domingo, 28 de febrero de 2010

EL RENACIMIENTO DE UNA GEOPOLITICA DE LOS RECURSOS ESTRATÉGICOS: petroleo, gas, energia nuclear, recursos hidricos y alimenticios

MALVINAS “Necesitamos una estrategia con acento en la cooperación”
Juan Gabriel Tokatlian, especialista en política internacional, analiza las potencialidades de Malvinas y el nuevo rol que podría jugar la Argentina
Sociólogo y especialista en política internacional, respetado tanto en el mundo académico como en el diplomático, Juan Gabriel Tokatlian señala la importancia de la “geopolítica de los recursos estratégicos” en la discusión por la soberanía de las Islas Malvinas. Además, critica las políticas tanto de confrontación como de condescendida que, según su óptica, han dominado la mirada argentina de las últimas décadas y propone como alternativa una vía intermedia donde, sin resignar nunca la discusión de fondo por la soberanía, se pueda avanzar en tareas de cooperación con Gran Bretaña y los habitantes de las islas.
¿Qué nuevos factores ingresan en la vieja disputa por Malvinas a partir del episodio conflictivo de estas semanas?Hay poco de nuevo si se toma en consideración que la relación bilateral viene de un fuerte estancamiento, que Gran Bretaña adopta decisiones poco consultas con la Argentina sobre Malvinas desde hace bastante tiempo y que las tensiones en torno a esta cuestión han ido incrementándose. El último factor importante, quizá, sea el Tratado de Lisboa, firmado por la Unión Europea, en 2007, que incorpora a las islas como territorios de ultramar. Pero el elemento realmente novedoso es el contexto global en el que esto se da.
¿En qué sentido?
El primer dato nuevo a tener en cuenta es el renacimiento de una geopolítica de los recursos estratégicos. Y no me refiero solamente al petróleo y al gas sino también a la energía nuclear y a los recursos hídricos o alimenticios. Hay un contexto de tensión y de pugnacidad geopolítica creciente en el escenario internacional relacionado con esto, que no se debe obviar. En segundo lugar, el precio del petróleo es otra variable importante. Cuando se hicieron exploraciones semejantes a éstas, entre 1995 y 1998, abandonadas luego por compañías noruegas o por Shell, el precio del petróleo era bajo. Actualmente está por las nubes y todo indica que va a seguir en alza. En consecuencia, una inversión en este terreno hoy sería potencialmente más factible. Aun así, hay que ponerle muchos paréntesis al tema, porque todavía no se puede hablar de reservas probadas, sino de datos potenciales.
La decisión de la Presidenta, a corto plazo, apunta a encarecer la exploración. Sin embargo, con el precio actual, el alcance de la medida parece limitado. Es cierto, y esto nos lleva a un argumento previo. Cada vez que la Argentina intentó volver costoso para Gran Bretaña todo lo que tuviera que ver con Malvinas, no le fue bien. En realidad, hasta aquí intentamos dos políticas igualmente equívocas. Por un lado, una presión sostenida para hacerle difícil mantener el statu quo, a partir de la idea de que Gran Bretaña iba a tener que invertir muchos recursos y, en consecuencia, se vería obligada a resignar soberanía. Por el otro, una política de seducción y de acercamiento directo, casi de condescendencia. Bueno, ninguna de las dos ha funcionado y, a mi entender, están destinadas al fracaso.
