sábado, 21 de febrero de 2009

La doctrina Rahm

POR ERNESTO F. VILLANUEVA

La doctrina Rahm

16-02-2009 /

Ernesto F. Villanueva

Hay quienes hablan de época de cambio y quienes de cambio de época; algunos piensan en cambios menores y otros en modificaciones sustantivas, pero lo cierto es que en las esferas más decisivas de la economía mundial no hay quién crea que todo seguirá igual. Ya no hay que leer a trotsquistas, autonomistas o a ecologistas para encontrar frases y pensamientos tremendos; simplemente, podemos escuchar a legisladores moderados de los EE.UU. o a los propios banqueros, quienes hablan del enojo y la desconfianza del pueblo hacia Wall Street, de la codicia excesiva del mundo financiero, de irresponsabilidad y hasta de corrupción en el uso de los fondos que recientemente, y de manera gratuita, cedió el amigo Bush, para salvar a esa corporación que todavía dirige el mundo.

Esta vez no son nuestros gobiernos los causantes del desastre: las cifras del 2008 en el mundo nos ubican casi como excepciones. Lo que el establishment pensaba, y sigue pensando que eran debilidades, han sido hasta el momento nuestras fortalezas. Dependemos menos del mundo financiero que otros países, lo que no es poco. Nuestra economía real ha crecido vertiginosamente casi sin crédito, estamos excesivamente escaldados por la especulación financiera. ESCENARIO. Pero si el mundo está ante un escenario horrible, nuestro país no quedará enteramente al margen como descubrimos diariamente. Podemos atenuar algunos efectos de la crisis mundial pero no vivimos en una burbuja. Problemas en las exportaciones, en las importaciones, en el equilibrio fiscal, en el ritmo del crecimiento, en la rentabilidad empresaria, en el empleo. El tema es con qué armas teóricas encaramos esta crisis, con qué esquema de pensamiento. Y aquí hay un riesgo severo. Como la Argentina, está menos afectada que muchos otros, no sólo el establishment está menos cuestionado sino que el pensamiento que tradicionalmente lo avala tampoco está tan sensibilizado como en el resto del mundo.

Durante demasiado tiempo se sostuvo que los años electorales eran un problema para la economía. En esos años, los políticos tenían una actitud hacia la gente que violentaba las fuerzas naturales del mercado, el gasto fiscal se elevaba, y se “concedían” beneficios más allá de los incrementos de productividad. Pues bien, la política no es un capricho y una molestia ni la economía es una ciencia exacta: está claro que debe revisarse la relación entre estado y mercado. Cuando no hay regulaciones, y regulaciones que se cumplan, el mercado no es el producto del juego entre infinito número de oferentes y de demandantes, con una transparencia total de la información, sino que es el dominio de los económicamente más fuertes, ya sean monopolios, oligopolios, monopsonios, o como se llamen. Y ello da lugar ya no a una ganancia capitalista sino a rentas provenientes de las situaciones privilegiadas que se tienen.

Pero más aún, Rahm Emanuel, jefe de gabinete de Obama, ha dicho hace poco que “Una crisis grave nunca debe desaprovecharse. Es una oportunidad de hacer cosas que antes no se podían hacer”. Esta frase, que comienza a llamarse la doctrina Rahm, constituye un toque de atención para todos nosotros. Más que un toque, un verdadero solo de clarín que debe despertar hasta a los más sordos.

¿Qué cosas no podíamos hacer antes? ¿Cómo podemos aprovechar esta crisis mundial? Esto es, no debemos pensar en términos de conservar una situación dada, en términos defensivos, sino en cuáles son aquellas cuestiones que este cimbronazo universal nos permite modificar. No se trata sólo de conservar el empleo sino básicamente cómo hacemos una sociedad más justa; no se trata sólo de cómo conservar los márgenes de ganancia sino cómo ellos revierten hacia un mayor crecimiento económico y abandonan formas horriblemente rentísticas del consumo.

