jueves, 28 de mayo de 2009

A la izquierda de Freud: Rescate del pensamiento crítico de Erich Fromm

Rescate del pensamiento crítico de Erich Fromm

“Hombres gobernables sin uso de la fuerza”

“En estos tiempos no podemos darnos el lujo de dejar de lado a pensadores como Fromm –sostiene el autor–. Sorprende la actualidad de su descripción, hace más de 40 años, del tipo de sociedad que iba a triunfar a principios de este siglo XXI. Tal vez debamos repensar sus teorizaciones y propuestas, pero su observación es implacable.”

Por Alejandro Vainer *
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Erich Fromm nació en 1900 en Alemania y murió en 1980 en Suiza. Enseñó en Estados Unidos y en México.
Estos tiempos posmodernos, en los cuales nos intentan convencer de la fascinación por los últimos gritos de la moda (ya sean nuevas tecnologías o el último fármaco milagroso), trabajar sobre Erich Fromm pareciera un anacronismo. Para muchos, todo lo que no es “nuevo” se debería desechar. Pero quizá no todo lo que nos antecede sea para descartar, y ni siquiera viejo. Resistir a esa tendencia hegemónica actual, marcando la vigencia de cierto pasado es el objetivo de estas líneas.

Las múltiples ideas de Erich Fromm nunca llegaron a atravesar fuertemente al medio “psi” argentino. Fue un autor leído hasta 1966 en la naciente Facultad de Psicología pero en ese año, con “la noche de los bastones largos”, quedó por fuera de la bibliografía.

Su entrada en la Argentina fue a manos de la sociología, vía Gino Germani, quien prologó la edición en castellano de El miedo a la libertad. Pero se fue convirtiendo, dentro del medio psi, en un “psicoanálisis aplicado de divulgación”, muy leído a lo largo de varios años. Tenía casi todo para convertirse en un innombrable para el campo de Salud Mental en la Argentina: psicoanalista “culturalista” americano (o “neofreudiano”), marxista, judío creyente y humanista.

Más allá de eso, Fromm sí atravesó la cultura (y no sólo argentina) de toda una época. La cuestión hoy es: ¿quién se acuerda de los planteos y acciones de Erich Fromm? ¿Tienen vigencia sus desarrollos teóricos y técnicos?

Fromm nació con el siglo XX en Frankfurt, Alemania, en el seno de una familia judía tradicional. La imborrable influencia de su niñez y adolescencia fue la tradición judía ortodoxa, con un estilo de vida ligado a sus antepasados rabínicos. Un mundo lleno de dichas lecturas, y alejado de los ideales capitalistas de aquella época. Sus maestros talmúdicos sellaron una marca indeleble. Hasta mediados de los años ‘20 se interesó por las tradiciones y maestros del judaísmo. Los profetas fascinaron a Fromm a lo largo de su vida y su obra, fueron su primera fuente de pensamiento. Su concepción de humanismo derivó en parte de estas experiencias.

Realizó estudios de psicología, filosofía y sociología en Heidelberg. Se graduó a los 22 años con una tesis doctoral: “La ley judía. Una contribución a la sociología de la diáspora”. En esta formación lo impactaron Aristóteles, Spinoza, pero especialmente Karl Marx, segunda y fundamental fuente de sus ideas. Pero un Marx que siempre estará dentro de la Teoría Crítica de la llamada Escuela de Frankfurt.

En la misma ciudad conoció a quien sería su primera analista, luego su primera esposa: Frieda Reichmann. Ella lo introdujo en el psicoanálisis, la tercera y tal vez decisiva fuente de sus pensamientos. Había abierto un “sanatorio que era una especie de pensionado y de hotel judeo-psicoanalítico en el que imperaba una ‘atmósfera casi de culto’ y donde todos eran analizados por Frieda Reichmann”. (Funk, R., Fromm, Ed. Paidós). Ellos dos abandonarían posteriormente la praxis religiosa. Pero no fue sólo el psicoanálisis el que contribuyó a que Fromm dejara la ortodoxia; paralelamente entra en contacto con el budismo en 1926, al que sintió como una especie de revelación. Posteriormente se contactaría con la obra de D. T. Suzuki, con quien luego de muchos años escribiría Budismo zen y psicoanálisis.

Fromm prosiguió y culminó la formación analítica en el prestigioso Instituto de Berlín, donde se relacionó con muchos de sus futuros compañeros y rivales.

Desde fines de la década de los 20 intentó la síntesis del judaísmo, el marxismo y el psicoanálisis. Quizá los intentos de síntesis propia y creativa de estos pensamientos definen el camino que construyó a lo largo de toda su trayectoria.

Varios hechos se sucedieron en su vida: integró el Instituto de Investigación Social (con Max Horkheimer y otros), dentro del cual realizó una de las primeras investigaciones sociopsicológicas: sobre la postura política de los trabajadores y empleados de la República de Weimar, además de comenzar con sus estudios sobre el autoritarismo. En 1931 enfermó de tuberculosis pulmonar, lo que lo llevó a estar un año en Suiza para su cura. En ese momento se divorció de Frieda Fromm Reichmann. En 1933 Karen Horney lo invitó a Chicago para dar unas conferencias. En 1934 se mudó a Nueva York, en vista de la situación existente en Alemania. Vivió allí hasta 1949, año en que se trasladó a México (a raíz de la enfermedad de su segunda mujer), donde luego fundó la Sociedad Mexicana de Psicoanálisis. Pero siempre siguió manteniendo contacto con los Estados Unidos. En la década de 1970 se mudó por problemas de salud a Suiza, donde falleció en 1980.

Las críticas de Fromm al psicoanálisis “oficial” comenzaron a partir de la década de 1930.

Por un lado, su conocido abandono de la teoría de la libido (cuya discusión merecería otro trabajo), para poder entender al individuo más allá de los conflictos libidinales. En ese punto acentuó las determinaciones económicas y sociales. Pero debemos considerar que en ese momento la libido era pensada meramente como una fuerza biológica, a la cual oponían como términos antitéticos y excluyentes los determinantes sociales. Era una época en que no se podría considerar como hoy la complejidad de la subjetividad y se especulaba sobre cuáles eran los factores determinantes en último término.

