lunes, 29 de junio de 2009

"Relato", "hegemónico", "operado", ¡Qué alivio no escuchar más estas palabrotas impuestas por los medios!

lunes, junio 29, 2009

el tipo de prosa que ya no tendremos que leer

A una semana de las elecciones legislativas, el discurso operado desde los medios y aceptado por los periodistas y analistas políticos consiste en afirmar que el kirchnerismo pierde irremediablemente la mayoría en la cámara de Diputados. Sin embargo, un análisis conservador sobre las posibilidades de obtención de bancas realizado provincia por provincia demuestra la falsedad de esta verdad impuesta por el relato hegemónico.
"Relato", "hegemónico", "operado", ahs. Alivio. Ahora, qué panorama excitante el de una presidencial Cobos-Reutemann. ¿Se presentará Pino? Podría volverme adolescente...
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sábado, 27 de junio de 2009

ES INDISPENSAPLE QUE EL MUNDO ENTERO SEA LAICO

Entrevista a Catherine Brechignac, presidenta del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS)

“Es indispensable que el mundo entero sea laico”

La ciencia argentina enfrenta el desafío de la integración en el momento en que los países centrales impulsan redes mundiales de cooperación para aprovechar los recursos humanos que existen en todas las regiones del mundo. Una suerte de descentralización de la ciencia que beneficia, en buena medida, a esos mismos países: si los programas de investigación son transversales al mundo, los temas se deciden en algunos pocos centros.

Por Matias Alinovi
http://www.pagina12.com.ar/fotos/futuro/20090620/notas_f/cnrs.jpg
“EN EL COMIENZO DEL UNIVERSO, AHI, LA NOCION DE TIEMPO DEBE SER REPENSADA”

El desafío argentino es diseñar una estrategia asociativa inteligente que concentre el interés nacional. A propósito de la inauguración del Observatorio Pierre Auger, en Malargüe, Mendoza, Futuro conversó con Catherine Bréchignac, impulsora de la descentralización de la ciencia francesa.

–Usted viene a la inauguración del Observatorio de Rayos Cósmicos Pierre Auger en calidad de presidenta del CNRS, el Conicet francés. ¿En qué medida está involucrada la institución que usted representa en el proyecto?

–Así es. Me gustó eso del Conicet francés. Estamos desde el principio. Firmamos los primeros acuerdos de cooperación en 1998. Pero tras diez años de colaboraciones, precisar el grado en el que estamos involucrados es difícil, porque la realidad se ramifica. Tenemos personal permanente en el lugar y transferimos fondos: nuestra institución asegura la totalidad de la contribución francesa al proyecto.

–¿Cree que el observatorio puede convertirse en una unidad mixta internacional, es decir, pasar a formar parte del CNRS bajo alguna de las formas burocráticas que la institución prevé?

–No. Con el ministro de Ciencia, Barañao, llegamos a la conclusión de que, efectivamente, debemos montar una unidad mixta internacional, pero con aquellas instituciones que en la Argentina financian el proyecto Auger. Para nosotros eso supondría mayores posibilidades de permanencia en el lugar: traer más investigadores que permanezcan durante más tiempo. Una mayor permanencia supondría aumentar los medios que invertimos, para generar el necesario incremento de la potencia de cálculo.

–¿Y la sede de esa unidad no sería Malargüe?

–No. Según lo que conversamos, lo más conveniente sería montar un laboratorio que permitiera acoger, en Buenos Aires, al conjunto de los investigadores que transitan para venir hacia aquí.

–En un sentido general, ¿qué cree que puede aportar la Argentina a la ciencia francesa?

–Puede hacer grandes aportes. En el pasado reciente su país ha tenido investigadores de primer nivel. Después, claro, ha atravesado ciertas dificultades de orden político, y, en consecuencia, han surgido menos investigadores, simplemente por proporción numérica: había menos gente trabajando en el país. Pero yo pienso que con la reactivación... Hoy la Argentina no tiene más de quinientos posdoctorandos, o mejor, tesistas, por año. Tendría que tener muchos más.

–¿Cuántos?

–Algunos miles. Las colaboraciones como Auger permitirán, sin duda, hacer venir más estudiantes a Europa, estudiantes argentinos que desarrollen sus tesis en Francia, por ejemplo, y eso es exactamente lo que el país necesita.

–¿En Francia siguen faltando estudiantes de ciencias?

–Faltan en todos los países del mundo.

–Es decir que faltan también en la Argentina. Yo me figuraba que usted pensaba que el país podría aportar a Francia parte de los estudiantes que le hacen falta.

–La ciencia es una empresa internacional, y los estudiantes deben viajar de un país al otro, para luego volver a sus países de origen a enseñar, a transmitir mensajes. Fíjese lo que ocurre en Estados Unidos. Ya no existen, prácticamente, posdoctorandos norteamericanos. Todos vienen de Asia.

–¿Y Francia piensa en ese modelo?

–En mi gestión al frente del CNRS yo abrí los puestos, y hoy tengo un 25 por ciento de extranjeros que entran al CNRS por año.

–Después de la crisis internacional, la idea de una institución como el CNRS, es decir, la idea de una ciencia en la que el Estado interviene activamente, dirige, centraliza, ¿se fortalece o se debilita?

–El Estado no puede y no debe dirigir la ciencia, sólo puede dar indicaciones generales. ¿Sabe qué ocurre? Los científicos son gente que crea, y a la gente que crea usted no la puede dirigir así como así; no puede decirles que hagan esto o lo otro.

–Pero puede asegurarles un puesto.

–Puede asegurarles un puesto e incitarlos a trabajar en tal o cual dirección. Señalar áreas específicas para el interés general; eso es lo máximo que el Estado puede hacer. Pero además, en la actualidad, para hacer ciencia no alcanza sólo con hacer ciencia, si me permite la aparente contradicción. No basta con hacer ciencia básica, digamos, sino que al mismo tiempo hay que desarrollar ingente tecnología. Fíjese, están los detectores de superficie dispersos a través de los campos de Malargüe. Esos detectores funcionan de acuerdo con principios teóricos simples, pero jamás habríamos podido ponerlos en funcionamiento sin la tecnología que los sustenta. Y lo extraordinario es que esa tecnología, contrariamente a lo que se cree, sirve en cualquier lugar. En los hospitales, en los sistemas de comunicación... La tecnología que aquí se desarrolla con un fin específico puede utilizarse en ámbitos insospechados. Porque las aplicaciones prácticas no están garantizadas por el tema de estudio, sino por el modo en que se busca. Por eso el Estado no debe dejarse ganar por su afán de aplicaciones prácticas y pretender dirigir a los científicos. Ustedes tienen una suerte fenomenal de tener el proyecto Auger acá. Yo me digo, si lo tuviéramos en mi país...

–¿Los científicos franceses siguen temiendo a Nicolas Sarkozy, a sus planes de reestructuración?

–No. No voy a negarle que al principio nos hacíamos muchas preguntas, pero desde que el presidente nos dijo que él hacía de la investigación científica una prioridad, eso, de algún modo, nos tranquilizó. Es verdad que quiere cambiar el sistema de la investigación, y tiene razón. Hay que volverlo más eficiente, y por eso trabajamos en redes, nacionales, europeas y mundiales, porque... Es como en Auger. Auger es una verdadera red. Debemos trabajar en red.

EL BOSON Y LOS MIASMAS

–Usted es física.

–Sí. Comencé a trabajar en óptica y luego me decidí temerariamente por las nanopartículas antes de que la palabra fuera inventada. Sigo trabajando, la investigación es una pasión.

–¿Existe el bosón de Higgs?

–Ah, pero claro que sí. ¡Lo vamos a encontrar!

–Veo que, como presidenta, está muy bien informada. Lo van a encontrar, ¿está segura?

–Claro que sí.

–Qué lástima.

(Se ríe) –Hasta ahora el modelo estándar permitió predecir la existencia de varias partículas. Es evidente que vamos a encontrar, también, el bosón de Higgs. Pero lo que me parece más interesante es poder comprender, en el comienzo del universo, qué quiere decir el tiempo.

–¿Seremos capaces de entender qué es el tiempo?

–Quizás, aunque no todavía. Hemos avanzado en el conocimiento del espacio-tiempo en los primerísimos... cómo decirlo, uno no puede definirlo en términos del tiempo, no tiene sentido. Lo que quiero decir es que, en el comienzo del universo, ahí, la noción de tiempo debe ser repensada.

–La noción de tiempo antes del tiempo.

(Piensa) –Fíjese, las personas se dijeron: vamos a poner el tiempo cero en el tiempo presente, y después pondremos más hacia un lado y menos hacia el otro. Es decir, establecieron un origen arbitrario de los tiempos. Porque, justamente, lo que ocurrió allí todavía no se entiende. Pero bueno, felizmente todavía quedan cosas por comprender.

–¿No le parece que el campo de Higgs es una especie de éter moderno, en el sentido de que la física vuelve a postular un campo ad hoc para explicar algo que en realidad no comprende?

–Su pregunta es muy pertinente. Lo que ha hecho progresar a la ciencia es la experiencia. Mientras no teníamos la experiencia, sino sólo la teoría, teníamos teorías sin verificación experimental sobre lo que pensábamos. A partir del momento en que entendimos que debía entrar en juego la experiencia, pudimos verificar si lo que predecíamos era correcto. Si una teoría es correcta, debe predecir algo y entonces uno debe mostrar que esa cosa que predijo está ahí.