En un artículo de estos días usted planteaba una “razonable estrategia de cooperación” como alternativa. Es lo que vengo sosteniendo. Ahora bien, sin un análisis de contexto, las propuestas siempre corren el riesgo de parecer divagantes o caer en el vacío. ¿A qué me refiero? Por ejemplo, hay que entender la situación que teníamos en los sesenta y la que tenemos hoy. La Argentina de los años sesenta, a través de una estrategia pacífica, relativamente amplia, diversificada, orientada por el derecho internacional, había logrado cosas muy trascendentales. La resolución 2065 de las Naciones Unidas, que fue el pilar angular del reclamo argentino y del reconocimiento de la comunidad internacional, es una muestra. Pero la guerra de 1982 terminó con todo eso. Además, hay que reconocerlo, la Argentina de los sesenta, con la mayor economía de Sudamérica, los niveles de equilibrio social más altos de toda la región y la percepción de que aún era un actor que podía ser gravitante en términos económicos, tecnológicos y militares, no es la de hoy. En la actualidad, no tenemos recursos de poder genuinos ni capacidad de influir internacionalmente. De ahí el error de la confrontación o la condescendencia, y la importancia de la estrategia de cooperación.
¿En qué consistiría, concretamente?
Yo enmarco la cooperación como una estrategia sostenida en varios ejes: un fuerte liderazgo político que vaya más allá de una gestión en particular, rendición de cuentas transparente de lo actuado y nuevos trazos diplomáticos. Por ejemplo, por qué no aprovechar el tema de la explotación petrolera para hacer una asociación entre Enarsa, Petrobrás y Pdvsa para presentarse a la licitación y ganar la capacidad de hacer perforaciones en las Islas Malvinas. Esto no significaría reconocerle nada a Gran Bretaña en términos de soberanía, pero incrementaría la posibilidad de dialogar y resolver problemas con los británicos y con los isleños. Pongo este ejemplo, pero en diferentes ámbitos se podrían encontrar señales concretas. ¿Para demostrar qué? Para demostrar que, por el rumbo de la cooperación, con resultados prácticos para las tres partes y sin olvidar nunca la soberanía, es posible gestar condiciones que permitan, en el muy largo plazo, hacer efectiva la soberanía argentina.
Sería algo así como separar los planos de la negociación, generar dos instancias diferentes. 
Y esta otra instancia traería grandes beneficios. La Argentina está ávida de recursos gasíferos y petroleros, ante las limitaciones concretas que ya tenemos. Por lo tanto, necesita potenciar una compañía estatal, como en algún momento lo fue YPF, con un Estado fuerte. Y necesita hacer sociedades estratégicas con nuestros vecinos. Bueno, aprovechemos Malvinas para eso. O para una política pesquera. Además, hay que hacer un sofisticado eslabonamiento temático, entrelazar este tema con otros, en los cuales la Argentina logre ventajas reales y más socios, lo que redituaría también en una posición relativa más fuerte. 
Estos casos que pone como ejemplo, ¿implicarían una explotación conjunta con las otras partes en conflicto? Sí, hay que introducir cosas nuevas para pensar que podemos explotar conjuntamente los recursos de las Malvinas sin que esto menoscabe ni un centímetro el reclamo por la soberanía. Ingresamos en el año del bicentenario sin las Malvinas y es posible que nos lleve otro siglo la recuperación pacífica de la soberanía. El único modo de dar pasos adelante es una estrategia de largo plazo que ponga el acento en la cooperación. La imagen que tenemos que dar es la de un país que quiere enmendar, resolver, solucionar, prosperar, cambiar, mejorar, cooperar. La Argentina no puede presionar, sin recursos, a la espera de que Gran Bretaña, que todavía tiene los movimientos de un viejo imperio, se vaya a sonrojar y abandone las Malvinas. Ni puede jugar a la seducción enviando ositos de peluche. Hay que dejar atrás estos viejos lastres.
http://www.debate.com.ar/2010/02/26/2683.php
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Costos laborales en dólares muy bajos y salarios reales crecientes hasta 2007: Ganancias y salarios frente a la inflación

