior del Poder Judicial se debate?
–(Irrumpe.) El discurso de ayer empezó con eso. Dice que el modelo de Justicia empieza por no demorar injustificadamente las causas. Empezó con todo un análisis de por qué nosotros debemos servir a la población, no demorar las causas, no resistirse al proceso de informatización. Un discurso muy fuerte para los jueces. El grueso del discurso fue eso: la Justicia tiene que estar más cerca de la gente y por lo tanto tiene que ser más rápida. Somos cabeza de un poder del Estado en el sentido de que las decisiones de la Corte no tienen otra apelación superior. Pero la Corte no selecciona a los jueces ni reglamenta el funcionamiento: eso lo hace el Consejo de la Magistratura. No tiene muchas facultades para avanzar en el tema de cómo trabaja un juez. Tenemos que usar estos métodos porque no hay otros. Ahora, si se modifica la ley o el Consejo, tendrán que ver.
–Volviendo atrás: ¿usted en ningún momento hizo alusión a que hoy en día se esté censurando la opinión diferente en los medios o que haya una persecución desde el Estado al que piensa diferente?
–La Corte en ningún momento está hablando de una persecución del Estado a los ciudadanos hoy en democracia. Una cosa es el terrorismo de Estado y otra es la democracia. Nosotros podemos discutir, pelear, puede haber (y las hay) opiniones de todo tipo y hasta distorsiones como en este caso. Forma parte de la vida democrática, a veces caótica. A algunos el conflicto mismo les cae mal. Yo dije que el conflicto, que los intereses colisionen es la base del funcionamiento del sistema democrático, hace que la sociedad esté viva. No hemos hablado ni asimilado la democracia con el terrorismo de Estado. También hemos advertido sobre la discriminación, hay que estar atento, hubo casos de discriminación, pero no una equiparación con el terrorismo de Estado, de ninguna manera.
–¿Cómo describiría usted la relación político-institucional de la actual Corte, con los Ejecutivos kirchneristas y con el Congreso?
–Hay temas institucionales y judiciales. Sobre temas judiciales hay sentencias en los últimos cinco, seis años: algunas han favorecido la posición del Gobierno, otras no. Es lo normal de un Estado de derecho, no me parece que eso sea ninguna cuestión de crisis institucional ni mucho menos. También (ocurre con) los sectores económicos, cuando se habla de poderes hay que hablar de todos los poderes. Dije que la Corte tiene que dictar sentencia conforme a la ley. Y que no debe importar el poder, sea fáctico o no, quién esté sometido a juzgamiento. Se reciben presiones, críticas por los fallos. Eso es lo normal, pasa acá y en todo el mundo. Cada uno tiene el derecho de criticar, lo importante es que nosotros sostengamos una línea de principios coherentes. La Corte ha tratado de ser coherente y por eso hablamos de un modelo de interpretación constitucional que incluye la inclusión social, la participación comunitaria, la ampliación de participación y transparencia de procesos de relevancia, como hemos tenido hoy con los indígenas del Chaco. Todo esto es un modelo que antes no existía. En los temas institucionales hemos tenido temas que trabajamos muy bien, como la Comisión interpoderes por delitos de lesa humanidad. Y otros en los cuales hemos tenido muchas discusiones, como el retraso en la designación de las vacantes judiciales, que no es fácil de solucionar. Hay temas que están bien y otros no, hay que acostumbrarse: en la vida democrática muchas veces hay discusiones.
–¿Piensa usted que en estos años el poder de la Corte está disminuido, asediado, ninguneado por el Poder Ejecutivo?
–No, para nada. Primero porque la transformación de la Corte ha sido en este proceso. Nosotros siempre hemos tenido la libertad de decir lo que pensamos. Yo no estaría acá si no dijera lo que pienso. Todo lo que dije en el discurso es lo que escribí durante veinte años, uno no puede tirar la vida por la borda, no puede cambiar sus principios. Es fundamental que uno se respete a sí mismo y esté en una institución para llevar adelante lo que uno quiso hacer en la vida. Todos tenemos ideales y tenemos pasiones, y de eso se trata. Siempre hay dificultades, puede haber obstáculos. Pero esto no tiene relación con lo que hemos vivido (y yo lo viví mucho) como el terrorismo de Estado. Por eso me molestó mucho esta descontextualización, yo viví lo que pasó en aquellos años.
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lunes, 5 de marzo de 2012

Ferrocarriles Argentinos, el símbolo más emblemático de la colonización británica: Desindustrialización y dependencia tecnológica (seguimos a Eric Hobsbawm cuando afirma que Argentina fue una colonia no formal, pero con todos los rasgos de las colonias británicas)

Domingo, 4 de marzo de 2012
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Ferrocarriles e industria nacional

Fabricar los fierros

La Argentina es un país con trenes, pero sin industria ferroviaria. Signada por esa situación y la reciente tragedia en Once, la reconversión del sistema supone optar por el viejo modelo o desarrollar una industria local.