–Pero a veces la teoría misma puede impedir esa verificación. Le propongo un ejemplo: la teoría de los miasmas, en el Medioevo. Las enfermedades surgen de las emanaciones malignas de la tierra y están en el aire. En consecuencia, debo resignarme, no hay modo de que no me contagie, la cuarentena no existe...

–¿Y entonces?

–La teoría impedía toda observación empírica.

–Pero es que si la teoría es falsa, es falsa.

–Pero esa teoría, en particular, ni siquiera conducía a las experiencias.

–Porque era el Medioevo (risas). No, pero es verdad. Era el Medioevo.

–La Escuela de Medicina de París seguía creyendo en los miasmas en el siglo diecinueve.

–No, pero... Fíjese, usted acaba de utilizar una palabra incorrecta. Yo, en ciencia, no utilizo jamás el verbo creer.

–En este caso se trataba de una creencia.

–Una creencia es una creencia.

–Eso me hace pensar en el tiempo cero...

–¡Ah! ¡Absolutamente! (Se ríe) Una creencia es una creencia. Entre nosotros, los científicos, algunos son creyentes, me refiero al orden espiritual, y otros no. Pero en lo que concierne a la ciencia nos debemos, primero, un rigor científico, y luego una verificación experimental, la única válida para comprender las teorías. Uno avanza una teoría, la verifica, continúa desarrollándola, la verifica...

–¿Hasta cuándo?

–Hasta cuando tenga que ser.

–Pero ese camino es infinito.

–Pero todos los caminos... ¡Volvemos al tiempo cero! (Se ríe).

LAICISMO

–¿Es el laicismo un concepto militante? ¿Hay que convencer a los otros de ser laico?

–Ah, sí, sí, es indispensable. Es indispensable que el mundo entero sea laico.

–Me acaba de dar el título de la entrevista.

(Se ríe) –No se puede no ser laico. Laico... ¿qué quiere decir ser laico? Quiere decir que uno separa la razón, con la verificación de la ciencia, de un lado, de lo religioso, del otro. Todo el mundo tiene derecho a tener su religión. Todo el mundo tiene derecho a pensar lo que quiera. Pero cuando uno está comprometido con una manera de razonar, tiene que seguir ciertas reglas, respetar ciertos juegos estrictos, digamos, y no tiene derecho a mezclar y a imponer... Yo estoy loca de rabia contra el creacionismo. No soporto esa tendencia norteamericana que ve surgir la creación por todos lados. Para mí es intolerable, y, justamente, eso ocurre porque los Estados Unidos no son un país laico.

–¿Pero no le parece que, paralelamente a un discurso de tolerancia, usted sostiene el concepto del laicismo militante, es decir que, de algún modo, intenta convencer a los otros de que Dios no existe?

–No, no. Yo no intento convencer a los otros de que Dios no existe. En absoluto. Voy a poner un ejemplo para hacerle entender lo que quiero decir. Lo que yo creo es que, en este mundo, uno puede considerar lo real y lo virtual. Su imaginario, el de usted, es virtual. Ahí, usted puede meter gente de hace 100 años, que discute en su cabeza con gente del presente. Dalí, por ejemplo, en su Cena en familia puso a gente de su época y luego, inopinadamente, pintó a Dostoievsky en el medio. Y en el cuadro lo pintó de negro, de un negro simbólico, para dar a entender, justamente, que se trataba de un anacronismo. En conclusión, uno tiene el imaginario y en su imaginario uno puede hacer lo que quiera. Uno puede ser creyente. Pero cuando se está en lo real, en el presente, en las cosas, uno debe tener un rigor...

–Pero decirle a un creyente que Dios pertenece a lo imaginario, y que no forma parte de lo real...

–Pero es la verdad.

–...es como decirle que Dios no existe.

–Pero no. Dios no forma parte de lo real, lo lamento. La religión se impone en lo real. No hay prueba material de la existencia divina. No hay ni una sola experiencia capaz de demostrar su existencia. Incluso los religiosos piensan así.

–En todo caso, no los creacionistas. Según ellos, existen pruebas materiales de la existencia de Dios, por ejemplo en el registro fósil.

–Yo respeto a la gente que cree. Es su imaginario, su forma de ver la vida, de entender las cosas y de operar con valores y angustias. En lo que concierne a la ciencia, a lo real, uno debe hacer la separación.

–¿Y el Estado debe hacer algo al respecto?

–El Estado francés, gracias a su laicismo, permite, justamente, decir: “Separamos la iglesia –lo virtual– del Estado –lo real–”.

–¿Está orgullosa de ser francesa?

–Usted está orgulloso de ser argentino, quiero creer. Porque si tiene dudas, se equivoca. ¡El suyo es un bellísimo país en vías de desarrollo, un país de futuro! Si hoy tuviera que emigrar, me vendría a vivir acá.

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viernes, 26 de junio de 2009

Peronismo: historia, presente y futuro

Historia, presente y futuro
Peronismo: ¿quo vadis?

¿Será que el peronismo puede ser cualquier cosa, populista autoritario (Perón lui même), conservador popular (Eduardo Duhalde, Carlos Reutemann), neoliberal (ya saben quién), izquierdista moderado (sí, los Kirchner), o aun revolucionario social (los Montoneros)? No, el peronismo no puede ser cualquier cosa, pero puede, en determinadas etapas de su historia, incorporar diversas corrientes y darse líderes con diversas actitudes e ideologías, como ocurre con el laborismo británico, que ha evolucionado desde un Clement Attlee nacionalizador, en la inmediata posguerra, hasta un Tony Blair privatizador. Lo que hay en común en su historial es estar basados sobre las organizaciones de la clase obrera, ocupada o semiocupada, de los sindicatos bien o mal dirigidos, y de los piqueteros, clientelistas o no, aparte de algunos grupos radicalizados -y algo violentos- que siempre existen en partidos populares hasta que sus excesos hacen que sean expulsados (como se ha dado en el PT de Lula da Silva, por citar sólo el caso más reciente). En los países de la periferia, por el mero hecho de serlo, se dan fenómenos bien distintos a los de los países centrales, y no siempre adecuadamente entendidos por las teorías desarrolladas en el centro, fueren de tipo evolucionista liberal o marxista. Ocurre que por el impacto del desarrollo económico fogoneado desde afuera se genera una gran heterogeneidad interna, según la forma o grado en que se absorbe ese impacto. En gran medida, hay elites tradicionales que se proletarizan, fueren ellas aristocracias decadentes o clero desestabilizado, nuevos grupos emergentes que necesitan un mejor lugar al sol, como los intelectuales subocupados, los industriales necesitados de protección o muerte, o los militares sin suficientes armas ni sueldos pero altas e insatisfechas ambiciones. Por el otro lado, el desarrollo y la urbanización aceleradas, que de todos modos se dan, generan masas movilizadas de migrantes del campo a la ciudad o a concentraciones mineras o plantaciones tropicales, donde forman una masa disponible, como la llamó en su tiempo Gino Germani, que ha perdido la protección de los “tres padres” de la sociedad tradicional (el paterfamilias, el patrón y el cura) y que, al no alcanzar aún gran experiencia de organización autónoma, necesita de un “padre de los pobres”. En estas condiciones se genera el verticalismo y el culto a la personalidad, y ahí hay parecidos entre Fidel Castro y Juan Domingo Perón o Hugo Chávez, o entre Daniel Ortega y Víctor Raúl Haya de la Torre, por más que sus hojas ideológicas luzcan incompatibles y sean distintos los efectos de su accionar. Las características comunes de estos fenómenos populistas, que sería mejor llamar movilizacionistas, son suficientemente importantes como para mantener la clasificación. Y es preciso recalcar las diferencias entre ellos y los reformismos del Primer Mundo. En los países de alto desarrollo urbano, industrial y cultural hay, por supuesto, líderes apreciados por sus seguidores, pero ellos no tienen la capacidad de generar lealtades tan pronunciadas y fanatizadas como ocurre en la periferia.