Por otro lado, siendo este hecho mucho menos conocido, Fromm vivió practicando el psicoanálisis. Trabajó como psicoanalista toda su vida. Tras diez años de práctica “ortodoxa” del psicoanálisis, lentamente comenzó con cambios en su forma de trabajo acordes a las nuevas ideas. No se encuentran muchos escritos sobre este tema, pero sabemos que Fromm dedicó las tardes de su vida a la práctica clínica. Es desde allí donde fue elaborando las concepciones que leemos en sus textos.

En este sentido fue consecuente con sus propias ideas y su trabajo analítico. Se fue oponiendo a una práctica intelectual, de reconstrucciones históricas, predominante de la época. Su técnica fue tornándose más activa: “La meta más importante de su terapia psicoanalítica es hacer que el paciente experimente su realidad inconsciente, antes que teorizar sobre la misma” (Landis y Tauber, Erich Fromm. Psicoanálisis y sociedad, Ed. Paidós). Su idea era que el psicoanálisis penetrara rápidamente hacia el centro de la vida del paciente (no que esperara la resistencias, sino que se encontrara con lo resistido), y para ello rechazaba la idea de un psicoanalista silencioso y pasivo. Era un psicoanalista comprometido. Desde ya, y en concordancia con las ideas que desarrolló desde El miedo a la libertad, no será la adaptación la meta del proceso terapéutico. Por el contrario, Fromm apostará a promover el proceso de individuación y la consecuente libertad, que implican necesariamente soledad y angustia por el encuentro con sí mismo y con los otros.

Como se notará, está en las antípodas de lo que en Argentina se conoce como “psicoanálisis norteamericano”, y al que erróneamente se identifica con una de sus ramas: la Psicología del Yo. Esta ignorancia iguala ideas y prácticas que en realidad se oponen. Porque ese tipo de psicoanálisis adaptacionista es el que Fromm atacó a lo largo de su vida.

Hay ciertas actitudes de Fromm que vale recordar. En la década de 1930 se fueron produciendo las ideas que se convertirán en el primer libro de Fromm, El miedo a la libertad (1941), libro que publicará antes de “terminar” sus ideas, a raíz del momento histórico (la posibilidad de que triunfe el fascismo en el mundo). El texto es una apuesta política: “Los actuales sucesos políticos y los peligros que ellos entrañan para las más preciadas conquistas de la cultura moderna –la individualidad y el carácter singular y único de la personalidad– me decidieron a interrumpir el trabajo relativo a aquella investigación más amplia para concentrarme en uno de sus aspectos, de suma importancia para la crisis social y cultural de nuestros días: el significado de la libertad para el hombre moderno”. El compromiso de Fromm contra el fascismo le hace anticipar sus ideas sobre la estructura del carácter del hombre moderno. Desde ese entonces, fue uno de los pocos psicoanalistas que sostuvo su implicación con la sociedad en que vivía.

Fromm luchó también incansable e infructuosamente (fuera y dentro de varias instituciones que debió ir abandonando) por la aceptación del ejercicio del psicoanálisis para los no médicos en Estados Unidos. Allí, exclusivamente los médicos podían ser psicoanalistas (otro de los benditos “modelos” importados en su momento por nuestro país). Siempre fue un obstáculo su propia condición de “lego”, y mantuvo su insistencia en la formación de psicoanalistas no médicos, siendo absolutamente freudiano en ese aspecto. En ese sentido es llamativo que la mayoría de los psicoanalistas emigrados a los Estados Unidos –y maestros allí– no hayan sido médicos.

Fromm había sido excluido de la Sociedad Psicoanalítica Alemana por su condición de judío en 1934. Luego descubrió que también había sido excluido de la IPA, aunque era miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Washington (y de la más alta categoría). Para volver a la IPA debía solicitar nuevamente el ingreso y someterse al Comité de Selección (1951, Congreso de Amsterdam). Su negativa al proceso lo excluyó definitivamente de las discusiones dentro de la IPA, y del psicoanálisis oficial. En 1953 envió una carta de protesta diciendo: “En verdad no se trata tanto de la cuestión de querer convertirme en miembro de la IPA, sino más bien de enterarme de las razones por las cuales he perdido mi condición de miembro”.

También es poco conocida su diversa participación política. En la década de 1950 se afilió al Partido Socialista de los Estados Unidos, pero renunció tras notar que la burocracia desatendía a las bases del partido. Luego tomó otras políticas como la publicación y difusión de posiciones sobre problemas de la época. Militó posteriormente en movimientos por la paz y el desarme. Su libro ¿Podrá sobrevivir el hombre? sintetiza sus posturas y propuestas.

Su posición sobre la posibilidad de un marxismo humanista se encuentra sintetizada en Marx y su concepto del hombre (1962), texto en el cual Fromm rescata, realiza una introducción y publica los Manuscritos económico-filosóficos de Karl Marx.

En 1968 apoyó activamente la campaña por la nominación para la presidencia del senador demócrata E. Mc Carthy (reconocido humanista, según Fromm), acompañando su campaña con variados discursos y textos. Un infarto lo obligó a abandonar esta actividad.

Por último, en la década de 1970, se opuso a la utilización de la violencia como instrumento de cambio social, ante el pedido de entrevistarse y ayudar a detenidos políticos alemanes.

En estos tiempos no podemos darnos el lujo de dejar de lado trabajar pensadores del psicoanálisis y la sociedad como Fromm. Su descripción del tipo de sociedad que resultó triunfante a principios de este siglo XXI es tan actual que sorprende. Tal vez debamos repensar sus teorizaciones y propuestas, pero su observación es implacable:

“¿Qué tipo de hombre, pues, requiere nuestra sociedad para poder funcionar bien, sin roces? Necesita hombres con los que se pueda cooperar fácilmente en grupos grandes, que quieran consumir cada vez más y que tengan gustos normalizados, fáciles de prever e influir. Necesita hombres que se crean libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad, ni principio, ni moral, pero que estén dispuestos a recibir órdenes, que hagan lo que se espera de ellos y que encajen sin estridencias en la maquinaria social; hombres gobernables sin el empleo de la fuerza, obedientes sin jefes y empujados sin más meta que la de seguir en marcha, funcionar, continuar” (“Problemas psicológicos del hombre en la sociedad moderna”, conferencia de 1964, en El humanismo como utopía posible, póstumo, ed. Paidós).