Costos laborales
Por Alfredo Zaiat
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El trabajador, cuando evalúa el nivel de su sueldo, lo hace en función de lo que puede comprar con ese dinero. Su poder adquisitivo de bienes y servicios está vinculado directamente con los precios, que son fijados por las empresas. Por ese motivo lo único relevante para el asalariado es el recorrido del índice de inflación. Ese indicador es la base para comenzar la negociación de sus ingresos, con la legítima aspiración de obtener unos puntos por encima para mejorar su salario en términos reales. Para el empresario la retribución a los trabajadores es un costo. Ese costo laboral constituye uno de los costos de producción y su nivel es un factor importante para determinar la rentabilidad empresaria y la competitividad de la producción doméstica. Pero el costo laboral no es el único, sino que es uno más de los que se contabilizan en el proceso de producción. El costo total no tiene una única relación con el Indice de Precios al Consumidor, como sí sucede entre el trabajador y su salario real. Además del costo laboral, el empresario debe incluir como variables de referencia para analizar su estado de situación las contribuciones patronales, el tipo de cambio, los precios de los insumos de producción y la productividad. Si se incluyeran esas otras variables, la comprensión de la dinámica de la negociación salarial sería más amplia y se podría empezar a alejar el miedo de la inflación asociada a reclamos salariales, fantasma al que convocan dirigentes empresarios y sus funcionales economistas de la city.
El régimen de crecimiento de la economía que instaló la administración kirchnerista desde 2003 es uno con costos laborales bajos medidos en dólares y con alza de los salarios reales. Para esta última variable, el segundo trimestre de 2007 marcó su pico para luego registrar una leve baja y estancamiento en el último semestre del año pasado, que coincide con el período de aceleración de precios en el sensible rubro Alimentos y Bebidas. De todos modos, el salario real en la industria manufacturera se ubica bastante por encima del registrado a lo largo de toda la década del noventa. Esa mejora presionó muy poco sobre los costos laborales, lo que se verifica en el crecimiento de las actividades mano de obra intensivas y en la generación de casi cuatro millones de puestos de trabajo en 2003-2008, de los cuales la mayoría de los asalariados fueron registrados. Si esos costos hubiesen sido elevados, se habría destruido trabajo y disparado la tasa de desocupación, como se verificó en la convertibilidad, años en que además se registró un pobre desarrollo del salario real.
La preocupación empresaria por la inflación y el rumbo de la negociación salarial es sólo la versión cínica del juego de la perinola “tomo todo”, puesto que en ese período de crecimiento económico y ganancias abultadas los costos laborales en dólares se mantuvieron bien deprimidos por la política oficial. Para el empleador la retribución que le paga al trabajador representa uno más de los costos del proceso de producción. Esos costos están vinculados principalmente con tres factores:
- Al volumen de producción por trabajador (productividad).
- A los precios en moneda nacional de los bienes y servicios que produce o comercializa (IPC).
- A la expresión de esos precios en las monedas extranjeras de los países con los cuales la producción local compite tanto en el mercado interno como en el externo (tipo de cambio).
Así, el costo laboral refleja sólo el peso que tienen los salarios en el valor total de los bienes o servicios que producen las empresas, que en la jerga especializada se denomina como el “costo laboral por unidad de producción”. La política oficial ha colaborado con un conjunto de medidas orientadas específicamente a incrementar la productividad de los trabajadores y del resto de los factores económicos que participan en el proceso de producción. Por ejemplo, con préstamos a tasas de interés subsidiadas y, en especial, con una estrategia de mantener un tipo de cambio competitivo.
En documento elaborado en el Ministerio de Trabajo “Costo laboral y salarios en el actual patrón de crecimiento económico” se destaca que “la mayor demanda internacional favorece el aumento de la producción doméstica, con sus consecuentes impactos en el empleo y, posiblemente, en los salarios reales. A su vez, la consolidación de este esquema de crecimiento generaría los incentivos necesarios para estimular las inversiones que permiten mejorar la productividad de los factores de producción”. Un dólar alto también actúa como barrera para la competencia importada, impulsando de ese modo la producción nacional. Pero en ese documento se advierte que la clave en esa estrategia es que los precios de los bienes y servicios domésticos aumenten menos que el tipo de cambio. “Así, los salarios nominales pueden crecer hasta alcanzar e incluso superar el aumento de los precios de la canasta de consumo (lo que implica que el salario real se mantiene o crece), sin que esta tendencia elimine la mejora lograda en el costo laboral a través de la devaluación del tipo de cambio”, se explica. Esa dinámica que fue virtuosa desde 2003 hasta mediados de 2007, desde entonces ha empezado a crujir por la aceleración en los ajustes de precios. Esto afectó el recorrido del salario real, aunque poco y nada el de los costos laborales, lo que se tradujo en la preservación de elevados márgenes de utilidad en los balances empresarios.
Ese comportamiento se observa en la evolución del costo laboral y del salario para la industria (ver gráfico). En el informe de Trabajo se aclara que se seleccionó ese sector por ser uno de los principales que “tracciona la economía argentina y se encuentra más expuesto a la competencia internacional”. También se menciona, como para despejar cualquier cuestionamiento por aplicar cifras del Indec, que “para el análisis de la evolución de los precios entre 2007 y 2009 se utilizaron los datos publicados por una consultora privada (Buenos Aires City)”. En el gráfico se observa que el costo laboral expresado en moneda extranjera en el sector industrial se redujo drásticamente, con la megadevaluación de 2001, al descender un 75 por ciento. En los años posteriores, el alza de ese costo por unidad de producto ha sido muy leve, ubicándose aun 70 por ciento por debajo del registrado en el segundo trimestre de 2001. En tanto, el salario real alcanzó una mejora del 20 por ciento en su máximo en la mitad de 2007, para luego registrar un leve retroceso.
La evolución de esas dos variables durante la administración kirchnerista (costos laborales en dólares muy bajos y salarios reales crecientes hasta 2007) es una prueba contundente de que las negociaciones salariales no impulsan la inflación, sino que ésta es el mecanismo para mantener condiciones de rentabilidad extraordinaria por parte de los empresarios.
azaiat@pagina12.com.ar

