domingo, 31 de octubre de 2010

Reflexiones sobre "A cara o seca", una nota de Beatriz Sarlo




Una nota de Beatriz Sarlo sobre la significación de Néstor Kirchner en la política argentina,  a modo de epitafio,   pudo leerse en LA NACIÓN.COM en la madrugada en que el féretro del ex presidente estaba siendo trasladado a Buenos Aires desde Santa Cruz, para ser velado en la Casa de Gobierno.

Se trata de la mejor nota sobre Kirchner que escribió Sarlo en cuanto al estilo y a cierta ecuanimidad con el personaje del ex presidente, que nunca tuvieron las notas anteriores. Esa ecuanimidad soltó, a mi modo de ver, el vuelo literario que los escritos de Beatriz Sarlo siempre tuvieron, pero que decidió escamotear con enojo  a  “los” Kirchner.  Allí donde normalmente encontrábamos sarcasmo, la escritura de Beatriz se transmutaba en  odio ramplón, descalificación fácil, cuando se refería a Néstor o Cristina, habitualmente en LA NACIÓN.

Algunas generalizaciones son meras simplificaciones de manual de sociología,  que el texto aplica sin evidencia a la realidad que describe, como cuando escribe: “El líder piensa que es él el único que puede bancar los actos necesarios: él garantiza el reparto de los bienes sociales, él garantiza la asistencia a los sumergidos, él sostiene el mercado de trabajo y forcejea con los precios, él enfrenta a las corporaciones, él evita, en solitario, las conspiraciones y los torbellinos. El liderazgo es personalista”

Pero en la mayoría de los casos, en este artículo,  armado como descripción de escenas  de una vida, la autora obtiene hallazgos felices desde lo literario y políticamente piadosos cuando no elogiosos hacia el personaje con el que confrontó, furiosamente, desde que asumió la Presidencia de la Nación, allá por el 2003.

El más impecable lo obtiene cuando describe las formas en que el difunto líder interpeló y construyó a sus seguidores, quienes durante el velatorio que comenzó muchas horas después de la publicación del artículo de Sarlo, la evidencia empírica de una Plaza desbordada de decenas de miles de personas en duelo, corroboraría: “Kirchner comenzó su presidencia con un golpe en la frente porque se lanzó a la multitud que estaba en las calles, entre el Congreso y la Plaza de Mayo; se lanzó como quien corre hacia el mar el primer día del verano, con impaciencia y sensualidad, gozando ese cuerpo a cuerpo que es el momento amoroso de la política. “

El artículo entero puede leerse aquí . Y aunque todavía encontremos en él trazos de enconos no resueltos, hay una apertura de la autora que le hizo volcar lo  mejor de su escritura en la nota, y también varios presagios de un cambio de época.

Porque, vamos, Beatriz -me permito cambiar a la segunda gramatical, porque he hablado personalmente contigo este tema- si es cierto que Néstor Kirchner fue  crispado y tenso durante su actuación política, también es cierto que sus opositores, incluida vos, competían en el agravio.

De todos modos, el cambio que se viene, anticipado en este cambio de tu estilo, agrega a mi esperanza la felicidad de haberme reencontrado con lo mejor de tu escritura.

Sé que te importa la inclusión y que te horrorizaba el estado de fuera de todo en que había dejado a millones el neoliberalismo de los ’90: “bastaba recorrer el Bajo Flores para verlo”, una vez me dijiste. En esta nota te olvidaste de mencionar lo que hizo el difunto presidente  contra esa completa exclusión que nos desesperaba: desde la reapertura de la industria, el Proyecto Patria Grande, la vuelta de los convenios colectivos de trabajo, las paritarias, el aumento del presupuesto a la educación… hasta el matrimonio igualitario.

Está bueno el liberalismo procedimental que anhela tu escritura, pero también está bueno  que empecemos a construir las otras facetas de un liberalismo integral: la posibilidad de revisión racional de nuestros objetivos, es decir, que el Estado sea neutral en lo referente a las concepciones del bien: este concepto se plasmó en el matrimonio igualitario y en el enorme trabajo  previo del INADI. Esto también es liberalismo, y también lo fueron los gestos de Perón y de Alfonsín con las leyes de divorcio vincular, y el de Roca con la enseñanza laica y el matrimonio civil.