“En esta nueva sociedad de la segunda revolución industrial, el individuo desaparece. Queda completamente enajenado. Está programado por los principios de la máxima producción, el máximo consumo y el mínimo roce. Y trata de aliviar su aburrimiento con toda clase de consumo, comprendido el consumo de sexualidad y estupefacientes. Y de esto se servirá la tentativa de dar un buen funcionamiento al hombre como parte de la megamáquina, junto con la posibilidad de utilizar la neurología y la fisiología para hacerle cambiar de sentimientos, además de manipular su pensamiento mediante las técnicas de sugestión.” (“La búsqueda de la alternativa humanista”, en El humanismo como utopía posible).

Estas certeras descripciones de la subjetividad actual llevan a pensar que probablemente nuestro futuro esté, como en el psicoanálisis, en hacer trabajar algo de nuestro pasado olvidado.

* Del artículo “Erich Fromm”, que integra el libro A la izquierda de Freud. de Alejandro Vainer (compilador), de reciente aparición (ed. Topía).

miércoles, 27 de mayo de 2009

False Economy: A Surprising Economic History of the World

Argentina: The superpower that never was By Alan Beattie Everyone remembers the world-changing events of the morning of September 11, 2001. Everyone remembers the planes commandeered by terrorists slamming into the twin towers of the Centro ­Mundial de Comercio in Buenos Aires. As the richest country on earth and the ­modern world’s first global hyperpower, Argentina was a prime target for malcontents revolting against the might of the western capitalist order. Fewer recall the disaster that befell the United States of America three months later. Fewer recall the wrenching moment when the US federal government, crushed by the huge debts it had run up borrowing abroad in pesos, announced it was bankrupt. The economic implosion that followed, in which thousands of jobless, homeless Americans slept rough and picked through trash tips at night in Central Park, shocked only those still used to thinking of the US as a first-world country. EDITOR’S CHOICE More from Reportage - Nov-24 Well, no. It happened the other way round. But that was not inevitable. And the crisis that has hit the US – and then the entire global financial system, threatening to plunge the world into another Great Depression – should be a warning. The US could have gone the way of Argentina. It could still go that way, if the painfully learnt lessons of the past are forgotten. A short century ago the US and Argentina were rivals. Both were riding the first wave of globalisation at the turn of the 20th century. Both were young, dynamic nations with fertile farmlands and confident exporters. Both brought the beef of the New World to the tables of their European colonial forebears. Before the Great Depression of the 1930s, Argentina was among the 10 richest economies in the world. The millions of emigrant ­Italians and Irish fleeing poverty at the end of the 19th century were torn between the two: Buenos Aires or New York? The pampas or the prairie? A hundred years later there was no choice at all. One had gone on to be among the most successful economies ever. The other was a broken husk. There was no individual event at which Argentina’s path was set on a permanent divergence from that of the United States of America. But there was a series of mistakes and missteps that fit a general pattern. The countries were dealt quite similar hands but played them very differently. The similarities between the two in the second half of the 19th century, and in fact up to 1939, were neither fictional nor superficial. The “lords of the pampas” – young Argentines strutting the salons of Europe between the wars – pop up in accounts of the time as an equally prominent type as the swaggering Americans playing at European decadence in Berlin and Paris. For a long while the two countries were on parallel paths. The states that later became the US declared independence in 1776 and became a new nation in 1789. The vice-royalty of Argentina, part of the Spanish empire, was overthrown in 1810 by rebels inspired by the American revolution; in 1816, Argentina became an independent republic. Both faced an internal struggle between those that wanted a centralised nation and those that wanted power reserved for the individual states or provinces. In the US, the separate colonies had existed long before the idea of uniting them and it was not guaranteed that a republic would succeed. The negotiations that led to the writing of the constitution were tortuous and often bad-tempered, and the different denominations, traditions and constitutions of the previous colonies all too evident. Only five of the 13 founding colonies, later states, even bothered turning up to the first drafting meeting, in 1786. ­Battles had to be fought to make flesh the national motto “E pluribus unum” (“out of many, one”). That motto appears today on US coins, but at the time of independence in 1789 dozens of different currencies were circulating. A national bank and a single “national debt” – making the federal government responsible for the debts of the states – were not created without fierce opposition. In Argentina, it took decades of struggle before a constitution was adopted in 1853 with a system of sharing tax revenue between the centre and the provinces. But continual tensions were not settled until the suppression of an armed uprising in the province of Buenos Aires in 1880, handing more power to the centre. Domingo Sarmiento, who had tried to forge Argentine national unity while president between 1868 and 1874, said he would settle for an Argentina whose inhabitants were not killing each other. On the face of it the economies of the two countries also looked similar: agrarian nations pushing settlement westwards into a wilderness of temperate grasslands. In both nations, the frontier rancher – the gaucho and the cowboy – was elevated into a national symbol of courage and ­independence. But there were big disparities in the way this happened. America chose a path that parcelled out new land to individuals and families; Argentina delivered it into the hands of a few rich landowners. From the founding of the colonies, America was fortunate to have imported many of the farming practices of northern Europe. The farmers of “New England” came largely from Britain, Germany and the Netherlands, bringing with them the tradition of skilled farmers on small homesteads. Argentina, by contrast, had a history of a few rich landowners on great estates left by the Spanish and the aristocratic elitism that came with it. It also had a labour shortage. Mass immigration to Argentina came later in the 19th century, but the country had to push forward its frontier with a skeleton staff. Both countries opened up the west, the US to the Pacific and the Argentines to the Andes, but not in the same way. America favoured squatters: Argentina backed landlords. Short of cash, Buenos Aires found the best way to encourage settlers was to sell in advance large plots in areas yet to be seized from the native Americans. But once the battles were won the victors were exhausted, good farm labourers in short supply and the distances from the eastern seaboard to the frontier vast. Most of the new landowners simply encircled wide tracts of grassland with barbed-wire fences and turned them over to pasture. Thus was privilege reinforced. European emigrants to Argentina had escaped a landowning aristocracy, only to ­recreate it in the New World. The similarities were more than superficial. In the 1860s and 1870s, the landowners regarded rural life and the actual practice of agriculture with disdain. Many lived refined, deracinated lives in the cities, spending their time immersed in European literature and music. The closest they came to celebrating country life was elevating polo, an aristocratised version of a rural pursuit, to