El Estado es un mal administrador salvo cuando tiene que socorrer al capital privado estatizando su propia deuda

La “amenaza” del Estado



 Por Mario Rapoport *
La cuestión del Fondo del Bicentenario oculta otra sin duda más importante: la del rol del Estado en la vida económica y social del país. En los “dorados” años ’90 la revista liberal The Economist (20-9-1997) dedicaba uno de sus números al futuro del Estado. Para dar el tono, en la tapa se dibujaba una implacable mano mecánica que amenazaba con un dedo a una pobre mujer solitaria huyendo despavorida. Y en el interior de la revista se destacaba, entre otras cosas, que “el crecimiento de los gobiernos en las economías avanzadas [...] ha sido persistente, universal y contraproductivo”, llegándose a afirmar que la “democracia es verdaderamente incompatible con la libertad”. El extremo era una foto de estudiantes festejando su graduación subtitulada: “Hagamos que ellos paguen” (su propia educación). Esas ideas, tan primitivas (y peligrosas) empujaron la crisis mundial que padecemos.
En verdad, durante décadas, los magos del neoliberalismo han demonizado al Estado. Con un pase de magia nos han dicho que “achicar el Estado es agrandar la nación”. Pero esta frase tenía significados ocultos; no se lo estaba haciendo desaparecer, se hacía creer que desaparecía mientras seguía muy activo tratando de mantener el orden establecido o de alterarlo de acuerdo con los intereses de los que detentaban el poder en ese mismo Estado. Por supuesto, el endeudamiento público servía para agrandar fortunas personales. Todo esto con la complicidad de entidades internacionales, que ayudaron a “desfondar” las riquezas que quedaban.
Bajo el predominio neoliberal, el Estado se desentendía de cualquier acción destinada a paliar las desigualdades sociales generadas por el mercado, e incluso las acentuaba a través de la legislación laboral y de políticas que fomentaban el desempleo. Tenía, sin embargo, una activa participación en la desregulación de las actividades financieras, la apertura externa, la venta de activos públicos y el sostenimiento de un “cepo” cambiario. En este último caso se trataba, paradójicamente, de un tipo de cambio fijo, para el que la libertad de mercado no funcionaba, aunque ayudaba a garantizar la entrada de capitales externos y su tasa de rentabilidad posibilitando, luego, su posterior fuga. Más aún, si nos remontamos hacia atrás, la prédica de un Estado presuntamente imparcial, con escasa o nula intervención en la actividad económica, queda desenmascarada cuando se observa que la implantación de los modelos neoliberales es precedida y acompañada en América latina por el terrorismo de Estado, como en Chile, en 1973, y en Argentina, en 1976. El discurso que promovía la retirada del Estado de la esfera económico-social no impedía, en nuestro país, llevar adelante la contención del salario nominal, la disolución de la CGT, la supresión de actividades gremiales y la reforma a la Ley de Contratos de Trabajo. Tampoco significaba un impedimento para implementar la Cuenta de Regulación Monetaria, una especie de subsidio indirecto y garantía del sector financiero; así como la nacionalización por conveniencia personal de la Compañía Italo-Argentina de Electricidad, de la que Martínez de Hoz había sido director. Y todo ello completado con la socialización/estatización de la deuda externa privada, en la que tuvo responsabilidad el entonces presidente del Banco Central, Domingo Cavallo. Es decir, como afirmaba Karl Polanyi, “el laissez faire no era un método para lograr una cosa, sino la cosa que quería lograrse”, sólo alcanzable por medio de la acción estatal.
En el orden mundial ha ocurrido lo mismo. Tanto en el caso de Thatcher como en el de Reagan fueron poderosas intervenciones públicas las que impusieron nuevas reglas del juego a los actores económicos en beneficio de los más ricos; las que redujeron la protección social y abrieron la vía de la globalización y la desregulación de la actividad económica con su secuela de burbujas especulativas y crisis periódicas. Pero, al mismo tiempo, tanto en el campo de la seguridad interna como en el terreno internacional –cuya muestra más clara fue la invasión a Irak– los gastos del Estado se multiplicaron hasta llegar a ser calificada esa política como una especie de keynesianismo militar. Cierto es que el Estado norteamericano actuó en momentos críticos a fin de tratar de ayudar a las grandes empresas o bancos en quiebra de su país. Como en el caso de las Cajas de Ahorro y Préstamo en los años ’90, o en la actual acción masiva para salvar a instituciones financieras. Siempre, claro está, con el dinero de los contribuyentes (ergo, la recaudación fiscal del Estado). Según Philippe Frémeaux, un respetado economista francés, “las teorías de Friedrich Hayek y Milton Friedman fueron útiles para reducir la redistribución de los ingresos de los más pobres, pero se regresa bien rápidamente a John Maynard Keynes cuando se trata de salvar al capitalismo de su derrumbe”. Parafraseando al recordado Atahualpa Yupanqui: “Las pérdidas son de todos, las ganancias son ajenas”.
Para eliminar confusiones: el Estado nunca se fue. Frente a visiones que lo reducen a un aparato burocrático, a un conjunto de instituciones relacionadas con la conservación del orden sobre un determinado territorio (detentando el monopolio de la violencia legítima según Max Weber), el tipo de Estado resultante en una sociedad es la consecuencia del orden socioeconómico que logran imponer los sectores cuyos intereses son hegemónicos. Por eso se produjo el salvataje bancario. Pero no se avanzó mucho más, no hubo una reorientación de recursos hacia las principales víctimas: ahorristas, propietarios de inmuebles, pequeñas y medianas empresas, desocupados, etc.
Curiosamente, si el sistema bancario y financiero, responsable de la crisis, no fue castigado, ahora se pretende punir a algunos estados nacionales. Por ejemplo, se quiere obligar a Grecia y a España a realizar políticas de ajuste (achicar el gasto público, reducir empleos y salarios, etc.) como las que fracasaron en la Argentina, haciéndolos responsables de sus propias crisis. Claro que esos países tienen un serio problema: no pueden devaluar su moneda porque están en la zona del euro, esa especie de “dolarización” a la europea.
Aquí se trata de frenar la utilización de las reservas para evitar que el Estado las “malgaste” cuando EE.UU. sobrevive a su endeudamiento gracias a la emisión de dólares o bonos. Pocos critican la fuga de capitales por cifras mayores al propio Fondo (eso no es “malgastar” las reservas, hay que conservarlas para cuando sea necesario volver a llevárselas), pero se quiere impedir que se utilicen (aunque pueda discutirse la forma más conveniente) para gastos sociales y de infraestructura y para aliviar la deuda pública externa. El Estado es un mal administrador salvo cuando tiene que socorrer al capital privado estatizando su propia deuda, como en la última etapa de la dictadura militar.
Como decía Keynes frente a la crisis del ’30, “lo que nos hace falta ahora no es apretarnos la cintura, sino animar la expansión y la actividad, comprar cosas, crear cosas”. Y los medios para ello no deben venir de un ilusorio y condicionante financiamiento externo, sino de la propia lógica del crecimiento interno que permitió generar recursos financieros genuinos. La experiencia de la crisis de 2001 es una ventaja que no podemos desaprovechar porque conocemos el final de la película. Cuidémonos de no repetirlo.
* Economista e historiador.