Ahora bien, en sociedades tan carenciadas, tan llenas de injusticias brutales como son las de nuestra región, los movimientos populares, una vez que se forman, tienden a ser muy contestatarios, aceptando la violencia e, incluso, la dictadura, fuere la del proletariado o de quienes pretenden representarlo, o de tecnócratas tipo Vargas, o de los militares supuestamente progresistas, como los de la Revolución Peruana. En los países europeos, por diversos caminos, también los movimientos populares se iniciaron de manera muy contestataria, para entrar luego en una etapa de convivencia con el enemigo, transformado en adversario, cambio que lleva tiempo en establecer, cuesta admitir y más difícil aun es implementar la nueva estrategia cuando se llega al gobierno. En América Latina, prácticamente todos los “populismos” han sido los principales enemigos de las clases poseedoras a lo largo de su historia y fueron más temidos y odiados por éstos que los partidos comunistas o socialistas a la europea, vigentes, sobre todo, en países del Cono Sur. Pero después de tratar de destruirse mutuamente, en lo que fue el equivalente de guerras civiles de baja o a veces alta intensidad, llegaron a acuerdos, hechos en cada lugar de manera distinta. Durante su primera etapa en el poder, el peronismo se fue radicalizando, lo que continuó después de su caída, en 1955. Para volver al poder, Perón tuvo que armar una coalición que puede parecer extraña para quienes no conocen lo que es habitual en el Tercer Mundo. Por supuesto que lo primero que hizo Perón tras llegar al gobierno en medio de aquel caos fue expulsar de su entorno a los Montoneros, de igual manera como lo hizo -en el otro hemisferio político- Charles de Gaulle con la extrema derecha de la Organisation de l’Armée Secrète (OAS) que lo había ayudado en su poco “republicano” acceso a la presidencia. Cuando Carlos Menem, aparentemente encarnando al peronismo más “salvaje”, llegó al poder en medio de la hiperinflación, decidió, para evitar una situación de preguerra civil, hacer el gran pacto con el establishment, representado en la ocasión, a falta de un partido de derecha creíble, por la principal empresa argentina, Bunge y Born. Este pacto fue visto como una traición o entrega por parte de sus seguidores más entusiastas, pero contribuyó a la pacificación nacional, haciendo que el peronismo dejara de ser visto como una amenaza para el orden social. En el fondo, lo que hizo fue algo parecido a lo que había hecho Felipe González unos años antes al acceder finalmente al gobierno, en 1982, pero con una diferencia, debida -personalidades aparte- a que el populismo, aunque parecido a la socialdemocracia y basado sobre casi los mismos sectores sociales, no le es igual. Menem quedó demasiado pegado a la derecha y, al final, perdió el apoyo de su partido tras unos años de éxito en poner coto a la inflación. Su política económica, sin embargo, fue muy negativa por la desindustrialización que permitió y por el neoliberalismo que se impuso en muchas áreas. Pero esto último no lo diferencia de más de un proceso socialdemócrata, como el tan ensalzado de Chile. No es que sean fenómenos iguales, pero es bueno señalar sus parecidos.

Una vez digerida la etapa de la reconciliación -que tiene en común con tantos otros fenómenos populares- era esperable un retorno al cauce del reformismo social, aggiornado, claro está, y adaptado a las condiciones actuales, y eso es lo que ha ocurrido. Y si antes, los gobiernos peronistas operaban con déficit fiscal -por ejemplo- y luego, con Néstor Kirchner, tuvieron fuertes excedentes primarios, eso no se debe a un cambio generado en la cúpula sino a la acumulación de experiencias en lo que, por cierto, tiene algo que ver con la personalidad de los dirigentes, pero es más bien resultado de un proceso macro social. Ahora, habrá que ver cómo sigue evolucionando el peronismo, cosa que no será efecto de decisiones de sus dirigentes, sino de fuerzas sociales que operan debajo de la superficie pero con mucha mayor fuerza. La etapa que se inaugurará después de estas elecciones será vital para ver cómo sigue evolucionando el movimiento creado por Perón, que ahora se presenta dividido, en forma muy probablemente definitiva, entre una derecha y una izquierda (¡relativas, ambas!). Y en política, a menudo, no hay que ilusionarse con lo ideal, sino optar por lo relativamente mejor. O aunque sea, si lo quieren poner así, por lo menos malo, que es igual que decir lo mejor, porque no existe Papá Noel

AUTOPSIA DE LA PROPUESTA OPOSITORA

pOR ERIC CALCAGNO

Autopsia de la propuesta opositora

21-06-09 / La reprivatización de las jubilaciones, Aerolíneas Argentinas y AYSA son claves en los programas.

Recién al final de la campaña aparecen los verdaderos programas de los partidos políticos de la oposición. Hasta ahora, la discusión estuvo plagada de generalidades y cuestiones formales; sin embargo, se sabe cómo ubicarse, porque desde 1990 las tres mayores fuerzas políticas en pugna ya gobernaron y lo que hicieron está en la memoria colectiva. Ahora se añade un rasgo de sinceridad y claridad: dos de las tres fuerzas proponen un retorno a ejes fundamentales del modelo neoliberal, bajo un disfraz de “cambio”. En los hechos, las definiciones opositoras se refieren a la función del Estado: primero, a la privatización de servicios públicos esenciales; y segundo, al regreso al Fondo Monetario Internacional y la vuelta al endeudamiento estatal.

Significado de las privatizaciones. No se equivocan con respecto a la trascendencia de estos temas. Dentro de la acción estatal, la propiedad de determinadas empresas estratégicas es esencial. Sirven para mucho más que gestionar servicios públicos, manejar empresas y captar ganancias: constituyen un modo de tomar, ejercer y mantener el poder. Un claro ejemplo es la Argentina de los noventa, donde las privatizaciones jugaron un rol central: sirvieron para establecer una relación de dominación sobre la sociedad y el Estado. Varios grupos empresarios nacionales y sobre todo extranjeros compraron poder al apropiarse de los centros estratégicos que rigen a la sociedad, lo que les permitió ejercer el poder político de modo directo o indirecto. Lo vemos en la fijación de la agenda social a través de los medios de comunicación que poseen o donde publicitan; financian instituciones académicas que legitiman sus acciones y forman cuadros políticos afines; manejan las empresas que captan la renta nacional y son fijadoras de precios. Otra función estatal de la mayor importancia –denigrada por el neoliberalismo– es la que cumple como propietario y productor de bienes y servicios. Sirve, ante todo, para que la sociedad disponga de áreas físicas o de la prestación de servicios que se rijan por criterios diferentes del beneficio empresario. El logro de los grandes objetivos nacionales no puede quedar librado al “mercado”, que nada tiene que ver con ellos; está para hacer negocios, no para realizar un proyecto de país solidario e inclusivo, y esto no porque el mercado sea perverso, sino porque ésa es su naturaleza.

Las privatizaciones propuestas por la oposición. La oposición propone la reprivatización de Aerolíneas Argentinas, el retorno al sistema previsional de capitalización mediante las Afjp y la vuelta a las concesiones privadas del servicio de agua potable; pero no se detienen allí: también la Argentina volvería a someterse al Fondo Monetario Internacional y reaparecerían los déficit presupuestarios. Es decir, estaríamos en plena década neoliberal de los años ’90. Veamos qué implicancias tienen estas políticas. Las tres reprivatizaciones que anuncian serían desastrosas. La de Aerolíneas Argentinas nos dejaría sin línea aérea de bandera; incomunicaría a 16 de las 26 ciudades servidas por Aerolíneas, porque sólo 10 destinos son rentables; y daría un duro golpe al turismo. Las pérdidas, incluso las monetarias, serían mucho mayores que las actuales. La vuelta al régimen de jubilaciones privadas por capitalización significaría el regreso a un sistema de previsión social fracasado; pero resurgiría un extraordinario negocio financiero. De los 9,5 millones de afiliados a las Afjp, sólo aportaba el 39%; no se jubiló más que el 2,8% y sin embargo en 2008 el gobierno debió contribuir con 4.000 millones de pesos para que pudieran pagarse jubilaciones mínimas; las Afjp cobraban como comisión el 36% de los aportes (como si un banco en el que depositamos 100 pesos nos acreditara sólo 64 pesos); el Estado sigue pagando las jubilaciones, mientras las Afjp cobran los aportes, con lo cual se generó un gigantesco déficit fiscal. En definitiva, fue un brillante negocio financiero para unos pocos, pero absolutamente inviable para pagar jubilaciones. La tercera privatización propuesta es la del agua potable. En marzo de 2006 se rescindió el contrato de concesión al grupo empresario Suez por incumplimiento de las obras pautadas, por la falta de acceso al servicio de agua potable y cloacas de dos millones de personas, y por los elevados niveles de nitratos en los pozos de agua. Además, otro líder de la oposición quiere el regreso al FMI, con la pérdida de la soberanía nacional que producen sus ineludibles condicionalidades. Tal vez ignore que la sujeción al FMI fue fundamental en la catástrofe económica que explotó en 2001; y que si hubiéramos seguido sus consejos, hoy estaríamos dolarizados, sin política económica propia, desindustrializados y con altísima desocupación. Por último, proponen volver al déficit presupuestario, receta hasta hace poco vituperada por los neoliberales. Deberíamos retornar a pedir créditos al FMI y someternos a sus condiciones: ajuste permanente, flexibilidad laboral, privatizaciones, apertura irrestricta, retracción del Estado, con sus consecuencias conocidas sobre la concentración del ingreso y de la propiedad.