a symbol of Argentine athletic elegance. Even then it took an elite form: the famous Jockey Club of Buenos Aires. By the end of the 19th century some were sending their sons to Eton. America’s move westwards was more democratic. The government encouraged a system of smaller family holdings. Even when it did sell off large tracts of land, the potential for a powerful landowning class to emerge was limited. Squatters who seized family-sized patches of soil had their claims acknowledged. US cattle ranchers did not spend much time boning up on the entrance requirements of elite English schools. And as well as raising cattle, the western settlers grew wheat and corn. By the 1850s, the US was importing a quarter of a million immigrants a year. Immigrants came to Argentina as well, but they came later and with fewer skills – largely low-skilled Italians and Irish. In 1914, a third of Argentina’s population was still illiterate. America imported the special forces of British agriculture, and in addition a large number of literate, skilled workers in cloth and other manufactures. Meanwhile, Argentina had more land than it could efficiently work. But it was well into the 20th century before the rot in the foundations was apparent. . . . Hyperbole about the “unprecedented” nature of the 21st century globalised economy is ­misplaced. There was huge integration in markets for goods, capital and (particularly) people during the first “Golden Age” of globalisation, roughly dating from 1880 to 1914. Peace in Europe coincided with the growth of cities and with them urban consumers. A global trading system swiftly developed as transport costs dropped sharply. It was a great time to be a New World farmer. A canning industry already existed, having been boosted by the need to provision soldiers in the American civil war. Canning was supplemented by other new industrial processes such as freezing and refrigerating meat. American and Argentine farmers saw the markets of Europe open wide and clear in front of them. Production expanded massively. Fresh American beef appeared with frequency on the tables of Europe. Established supply chains meant that concentrating output in a few areas such as cattle and wheat seemed the logical thing to do. By the end of the 19th century Argentina’s economy, per head of population, was higher than that of France and a third higher than Italy’s. The export boom could have kept Argentina up in the pack, but much of the money was captured by landowners who generally either spent it on imported consumer goods or bought more land with it. Economies rarely get rich on agriculture alone and ­Britain had shown the world the next stage, industrialisation. ­America grasped that building a manufacturing industry would allow it to benefit from better technologies, while trying to squeeze a little more grain out of the same fields would not. It was not as if Argentina consciously rejected the same course. It could scarcely avoid growing its own manufacturing industry. But when industrialisation did come, prevailing prejudices ensured it was limited and late. Argentina’s elites saw no ­reason to risk their status and livelihoods in the fickle new sphere and anyway there were not enough new workers to fill the factories. Argentina brought the same tendencies that it had to the ossified agricultural sector, ­preferring cosy, safe monopolies to the brutal riskiness of competition. Its wellbeing rested on farm prices holding their own against the prices of manufactured goods, and on global markets remaining open. The 20th century was a time of markets opened and snatched away, a time that rewarded rapid reactions to unprecedented events. An economy like America’s, with a nimble industrial sector, was well placed to take advantage. An economy like Argentina’s, grown fat and complacent, endlessly borrowing foreign money to pump out grain and corned beef to foreign markets, was not. The Great Depression after 1929 drove a wedge between the two countries that would later cleave into a gulf between democracy and dictatorship. Between 1880 and 1914, the US political system was reacting to change and addressing at least some of the demands of the discontented. But Argentine politics remained dominated by a small, self-perpetuating elite. Franklin Delano Roosevelt, elected president amidst crisis and despair in 1932, took few chances. He saw that reform was needed and met the Depression head-on with the New Deal, a somewhat experimental set of policies distinctly at odds with the hands-off doctrine of the Golden Age. It was not until the build-up to war in 1939 revived demand for factory output that the economy truly recovered. But the political impact of the federal government’s efforts was undoubtedly felt. The system was capable of absorbing new ideas. The system could renew itself. The system did not crash. By contrast, Argentina suffered a deep crisis that ran throughout its narrow political class. With a pathological ­dislike of anything that smacked of socialism, it appeared paralysed by the slump. Exports of beef and wheat were ­particularly hard hit – by the end of the 1920s, meat exports to continental Europe had fallen by more than two-thirds from their level in 1924. The Depression brought FDR and a more active federal government to the US. To Argentina it brought dictatorship. Nationalism and self-sufficiency became attractive; hapless democratic governments passing power ineffectually between each other did not. The man who came to embody the new doctrine, Juan Perón, was one of the leaders of a military coup in 1943. He became president in 1946 and projected an ­assertive, disciplined nationalism. He encouraged a cult of personality and urged Nazi-style economic self-sufficiency and “corporatism” – a strong government, organised labour and industrial conglomerates jointly directing and managing growth. These ideas came to the US, too, but few took them seriously. Argentina believed that its travails had been caused by becoming an economic colony – exporting low-value commodities and importing higher-value manufactured goods. There was some truth in this, but the solution, to industrialise at the cost of cutting off the economy from the rest of the world, was not the right answer. . . . In 1944, a meeting at Bretton Woods, New Hampshire, created the eponymous system of fixed exchange rates and controls on capital. The footloose money of speculators was to be subordinated to the production of real goods and services. To oversee the system, the conference created the International Monetary Fund. The US and the Europeans also began talks to reduce trade barriers, to undo the panicked protectionism of the Depression. Argentina headed blindly off in the other direction, ­rejecting the tenets of open trade. Perón referred to foreign capital as an “imperialist agent”. Rather than face its own problems, the elastic Argentine sense of victimhood stretched to include other, successful economies. Argentina’s obsession with itself was shared by few. Once the US was satisfied that Argentina was unlikely to ally itself with the Soviet Union, it turned its attention to preventing other Latin American states doing so. The US had emerged from the second world war with both moral and financial credit from Europe. For the next 30 years the US economy was raised by the tide of trade, technology and growth that lifted all the western European countries together. Some referred to the three decades after 1945 as the second Golden Age. The world economy was less integrated than during the first, but the benefits of growth were more widely and sustainably spread. Meanwhile, Argentina pursued industrialisation within one country. Tariffs averaged 84 per cent in the early 1960s, at a time when barriers between many advanced countries were being reduced towards single figures. It also taxed exports: Argentina had been one