Por Matias Rohmer *
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Matías Rohmer: “Fracasó el sistema de concesiones y subsidios poco transparentes”.
El trágico accidente ocurrido en la estación Once el pasado 22 de febrero puede ser interpretado como una resumida expresión de falencias estructurales de la economía argentina. Dichas falencias no son nuevas y expresan una debilidad histórica: la Argentina es y ha sido un país con ferrocarriles, pero sin industria ferroviaria. Este hecho explica –en buena medida– la larga y continua decadencia de nuestro sistema férreo. Entendido así, el problema se comprende desde una perspectiva más completa, que no quita –sin embargo– el imprescindible análisis de los responsables actuales de sus profundas deficiencias.
El origen de nuestro sistema ferroviario se remonta a fines de siglo XIX, cuando, con capitales británicos, se montó una estructura de comunicación que respondía a la estricta lógica del lucro privado y a la inserción del país en la economía mundial como proveedor de materias primas que dominó las primeras décadas del siglo XX. Ese sistema radial, confluyente en el puerto de Buenos Aires, es el que todavía persiste, con la desestructuración y privatización dejada por las políticas de los años ‘90. Este sistema nació y fue fruto de una Argentina liberal y agroexportadora orientada al mercado externo, sin manufacturas ni capitales locales capaces o interesados en desarrollar una industria ferroviaria propia ni un mercado interno como eje del desarrollo. Por ello, fue dependiente del abastecimiento externo desde su origen. El país que mostró siempre orgulloso sus 40 mil kilómetros de vías férreas ocultó bajo esa estadística que era incapaz de fabricar sus propias locomotoras, rieles, señales o, incluso, el mismo carbón.
Tras la crisis del ’30, los capitales ingleses sufrieron su propia incapacidad de inversión y el sistema ferroviario argentino entró en crisis para siempre. El traspaso al Estado en la presidencia de Perón no cambió ese panorama de retroceso. El sistema, que había nacido privado y ajeno a las necesidades de vastas regiones del país, intentó ser rescatado por el Estado. Pero cuando el sector público quedó exhausto de un déficit fiscal permanente y cautivo de una deuda externa que volvía imposible cualquier plan de inversión, en los ’90 fue entregado al sector privado con la promesa de que, nuevamente, fuera del Estado, podría modernizarse un sistema en crisis. Pero no fue así.
No sólo las promesas no se cumplieron, sino que los problemas se agravaron con la falta de inversión. Como ejemplo, no debería extrañar que la formación que se estrelló en Once fuera de los años ’50 o que el sistema de señalización data de los años ’30. Algunos de los trenes que todavía circulan por el país son aún más antiguos, muchas estaciones son las que construyeron los ingleses en el 1900, los rieles los fabricó la vieja Somisa, muchos de los vagones y locomotoras producidas aquí (por Fabricaciones Militares y por la extinta Astarsa) son copias o licencias de modelos japoneses o norteamericanos (como las características locomotoras General Motors), otras material de rezago en desuso en los países centrales (como las últimas locomotoras incorporadas al ramal San Martín). La última inversión estatal en el área urbana ocurrió en los años ’80, cuando se electrificó el ramal Roca. Las formaciones remodeladas del Sarmiento son viejo equipamiento Toshiba de origen japonés, ahora modernizadas con frenos de origen sueco y electrónica brasileña. Y los planes de renovación ferroviaria proyectados por el Gobierno suponen cuantiosas importaciones chinas.
Lo anterior demuestra que, al no contar con una industria ferroviaria propia, nuestro país se ha visto casi siempre obligado a adquirir todo el material necesario a través de importaciones, o bien a producir localmente por medio de licencias adquiridas a empresas del mundo desarrollado. De esta forma, cuando los trenes estuvieron en manos privadas hasta mediados del siglo pasado, las empresas inglesas trajeron el material rodante desde el Reino Unido, y así el país contó con un sistema extenso pero dependiente en lo tecnológico. Una vez en manos del Estado, el sistema quedó sometido a los vaivenes de las capacidades de un sector público cíclicamente deficitario y casi siempre carente de divisas.
Hoy, unos quince años después de aquel traspaso, se puede asegurar que la privatización de los ferrocarriles ha sido, junto con la de Aerolíneas, el más estrepitoso fracaso del proceso privatizador. Demostrado el fracaso del sistema de concesiones y subsidios poco transparentes, el Gobierno tiene por delante el enorme desafío de repensar un sistema en crisis desde hace décadas. Y la sociedad en su conjunto el de ser consciente, y aceptar o no, que todo proyecto de modernización ferroviaria exigirá un enorme costo en divisas (incluso a través de la toma de deuda externa) para importar cientos de vagones, locomotoras y sistemas de señalización. O bien, proyectar y sostener en el tiempo el aún más ambicioso plan de contar con una industria ferroviaria local que, hasta ahora, nunca existió
* Licenciado en Ciencia Política (UBA).
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