¿A todo esto quieren volver? Cómo vemos, el tan mentado postkirchnerismo, presentado como el cambio, se asemeja más al prekirchnerismo: volver a la Argentina anterior al 2003. En síntesis, lo que ahora está en juego es más profundo: se trata del poder político, el económico y el social. Ese es el real sentido de las elecciones del 28 de junio; lo demás parece accesorio. * Senador nacional (FpV)

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miércoles, 24 de junio de 2009

Vienen por el petroleo! Vienen por el agua! Vienen por los pinos! Ay patria mía!

muestra del fracaso de la educación en la argentina

Sobre 900 casos, Ibarómetro, de Doris Capurro -encuestadora que trabaja para algunos sectores del oficialismo y en otro momento para el macrismo- registró una diferencia de 11,6% de intención de voto entre Michetti y Solanas, ampliada a 13,5% con la proyección de un 14,4% de indecisos. La ponderación de datos según edad y nivel educativo revelan el fuerte de Solanas: se ubica a 5,4% de la favorita en los electores menores de 30 años y a un punto (26,1% a 25,1%) entre los que alcanzaron estudios terciarios o universitarios.
Vienen por el petróleo! Vienen por el agua! Vienen por los pinos! Ay, patría mía. Y sí, lo digo: me parece mucho más respetable el voto a Heller que a Pino. Puede votar a Heller alguien que piense que, contando todo, el de los Kirchner no ha sido un gobierno terriblemente malo. O incluso razonablemente bueno. Y es debatible. Pero votar a Pino, bueno, lo dice la encuesta: voto adolescente. Uno de los pocos side-effects lamentables de la prolongación de la adolescencia. UPDATE: me metí en la página de Proyecto Sur con la idea de desnudar la pobreza de las propuestas, costumbre consuetudinaria de este sitio, y me encontré con un programa bastante completo. Hasta diría que muy completo: "Sanción de la ley de tenencia responsable de mascotas. Campaña de concientización para evitar la posesión de especies de la fauna silvestre. Penalización efectiva del tráfico de fauna." ¿Será la de Richard Parker una especie de la fauna silvestre? Ojalá.

Ahmadinejad descalifica a los partidarios de Moussavi

LETTER FROM TEHRAN

WITH THE MARCHERS

A resident reports from the streets and the rooftops.

JUNE 29, 2009

Ahmadinejad dismissed Moussavi’s supporters as “chaff,” but in fact they represented an impressive cross-section of the electorate.

Ahmadinejad dismissed Moussavi’s supporters as “chaff,” but in fact they represented an impressive cross-section of the electorate.

n the afternoon of June 15th, I bumped into my old friend Reza at the huge demonstration on Azadi Street—the march that nobody will ever forget. He was with his wife, Hengameh, his arm raised, giving the “V” sign for victory and shouting, “Death to the dictator!” Then he saw me. His eyes widened and we kissed on both cheeks. “How many?” he asked breathlessly, before answering himself. “A million, I’d say.” I had last seen Reza a few months before, in the small office where he runs a modest trading business. He had looked pale and tired, and was complaining about money problems. But now was different. He shone. “Come to dinner tomorrow night,” he called, and then we were separated.

According to a police official who was quoted in the Western press, a million or more people took part in the Azadi Street march. Later, I asked a person close to the rally organizers how many people there were, and he told me that he thought the figure was closer to two million. It was, he said, the biggest protest Iran had seen since the 1979 revolution, which overthrew the Shah. From where Reza and I stood, half a mile from the western end of Azadi Street, where it enters Azadi Square, a thick belt of humanity stretched eastward seemingly without end. Although the rally was illegal, there was no sign of riot police or Basij militiamen. In an Islamic republic that regards large, unsanctioned gatherings as a threat, the marchers were smiling with the joy of being in one happy, unhindered mass—a pleasurable feeling, utterly unfamiliar.

On June 14th, two days after the election that President Mahmoud Ahmadinejad is alleged to have stolen from his main challenger, the reformist Mir-Hossein Moussavi, I hurried back to Iran from a trip abroad. The next day, the day of the Azadi Street march, I had lunch with a journalist friend. In view of the election fiasco and the coverage that it had received abroad, my friend told me, the authorities were now trying to curtail the activities of the Western media. “If you want to write for a foreign magazine,” he said, “do it without a byline.” The authorities were refusing to extend the visas of most visiting foreign journalists; several Iranian journalists had been thrown in jail.

I had come to Azadi Street to lose myself in a crowd bedecked in green—Moussavi’s color and, not coincidentally, Islam’s. I had also come to try to work out what sort of Iranian had voted for Moussavi. According to the caricature sketched by his opponents during the campaign, Moussavi was backed by a coalition of radical counter-revolutionaries and their minions, who include some misguided students and pampered, Westernized hedonists from the well-heeled neighborhoods of north Tehran. The supporters of Ahmadinejad, by contrast, were said to be poor and virtuous, and to hold a monopoly on patriotism. The President has referred to Moussavi supporters as “chaff.”

And yet, contrary to the caricature, the demonstrators around me represented an impressive cross-section of Iranian society. The crowd in Azadi Street was dominated by young people, and many of the girls wore the regulation blackmaghna’eh, or hooded cloak, that they wear in class. There were also elderly men and women, and families whose dress and appearance suggested that they had come from modest precincts of Tehran or the provinces. I saw a friend who has a government job. She had left work early, along with ten of her colleagues, and with the permission of her supervisor. We passed a government office building where employees were leaning out the windows, waving. I don’t think much work got done in Tehran on June 15th.

A little farther on, I found myself once again near Reza and Hengameh. (I’ve changed their names.) Reza, who has a thick beard, and Hengameh, in a chador, have an old-fashioned “revolutionary” appearance. They do not look like the sort of people who would attend an unsanctioned rally against the regime. But there were plenty of marchers who looked like them—pious, middle-aged Iranians. This is the generation that took part in the 1979 revolution, and then, as in the case of Reza, fought in the long war against Saddam Hussein’s Iraq, and, finally, grew tired of all the lies.

I have known Reza and Hengameh for a decade. I know that they are unfailingly loyal to the memory of Ayatollah Ruhollah Khomeini, the founder of the Islamic Republic, but not to the current generation of leaders, who, with their love of power and their financial corruption, have, they believe, spoiled Iran. In addition, everything I have seen of Reza and Hengameh tells me that they are true democrats—for example, the relaxed way they have brought up their teen-age son, Mohsen. “We never obliged him to say his prayers or observe the Ramadan fast,” Reza told me once, “and now he does both, of his own accord.”

Iranians can draw on a rich culture of resistance to authority, going back to the country’s first experiments with constitutional rule, a hundred years ago, and this, combined with their celebrated verbal dexterity, makes them naturals in the art of political verse. As we passed the Employment Ministry, the marchers improvised a chant: “Ministry of Employment, why so much unemployment?” We passed under a pedestrian bridge, from which dozens of people were watching the marchers. Then came another chant: “You won’t win freedom of thought by standing on a bridge!” My favorite slogan was one that referred to Ahmadinejad’s notorious claim, caught on film and subsequently made public, that he had been crowned by a “celestial halo” while addressing the United Nations General Assembly, in 2005: “He saw the celestial halo, but he didn’t see our votes.” Standing on a balcony overlooking Azadi Street, a man held a copy of the Koran above the heads of the marchers.

The march broke up peacefully, at around seven. Reza was surprised; he had expected the street to be full of police. He wondered why the Basijis hadn’t attacked the protesters. “Maybe they’re laying the groundwork for a concession,” Hengameh said hopefully, alluding to Moussavi’s demand that the election results be annulled and a new vote held.

f the afternoon of June 15th was hope, the evening was despair. Seven protesters were killed during a clash with Basijis who fired on them from their barracks north of Azadi Street. Around the city, there was fighting between Basijis and pro-Moussavi demonstrators who had set fire to trash carts and buses. Drivers sounding their horns in support of Moussavi were dragged out of their cars and beaten, and the Basijis damaged and looted houses where they suspected Moussavi supporters had taken sanctuary. My wife’s parents’ cook, I found out the following day, spent half the night searching the streets for her son; he had gone out to defy the Basijis and got home at five in the morning, having spent the previous three hours hiding in the house of a stranger. From my apartment window, in north Tehran, I watched two Basijis, unable to catch a group of fleeing Moussavi supporters, use their truncheons to smash the windshields of every car parked on our street.

We had been wrong to be optimistic. Did the authorities mean to keep the peace at the rallies that Moussavi’s supporters had vowed to hold, every day, until the election results were annulled, and to attack people at night, after they had dispersed? In extraordinary times, one rapidly gets used to new arrangements. Since June 14th, the people of Tehran have grown accustomed to attending to their daily business in the mornings, when the traffic circulates normally and the Basijis are asleep or at prayer, and planning their afternoons around either joining or avoiding the scheduled protest. At lunchtime, worried parents begin calling their children, entreating them to come home or go to a friend’s house before things get “busy.” The children assure their mothers that this is exactly what they plan to do, and then they go and join the march.

In the course of the afternoon, contact gets harder. The cell-phone networks seize up and the Internet performs even more sluggishly than usual, while the government tries to jam all foreign TV stations—in particular, the BBC’s Persian-language channel. This channel, beaming images and reports sent by normal Iranian citizens back into the country, has been hugely influential in spreading news of the protests to Iranians who would otherwise have relied on state television or the inferior American-based Persian-language channels.

On the afternoon of June 16th, I rented a motorbike with a driver and went to the second pro-Moussavi march, on Tehran’s main north-south artery. Again, the crowd was huge, if less easily quantifiable than it had been the previous day. Many people wore black, and the march was conducted largely in silence, out of respect for the people who had been killed the night before. I saw a marcher holding up a large photograph of one of the dead men. The dead man had a bloodied chest and lay cradled in another man’s arms. Many of the marchers had gathered around and were taking snapshots of the photograph with their cell phones; those cell-phone images soon circulated around the world.

At seven, the streets were still calm. I left to go to Reza and Hengameh’s house, in Yussefabad.

Yussefabad is a traditional middle-class neighborhood in the center of Tehran. Reza’s apartment block, he told me as we went up in the elevator, is occupied mostly by native Tehranis, not migrants from the provinces. Reza used to live in eastern Tehran, but he likes Yussefabad better. “It’s a proper neighborhood,” he said. By that, he meant that it is clean and friendly, with all the shops you need, and a strong family ethos.