Pero también, mal que les pese a muchos pseudoliberales o “libertarians”, es liberalismo la corrección de las desigualdades arbitrarias, aquellas que uno no “eligió”, que son injustas y que deben ser rectificadas. De esto, la gestión del difunto puede mostrar un camino. Se lo denomina “justicia social”, aquí y en Canadá; y no tiene por qué ser patrimonio del peronismo, aunque, por omisión de los otros, volvió a serlo de la mano de Néstor Kirchner.

sábado, 30 de octubre de 2010

El kirchnerismo y la Escuela de Francfort



Para quienes venimos de la militancia no peronista; los que fuimos alfonsinistas convencidos, por ejemplo,  y que,  por una cuestión generacional o de otra índole (ejemplo, algo de gorilismo),  no pudimos ser kirchneristas, comienza a haber una sensación rara de que este colectivo nos incluye de alguna manera.

¿Por qué digo esto?  Porque creo que el “kirchnerismo” además de representar un modelo de sociedad  inclusivo implica una forma de hacer política que prefiere y necesita de la praxis, más que de las cámaras. Modelo y praxis que nos había convocado a la política hace 30 años y que abandonamos creyendolos utopías perdidas.

Un modelo que implica poner el cuerpo, por los desprotegidos, por los que menos tienen y también por los que padecen cualquier violencia. En otras palabras, un modelo que necesita de la militancia, o por lo menos de poder ver, como lo expresó HORKHEIMER en aquella conmovedora conferencia a su regreso a la Escuela de Frankfort después de la guerra, que “Si miro a mi alrededor (…) tengo que pensar forzosamente que en cada instante, en diversos lugares de la Tierra hay personas que son torturadas y que tienen que vivir en condiciones horribles: en el miedo y en la miseria. El hambre no es siquiera lo peor, sino el miedo ante la violencia Y seguramente constituye una de las tareas de la TEORIA CRITICA el declarar esto”. (Horkheimer, Max. Sociedad en transición. Estudios de filosofía social. Planeta Agostini, Barcelona, 1986. Cáp. 5. LA TEORÍA CRÍTICA, AYER Y HOY, transcripción de una conferencia libre pronunciada en Venecia en 1969.

Las declaraciones de Ricardo Alfonsín, como las de Leopoldo Moreau después de visitar a Cristina para expresarle su pesar son elocuentes en ese sentido. Ambos  coincidieron que iban a despedir a un militante del campo popular y a brindarle todo el apoyo a otra gran militante que es la Presidente de la Nación, "inteligente", "lúcida",  "capaz", como la calificó Moreau a la salida de la Rosada, a quien "todos vamos a apoyar".

Más elocuente al respecto resulta el hecho de que Cristina recibió a Leopoldo Moreau en privado y lo abrazó diciéndole: "mandale un cariño a tus hijas que son tan militantes".

Debajo pego una nota impecable, de David Cufré que traza las líneas simbólicas que van desde el "que se vayan todos" hasta el surgimiento de la militancia nueve años después, por obra y gracia de Néstor Kirchner y que pudimos visibilizar en las calles con las emotivas y espontáneas movilizaciones de militantes sub-40, con motivo del fallecimiento de su líder.

El link:
http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-155971-2010-10-30.html