of the most open economies in the world in the late 19th century, but now its exports shrank to equal just 2 per cent of its national income. In the US, by 1970, the equivalent figure was nearly 10 per cent and rising fast. Peronism endured, and indeed endures: Argentina’s ­current president calls herself a Peronist, and so did her predecessor, who happens to be her husband. One reason is that, in a limited way and under its own distorted terms, it succeeded. The state had become strong. The government owned and ran not just natural monopolies such as water and electricity but anything that looked big and strategic – steel, chemicals, car ­factories. The economy did industrialise. But it was still falling behind. In 1950 Argentine income per head was twice that of Spain, its former coloniser. By 1975 the average ­Spaniard was richer than the average Argentine. Argentines were almost three times richer than Japanese in the 1950s; by the early 1980s the ratio had been reversed. Argentina’s was a fragile and superficial progress that masked relative decline. Workers flood Plaza de Mayo in Buenos Aires, on August 31, 1955 to show their support for President Juan Peron, who had offered to resign.Since exports had been discouraged, Argentina again and again ran into balance of payments problems. Though Perón was forced out in 1955 (he would later return), Peronism survived. The lavish promises of social welfare made by Perón to the urban workers meant that the government was often in deficit. And when the stability of the Bretton Woods system broke down in the early 1970s as even the US struggled to make its budget balance, Argentina’s defining trait came to the fore. Argentines might not have known how to build, but they most certainly knew how to borrow. No countries except net exporters of oil did well in the 1970s. Even America had double-digit inflation, but at least it could continue to borrow in dollars. The pretence that Argentina was still a first-world country should have disintegrated in the 1970s, when swelling oil prices and economic dislocation battered even seaworthy governments, and Argentina was thrown repeatedly on to the rocks. In rich countries, the 1970s generally presaged a move to more free-market administrations and policies, as faith in the ability of governments to guide the economy disappeared. In the US, this eventually meant appointing the tough-minded Paul Volcker as chairman of the Federal Reserve. The advanced countries experienced strikes, demonstrations and petrol shortages, but they survived and stabilised. Argentina slid instead towards military dictatorship. An army junta took over in an out-and-out coup in 1976, just as the White House was again changing hands peacefully and constitutionally. After the disastrous misadventure of seizing the symbolic but economically worthless Falkland Islands from the British, the junta too collapsed. A “lost decade” of stagnation and strife followed. ­Hyper­inflation wiped out the value of lifetime savings in a few months. Osvaldo Soriano, an Argentine author, writing in 1989, noted that during the time it took him to type the piece, the price of the cigarette that he was smoking went from 11 to ­14 australes (a new currency that lasted a matter of weeks). . . . In the 1990s, many fragmented markets around the world once more dissolved into one. Like the Golden Age of the late 19th century, the lurch ­forward of globalisation was helped by a shove from new technology, this time in information and tele­communications rather than ships and railways. As in the Golden Age, the US and Argentina were both leaders of the charge. And as before, the US weathered the storms of change while Argentina, having promised a heroic rise, once again succumbed to a fatal flaw. On this occasion the hubris was embodied in the government of Carlos Menem. Although from a Peronist background, Menem edged away from economic isolationism, deciding there was one useful thing Argentina could import from America: credibility. He linked the Argentine peso irrevocably, or so the intention was, to the US dollar. This was a high-risk course. Argentina had got used to printing as much domestic currency as it liked. It now had to earn dollars with an economy that had forgotten how to export. It also required public spending to be controlled. It required, in fact, Argentina to stop acting like Argentina. For a while, it seemed to work. Inflation dropped and the economy stabilised. The IMF, desperate to find a model globaliser to parade to the developing world, unwisely began touting Argentina as an exemplar. But once again Argentina proved a delinquent, better at borrowing than earning. As capital markets dried up after 1998 investors started pulling dollars out of the country and so the supply of pesos had to fall too. In countries that controlled their own currencies, like the US, the severity of the worldwide economic slowdown in 2001 could be minimised by rapid cuts in interest rates, the price of money. The US Federal Reserve slashed the cost of borrowing in 2001, ensuring that the American economy would endure only a brief recession despite huge falls in the inflated share prices of technology companies. Demonstrators protesting Argentina’s economic crisis bang pots and pans outside the Supreme Court building in Buenos Aires on January 31, 2002.In Argentina, a shortage of dollars in its reserves drove up interest rates to punishingly high levels, crushing businesses and bankrupting families. In December 2001 the IMF pulled the plug, forcing Argentina into the largest government bankruptcy in history. Income per head dropped by nearly a ­quarter in three years. Five presidents came and went within two weeks. The country became a laughing stock. Yet at dozens of different points over the previous two centuries it could have been the other way round. In fact, it still could. During the second Golden Age of globalisation, the US too was not immune from the deception that everything was fine as long as it could keep borrowing. Throughout the 1990s and 2000s the American economy ran an ever larger trade deficit, financed by borrowing from abroad. But what sparked the financial crisis in the US was the way that borrowing was being financed domestically. Decades of deregulation had produced ways of borrowing and new financial assets so ­complex that not even the banks that sold them really ­understood what they were doing. Critics were dismissed as doom-­mongers and a property bubble was allowed to inflate absurdly. Mortgages were extended to ­people with bad credit histories – the Argentines of the US housing market. If the US fails to recognise the flaws and correct them, as it painfully learnt to do in the Great ­Depression, the trajectory of its future wealth and power will be lowered. Its rise was not preordained, and neither is its continued pre-eminence. Argentina, meanwhile, remained true to form. Having initially announced with familiar hubris that the country would be unaffected, its government decided that a good way to deal with the loss of investor confidence would be to appropriate the country’s private pensions. All in all, it would be wise to keep betting on the US finding the right way out of the financial crisis and Argentina continuing to harm itself. Of the two great hopes of the western ­hemisphere in the late 19th century, one succeeded and the other stalled in the 20th. It was history and choice, not fate, that determined which became which. It is history and choice that will determine which is which in a century’s time. Alan Beattie is the FT’s world trade editor This is an edited extract from ‘False Economy: A Surprising Economic History of the World’ by Alan Beattie, published next month by Viking, £20. To buy the book for £16 call the FT ordering service on 0870 429 5884 or go to www.ft.com/bookshop Copyright The Financial Times Limited 2009