We sat on the small balcony of Reza and Hengameh’s flat, and ate peaches and plums. Our friendship began when Reza and I met and discovered that we shared an interest in Persian literature; the relationship soon came to include our families. Hengameh is a superb cook and tolerant of her husband’s indifferent entrepreneurial record. I had always found her a reserved person, but tonight she seemed markedly less demure. The unrest was agitating people, causing them to lower their guard. She called Ahmadinejad “Ahmadi geda,” which means “beggar Ahmadi,” and laughed wickedly.

A change had also come over Mohsen, their son. The last time we met, he had been a typical teen-ager, sulky and monosyllabic. Now Mohsen seemed fully grown, an adult, and he participated enthusiastically in our conversation, which inevitably revolved around politics and the marches. Mohsen had been active in Yussefabad on behalf of the local Moussavi campaign, standing on street corners and handing out leaflets. He had also run the Basiji gantlet, and had the bruises on his knees to prove it.

“Are you sure the election was a fraud?” I asked him.

Mohsen smiled ruefully. “Some of the boys from the campaign headquarters were at the local count, and when they came back that evening they were laughing and saying it was all over—Ahmadinejad had no chance. Then . . .” Mohsen shrugged, and his father said, “You should have seen this neighborhood. There was hardly a single Ahmadinejad poster. Only green. Only green! Of course it was a fraud. They stole the vote.”

Mohsen brought out glasses of tea on a tray. As we drank the tea, we discussed the deaths of the previous night, and Reza shook his head sadly. “The idea of a Basiji shooting a fellow Iranian!” he said. “When I was a Basiji, all we wanted to do was kill Iraqis. The idea of killing an Iranian wouldn’t have entered my head!”

Ever since I’d known Reza, he’d made a point of not having a satellite dish on his roof. He distrusted the foreign television channels, and was content to watch Iranian state TV. During the recent election campaign, however, as state television praised Ahmadinejad endlessly, he had found it difficult to watch; it made him feel physically sick. He bought a satellite dish, so that the family can now watch the BBC’s Persian channel—or, at least, when it isn’t jammed. “It has shown us that everything we have been watching here, most of our lives, is full of lies,” he said.

“Give me an example,” I said, and he replied, “You know what they said on TV about yesterday’s march? They could hardly pretend it never happened, because it was all over the foreign channels and the Internet. So they announced that the rally had been organized by all four Presidential candidates, including Ahmadinejad, in the name of national unity!”

He said, “You can imagine what all this is doing to my father.” Reza’s father was a mid-level bureaucrat before his retirement, a few years ago. He adored Khomeini. He would have given his life for the Iranian Revolution. “You know what he said to me after he heard about the seven people who were shot last night? He said, ‘I regret everything I’ve done in my life.’ ”

There was a sombre pause, and we listened to the sound of a car driving along the street below. We told some Ahmadinejad jokes to cheer ourselves up. Hengameh summoned us from the balcony to eat dinner, a stew of lamb and chickpeas in a brown sauce made tart by lemon juice, and the conversation turned to more pleasant subjects. Then it was almost nine-thirty: time to go up to the roof.

For any Iranian who remembers 1979, today’s unrest is full of echoes. The slogans we were hearing, such as “Death to the dictator!” and “Freedom or death!,” evoke the revolution, as does the victory sign. And now, joining other people from the building on the roof—and the inhabitants of thousands of other apartment blocks—we sensed something else: that, after thirty years, the revolution seemed to be destroying itself.

On the roof, Reza introduced me to a man who said that he had been at university with Ahmadinejad. “He used to kiss us on the cheeks when he saw us, and we would go and wash our faces,” Reza’s neighbor said. Everyone laughed. Reza went to the edge of the roof, cupped his hands around his mouth, and bellowed, “Allahu Akbar!” God is great!

From the apartment block across the street came the response: “Allahu Akbar!

Suddenly, the night sky was filled with this powerful affirmation. As my eyes grew accustomed to the darkness, I saw that on all the roofs around us were men, women, and children. The chanting lasted for half an hour, with pauses to chat and joke. During one such pause, Reza murmured to me, “These may be only words, but I can assure you it was ‘Allahu Akbar’ as much as the strikes and the demonstrations that did in the Shah in ’79.”

A few minutes later, I told Reza that I’d better go and asked if he would call me a cab. He went downstairs, but returned shaking his head. “The drivers refuse to go north,” he said. “The Basijis are smashing cars around Parkway and Vali Asr Street. You’ll have to stay the night here.”

On June 19th, after a week of steady—and peaceful—protests, and clashes after nightfall, Ayatollah Ali Khamenei, the supreme leader—the man who has the last word on all matters of state, and who is an unabashed supporter of Ahmadinejad—made it clear while addressing a large congregation at Friday prayers that the demands of Moussavi and his supporters would not be met. “The Islamic Republic state would not cheat and would not betray the vote of the people,” he said, effectively ruling out annulment of the vote. If the street protests, which he described as “not acceptable,” did not end, there was the possibility of “bloodshed and chaos.”

PHOTOGRAPH: GETTY IMAGES

martes, 23 de junio de 2009

No puede persisitir una ley de la dictadura

GUADALUPE NOBLE

“No puede persistir la ley de la dictadura”

18-06-09 / La hija del fundador de Clarín es candidata a diputada de la Democracia Cristiana. Por Franco Mizrahi - ¿Por qué se volcó a la política? –Porque creo que es la herramienta más fuerte que tiene el ser humano, la sociedad, para mejorar el bien común. Hice política desde otro lado, desde el Teatro El Picadero, en la ONG De Nosotros Depende, pero es poco el margen de acción. Esta candidatura es una oportunidad para hacer un escalón más, un salto cualitativo como herramienta de transformación. –¿Qué quiere cambiar? –Muchas cosas. La institucionalidad es como la madre del borrego. El Congreso debe recuperar el protagonismo que ha perdido, en los sucesivos gobiernos los superpoderes fueron avanzando y cada vez se ha desdibujado más la función del Congreso. Habría que hacer una reforma política, una reforma del Estado. En la provincia de Buenos Aires hay 500 mil chicos que no trabajan ni estudian. Hay generaciones de chicos que no vieron a su padre trabajar. Todo eso es inmoral. –En su última convención nacional, la Democracia Cristiana hizo público su apoyo al modelo K. ¿Comparte ese respaldo? –No me gusta el estilo: el autoritarismo, la crispación, no me gustan. –Pero es candidata por un partido que manifestó lo contrario... –Voté a Néstor Kirchner y después no me gustó. Tanto su modelo económico como su política de derechos humanos me gustaban. Pero las cosas tomaron otro tinte. El Gobierno dice que persigue un modelo progresista pero sigo viendo a los chicos en la calle. –¿Quién es su referente político? –Si tengo un ideal, ha sido mi padre. Como persona completa, me marcó un camino. Ahora estoy haciendo un libro sobre él, se llama: Noble, un argentino visionario. En la política, en el periodismo, como empresario, como amigo, como padre tuvo coherencia. –Su padre es su referente político y fue funcionario del gobierno de Justo, durante la Década Infame... –Sí, pero es un chiste el mote de Década Infame comparado, como mínimo, con lo que sucedió después por ejemplo con la dictadura. Hay cosas rescatables de aquella época. –¿Es una mochila llevar el apellido Noble? –No, es un orgullo. –Antes de vincularse a la Democracia Cristiana, ¿se sintió atraída por otro partido? –Sí, por el peronismo y su sentido de justicia social. Pero no me gusta su práctica personalista y caudillesca. Tampoco me gusta el radicalismo aunque si tuviera que elegir, me quedo con el peronismo. –Es curioso: su padre y el diario Clarín están asociados al desarrollismo. –Algún día habrá que investigar quién fue más desarrollista, si Noble, que toma las ideas de Frigerio, o fue un encuentro entre Frigerio y Frondizi. La historia de mi padre muestra que aportó su experiencia y sus ideas a lo que después fue el desarrollismo. –¿Cómo era la relación con su padre? –Una relación linda. Con él conocí la ternura y el cariño. Pero también era muy estricto. Y agradezco esos límites: sin límites no se puede vivir. –¿Tiene recuerdos de su trabajo en el diario? –Cuando me quedaba en su departamento de la calle Santa Fe veía que se quedaban hasta que salía el diario. Me levantaba para ir al colegio y veías los vasos y cosas que habían quedado de la noche, porque hacía poquito que se habían ido. O me iba y seguían ahí. Estuvo al frente del diario hasta que se enfermó y se fue a vivir a Córdoba: no podía soportar el estrés. Se jugó siempre. Cuando vendió el campo y el auto para financiar el diario, todo el mundo le decía que estaba loco. Y le salió bien. –¿Cómo es su relación con Ernestina Herrera de Noble? –Es una relación cordial. –¿Se hablan? –A veces sí. –¿Hablan sobre el diario? –Hablamos de cómo estamos. Saludos, cumpleaños, etcétera. –¿Cómo repercutió en su relación el litigio judicial por la herencia de su padre? –Ya es parte del pasado. Hemos podido zanjar nuestras diferencias y estamos todos en paz. –¿Cómo la definiría como empresaria? –Ha sido una mujer muy fuerte, porque imagino que no ha sido fácil para ella tener que enfrentar un mundo de hombres. –Durante la dictadura le pusieron una bomba en su teatro. ¿Cómo recuerda la foto de Ernestina brindando con el dictador Videla, publicada en las páginas de Clarín? –Yo tenía una postura antigobierno militar. Y todo lo que fuera un acercamiento a un gobierno militar no era de mi simpatía. –¿Alguna vez se lo cuestionó? –No, porque... yo no tengo nada que ver con Clarín, además. –En estos meses se está por definir la situación de sus hermanos... –No, no son hermanos míos. –¿No los siente hermanos? –No, no son hermanos porque no son hijos de mis padres. –Uno puede definir sus vínculos en función de sus afectos... –Ernestina no es mi madre. Y a ellos no los conozco. Los he visto pero no los he tratado. –¿Se planteó la posibilidad de que fueran hijos de desaparecidos, como investiga la Justicia? –Yo fui a declarar y será la Justicia la que tenga que definir qué pasó. –El hecho de que no sean hijos de su padre pero lleven el apellido Noble, ¿le molesta? –Ya lo he aceptado. En su momento fue difícil, pero bueno, es una realidad. Yo sé que llevo el orgullo de ser la hija de mi padre. Ya está. –¿Considera que deben hacerse el estudio de ADN, como solicitaron las Abuelas de Plaza de Mayo? –Mirá, no sé cómo es la causa. Pero imagino que sí, que uno por principios diría que todo el mundo debería hacerse los estudios. –¿Es muy distinto el Clarín que fundó su padre al actual? –Sí, hoy es un grupo enorme, despersonalizado. Lo otro era una empresa familiar. Tenía la impronta del fundador. –¿Lee Clarín? –Leo Clarín, leo Crítica, leo La Nación. Y ahora alguno más por Internet. –¿Qué periodista le gusta? –En este momento no me viene nadie. Y escritor argentino, tampoco. Sí pensadores de afuera, como Edgard Morin. –¿Si resulta electa acompañará una nueva ley de radiodifusión? –Sí, hay que cambiarla, no puede persistir la ley de la dictadura. Siempre planteé una nueva ley de radiodifusión. –¿Está de acuerdo con el proyecto oficial? –No me gusta lo que leí, me parece que el Poder Ejecutivo tiene demasiada injerencia y eso me parece peligroso. Hay que alejar de la política la posibilidad de manipular. Además creo que no está bien tratarla en medio de una campaña tan virulenta como esta. –El proyecto afecta a los monopolios mediáticos. –Sí, pero no vaya a ser que se cambie una cosa por otra. Creo que el Estado debe garantizar salud, educación y no tener el monopolio de nada. Es peligrosísimo. –¿Qué opina del poder de los medios? –Los medios tienen poder porque la política está devaluada. Cuando la política vuelva a ocupar el rol que tiene que tener, va a estar más equilibrado. Todos decimos que queremos una nueva política, pero a veces los periodistas no le dan el lugar para expresarse. Es un círculo vicioso. Siempre se entrevista a los mismos. No se debaten ideas, sino prontuarios. Eso degrada la democracia. –¿Cómo evalúa la pelea de Kirchner con Clarín? –Son luchas de poder. –¿Considera que, como se dice, Clarín es capaz de “voltear” a un gobierno? –No creo. –¿Los medios tienen ese poder? –No creo que tanto. La gente es bastante independiente de lo que piensan los medios. No veo un poder omnímodo. Sí tiene influencia, pero no el poder de voltear a un gobierno. –¿Le hubiese gustado conducir el diario? –Pienso que por algo pasan las cosas, y no sé si mi alma está preparada para estar al frente de un medio tan fuerte... yo soy de otro espíritu. No sé si hubiera podido. –Clarín puede determinar una agenda. ¿Es bueno, malo, lo hubiera hecho distinto? –Creo que los medios tienen un rol que la sociedad les ha otorgado, mayor al que tendrían que tener. Es una consecuencia del estado de las instituciones, y ese es el problema.