sábado, 27 de febrero de 2010

Fundamentos del liberalismo: Primera Parte - Por el Prof. José Manuel Fernández


Sospecho que muchos que andan por ahí, hablando del liberalismo o el neoliberalismo, que defienden la libertad de mercado, que dicen que están con “el campo” (concepto ya casi metafísico o significante abismalmente vacío), periodistas que están contra el populismo o el intervencionismo de Estado, o que defienden la acción benéfica de los monopolios o postulan su existencia inmodificable, escasamente han leído la obra de Adam Smith e ignoran cuando lo hacen que es ella la que habla a través de sus logos caudalosos y siempre al servicio de una causa, la de las empresas para las que trabajan. Intenté varias veces discutir temas de Smith con auto postulados liberales o neoliberales de todo tipo y color y raramente descubrí que hubieran transitado su obra magna y monumental con cierto detenimiento. Lo que saben lo saben de los diarios. De la divulgación. La di-vulgata es la cifra perfecta de la degradación intelectual de nuestro tiempo.
Como me apasiona el pensamiento de los grandes teóricos económicos del capitalismo. De todos, Smith es el más sincero, ya que la teoría que propone (la fundamentación del sistema capitalista de producción) no proviene de una ética de la generosidad sino del egoísmo. El libro de Smith aparece el 9 de marzo de 1776. Se publica en dos volúmenes y se agota en seis meses. Vamos a analizar y a estudiar las relaciones de Smith con las neocolonias. Y también –no ya trabajando exclusivamente sobre su obra– el surgimiento y la fundamentación del liberalismo económico, que dio origen en nuestro país al fortalecimiento de la oligarquía agraria e hizo de ella su clase más poderosa y representativa, para desgracia de su desarrollo económico, que habría de quedar eternamente ligado a la producción primaria.
Smith es el genial autor de una frase imperecedera en la teoría económica. Dice así: “Siempre será máxima constante de cualquier padre de familia no hacer en casa lo que cuesta más caro que comprarlo” (Adam Smith, Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, Fondo de Cultura Económica, México, 1958, p. 402). Smith fue el teórico de la burguesía industrial británica. Esta clase pujante necesita emplear obreros en sus fábricas, en sus talleres de manufacturas. Debe alimentar a esos obreros. Debe poner el “pan de cada día” en sus mesas. El pan se hace con harina. La harina viene del trigo. Aquí interviene la sabiduría de ese “padre de familia” que menciona Smith. Si necesito trigo para alimentar a mis obreros debo buscarlo donde más barato lo encuentre. “Cuando un país extranjero (escribe) nos puede ofrecer una mercancía en condiciones más baratas que nosotros podemos hacerla, será mejor comprarla que producirla” (Smith, ob. cit., p. 403). A comprar trigo entonces. Sabia decisión de este “padre de familia” de Smith que es, sin más, el sujeto protagónico del capitalismo: el propietario del capital. Sin embargo, este sujeto debe ejercer una influencia moral sobre las otras clases, las no propietarias. Debe eludir la concentración de empresas. Esta concentración da origen a la malformación que más odia Smith: el monopolio. No dejemos de notar el tono de indignación con que se expresa, como si esa acumulación insalubre (la de muchas cosas en pocas manos o en una sola) arruinara el sistema que él tanto defiende y considera “El beneficio exorbitante destruye aquella parsimonia que en otras circunstancias es una de las características del comerciante. Cuando las ganancias son excesivas, se destierra de su clase aquella sobria virtud, como si fuera algo superfluo, y el lujo exagerado se hace compañero inseparable de esa abundancia (...) Si el patrón es recatado y sobrio, los operarios que emplea, naturalmente lo serán también; pero si el dueño es gastador y pródigo, el criado, que norma su conducta por el modelo del amo, no podrá menos de seguir el ejemplo de él” (Smith, ob. cit., p. 545). Y a vuelta de página cita un proverbio que lo deslumbra: “Pronto se gasta lo que poco cuesta”. Nada define mejor a nuestra oligarquía terrateniente: hija del liberalismo económico, diseñada para el ocio por la “abundancia fácil” de sus campos concentrados en pocas manos, se entregó al ocio, a la satisfacción de sus deseos más opulentos y al ejercicio constante de la dilapidación.
Prof. José Manuel Fernández