Sábado, 30 de octubre de 2010
Opinión
Que se vayan todos
Por David Cufré
Se están por cumplir nueve años del “que se vayan todos”. Aunque nueve años no es poco, el recuerdo de esa noche de furia del 19 de diciembre todavía es fresco. Es fácil recuperar las sensaciones que cruzaban las calles en esas jornadas: hastío, frustración, desesperanza, un deseo visceral de romperlo todo, necesidad de abollar la cacerola. “Que no quede ni uno solo”, era el grito que completaba la consigna. Y no se lo decía por decir. Ni uno solo. Tan intensos como aquellos días trágicos, pero en sentido contrario, fueron los que pasaron desde el miércoles, cuando se conoció la noticia de la muerte de Néstor Kirchner. La otra cara de la moneda. Estos últimos días fueron tan auténticos como aquéllos en la reacción popular, y tan transparentes que los relatos mediáticos construidos durante años quedaron en evidencia, desnudos frente a la multitud. A la versión de que la Argentina está aislada del mundo le respondieron ocho presidentes latinoamericanos, de izquierda a derecha, elogiando al ex presidente, y mensajes de apoyo de Estados Unidos, Alemania, el Vaticano y demás. A la hipótesis de que la relación entre el kirchnerismo y la mayor parte de la ciudadanía está rota le contestaron el llanto y el compromiso de miles de familias que fueron a despedirlo. “Néstor con Perón, el pueblo con Cristina”, reflejaban los pasacalles. A la muletilla de que los actos del oficialismo son traccionados a puro bolsón de comida y plata para los manifestantes la hicieron añicos 26 horas de desfile frente al cajón, el cortejo hasta Aeroparque y el traslado desde el aeropuerto de Río Gallegos al cementerio. No hizo falta interpretar nada, sólo ver y escuchar a quienes pasaron por el velatorio y lo acompañaron hasta el final. Las imágenes fueron tan elocuentes que algunos comunicadores intentaron volver sobre sus pasos como pudieron, haciendo un esfuerzo por disimular las contradicciones. Y esto no significa que no existan aspectos que criticarle al Gobierno desde 2003 a la fecha, pero la desproporción de aquéllos y de la oposición que les sigue los pasos quedó bajo un reflector. Igual que los personajes de la derecha que corrieron por izquierda al Gobierno que más hizo por los jubilados en décadas con el 82 por ciento móvil. El fallecimiento de Kirchner movió otra vez sensaciones desde las entrañas, que empiezan en él, pero que exceden su figura, sus éxitos, sus flaquezas, y muestran la adhesión de un colectivo heterogéneo a las grandes líneas del proyecto político que encabezó junto a su esposa, la presidenta Cristina Fernández. Así como también el “que se vayan todos” fue mucho más que el repudio a De la Rúa y Cavallo, hasta conmover los cimientos de la estructura edificada desde 1976.

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viernes, 29 de octubre de 2010

Néstor Kirchner: Argentina's independence hero

Mark Weisbrot

The death of Argentina's former president is a sad loss. His bold defiance of the IMF paved the way for South America's progress

    Argentine President Cristina Fernandez seen hugging her husband, former President Nestor Kirchner, who has died suddenly on 27 October 2010, at a 2008 rally in Buenos Aires. Photograph: HO/AFP/Getty Images  The sudden death of Néstor Kirchner is a great loss, not only to Argentina but to the region and the world. Kirchner took office as president in May 2003, when Argentina was in the initial stages of its recovery from a terrible recession. His role in rescuing Argentina's economy is comparable to that of Franklin D Roosevelt in the Great Depression of the United States. Like Roosevelt, Kirchner had to stand up both to powerful moneyed interests and to most of the economics profession, which was insisting that his policies would lead to disaster. They were proved wrong, and Kirchner right.Argentina's recession from 1998-2002 was, indeed, comparable to the Depression in terms of unemployment, which peaked at more than 21%, and lost output (about 20% of GDP). The majority of Argentines, who had, until then, enjoyed living standards among the highest in Latin America, were pushed below the poverty line. In December of 2001 and January 2002, the country underwent a massive devaluation, a world-historical record sovereign default on $95bn of debt, and a collapse of the financial system.Although some of the heterodox policies that ultimately ensured Argentina's rapid recovery were begun in the year before Kirchner took office, he had to follow them through some tough challenges to make Argentina the fastest-growing economy in the region. One major challenge came from the International Monetary Fund (IMF). The IMF had been instrumental in bringing about the collapse – by supporting, among other bad policies, an overvalued exchange rate with ever-increasing indebtedness at rising interest rates. But when Argentina's economy inevitably collapsed, the IMF offered no help, just a series of conditions that would impede the economy's recovery.The IMF was trying to get a better deal for the foreign creditor. Kirchner rightly refused its conditions, and the IMF refused to roll over Argentina's debt.In September of 2003, the battle came to a head when Kirchner temporarily defaulted to the IMF rather than accept its conditions. This was an extraordinarily gutsy move – no middle-income country had ever defaulted to the IMF; only a handful of failed or pariah states like Iraq or Congo. That's because the IMF was seen as having the power to cut off even trade credits to a country that defaulted to them.No one knew for sure what would happen. But the IMF backed down and rolled over the loans. Argentina went on to grow at an average of more than 8% annually through 2008, pulling more than 11 million people, in a country of 40 million, out of poverty. The policies of the Kirchner government, including the central bank targeting of a stable and competitive real exchange rate, and taking a hard line against the defaulted creditors – were not popular in Washington or among the business press. But they worked. Kirchner's successful face-off with the IMF came at a time when the fund was rapidly losing influence in the world, after its failures in the Asian economic crisis that preceded Argentina's collapse. It showed the world that a country could defy the IMF and live to tell about it, and contributed to the ensuing loss of IMF influence in Latin America and middle-income countries generally. Since the IMF was, at the time ,the most important avenue of Washington's influence in low-and-middle-income countries, this also contributed to the demise of US influence, especially over the recently independent countries of South America.Kirchner also played a major role in consolidating this independence, working with the other left governments including Brazil, Venezuela, Ecuador and Bolivia. Through institutions such as UNASUR (the Union of South American Nations), Mercosur (the South American trading bloc), and numerous commercial agreements, South America was able to alter its trajectory dramatically. This united bloc successfully backed Bolivia's government against an extra-parliamentary challenge from the right in 2008, and most recently stood behind Ecuador in that attempted coup there, a few weeks ago. Unfortunately, they did not succeed in overturning last year's military takeover in Honduras, where US backing for the coup government proved decisive. Argentina, together with UNASUR, still refuses to allow Honduras back into the OAS, despite heavy lobbying from Washington.Kirchner also earned respect from human rights organisations for his willingness to prosecute and extradite some of the military officers accused of crimes against humanity during the 1976-1983 dictatorship – reversing the policies of previous governments. Together with his wife, current president Cristina Fernández, Néstor Kirchner made an enormous contribution in helping to move Argentina and the region in a progressive direction. These efforts have not generally won him much favour in Washington and in international business circles, but history will record him not only as a great president but also as an independence hero of Latin America.• Editor's note: An editing error led to the misspelling of the South American trading bloc, Mercosur, although it had been correct in the author's original; this was amended at 12:20 EST [17:20 BST] on 28 October 2010. A further correction was made where Argentina's devaluation was stated as having occurred in December 2002 and January 2003; in fact, it was December 2001 and January 2002. 