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lunes, 22 de junio de 2009

Molina se reunira con Carlotto tras las críticas

DECLARACIONES CRUZADAS

Molina se reunirá con Carlotto tras las críticas

22-06-09 / La presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo y la médica cubana acordaron hoy reunirse para zanjar la polémica que protagonizaron este fin de semana, después de que la neuróloga criticara a las Madres de Plaza de Mayo por "reverenciar" al Gobierno de Cuba.

La presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, y la médica cubana Hilda Molina acordaron hoy reunirse para zanjar la polémica que protagonizaron este fin de semana, después de que la neuróloga criticara a las Madres de Plaza de Mayo por "reverenciar" al Gobierno de Cuba.

De Carlotto y Molina fueron puestas en contacto telefónico por Radio 10, en una charla en la que la disidente cubana aclaró que no quiso "agraviar ni ofender" a las Madres de Plaza de Mayo.

Molina, quien tras 15 años de reclamos logró que el régimen cubano le permitiera viajar a Argentina para reunirse con su hijo y su madre, pidió a Estela de Carlotto una reunión para hablar de la situación de la isla y afirmó no saber las razones por las que se publicaron cosas que no dijo.

En una entrevista difundida ayer por un matutino, Molina aseguró que no pidió ayuda a las Madres cuando gestionaba el permiso para viajar a Argentina ya que "no iban a hacer nada porque el que reverencia tanto a la dictadura cubana demoniza a quienes" piensan diferente.

Las Madres de Plaza de Mayo "sufrieron la persecución de una dictadura y sin embargo reverencian otras dictaduras, como la que hay en Cuba, que es una dictadura de izquierda, mientras que la que hubo aquí fue de derecha", dijo la neuróloga, según Perfil.

Estela de Carlotto se manifestó ofendida por esas declaraciones y, en respuesta, recomendó a Molina que guardara "silencio" sobre temas políticos.

"Quien ofende el pañuelo (símbolo de las mujeres que reclaman por sus hijos y nietos desaparecidos), esté arriba de la cabeza de quien sea, está ofendiendo a todas. Los que ofenden a las Madres nos están ofendiendo a todas", enfatizó.

Molina se manifestó hoy "disgustada" por la polémica que se generó y por ello se mostró dispuesta a dialogar con la titular de las Abuelas, que aceptó la invitación.

Url: http://www.elargentino.com/Content.aspx?Id=46344

El poder del pueblo, el mismo que le dio el triunfo a la revolución de 1979, es la única arma en el arsenal de una oposición sin armamento

El poder del pueblo, un arma devastadora

Por Robert Fisk *

Ahora que el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, se ubicó codo a codo con su nuevo presidente oficialmente electo, Mahmud Ahmadinejad, la existencia misma del régimen islámico podría verse abiertamente cuestionada en una nación que está dividida como nunca antes entre reformistas y quienes insisten en mantener la integridad de la revolución de 1979.

Si Jamenei hubiera elegido mantenerse en un justo medio y hacer pequeñas concesiones a los incontables millones que se opusieron a Ahmadinejad en la elección y quienes sienten que no fueron tomados en cuenta, el ayatolá aún sería una figura paterna neutral.

Mir Hussein Mussavi y sus seguidores se habrían negado religiosamente –en el sentido más literal de la palabra– a criticar tanto al líder supremo como a la existencia de la república islámica durante las manifestaciones de los últimos días.

Pero al reaccionar como todos los revolucionarios lo hacen aún décadas después de llegar al poder –porque el espectro de una contrarrevolución los persigue hasta la muerte–, Jamenei eligió retratar a los opositores políticos de Ahmadinejad como mercenarios potenciales, espías y agentes de los poderes extranjeros. La traición a la república islámica, desde luego, es castigada con la muerte. Pero la alianza política de Jamenei con este extraño y alucinado presidente pudo haber surgido del miedo y la ira, en partes iguales.

Durante el rezo de los viernes en la Universidad de Teherán, el líder supremo mencionó los peligros de una revolución de terciopelo. Está claro que el régimen tiene profunda preocupación ante el derrocamiento de gobiernos en el este europeo y el occidente asiático desde la caída de la Unión Soviética. El poder del pueblo, el mismo que le dio el triunfo a la revolución de 1979, es un arma devastadora. Podría decirse que la única, en el arsenal de una oposición política seria y sin armamento.

En lo que siguió al triunfo de Ahmadinejad en las urnas, sus simpatizantes conservadores se han dado a la tarea de repartir panfletos en los cuales se condenan las revoluciones laicas de Europa del Este y su contenido habla mucho de los temores del liderazgo clerical iraní. Uno de esos pasquines se titula “El sistema al intentar derrocar una república islámica con una ‘revolución de terciopelo’”. En éste se describe la manera en que Polonia, Checoslovaquia, Ucrania y otras naciones ganaron su libertad.

“Las ‘revoluciones de terciopelo’ o ‘coloridas’ son métodos de intercambio de poder en tiempos de descontento social. Las revoluciones coloridas siempre han comenzado durante una elección y los métodos que siguen son:

- “Existe una completa desesperación en la gente cuando tiene la certeza de que perderá la votación.

- “Se elige un color particular, con el único fin de que los medios occidentales identifiquen (para su público o lectores) a los opositores. Mussavi usó el verde como color de campaña y sus partidarios aún utilizan este color en sus pulseras y pañuelos.