http://www.eldolorense.com/detalle_noticia.asp?id_noticia=40477

sábado, 6 de febrero de 2010

No descartan la posibilidad de dejar afuera de la UNION EUROPEA a ESPAÑA y también a GRECIA Y PORTUGAL

Derribando obstáculos



Por Raúl Dellatorre

La reunificación del sistema previsional bajo la administración del Estado. La movilidad jubilatoria. La asignación por hijo para desocupados o trabajadores en negro. Tres decisiones económicas trascendentes, porque significan cambios de reglas que conmueven la distribución del ingreso. Las tres medidas se tomaron en el término de poco más de doce meses, entre fines de 2008 y diciembre de 2009. Un cambio de funcionarios, como el reemplazo de Martín Redrado por Mercedes Marcó del Pont, no puede ser colocado en el mismo rango de aquellas decisiones, pero abre expectativas de que sucedan cambios igualmente trascendentes en uno de los terrenos más complicados, un campo minado, como el sistema financiero. Un sistema financiero que fue escenario y protagonista excluyente en la crisis de 2001. Pero que no formó parte del proceso de recuperación que se inició a partir de mediados de 2002 y se consolidó después de 2003. Un sistema financiero con el que lo mejor que se pudo hacer, hasta ahora, es ignorarlo. Ahora, resurge la esperanza de que forme parte de un proyecto de crecimiento y redistribución. A diferencia de lo que sucedía hasta principios de enero con Redrado, ahora tiene al frente a alguien que cree en ello.
Marcó del Pont es parte de la nueva conducción económica, debajo de la Presidenta de la Nación, a la par del ministro de Economía. Una conducción que recibe permanentemente el respaldo y la opinión del ex presidente de la Nación. No les espera una tarea fácil, si de cambiar el sentido de ser al sistema financiero se trata. Algunos de los sectores que se podrían ver “afectados” ya mostraron los dientes. Quienes los representan desde afuera, también.

No habían pasado 24 horas desde que Marcó del Pont hubiera entrado en funciones y los títulos principales del viernes de dos medios financieros locales, uno sobre el derrumbe bursátil en el mundo, el otro sobre proyecciones de inflación de consultoras privadas, pusieron en duda la suerte de la gestión de la flamante funcionaria. “Caída de mercados le complica a M. del Pont debut en el Central”, tituló el primero. “La inflación en alza complica el plan de Marcó del Pont para que bajen las tasas”, encabezó el otro. Desde afuera, la vocera del directorio del FMI, Caroline Atkinson, aportó lo suyo, destacando que para ese organismo es “muy importante la independencia del Banco Central a la hora de formular la política monetaria”, abonando la teoría de la oposición vernácula que acusa de “injerencia” al Ejecutivo por querer compatibilizar la política monetaria con la económica.