Mark Weisbrot

Profile
Mark Weisbrot is co-director of the Centre for Economic and Policy Research, in Washington, DC. He is also co-writer of Oliver Stone's documentary South of the Border.

lunes, 4 de octubre de 2010

Página/12 :: El mundo :: Las tres transiciones de Brasil

Opinión

Las tres transiciones de Brasil

Por José Natanson
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El ascenso de Brasil es innegable: Brasil es hoy un país más rico, más estable y más justo que hace una o dos décadas. Su despegue es parte de una tendencia mundial, cuya explicación los economistas del desarrollo siguen buscando, hacia el ascenso de los países-continente, como China, India y Rusia, que también han logrado progresar en casi todos los aspectos y que hoy, cómodamente instalados como potencias intermedias, lideran sus respectivas subregiones. Pero el ascenso de Brasil no se explica sólo por esta ley casi natural sobre el progreso de los megapaíses. La clave interna del éxito reside en las tres transiciones realizadas en el último cuarto de siglo.
Veamos una por una.

La transición política

A diferencia de Argentina, donde la dictadura combinó una represión salvaje con los primeros pasos de la reforma neoliberal, los militares brasileños respetaron los lineamientos básicos del modelo desarrollista construido por Vargas desde 1930: no alteraron los rasgos esenciales del Estado Novo e incluso apostaron a algunas reformas visionarias, como el impuesto a los latifundios improductivos que luego daría origen al boom de los biocombustibles. Los resultados económicos oscilaron entre lo bueno y lo excelente (entre 1969 y 1973, los años del milagro, el país creció 11,2 por ciento anual). Y aunque desde luego se trató de un régimen autoritario y represor, también es verdad que no lanzó un plan de exterminio al estilo argentino y que tuvo la inteligencia de aceptar ciertas concesiones controladas a la democracia: el Congreso, por ejemplo, permaneció abierto.
En contraste con la Argentina, donde la dictadura cayó ruidosamente tras la derrota de Malvinas y en medio de una severa crisis económica, dando forma a una transición vía derrumbe, el advenimiento de la democracia fue en Brasil un proceso de largo aliento: comenzó en 1974 y demoró una década en proclamar a un presidente civil y cinco años más en elegir a un jefe de Estado por voto directo.
Detrás de este ritmo pausado se encuentra la continuidad del Estado varguista y la tradición de pactos entre elites que históricamente ha caracterizado a Brasil. Si en Argentina la segunda mitad del siglo XX estuvo marcada por la alternancia entre gobiernos civiles y militares, la potencia política del peronismo y el poder de los sindicatos, en Brasil el gobierno militar logró quebrar la espina dorsal del sindicalismo varguista, que desapareció de escena después del golpe, aplastó rápidamente a las organizaciones guerrilleras, cuya inserción social era muy limitada, y durante una década y media prácticamente no tuvo que enfrentar movimientos de resistencia importantes. Y así, amparado en los éxitos económicos y la histórica exclusión de los sectores populares, los militares lograron conservar su incidencia en la transición.
Al final, sin embargo, el resultado fue, como en el resto de los países de la región, una democracia sólida desde el punto de vista institucional, pero renga en sus aspectos sociales. Como en Argentina, el problema era la distancia entre política y economía, el hecho de que la transición democrática no se tradujera en una transición económica igualmente exitosa, lo que explica que la Nova República no haya logrado articular un sistema de poder estable, capaz de conservar el proyecto desarrollista bajo las nuevas condiciones políticas. Esta tensión entre optimismo político y desencanto económico motivó la decepción posterior que culminó, en 1989, con el triunfo de Fernando Collor de Mello, quien dio los primeros pasos hacia un nuevo modelo económico.