En el plano económico, la Argentina tiene muchas deudas consigo misma. Y avanzar en la confianza sobre nuestras fuerzas no es la menor de todas. Todavía se escuchan muchos gurúes que parecen contentos en la televisión cuando presagian desastres; todavía se ve a demasiados dirigentes sociales y políticos no alertando sobre errores gubernamentales sino alegrándose de las dificultades que tenemos. En fin, el nuevo esquema de país se está construyendo en estos días pero hay demasiadas voces, que más bien parecen gritos desafinados, que repiten eslóganes que en el mundo se están cayendo.

Este desafío, el de la constitución de un pensamiento económico propio y, sobre todo, de su difusión en el plano del sentido común, es quizás uno de los más complejos a encarar, mucho más que los tramos de deuda que debemos afrontar este año o los equilibrios macroeconómicos imprescindibles para que nuestras preocupaciones micro (léase seres humanos) puedan tener un desarrollo digno.

Sin esta renovación de la perspectiva económica seguiremos quedando atados a cifras e indicadores impropios para conocer nuestros problemas y medir nuestros objetivos cuantitativos; peor aún, no tendremos las categorías mínimas para empezar a responder aquellas preguntas que tan crudamente está planteando el jefe de gabinete de los EE.UU.

En particular, ésta es una provocación para los argentinos que sólo miraban las corrientes ideológicas de los países centrales. A ellos podemos decirles: ¡no se queden en los noventa! Ernesto F. Villanueva Universidad Nacional de Quilmes