sábado, 23 de mayo de 2009

Historia de la Salida de Capitales, 1992-2008

jueves, mayo 21, 2009 Raconto Histórico de la Salida de Capitales, 1992 - 2008 En la Convertibilidad, al tener déficit crónico de la balanza comercial en virtud del atraso cambiario, la economía era dependiente de la entrada de capitales. Para sostener el crecimiento el Gobierno importaba ahorro externo, aumentando la deuda pública en más de u$s80.000 millones en todo el periodo, además de vender YPF por poco más de 10.000 millones. Cuando el sector privado consideró que ese endeudamiento era insostenible, comenzó la salida de capitales. En 2001 salen u$s16.600 millones de capitales privados, que financió el Gobierno mitad con pérdida de reservas y la otra mitad con un préstamo del FMI. Finalmente a fin de 2001 se devalúa, lo que implicó una transferencia del riesgo cambiario a toda la sociedad, dado que el Gobierno aumentó la deuda pública para financiar también la salida de capitales. En efecto, hoy día la sociedad tiene que pagar mayores impuestos para pagar los intereses de la deuda pública contraída en la convertibilidad, aún tras el canje de 2005. . En la post convertibilidad, al tener superávit comercial producto del tipo de cambio competitivo y excelentes precios externos, la salida de capitales privados se financia no con aumento de deuda pública o disminución de activos públicos, sino que se financia con el propio superávit comercial que genera el sector privado. En 2005 entran nuevamente capitales por la inminente finalización del exitoso canje de deuda pública. . Entre 2006 y 2007 entran capitales privados pero en menor magnitud, principalmente por el deterioro en la posición fiscal y la manipulación del IPC que hace perder nuevamente la confianza en la economía. En 2008 arranca un fuerte proceso de salida de capitales que sumó u$s9.600 millones que se financió principalmente con el superávit comercial, sin endeudar al Gobierno Nacional. ECONOMETRICA

viernes, 22 de mayo de 2009

La derecha no es abiertamente golpista, pero sí destituyento, Por Guillermo Almeyra, LA JORNADA

América Latina
La ofensiva de la derecha
Como en toda gran crisis, junto a la radicalización de sectores de los explotados y oprimidos, se produce el recrudecimiento de las alas extremas de la derecha, que temen perder nuevas franjas de poder o deciden pasar a la ofensiva antes de que sea demasiado tarde, contando con sus fuerzas económicas, sociales y políticas para ganar posiciones.

Esa derecha no es abiertamente golpista sino ocasionalmente, porque la relación de fuerzas real no se lo permite, pero sí es destituyente, o sea que lleva la desestabilización de sus respectivos gobiernos y sociedades al límite del golpe de Estado. Su arma principal son los medios de información, con los cuales intenta reforzar su hegemonía político-cultural. Por eso asistimos a un golpismo mediático que se concreta por medio de la desinformación, de la tergiversación de los hechos, del uso de calificativos sin sustento, de la sátira malintencionada, de la creación de miedos a la inseguridad, a las pandemias, a la crisis económica, todas las cuales no serían resultado –¡faltaría más!– del sistema capitalista sino delpopulismo y de la ineficacia y corrupción de los gobiernos que no son simples peones del capital financiero (como, por ejemplo, el de Venezuela, el de Cuba, el de Bolivia, el de Ecuador y hasta el moderadísimo gobierno de Argentina).

Podemos ver así cómo la CNN pide en pantalla, directamente, la renuncia del presidente guatemalteco al que entrevista y machaca todos los días, dando por cierto que el presidente Álvaro Colom ordenó un asesinato y ocultando que el odio de la derecha contra ese gobierno proviene de las limpiezas que ordenó a las fuerzas armadas y ala policía, y de sus tímidas medidas sociales. También podemos observar cómo Globovisión exhorta a los militares venezolanos a ponerse los pantalones contra el gobierno, o como todos los medios del grupo argentino Clarín especulan sobre la necesidad de la renuncia de la presidenta Cristina Fernández si no gana en forma aplastante las elecciones, y dicen que el vicepresidente ya tiene un gabinete formado.

Al mismo tiempo, aumentan las provocaciones, como las que hace Perú al dar asilo político a delincuentes y asesinos de Venezuela y de Bolivia disfrazados para la ocasión de opositores democráticos y, a pesar de todas las acusaciones por corrupción y complicidad en homicidios contra Uribe, éste avanza a paso redoblado en Colombia hacia la preparación de su relección, pisoteando la Carta Magna. Pero también la derecha se pone la piel de cordero, como en Chile, para que se olviden de Pinochet y de la dictadura, y adelanta al propietario de LAN, Sebastián Piñera, como candidato a presidente de la República; Calderón se presenta como el garante del orden contra la delincuencia organizada (que siempre tuvo lazos estrechos en los gobiernos mexicanos, como lo demuestran las declaraciones de De la Madrid sobre los Salinas); la derecha brasileña se prepara a acabar con el gobierno de Lula, y la derecha argentina, a quitarle la mayoría en las Cámaras a los Kirchner, para someter a juicio político a la presidenta o sabotear su política todos los días.