“Los grupos dominantes en el sistema financiero, los que controlan el mercado, no quieren que a ellos se los controle, rechazan las regulaciones. Cualquier señal en ese sentido no les gusta”, sostiene Carlos Heller, flamante diputado nacional. Aunque ciertas expresiones, planteadas como recepción a la funcionaria que acaba de arribar al cargo, más que manifestación de gustos parecen extorsiones. ¿Qué dice Heller? “Es lo que han hecho toda la vida. Está claro, van a intentar marcarle la cancha a Mercedes.”

Pero no sólo a la Argentina le intentan marcar la cancha. Del mal momento que atraviesa España también se pueden sacar experiencias. Asediada por el fantasma de la crisis estadounidense, pero sin las fortalezas de la principal economía del mundo para salir adelante haciéndole pagar los costos a terceros, hoy España está puesta en la lista de los países en riesgo de default inminente. ¿Cómo colaboran los organismos internacionales y las potencias frente a esta situación? Dominique Strauss-Kahn, director gerente del Fondo, acaba de expresar esta semana que “la crisis en España es muy fuerte, está originada en una situación en el mercado inmobiliario que no es muy lejana de la que pasó Estados Unidos en el período 2007/2008; el país deberá hacer un esfuerzo considerable para superarla”. Difícilmente podría haber utilizado términos con mayor capacidad de daño.

Apenas horas antes, desde el mismo organismo, uno de sus economistas jefe había lanzado la original idea de bajar los salarios en España, para ayudar a la recuperación por vía de la baja de costos. Ya que no puede devaluar por no tener moneda propia, lo ideal sería transferir ingresos del sector del trabajo al sector del capital sin intermediación. Para un país que ya tiene un 19 por ciento de desempleo, es fácil suponer cuál es el resultado de aplicar, encima, un recorte a los ingresos de los que todavía conservan el empleo.

La mano que le vienen tendiendo los “países socios” de la comunidad europea no es mucho más generosa. Principalmente desde Reino Unido, pero también desde Alemania y desde Francia, se reiteran comentarios apuntados a que, en la actual situación de endeudamiento y déficit fiscal, difícilmente España esté en condiciones de cumplir durante los próximos años con las pautas macroeconómicas que el Tratado de Maastricht determinó como obligatorias. En tales condiciones, recomiendan no descartar la posibilidad de dejar afuera de la Unión Europea a España (también a Grecia y Portugal, si se prolonga su actual situación).
Comprendiendo la dimensión de la soledad, la vicepresidenta Elena Salgado y el secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, viajarán este lunes a tratar de convencer a analistas, banqueros y periodistas de la city londinense de que la situación no es como la pintan. No les será fácil nadar contra la corriente dominante.
El gobierno de Rodríguez Zapatero no es el de Hugo Chávez, respecto del cual el establishment tiene diferencias muy concretas de intereses pero también de piel. Entonces, ¿por qué le pegan unos y se despegan otros? Quizá la explicación esté en que hay una masa importante de acreedores, los que están en la vereda de enfrente, que cobrarán o no, dependiendo de la “voluntad de sacrificio” a que esté dispuesto (o lo obliguen) a hacer el pueblo español. Para este año, el plan financiero de España prevé emitir títulos de deuda por 211.500 millones de euros (unos 300 mil millones de dólares) sólo para refinanciar vencimientos de deuda por 135 mil millones y otros 76 mil para financiar nuevas necesidades. Son cifras muy abultadas y los tenedores de los títulos a refinanciar deben tener buenos contactos con los factores de poder financiero. Cuanto más se resiste Rodríguez Zapatero a un violento ajuste, más enemigos juntará entre sus socios y amigos. La otra explicación fue dada por Nouriel Roubini y Paul Krugman, dos economistas estadounidenses con posturas que suelen romper el discurso hegemónico. Ambos han coincidido en advertir que España se ha convertido en un riesgo de primer grado para la salud del euro. Entre sacrificar al país socio o a su moneda, las potencias europeas (Alemania, Francia, Gran Bretaña) no dudarían en condenar a España.
Ahí está la lección que puede extraer la reformulada conducción económica argentina. Este mundo financiero, salvajemente especulativo y troglodita, no reconoce lealtades posibles frente a intereses tan poderosos en juego. Seguramente esto podrá ser advertido por Marcó del Pont con mucha más claridad que por su antecesor. La flamante titular del Banco central no comparte la adoración por los mercados que profesa Martín Redrado. No estará tan pendiente de que se pongan “nerviosos”, que sufran “desconfianza” ni será tan permeable a sus presiones. A diferencia de Redrado, Marcó del Pont analiza en clave política el posicionamiento de los capitales financieros, como una disputa de poder permanente. Y se lo podrá traducir mejor que nadie a las autoridades políticas del Gobierno.
El salto de calidad en el cambio de funcionario en el Banco Central es enorme, los cambios concretos deberán esperar un poco más. No habrá una reforma de la Ley de Entidades Financieras inmediata, quizá se pueda avanzar antes en una reforma parcial a la Carta Orgánica del Central, buscando destrabar algunos mecanismos que permitan volcar los fondos disponibles en el sistema hacia el préstamo a actividades productivas.
Carlos Heller, con afiatada experiencia en la banca cooperativa, utilizó en estos días un ejemplo lapidario. “Un banquero, entre prestarle la plata a un señor que se quiere comprar un televisor con pantalla LCD, y prestársela al dueño de un taller para comprar un torno, siempre va a elegir al primero, porque la prioridad de este individuo va a ser pagar la cuota y jamás se va a fijar en la tasa implícita que está pagando, que seguramente es altísima.” El dueño del taller va a depender de que su negocio funcione y ese torno le rinda lo esperado. Y se fijará en el costo financiero que deberá pagar, para ver si está dentro de los cálculos de mayor rendimiento de su empresa. “Esas decisiones no pueden quedar en manos del mercado”, sentencia Heller.
La tarea, ahora, es que no queden en manos del mercado. Pero hace falta conmover las actuales estructuras. Sin derribarlas para construir una nueva, no son tiempos ni las condiciones para ello. Pero sí creando las regulaciones y poniendo límites que son imprescindibles para poder avanzar por un sendero en el que se encuentren los bancos y los sectores de la producción. Cuando se logre, habrá que valorarlo como una transformación profunda, dado que se trata de una de las barricadas más difíciles de superar que dejó en el camino la política neoliberal.