viernes, 20 de febrero de 2009

Las políticas keynesianas en un país periférico y monetario

Las políticas keynesianas en un país periférico y bimonetario 18-02-2009 / Es clave sostener un tipo de cambio competitivo en términos reales. Jaime Saiegh Los economistas, como todos los seres humanos, aprendemos. En particular frente a una gigantesca crisis económica. No estoy hablando ni de la Argentina ni de la crisis actual, sino de la crisis de 1930 en los EE.UU. y Europa. Mas allá del drama humano, la crisis del 30 transformó el pensamiento económico moderno. En efecto, de manera similar a la actual, la crisis del 30 comenzó en los EE.UU. y se propagó al resto del mundo. Se originó en un derrumbe bursátil, con quiebras bancarias, y culminó en un largo período de alto desempleo y creciente pobreza, tanto en los EE.UU como en el resto del mundo. En ese entonces las recomendaciones de los manuales clásicos de teoría económica (predecesores de los hoy neoliberales) indicaban que el Estado debía abstenerse de intervenir y sólo debía limitarse a mantener el equilibrio presupuestario. La crisis la debía resolver el propio mercado. Los mecanismos que permitirían tal recuperación eran por lo menos dos: 1) la gigantesca desocupación destruía los salarios y por ende reducía dramáticamente el costo laboral। En “algún momento” los salarios serían tan bajos que tornarían rentable recontratar a los empleados. Es en ese punto que la economía, sin la intervención del Estado y sólo por el mercado, comenzaría a recuperarse. 2) Del mismo modo que la depresión reducía salarios, tendía a reducir significativamente el precio de los activos. La crisis del 30 -como la actual- redujo dramáticamente los precios de las acciones, bonos, propiedades, etc. Nuevamente “en algún momento” los tenedores de dinero percibirían como negocio adquirir dichos activos a los nuevos y menores precios y, por ende, del mismo modo que en el mercado de trabajo, comenzaría la recuperación. Seguramente este proceso hubiese ocurrido de la manera descrita “en algún momento” y sin intervención alguna del Estado। El problema político -y por qué no humano- fue que ese “en algún momento” para llegar podría haber tardado décadas। Y, por cierto, eso fue lo que pasó। La economía americana salió definitivamente de la depresión recién en el curso de la Segunda Guerra mundial, es decir quince años después. En el medio, el New Deal intentó políticas de reactivación a través de la intervención del Estado, pero en 1937 los neoliberales americanos lograron que el gobierno americano vuelva al “equilibrio fiscal” y a la no intervención y, por ende, volvió la recesión. Finalmente, la economía americana salió de la depresión gracias al gigantesco incremento del gasto público que significó la Segunda Guerra mundial।KEYNESIANISMO. Keynes fue el mejor expositor del aprendizaje, en términos de teoría económica, originado en la crisis del 30 y su posterior recuperación. Este, básicamente, señaló que en las condiciones de crisis descritas se requería la intervención estatal para salir de ella y lograr el pleno empleo. No se podía esperar a los tiempos y reglas del mercado. El economista británico sugirió: 1) en un contexto de alto nivel de desocupación y capacidad productiva ociosa lo que se requiere es que el Estado aumente el gasto público y el déficit fiscal. Es decir que gaste más de lo que recaude. A tal punto que recomendó al Estado contratar hombres para cavar pozos y a otros para taparlos. 2) Además sugirió reducir drásticamente la tasa de interés mediante la emisión de dinero. En otros términos, propuso emitir dinero con un doble propósito: financiar el déficit fiscal e inducir a la baja de la tasa de interés. 