Piñera puede llegar a ganar en Chile; en Uruguay es posible un segundo turno que una a las derechas para dejar en minoría al Frente Amplio; en las elecciones del 28 de junio el gobierno argentino, con el auxilio de la abstención y de los votos en blanco, puede sacar menos sufragios que la alianza entre la extrema derecha peronista, la oligarquía terrateniente, el capital financiero y los partidos tradicionales antiperonistas; existe la posibilidad de que la candidata de Lula pierda y la suerte del Mercosur pende de un hilo ante la posibilidad concreta de gobiernos derechistas en Uruguay, Brasil y Argentina. Los factores determinantes de esos muy posibles retrocesos y de la reanimación de la derecha son fundamentalmente dos: el reflejo conservador de las clases medias urbanas ante la crisis mundial, el derrumbe de su nivel de vida, la inseguridad social y el aumento de la lucha de clases e, interrelacionado con el mismo, la incapacidad y el carácter timorato de las políticas de los gobiernos mal llamadosprogresistas, que siguen aplicando esencialmente las mismas políticas neoliberales de los años noventa.

Ellos, en efecto, como los Kirchner o Lula, no han sido capaces de movilizar una fuerza propia con medidas audaces: no han nacionalizado el comercio exterior de granos, ni fijado políticas antiminería ni protegido el ambiente y, por el contrario, han financiado a la gran industria (que es extranjera y está ligada a la oligarquía y al capital financiero internacional) y no les han tocado un pelo a éstos. Sólo las movilizaciones populares y la perspectiva de políticas de cambio pueden arrastrar sectores pobres de las clases medias, como en Bolivia o Ecuador, o contrarrestar la base social clasemediera de la derecha venezolana. La tibieza de la Concertación chilena, del kirchnerismo, de Lula, se convierten en cambio en la fuerza de la derecha frente a gobiernos socialmente aislados y que persisten en las políticas y concepciones neoliberales que llevaron al desastre mundial. Si agregamos a esto que los trabajadores están dando una respuesta débil y desunida a la utilización capitalista de la crisis mundial y, en general, no han podido elaborar un proyecto propio de salida de la crisis, vemos también por qué la derecha y el capitalismo pueden mantener su hegemonía político-cultural. ¡Más que nunca es esencial dar la batalla ideológica contra los valores y los medios del capital y organizar la actividad política independiente de las víctimas del mismo!

http://www.jornada.unam.mx/2009/05/17/index.php?section=opinion&article=018a1pol

lunes, 18 de mayo de 2009

El "fin de la historia" y las encrucijadas del presente Por Ricardo Forster

El “fin de la historia” y las encrucijadas del presente

Las consecuencias sociales de las ideas que fundamentaron la hegemonía neoliberal en los ’90 y su supervivencia bajo la forma de un “sentido común” construido por los grandes medios de comunicación.

Por Ricardo Forster *
http://www.pagina12.com.ar/fotos/20090518/notas/na14fo02.jpg
Durante la década de los ’90 proliferaron los anuncios del fin de la historia y de la muerte de las ideologías. Francis Fukuyama, aquel empleado norteamericano-japonés del Departamento de Estado, escribió, teniendo como telón de fondo la caída del Muro de Berlín y la agonía de la Unión Soviética, un artículo que recorrió las geografías más distantes del planeta y en el que, declarándose heredero de Hegel, confirmaba que estábamos asistiendo al entierro de una época del mundo dominada por la lógica del conflicto, para dejar paso a la entrada en la era de la expansión ilimitada y definitiva del mercado y de la democracia liberal. Fukuyama realizaba unas extrañas piruetas teóricas para apuntalar su visión del fin de la historia; para ello recurría a un poco conocido, al menos fuera de los círculos intelectuales, filósofo ruso-francés llamado Alexander Kojève, quien a lo largo de unos seminarios dictados en el París de los años ’30 interpretaba de un modo harto original a Hegel, inscribiéndolo en esa perspectiva que anunciaba la llegada de un tiempo caracterizado por el reinado de la razón burguesa expandida hacia todos los confines. Lo que en Hegel era una compleja reflexión sobre la travesía del Espíritu Absoluto en la época de la Revolución Francesa y de la expansión napoleónica, y en Kojève una ardua y genial relectura del filósofo alemán a la luz de los acontecimientos de principios de siglo XX signados por la guerra, la revolución social y el ascenso de los fascismos, en el empleado del Departamento de Estado era la apología del libre mercado y de la función imperial norteamericana como punto de cierre de la historia y de sus vicisitudes.

Fukuyama desplegó su hipótesis del fin de la historia en el momento de la hegemonía neoconservadora, en esos años finales de la década del ’80 dominados por la figura bifronte y reaccionaria de Reagan y Thatcher, quienes vinieron a expresar un gravísimo giro del capitalismo que iniciaba el crepúsculo de su era bienestarista para introducirse de lleno en su etapa especulativo-financiera, esa que ha entrado en una crisis casi terminal en 2008, arrasando las expectativas neoliberales y reintroduciendo ideas y prácticas supuestamente arrojadas a los sótanos de una historia clausurada.

Para Fukuyama, el final del mundo bipolar traía como resultado la evaporación de cualquier alternativa viable a la hegemonía del capitalismo, creando a su vez las condiciones para un despliegue inmisericorde y salvaje de la especulación financiera que venía a poner en evidencia que la nueva forma de acumulación ya no pasaría necesariamente por la esfera productiva. Entramos de lleno en la era de los flujos financieros, de los paraísos fiscales, de los planes de ajuste recetados por el FMI a los gobiernos del Tercer Mundo y del desmantelamiento del Estado como instrumento de control y regulación de ese mismo capital que ahora se preparaba para zambullirse en las aguas de la más absoluta de las especulaciones. Se trataba de cantar loas a una globalización que permitía la libre circulación de las mercancías, pero que clausuraba a cal y canto las fronteras de los países ricos para que entraran hombres y mujeres, en especial aquellos que provenían de las regiones más pobres del planeta y que buscaban huir de la miseria extrema generada por esas mismas políticas neoliberales. El fin de la historia venía de la mano con el triunfo, aparentemente irrefrenable, de un capitalismo despojado de cualquier eufemismo a la hora de exaltar como el bien supremo de la humanidad a la riqueza y a sus detentadores. La apología de los “ricos y famosos” se convirtió en el nuevo modelo de una ciudadanía restringida.