lunes, 1 de febrero de 2010

Blejer, tu turno. Urgente


Pesce a todo es Presidente del Central

Ámbito Financiero (¡muchachos manden un usuario y password, se los ruego!) saca una nota donde habla Miguel Pesce, el nuevo Presidente del BCRA. Arranca con la siguiente frase:

"...la capacidad del Banco Central para anclar la inflación es limitada. En una economía en la que el mercado de crédito es extremadamente reducido, también lo es la capacidad de influir sobre la demanda agregada con el simple uso de la tasa de interés. Del mismo modo, tampoco sería aconsejable utilizar el tipo de cambio como única herramienta contra la inflación."

Si el problema son los canales de transmisión de la política monetaria, entonces trabajá en ello, Pesce. Si el crédito es bajo es porque la tasa es excesivamente alta, las condiciones de fondeo bancario de largo plazo son paupérrimas, los parámetros de riesgo bancario son extremadamente rígidos o bien las condiciones económicas no son propicias para demandar crédito. No hay muchas variantes más. Todas estas cosas son, ahora mismo, tu responsabilidad y del Ministro de Economía Néstor Carlos Kirchner.

Después decís lo siguiente:

"El Banco Central continuará desarrollando una política monetaria basada en un control de la expansión de los agregados monetarios que contemple el proceso de remonetización de la economía, producto de la favorable evolución del nivel de actividad esperada, mediante la esterilización de la oferta de pesos que exceda la demanda"

Tenés que aceptar que mantener el cambio alto te obliga a comprar todos los dólares que vengan de afuera y a tener que desesperadamente meter bonos para sacarlos. Pero, claro todo no se puede manejar: Tipo de Cambio, cantidad de dinero y tasa.

Si controlás el Tipo de Cambio estás obligado a controlar la cantidad de pesos, pero si hacés esto no podés controlar las tasas de interés. Si no podés controlar tasas, tampoco podés controlar el crédito y, consecuentemente, la demanda de bienes y servicios, ¡¡De lo cual te quejabas al principio de la nota!!

Conclusión: Te quejás de que no podés influir en la economía moviendo tasas, pero luego te despachás diciendo que el Banco Central seguirá su política control de agregados monetarios y justamente eso no te permite controlar tasas en todo momento. Si este año te llueven dólares como sospecho que sucederá, sugiero que sueltes el tipo de cambio nominal, y te enfoques en bajar tasas y crear condiciones de fondeo de largo plazo junto con instrumentos para la gestión del riesgo.

Tenemos que terminar el 2010 con tasas nominales de 1 dígito, inflación rondando el 12% y tipo de cambio flotando entre dos bandas que calculará Jorge Carrera y su equipo del BCRA.

Blejer, tu turno. Urgente.

El del 0.33%