3) Tal emisión de dinero no debía generar presiones inflacionarias en tanto la producción se ubicase por debajo del pleno empleo. Hoy por hoy quedan muy pocos economistas serios en los países centrales que cuestionan tales principios keynesianos. Es cierto que en los EE.UU. aún hoy está en debate la intervención estatal. Pero dicho debate no cuestiona de manera alguna que el Estado deba aumentar el déficit fiscal sino el cómo y el para quién. Es decir, unos -los republicanos-creen que el mayor déficit debería vincularse a una reducción del impuesto a la renta -similar a nuestro Impuesto a las Ganancias- y el presidente Obama cree que hay que aumentar el gasto -y, por ende, el déficit- para financiar obras públicas, seguro de salud y vales de comida para pobres. En otros términos, el debate no es en torno de la intervención estatal sino es, fundamentalmente, una discusión distributiva. La rebaja de los impuestos es para la clase media y los ricos y la propuesta de Obama beneficia más a los pobres. Los EE.UU. y Europa pueden plantearse tales políticas ya que cuentan con todo el crédito del mundo. El dinero y los bonos destinados a financiar el déficit son aceptados casi sin límite en y por todo el mundo. Incluso, el Banco Central americano ya inundó de dólares el mercado local para evitar la quiebra del sistema bancario y hasta prestó a otros países para que hagan lo mismo. La ventaja de los países centrales es que todo el mundo acepta su moneda y los títulos de la deuda emitida por sus Estados. Para que se entienda bien, el Estado americano emite bonos públicos a treinta años de plazo al 3,5% de interés anual, y encima tiene mucha demanda. Claramente, Keynes modeló el comportamiento de economías centrales, una de cuyas características es que tienen moneda propia y crédito casi sin límites. En particular en contextos de alto desempleo. Pocos gobiernos como el argentino han reivindicado las políticas keynesianas y criticado las neoliberales. No obstante, paradójicamente, el Gobierno argentino, aun frente al impacto de la crisis en nuestro país, sostiene el superávit operativo fiscal y el Banco Central no emite moneda nacional para reducir las tasas de interés. Claramente un keynesiano “ortodoxo” diría que hay que hacer todo lo contrario, es decir, aumentar el gasto público, eliminar el superávit, emitir pesos y bajar las tasas de interés. Ahora bien, ¿las condiciones monetarias descritas por Keynes se dan en la Argentina? Francamente no. Tanto en los países centrales como en los periféricos lo que demanda la gente y las empresas es lo mismo: dólares. En tanto el Gobierno argentino sólo puede emitir pesos. Dicho en otros términos, la economía argentina no funciona como dicen los manuales de economía tradicional, incluso los de teoría keynesiana. Nuestra economía es bimonetaria, con predominio del dólar sobre el peso, y esto impone serias restricciones para aplicar los manuales correctos de teoría económica que hoy están aplicando casi todos los países centrales. La principal restricción es que el Estado argentino no puede emitir dólares. En efecto, no sólo los economistas aprendemos de las crisis. La gente, y en particular los argentinos, también. Desde mediados de los 70 en adelante en nuestro país se implementaron experimentos económicos que terminaron con abruptas licuaciones del valor del peso producto de devaluaciones masivas. Sólo cabe recordar la tablita de Martínez de Hoz y la crisis de la deuda externa argentina del 82, el Plan Primavera y la renuncia anticipada de Alfonsín, y el colapso de la convertibilidad que originó la devaluación de 2002 y la cesación de pagos externa. Todos terminaron con devaluaciones que destruyeron la credibilidad del pueblo en su propia moneda y en el Estado que la emitió. En los hechos, gran parte de la población argentina piensa, ahorra y opera en dólares. La moneda nacional funciona tan sólo parcialmente como unidad de cuenta y medio de pago y sólo para transacciones comerciales de menor envergadura. Este rasgo casi estructural de la economía argentina le impide al Gobierno aplicar las políticas keynesianas de manual. Sencillamente, no puede emitir -más allá de cierto límite- moneda nacional. Mientras que el Banco Central argentino sólo puede emitir, y con límites estrechos por cierto, la moneda subalterna, la principal fuente de emisión de “moneda” -léase principalmente dólares- está privatizada y en manos de los exportadores. Su origen es el resultado del comercio exterior, es decir el superávit entre exportaciones menos importaciones y pagos