- “Se anuncia que con anticipación se arregló la elección y este mensaje se repite sin cesar, lo cual permite que los medios occidentales, sobre todo los estadounidenses, exageren los hechos.

- “Se escriben cartas a funcionarios del gobierno para denunciar un fraude electoral. Es interesante notar que en estos proyectos ‘coloridos’, por ejemplo en Georgia, Ucrania y Kirguistán, los movimientos apoyados por Occidente han advertido del fraude antes de las elecciones en cartas escritas a los gobiernos involucrados. En el Irán islámico estas cartas fueron dirigidas al líder supremo.”

Otro volante cita un estudio –evidentemente hecho por asesores de Jamenei, y muy poco riguroso– que vaticinó que el fraude electoral se denunciaría el mismo día de la elección, que la oposición anunciaría su victoria horas antes de que concluyera el recuento y se difundiera su derrota.

Por ello los resultados electorales tendrán ya desde el principio un contexto de fraude, según el documento.

“En las etapas finales del proceso, los opositores se reúnen frente a las oficinas gubernamentales; llevan banderas coloridas en protesta por el fraude en el conteo. Esta fase de la manifestación –continúa el panfleto– está a cargo de los medios extranjeros, que se alían con el movimiento opositor con el fin de sacar buenas fotografías y engañar a la opinión pública internacional.”

Todo esto demuestra que existe una singular y obsesiva preocupación entre los discípulos del líder supremo ante la popularidad que ha cobrado la campaña poselectoral de Mussavi. La suspensión de todas las comunicaciones móviles y satelitales –lo que en una sociedad tan desarrollada como Irán debe haber costado millones de dólares– no impidió que se convocara a marchas que siempre se celebraron a la misma hora y en el mismo lugar.

Lo que ahora vemos es un régimen que está mucho más preocupado de lo que sugirió el líder supremo cuando el viernes amenazó tan descaradamente a la oposición. Tras haber rechazado cualquier diálogo político con Mussavi y sus correligionarios –unos cuantos recuentos de votos en algunos distritos no tendrán efecto en los resultados–, lo que tenemos es un régimen iraní encabezado por un líder supremo que está asustado y un presidente que habla como un niño. Esta autoridad está ahora a cargo de controlar las batallas en las calles de Irán.

Se trata de un conflicto que necesitará un milagro para resolverse. Uno de esos milagros con los que Jamenei y Ahmadinejad creen que se podrá evitar la violencia.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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domingo, 21 de junio de 2009

HISTORY SUGGESTS THE COUP WILL FAIL. IN THERAN, FANTASY AND REALITY MAKE UNEASY BEDFELLOWS

The Independent

June 19, 2009

History suggests the coup will fail

Patrick Cockburn, who reported from Iran during the 1979 revolution, reflects on the fall of the Shah and explains why the current uprising is very different

At first sight, what is happening in Tehran today looks very like the extraordinary events of the Islamic Revolution 30 years ago. But how deep do the similarities go? On 2 December 1978, two million Iranians filled the streets of central Tehran to demand an end to the rule of the Shah and the return of Ayatollah Khomeini. It was the most popular revolution in history. At night, people gathered on rooftops to chant "Allahu Akbar – God is Great". In the daytime, mass rallies commemorated as martyrs the protesters who had been killed by the security forces.

The methods of protest are very similar. This is hardly surprising because the demonstrators seeking to get rid of President Mahmoud Ahmadinejad understandably hope the type of unarmed mass protest that worked against the Shah will succeed again. Mass rally and public martyrdom are part of the Iranian revolutionary tradition, just as the barricade is part of the tradition in France. A difference between 1978-9 and today is that the Iranian government has no intention of letting history repeat itself.

Nor is it likely to do so. The Iranian revolution was carried out by a broad coalition from right to left which had religious conservatives at one end and Marxist revolutionaries at the other. The Shah and his regime had a unique ability to alienate simultaneously different parts of the Iranian population which had nothing in common. His cruel but poorly informed Savak security men convinced themselves that communists and revolutionary leftists were the danger to the throne and not the Shia clergy. They were not alone in their delusion. President Jimmy Carter recalls an August 1978 CIA memo, drafted five months before the Shah took flight, firmly concluding that Iran "is not in a revolutionary or even a pre-revolutionary situation".

Crucially, the Iranian revolution had a messianic leader in Ayatollah Khomeini who was a visible alternative to the Shah, a leader whose claims to legitimacy were compromised even before he came to the throne: his father Reza Shah, an army general who seized power in the 1920s, was deposed by British and Soviet troops in 1941. His son was forced to flee in 1953 when Mohammed Mossadeq was elected prime minister, only to be restored by a CIA-run coup for which President Barack Obama has apologised.

More astute rulers might have tried to burnish their nationalist credentials but instead the Shah indulged in historical fantasies such as abolishing the Islamic calendar and celebrating the 2,500th anniversary of the founding of the Persian Empire at Persepolis in 1971. Foreign dignitaries and celebrities sipped drinks behind security cordons while Iranians were excluded.

What makes the Iranian revolution different from previous revolutions in the 19th and 20th centuries is that it was a religious revolution in terms of its leadership and inspiration. Thirty years later, when "Islamic revolution" is seen as such a menace in the West, it is difficult to recall what a surprising development it was in the late 1970s. Revolutions were supposed to follow roughly in the footsteps of the French, Russian or Chinese revolutions. Their tone was secular and anti-religious. Priests were the defenders of the established order.

There had been Islamic anti-colonial movements against the European empires and later against the nationalist regimes which succeeded them. But the record of these Islamic parties was one of failure. It was the Iranian revolution that made political Islam such a potent and, to its enemies, such a menacing force.

The revolution was not only Islamic, but was rooted in the theology and beliefs of one particular Islamic sect. At a moment when intelligence services were looking at Moscow, Peking and Havana as the inspiration for revolution, none of them foresaw the danger to the status quo that was brewing in the clerical seminaries of Najaf in Iraq and Qom in Iran. The birth of revolutionary Shi'ism surprised the world. In theory, Shia theology is more likely to spawn revolution than the Sunni because so many of its beliefs and ceremonies revolve around the lost battle of Kerbala in AD680. It was here that Imam Hussain, the grandson of the Prophet, and 72 of his companions and relatives, were massacred by the soldiers of the second Umayyad caliph Yazid 1.

It is a story of refusal to bow to injustice, of resistance to oppression and martyrdom. But this alone did not make Shi'ism a revolutionary ideology. Iran became Shia by the fiat of the Safavid dynasty in the 16th century. It was only in the 1950s and 1960s, in response to triumphant secularism, leftist revolutionary ideology and persecution by the Shah, that the Shia clergy of Iran and Iraq began to develop their own Islamic "liberation theology" which enabled them to take power in 1979.

The Iranian revolution was more deeply rooted than it appeared to be. It sprang from a coherent ideology. It succeeded partly because it caught its enemies, as well as most of its supporters, by surprise. But it was not a spontaneous event. Khomeini and the clergy who supported him were committed revolutionaries. They had thought out how to take power and how to keep it. They might decry nationalism, but it was their commitment to defending the Iranian nation from foreign encroachments which was so crucial to their success.

In 1964, Khomeini was expelled from Iran, to take refuge in Najaf, because of his opposition to extra-territorial rights for US government employees. The present Iranian leadership does not have the great weakness of the Shah, which was to be seen as the puppet of foreign powers.

By the time the Shah left Iran on 16 January 1979 he had almost no support. This again is very different from the present situation. President Ahmadinejad was re-elected with 62.6 per cent of the vote last week. His opponents claim the poll was rigged, although this is almost exactly the same as his vote in 2005, when he won 61.7 per cent. The point is that Mr Ahmadinejad is a popular politician and the Shah was not. He is very unlikely to be forced from power. Nor is he likely to surrender as the Shah did when he found he was unable to cope with the uprising.

The weakness of the Shah was not evident when the first demonstrations against him began in October 1977, after the death of Khomeini's son. The first demonstrators, religious students, were killed in early 1978 after an article in a government newspaper attacked Khomeini. Their deaths were commemorated 40 days later, according to Shia religious custom, and protests spread across Iran.

These demonstrations in some ways resembled civil rights marches in the US but they had greater impact because they were wedded to religious ritual and the commemoration of martyrdom. Politically, this was a potent blend. It appealed to the most conservative cleric and the most radical student alike. Even so, the marches and demonstrations might have run out of steam over the summer of 1978 if they had not been sustained by a network of clerical supporters of Khomeini in the mosques. Iranians from the slums and villages who had not benefited from the oil boom began to join in.

No crime was so bad that Iranians did not think that the Shah and his security men capable of it. When the Rex Cinema in Abadan caught fire and 400 people burned to death, it was widely believed Savak had started it.

The Shah, who appeared demoralized from an early stage in the crisis, used enough repression to make his regime detested but not enough to create lasting fear. His concessions conveyed confusion and weakness. Martial law was declared. On 8 September, so-called Black Friday, soldiers opened fire on demonstrators and were accused of killing thousands (though the real figure may have been much lower). These were the days when the Shah lost his last chance of staying in power.

He made one further unforced error which had disastrous consequences for himself. Khomeini had been in exile in Najaf, from which he could communicate with Iran but with some difficulty. Cassettes of his sermons had to be smuggled across the border. There was no international press corps in Iraq. But with self-destructive zeal, the Shah's emissaries persuaded the Iraqi government, in which Saddam Hussein was already the strongest figure, to expel Khomeini, who, after being refused entry to Kuwait, took up residence in a suburb of Paris in October.