La transición económica

En 1994, tras un largo período de inestabilidad y en plena recesión, Fernando Henrique Cardoso, intelectual prestigioso y senador socialdemócrata, fue designado ministro de Hacienda. Desde el comienzo, Cardoso entendió que había que dejar de lado los congelamientos de precios y los shocks sorpresivos y desarrollar un programa de largo aliento que, partiendo de los primeros trazos ensayados por Collor, reconfigurara la estructura económica en base a un diseño completamente nuevo, al que llamó Plan Real: una nueva moneda atada al dólar como ancla antiinflacionaria y una serie de reformas estructurales que lo acompañaron.
Los tiempos lo ayudaron. Como por milagro, el Real logró estabilizar la economía y relanzar el crecimiento, por lo que rápidamente se convirtió en la plataforma perfecta para la candidatura presidencial de Cardoso en las elecciones del año siguiente, en las que se impuso cómodamente. Una vez en el poder, y dotado de un fuerte mandato de cambio, Cardoso inició una serie de reformas estructurales –apertura comercial, desregulación y un ambicioso programa de privatizaciones– que marcaron el fin del modelo desarrollista y una transformación sustancial del Estado varguista.
Es interesante señalar las diferencias temporales con Argentina. La reforma neoliberal comenzó aquí en 1976, con Martínez de Hoz, y se completó a partir de 1989, con Menem. En Brasil, en cambio, tuvo que esperar hasta 1990, con Collor, o 1994, con Cardoso. De modo inverso, el ciclo desarrollista comenzó en 1930 en Brasil y recién en 1945 en Argentina, lo que demuestra la mayor fuerza del desarrollismo brasileño frente a la constante puja con la tradición liberal en Argentina.
Quizá por ello, el neoliberalismo brasileño fue un neoliberalismo relativamente suave: las privatizaciones no llegaron a las jubilaciones ni a la salud, como en Argentina o Chile, y empresas consideradas clave, como Petrobras, quedaron bajo el control público. El Estado logró mantener cierta orientación estratégica del sector productivo por vía crediticia, en el marco de un esquema monetario menos rígido.
Cuando llegó al gobierno, en enero de 2003, Lula desplegó una serie de políticas orientadas a garantizar la estabilidad económica: superávit fiscal del 4,25 por ciento, recorte del gasto público de 4 mil millones y el dudoso record de fijar la tasa de interés más alta del mundo: 26,5 por ciento. Durante todo este tiempo, Brasil registró un período de crecimiento bajo pero con una economía que, pese a todo, nunca explotó, en una sobreactuación de ortodoxia que fue parcialmente corregida tras obtener su reelección, cuando el gobierno ensayó un giro parcial hacia una estrategia más desarrollista basada en el Plan de Aceleración del Crecimiento, un megaprograma de inversiones públicas capitaneado justamente por su ministra coordinadora, Dilma Rousseff.