al exterior. Dicho excedente y fuente principal de dólares está en manos de los exportadores. Como además el propio Gobierno necesita dólares para pagar parte de los servicios de la deuda que está nominada en dólares, para conseguirlos se los tiene que comprar a los exportadores mediante la entrega de pesos. Como la demanda local de pesos es limitada, gran parte de ellos deben lograrse de la recaudación impositiva. En tanto, si el Banco Central emitiese más pesos que lo que demanda el público, éste automáticamente los convertiría en demanda de dólares presionando el tipo de cambio. En este contexto, la tasa de interés en pesos es poco relevante. En última instancia es una suerte de premio para inducir a los tenedores de pesos a no demandar dólares. Tal premio debe ser algo superior al porcentaje de devaluación del dólar, que la gente piensa que va a ocurrir. Las políticas keynesianas más tradicionales se basan en que los gobiernos tienen capacidad de emitir bonos y dinero nacional casi sin límites y que el público los acepte. No es el caso de la mayor parte de los países periféricos y, obviamente, de la Argentina. POSIBLES. Las políticas “keynesianas” posibles en una economía bimonetaria: No obstante las restricciones señaladas, hay posibilidad de implementar políticas de intervención estatal en la economía que denominamos heterodoxas. Las llamamos así porque se apartan de los manuales tradicionales y, a la vez, implican intervenciones del Estado en la economía. Claramente el Banco Central debe intervenir en el mercado de cambios para lograr un superávit externo que genere los dólares necesarios para el pago de una parte de los servicios de la deuda dolarizada, tanto pública como privada. Para ello debe sostener un tipo de cambio competitivo en términos reales y que tienda a ajustarse para compensar las eventuales caídas en los precios de exportación “vis a vis” los precios de las importaciones. Además es clave la determinación por parte del Estado de un sistema de tipos de cambio efectivos múltiples que se ajusten a la competitividad de cada uno de los sectores productivos. A mayor valor agregado, mayor tipo de cambio efectivo. Esta manera particular de definir el mercado de cambios, junto con un tipo de cambio competitivo, es lo que garantiza el mantenimiento del superávit externo y una adecuada defensa de la industria y el empleo locales. El Gobierno no puede emitir dólares para reactivar la economía, pero sí podría emitir bonos en dólares y colocarlos en el exterior para lograr los dólares para financiar obra pública. Lo cierto es que esta opción está seriamente limitada por la crisis internacional. En este sentido, el Gobierno actual está pagando el desbarajuste originado por el colapso de la convertibilidad y la cesación de pagos. Lo que sí puede hacer es, a cuentagotas, postergar pagos al exterior y tomar créditos de organismos multilaterales de crédito no condicionados. Cada dólar que ahorre de esta manera permite que su equivalente en pesos se destine a obra pública y a generar empleo. También a cuentagotas puede hacer política fiscal sin alterar el superávit. Puede reducir subsidios al consumo de gas y luz aumentando las tarifas a los sectores de mayores ingresos y destinando el ahorro a financiar obra pública. A partir de la estatización de las AFJP la ANSES se ha transformado en el mayor propietario de activos financieros। Actualmente están constituidos principalmente por bonos de las deudas pública, privada y acciones de grandes empresas। La prioridad de dicho organismo público debería ser destinar dichos fondos a financiar actividades que incrementen el empleo formal। Los ingresos futuros de dicha administración dependen del crecimiento del nivel de empleo। En tal sentido, debería -a medida que los mercados de acciones y deuda privada se vayan normalizando- reemplazar dichos activos por recursos destinados a financiar obra pública, consumo durable, viviendas; es decir, las necesidades de los aportantes al sistema y todo lo que genere ingresos futuros al sistema jubilatorio। Jaime SaieghTitular de la Comisión de Desarrollo Productivo de Ipedes