In Paris, he had better access to the international press than the Shah and was able to communicate easily with Iran.

By the end of 1978, Iranians, even those opposed to the revolution, could see that the Shah was finished. His core military support began to waver. The clergy made every effort to infiltrate and propagandize his armed forces. In any case, he did not want to fight. By mid-January, he and his wife had left Iran forever.

On 1 February 1979, Khomeini returned to Iran to be greeted by several million Iranians and swiftly completed the takeover of power. He marginalised his secular allies from the year before and began to radicalise the revolution, culminating in November 1979 when clerical students took over the US embassy.

Recalling how the Shah had come back from exile with US support in 1953, any potential Shah supporters were imprisoned or shot.

The leaders of the new regime were intent on staying in power. They have not changed much today. The spectacle, the symbols, and the language in Iran in 2009 are similar to those present in 1978-9, but the political forces at work could not be more different. The protesters then were much stronger than they looked; those of today have the odds heavily stacked against them.

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The Independent

June 20, 2009

Robert Fisk’s World: In Tehran, fantasy and reality make uneasy bedfellows

It’s said that the cruel ‘Iranian’ cops aren’t Iranian at all. They’re Hizbollah militia

At around 4.35 last Monday morning, my Beirut mobile phone rang in my Tehran hotel room. "Mr Fisk, I am a computer science student in Lebanon. I have just heard that students are being massacred in their dorms at Tehran University. Do you know about this?" The Fisk notebook is lifted wearily from the bedside table. "And can you tell me why," he continued, "the BBC and other media are not reporting that the Iranian authorities have closed down SMS calls and local mobile phones and have shut down the internet in Tehran? I am learning what is happening only from Twitters and Facebook."

When I arrived at the university, the students were shrieking abuse through the iron gates of the campus. "Massacre, massacre," they cried. Gunfire in the dorms. Correct. Blood on the floor. Correct. Seven dead? Ten dead, one student told me through the fence. We don't know. The cops arrived minutes later amid a shower of stones. Filtering truth out of Tehran these days is as frustrating as it is dangerous.

A day earlier, an Iranian woman muttered to me in an office lift that the first fatality of the street violence was a young student. Was she sure, I asked? "Yes," she said. "I have seen the photograph of his body. It is terrible." I never saw her again. Nor the photograph. Nor had anyone seen the body. It was a fantasy. Earnest reporters check this out – in fact, I have been spending at least a third of my working days in Tehran this past week not reporting what might prove to be true but disproving what is clearly untrue.

Take the call I had five hours before the early-hour phone call, from a radio station in California. Could I describe the street fighting I was witnessing at that moment? Now, it happened that I was standing on the roof of the al-Jazeera office in north Tehran, speaking in a late-night live interview with the Qatar television station. I could indeed describe the scene to California. What I could see were teenagers on motorcycles, whooping with delight as they set light to the contents of a litter bin on the corner of the highway.

Two policemen ran up to them with night-sticks and they raced away on their bikes with shouts of derision. Then the Tehran fire brigade turned up to put out – as one of the firemen later told me with infinite exhaustion – their 79th litter-bin fire of the night. I knew how he felt. A report that Basiji militia had taken over one of Mir-Hossein Mousavi's main election campaign office was a classic. Yes, there were uniformed men in the building – belonging to Mousavi's own hired security company.

Now for the very latest on the fantasy circuit. The cruel "Iranian" cops aren't Iranian at all. They are members of Lebanon's Hizbollah militia. I've had this one from two reporters, three phone callers (one from Lebanon) and a British politician. I've tried to talk to the cops. They cannot understand Arabic. They don't even look like Arabs, let alone Lebanese. The reality is that many of these street thugs have been brought in from Baluch areas and Zobal province, close to the Afghan border. Even more are Iranian Azeris. Their accents sound as strange to Tehranis as would a Belfast accent to a Cornishman hearing it for the first time.

Fantasy and reality make uneasy bedfellows, but once they are combined and spread with high-speed inaccuracy around the world, they are also lethal. Sham elections, the takeover of party offices, a massacre on a university campus, an imminent coup d'état, the possible overthrow of the whole 30-year old Islamic Republic, the isolation of an entire country as its communications are systematically shut down.

I am reminded of Eisenhower's comment to Foster Dulles when he sent him to London to close down Anthony Eden's crazed war in Suez. The secretary of state's job, Eisenhower instructed Dulles, was to say "Whoah, boy!" Good advice for those who believe in the Twitterers.

But the no-smoke-without-fire brigade has a point. Look at the extraordinary, million-strong march against the regime by Mousavi's supporters on Monday. Even the Iranian press was forced to report it, albeit on inside pages. Yes, the authorities have indeed closed down the local SMS service. Yes, they have slowed down – but not closed – the internet. My Beirut roaming phone now rarely reaches London, although incoming calls arrive – unfortunately for me – round the clock. The Iranian government is obviously trying to interfere with the communications of Mousavi supporters to prevent them from organising further marches. Outrageous in any normal country, perhaps. But this is not a normal country. It is a state as obsessed with the dangers of counter-revolution as the West is obsessed with Iran's nuclear ambitions. The Supreme Leader's speech yesterday was proof of that.

But then we had the famous instruction to journalists in Tehran from the Ministry of Islamic Guidance that they could no longer report opposition street demonstrations. I heard nothing of this. Indeed, the first clue came when I refused to be interviewed by CNN (because their coverage of the Middle East is so biased) and the woman calling me asked: "Why? Are you worried about your safety?" Fisk continued to spend 12 hours a day on the streets. I discovered there was a ban only when I read about it in The Independent. Maybe the Guidance lads and lassies couldn't get through on my mobile. But then, who had cut the phone lines?

We have, in fact, reported all the censorship – of local newspapers as well as communications. The footage of a brutal police force assaulting the political opposition on the streets of the capital has shocked the world. Rightly so, although no one has made comparison with police forces who batter demonstrators on the streets of Western Europe, who beat women with night-sticks, who have kicked over an innocent middle-aged man who immediately suffered a fatal heart attack, who have shot down an innocent passenger on the London Tube... There are special codes of morality to be applied to Middle East countries which definitely must not apply to us.

So let's take a look at those Iranian elections. A fraud, we believe. And I have the darkest doubts about those election figures which gave Mousavi a paltry 33.75 per cent of the vote. Indeed, I and a few Iranian friends calculated that if the government's polling-night statistics were correct, the Iranian election committee would have had to have counted five million votes in just two hours. But our coverage of this poll has been deeply flawed. Most visiting Western journalists stay in hotels in the wealthy, north Tehran suburbs, where tens of thousands of Mousavi supporters live, where it's easy to find educated translators who love Mousavi, where interviewees speak fluent English and readily denounce the spiritual and cultural and social stagnation of Iran's – let us speak frankly – semi-dictatorship.

But few news organisations have the facilities or the time or the money to travel around this 659,278 square-mile country – seven times the size of Britain – and interview even the tiniest fraction of its 71 million people. When I visited the slums of south Tehran on Friday, for example, I found that the number of Ahmadinejad supporters grew as Mousavi's support dribbled away. And I wondered whether, across the huge cities and vast deserts of Iran, a similar phenomenon might be discovered. A Channel 4 television crew, to its great credit, went down to Isfahan and the villages around that beautiful city and came back with a suspicion – unprovable, of course, anecdotal, but real – that Ahmadinejad just might have won the election.

This is also my suspicion: that Ahmadinejad might have scraped in, but not with the huge majority he was awarded. For with their usual, clumsy, autocratic behaviour, the clerics behind the Islamic Republic may have decreed that only a greater majority for the winner could decisively annihilate the reputation of its secular opponents. Perhaps Ahmadinejad got 51 per cent or 52 per cent and this was preposterously increased to 63 per cent. Perhaps Mousavi picked up 44 per cent or 45 per cent. I don't know. The Iranians will never know, even though the Supreme Leader told us yesterday that the incredible 63 per cent was credible. That is Iran's tragedy.

Yes, Ahmadinejad remains for me an outrageous president, one of those cracked political leaders – like Colonel Ghaddafi or Lebanon's General Michel Aoun – which this region sadly throws up, to the curses of its friends and to the delight of its enemies in the West. And the Islamic Republic itself – while it has understandable historical roots in the savagery of the Shah's regime which preceded it, not to mention the bravery of its people – is a dangerously contrived and inherently unfree state which was locked into immobility by an unworldly and now long-dead ayatollah.

And those nuclear arms? How many of us reported a blunt statement which the Supreme Leader and the man who ultimately controls all nuclear development in Iran made on 4 June, just eight days before the elections? "Nuclear weapons," he said in a speech in which he encouraged Iranians to vote, "are religiously forbidden (haram) in Islam and the Iranian people do not have such a weapon. But the Western countries and the US in particular, through false propaganda, claim that Iran seeks to build nuclear bombs – which is totally false..."

There are few provable assurances in the Middle East, often few facts and a lot of lies. Dangers are as thick as snakes in the desert. As I write, I have just received another call from Lebanon. "Mr Fisk, a girl has been shot in Iran. I have a video from the internet. You can see her body..." And you know what? I think he might be right.

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