Pero esa época dominada por la retórica del fin de la historia y la muerte de las ideologías no tuvo sólo consecuencias económicas devastadoras principalmente para los países periféricos, multiplicando la pobreza y la marginalidad y acrecentando el proceso de concentración de la riqueza, sino que también, y de un modo radical y decisivo, desplegó aquello que podría ser denominado como una profunda revolución cultural que logró naturalizar su propia visión del mundo, arrasando con tradiciones e identidades político-culturales que quedaron reducidas a ser piezas del museo de la historia, restos arqueológicos de un pasado definitivamente cerrado a nuestras espaldas. El giro cultural-simbólico se hizo aprovechando el advenimiento de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, tecnologías que, de la mano de las grandes corporaciones mediáticas, fueron imprimiéndoles a la vida de las personas nuevas significaciones. El gigantesco esfuerzo ideológico (aunque esta palabra estaba prohibida en el diccionario de los neoconservadores) apuntó a horadar el sentido común hasta adecuarlo a la construcción de nuevos imaginarios y nuevos modos de producción de la subjetividad que quedarían asociados a las demandas y exigencias del mercado, transformado ahora en la verdad última y revelada de la vida social.

No se trató, por lo tanto, pura y exclusivamente de un giro económico ultraliberal capaz de reconfigurar el conjunto de las relaciones internacionales a partir del paradigma del libre mercado y de la lucha frontal contra toda forma de proteccionismo (claro que eso no dejó de ser una imposición hecha a los países pobres mientras fue apenas un gesto retórico en los países ricos que mantuvieron a rajatabla sus políticas proteccionistas); se trató, antes bien, de una transformación que involucró los núcleos duros de la economía del capitalismo junto con una intensa mutación de las prácticas sociales y culturales de la mano de los lenguajes de la industria del espectáculo y de la información que, herederas de la vieja usina hollywoodense –en especial la que proyectó sobre las geografías más distantes el sueño estadounidense y su estilo de vida– e incorporando las enseñanzas extraídas de la apropiación que el fascismo hizo de las tecnologías audiovisuales como ejes de su ejercicio propagandístico, supieron incidir en la producción de una nueva manera de concebir el mundo y la vida, penetrando hasta el fondo mismo de las conciencias de época.

Comprender el giro neoliberal es salirse de la simple constatación de aquello que se modificó en el plano de la realidad material para penetrar en aquellos ámbitos de la vida privada y de la fabricación de valores y modelos paradigmáticos, desentrañando la decisiva importancia que, en esa construcción novedosa, en tanto generalizada y hegemónica, tuvieron los medios de comunicación. Es inimaginable el mapa de las últimas décadas desprendido de los lenguajes comunicacionales. En el tiempo de la desideologización y de la neutralización de la política transformada en lenguaje empresarial y puramente administrativo, el eje articulador de sentido, la argamasa con la que sellar los bloques de la dominación, pasó de las viejas estructuras político-ideológicas, lo que tradicionalmente se llamaron los partidos políticos, a la máquina comunicacional-informativa que se convirtió, a partir de ese giro económico-cultural, en garante de la reproducción del sistema y de su lógica.

Lo que en el comienzo de los años ’60 Guy Débord definió como la “sociedad del espectáculo”, acabó siendo lo más propio y decisivo de nuestra propia época, el eje alrededor del cual giró la mayor parte de la vida y el ámbito principal a la hora de producir nuevas formas de la sensibilidad adaptadas a las necesidades de un capitalismo en vías de metamorfosis. Devaluadas las derechas tradicionales, astilladas las estructuras partidarias de representación, debilitadas las formas conservadoras emanadas de las retóricas moralizantes de las instituciones religiosas, fueron las corporaciones mediáticas, las grandes empresas del espectáculo y de la comunicación, las que asumieron la enorme tarea de generar una nueva “opinión pública” capaz de sentirse identificada con los valores emanados de la forma neoliberal que asumió el capitalismo contemporáneo.

La alquimia entre mercado, valores hiperindividualistas, espectacularización mediática, fragmentación social, privatización generalizada y desintegración de lo público posibilitó, entre otras cosas, que un modelo inédito en su capacidad de generar desigualdad e injusticia acabase convirtiéndose en referencia ineludible y verdadera de una sociedad capturada por las más diversas formas del prejuicio y la sospecha. Tal vez por eso resulte tan arduo modificar usos y costumbres a la hora de buscar alternativas a un modelo que, si bien hace agua por todos lados, sigue habitando el fondo de las conciencias hasta el punto de oscurecer cualquier vía de salida. Nada más difícil que ir contra el sentido común, que intentar romper la hegemonía del discurso neoliberal que viene desplegando “su imagen del mundo” desde hace varias décadas. Nada más complejo y desafiante que poner en cuestión aquello que nos habita y que se despliega entre los pliegues de nuestra cotidianidad hasta el punto de volverse indiscernible de lo que pensamos e imaginamos. Nada más arduo que ejercer la crítica contra nosotros mismos, en especial cuando esa crítica tiene como destino permitirnos ver de otro modo aquello que está aconteciendo alrededor nuestro. De eso mismo que no podemos ver allí donde seguimos capturados por un “sentido común” que transforma en impostura y ficción aquello que, en nuestro país, y desde mayo de 2003 viene pujando, con enormes dificultades y contradicciones, por doblegar el mandato neoliberal y su prolongación en esas nuevas derechas que hoy se ofrecen, a través de la corporación mediática, como los representantes de una genuina República “democrática” afirmada en la lógica de la rentabilidad de unos pocos, esos mismos que, sin decirlo, desean regresar a ese armonioso fin de la historia que, entre no-sotros, habitó la década del ’90.

* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA.

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