martes, 10 de febrero de 2009

Los zapatos de Thomas Bernhard

Los zapatos de Thomas Bernhard Se cumplen veinte años del fallecimiento de Thomas Bernhard El 12 de febrero se cumplirán veinte años de la muerte de Thomas Bernhard y yo me pondré los zapatos que robé en su casa-museo de Ohlsdorf. Lo haré de madrugada, cuando la ciudad haya caído en el más profundo de los silencios. Me levantaré de la cama, me calzaré sus botines y me ilusionaré pensando que soy el escritor más feroz del mundo. Como tantas otras personas, me enamoré de Thomas Bernhard a una edad temprana. Yo apenas era el borrador de un proyecto de escritor y acudía a las tertulias que José Boix, director de la revista de creación "El vendedor de pararrayos", organizaba en un garito del barrio de Gracia. Allí me hablaron por primera vez del austríaco y enseguida corrí a una librería para comprarme su pentalogía autobiográfica. Nunca volví a ser el mismo. Su prosa alambicada, musical, repetitiva se adentró en mi interior como rayo partiendo árboles. Intenté emularlo, por supuesto que intenté emularlo, y fracasé estrepitosamente. No podía ser de otro modo. Sólo puede haber un Bernhard y murió, hace ahora veinte años, sin que nadie se enterara. Había dado instrucciones de engañar a todo el mundo. El anuncio de su óbito llegó tres días más tarde y entonces se supo que lo habían enterrado tal y como vivió: en la más absoluta de las soledades. Así pues, como ya en aquel tiempo comprendí que jamás sería Thomas Bernhard, compré un billete de avión y me planté, si no recuerdo mal con veinticinco años, en Viena, desde donde cogí un autobús que habría de acercarme a la localidad de Ohlsdorf. Luego entré en su casa-museo. Me sorprendió la poca cantidad de libros que allí había, pero todavía me aturulló más los cientos de zapatos almacenados en las distintas alcobas. Fue entonces cuando, aprovechando la soledad del lugar, robé un par. Para disimular el hurto, coloqué los míos en la balda. A continuación abandoné el lugar y mis zapatos de Bernhard pisaron la nieve una vez más. Los botines me vienen grandes, pero no me importa. Me gustan así. Me los volveré a poner el 12 de febrero, y probablemente lo haga de nuevo en abril, cuando la editorial Alianza publique "Mis premios", obra póstuma que acaso no deberían traducir, dado que Bernhard ordenó en su testamento que ninguno de sus inéditos saliera jamás al mercado tras su defunción. No le han hecho caso en Austria, ni tampoco se lo harán aquí. Yo también pecaré. No podré contenerme. Me pondré mis/sus zapatos, caminaré hasta una librería y me compraré el libro, así como también el poemario que pronto publicará la editorial La uÑa RoTa. Quizás incluso me haga con la pentalogía autobiográfica que Anagrama publicará en un solo tomo, en vez de los cinco que lanzaron en su momento y que guardo en la estantería de los libros amados. Pero eso será después del aniversario. Porque el 12 de febrero me pondré nuestros zapatos simplemente para sentirme un poco Bernhard. Y supongo que me sentaré frente al escritorio para releer algunos pasajes de sus libros, como por ejemplo la descripción del cono perfecto en medio del bosque de Kobernauss ("Corrección"), o el silencio de los dos amigos de Glenn Gould cuando éste tocaba el piano ("El malogrado"), o las horas de agonía padecidas por el trasunto literario de Berhnard cuando fue encerrado en el sanatorio de Granfenhof para que muriera, convencidos como estaban los doctores de que jamás podrían curarlo de su enfermedad respiratoria ("El frío"). Luego encenderé el ordenador, echaré un vistazo al video que alguien colgó en YouTube donde se muestra la casa de Berhnard y me pondré a escribir mi siguiente novela. Entonces leeré en voz alta mi propio texto y comprenderé, una vez más, que nunca seré Thomas Bernhard.