La transición social

La desigualdad es un rasgo archiconocido de Brasil, quizá su principal marca de fábrica. Desde su triunfo electoral, Lula se propuso no acabar con la inequidad pero sí garantizar el alimento a todos los brasileños, para lo cual lanzó el Bolsa Familia, una transferencia de ingresos a las familias en situación de pobreza y pobreza extrema (de 120 reales como máximo) a cambio de algunas contraprestaciones (educativas y de salud). Típico ejemplo de plan de transferencia de renta (como el Oportunidades mexicano o el Ingreso Universal argentino), el Bolsa Familia se destaca por su masividad: en 2003, cuando Lula asumió el gobierno, había unos 3,4 millones de familias beneficiarias. Hoy, según los últimos datos oficiales, el programa llega a 11,3 millones de familias, lo que equivale a 46 millones de personas, cifra que se estira a casi 12 millones de familias –50 millones de personas–, según los datos de la Cepal de 2009.
Considerado como programa y no como “sistema de bienestar”, es el plan social más grande de la historia del mundo. Ni en países hiperpoblados y de extrema pobreza como India existen planes de semejante alcance. Pero como a los brasileños pobres no les importa tanto la comparación internacional como el doloroso recuerdo de los años anteriores, el Bolsa Familia es también el primer gran esfuerzo que hace el Estado brasileño para enfrentar el problema de la pobreza.
Por otra parte, el hecho de que todas las familias pobres puedan reclamarlo rompe la tradición asistencialista de las políticas sociales anteriores (y prefiero no entrar aquí en el debate universalidad-focalización: prácticamente no existe ningún derecho que sea universal en sentido puro. El voto, por ejemplo, es universal, pero sólo para los mayores de 18 años... Todos los derechos, aun los más amplios, tienen límites. En este sentido, contentémonos con decir que el Bolsa Familia es un plan focalizado... que llega a 50 millones de personas).
Como resultado del Bolsa Familia, pero también de los incrementos del salario mínimo, las campañas contra el empleo en negro y otras iniciativas que parecen menores pero que han ayudado a dinamizar la economía popular, como las líneas de créditos para hogares de bajos recursos implementadas por los bancos estatales, la pobreza disminuyó 22 por ciento entre 2003 y 2009 (hoy se sitúa alrededor del 25 por ciento), mientras que la pobreza extrema se redujo todavía más y algunos de sus signos –desnutrición, analfabetismo– están desapareciendo lentamente del horizonte.
El Bolsa Familia ha sido muy efectivo en sus objetivos más inmediatos, pero sus efectos han sido menos notables –o incluso neutros– en las metas de largo plazo, aquellas que se miden en términos de conductas: por ejemplo, el programa contribuye a extender la asistencia escolar pero no mejora el rendimiento, o aumenta el consumo de alimentos pero no cambia los hábitos alimenticios. A nivel de ingresos, ha contribuido a reducir la pobreza extrema, pero ha sido menos eficaz a la hora de combatir la desigualdad: aunque hubo algunos avances, el Gini brasileño sigue siendo uno de los altos del mundo (0,52).

Futuro

Las tres transiciones están encadenadas. No, desde luego, porque alguien haya pensado, allá por los ’80, que primero venía la democracia, después la estabilidad económica y finalmente el progreso social: la historia rara vez procede con esta prolijidad de mecánica darwiniania. Sin embargo, parece razonable afirmar que el inicio de la democracia era una condición necesaria para la transformación económica impulsada por Cardoso: sólo un gobierno dotado de un alto consenso social podía desarmar un diseño de medio siglo que todavía arrastraba una importante legitimidad en la sociedad y en las elites. Y también parece evidente que un plan de transferencia de ingresos como el Bolsa Familia nunca hubiera podido funcionar en un contexto de alta inflación, por lo que la estabilidad funciona a su vez como condición para las conquistas sociales de los últimos años.
Brasil está parado sobre bases firmes, pero está lejos de haber dejado atrás todos sus problemas. El eje de esta nota no es identificar los enormes déficits de desarrollo que aún enfrenta el país –de la inequidad a la violencia urbana, de la sobrevaluación del tipo de cambio al racismo–, sino analizar, en una mirada de largo plazo, los factores que explican el ascenso de Brasil. Por eso, las tres grandes conquistas descriptas aquí no deberían leerse como la celebración apresurada de un triunfo, sino como los pilares para un despegue que todavía no se realizó del todo. Brasil podrá ser, como en el best-seller de Stefan Zweig, el país del futuro, y el triunfo de Dilma en las elecciones de ayer va en este sentido, pero el futuro nunca está asegurado.
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