lunes, 9 de febrero de 2009

Los descendientes de los judíos de Israel son los palestinos

Los descendientes de los judíos de Israel son los palestinos Así lo afirma en un libro Shlomo Sand, historiador y catedrático de Historia Europea en la Universidad de Tel Aviv Autor: Jonathan Cook - Fuente: Webislam Shlomo Sand. Nadie está más sorprendido que el propio Shlomo Sand de que su último libro de investigación académica lleve ya 19 semanas en la lista de bestsellers de Israel. El éxito ha tocado a la puerta de este profesor de historia a pesar de que su libro pone el dedo en la llaga del tabú más importante en Israel. Sand afirma que la idea de una nación judía -cuya necesidad de un lugar seguro en donde vivir se utilizó originalmente con el fin de justificar la fundación del Estado de Israel- es un mito inventado hace poco más de un siglo. Este historiador, catedrático de Historia Europea en la Universidad de Tel Aviv, llevó a cabo una amplia investigación histórica y arqueológica en apoyo no sólo de esta alegación, sino de otras tesis igual de controvertidas. Además, asegura que los judíos no fueron nunca expulsados de la Tierra Santa, que la mayoría de los judíos actuales carecen de cualquier conexión histórica con el territorio denominado Israel y que la única solución política para el conflicto que enfrenta al país con los palestinos es la abolición del Estado judío. Es bastante probable que el éxito de When and How Was the Jewish People Invented? [¿Cuándo y cómo se inventó el pueblo judío?] se repita en todo el mundo. La edición francesa, publicada el mes pasado, se está vendiendo con tal rapidez que ya han aparecido tres reimpresiones. El libro está siendo traducido a una docena de lenguas, incluidas el árabe y el inglés. Pero su autor predice una fuerte oposición del lobby proisraelí cuando el libro salga a la luz el año próximo en USA, publicado por Verso. Por el contrario, dice Sand, aunque los israelíes no lo han defendido, sí que han mostrado curiosidad por su argumentación. Tom Segev, que es uno de los periodistas más importantes del país, ha calificado el libro de "fascinante" y de "auténtico desafío". Lo sorprendente, añade Sand, es que la mayoría de sus colegas universitarios israelíes han evitado hacer el menor comentario. La única excepción ha sido la de Israel Bartal, profesor de Historia Judía en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Bartal, en un artículo publicado en el periódico Haartez, no hizo esfuerzo alguno por rebatir las afirmaciones de Sand, sino que dedicó buena parte de su exposición a defender a sus colegas, sugiriendo que los historiadores israelíes no son tan ignorantes sobre la naturaleza inventada de la historia judía como pretende Sand. La idea de escribir este libro se le ocurrió hace muchos años, continúa Sand, pero tuvo que esperar hasta hace poco para empezar a escribirlo. "No puedo vanagloriarme de haber sido valiente al publicar el libro", dice. "Porque he esperado hasta que tuve la plaza de catedrático en propiedad. En la universidad israelí hay un precio a pagar cuando se expresan opiniones como éstas." El principal argumento de Sand es que hasta hace poco más de un siglo, los judíos se consideraban judíos sólo porque compartían una religión común. A principios del siglo XX, dice, los judíos sionistas pusieron esta idea en entredicho y empezaron a crear una historia nacional en la que se inventaron que los judíos existían como pueblo separado de su religión. De manera similar, la moderna idea sionista de que los judíos estaban obligados a regresar desde el exilio a la Tierra Prometida era algo totalmente ajeno al judaísmo, añade. "El sionismo cambió la idea de Jerusalén. Antes, los lugares sagrados estaban considerados como lugares para añorar, de ninguna manera para vivir en ellos. Durante 2000 años, los judíos permanecieron lejos de Jerusalén no porque no pudiesen regresar, sino porque su religión les prohibía hacerlo hasta la llegada del mesías." La mayor sorpresa que tuvo durante su investigación fue cuando empezó a buscar pruebas arqueológicas de los tiempos bíblicos. "No me educaron en el sionismo, pero al igual que los demás israelíes yo daba por descontado que los judíos eran un pueblo que había vivido en Judea y que fue expulsado al exilio por los romanos el año 70 d.C.. "Pero una vez que empecé a buscar pruebas, descubrí que los reinos de David y Salomón eran puras leyendas. "Lo mismo pasó con el exilio. De hecho, la judeidad no puede explicarse sin el exilio. Pero cuando empecé a buscar libros de historia que me describiesen los pormenores de dicho exilio, no pude encontrar ninguno. Ni uno solo. "La razón es que los romanos no exiliaron a nadie. De hecho, los judíos en Palestina eran mayoritariamente campesinos y todos los indicios sugieren que se quedaron en sus tierras." Por el contrario, Sand cree que una teoría alternativa es mucho más plausible: el exilio fue un mito promovido por los primeros cristianos para atraer judíos a la nueva fe. "Los cristianos querían que las generaciones posteriores de judíos creyesen que sus antepasados habían sido exiliados como un castigo de Dios." Entonces, si no hubo exilio, ¿cómo es que tantos judíos terminaron dispersos por el mundo antes de que el moderno Estado de Israel empezase a animarlos a "regresar"? Sand dice que en los siglos que precedieron y siguieron a la era cristiana, el judaísmo fue una religión proselitista, que buscaba desesperadamente conversos. "La literatura romana de la época menciona este hecho". Los judíos viajaban a otras regiones a la búsqueda de conversos, particularmente en el Yemen y entre las tribus bereberes del norte de África. Siglos después, el pueblo del reino de Kazar, situado en lo que hoy es el sur de Rusia, se convirtió de forma masiva al judaísmo y esa fue la génesis de los judíos asquenazíes de la Europa central y oriental.. Sand pone de manifiesto el extraño estado de rechazo en que viven inmersos la mayoría de los israelíes, a pesar de que los periódicos han dedicado muchas páginas en fechas recientes al descubrimiento de la capital del reino de Kazar en las cercanías del Mar Caspio. Ynet, el sitio web del periódico israelí más popular, Yedioth Ahronoth, publicó la historia con grandes titulares: "Arqueólogos rusos descubren la capital judía desaparecida desde tiempos inmemoriales". Sin embargo, a ninguno de los periódicos, añade, se le ocurrió que este hallazgo pudiese contradecir el discurso oficial de la historia judía. La argumentación de Sand pide a gritos una pregunta adicional, como él mismo señala: Si la mayoría de los judíos nunca se movió de la Tierra Santa, ¿qué fue de ellos? "En las escuelas israelíes no se enseña, desde luego, pero la mayoría de los líderes sionistas iniciales, incluido David Ben Gurion [el primer primer ministro israelí] creían que los palestinos eran los descendientes de los judíos originales de la región. Creían que los judíos se habían convertido más tarde al Islam." Sand atribuye la reticencia de sus colegas a unirse a él a que muchos de ellos reconocen implícitamente que todo el edificio de la "Historia Judía" que se enseña en las universidades israelíes es tan inestable como un castillo de cartas. El problema de enseñar historia en Israel, añade, se inició con una decisión de 1930, mediante la cual se separaba la historia en dos disciplinas: Historia General e Historia Judía. Se asumió que la historia judía necesitaba su propio campo de estudio porque la experiencia judía estaba considerada como algo único. "No existen departamentos judíos de política o de sociología en las universidades. Sólo la historia se enseña de esta manera, lo cual ha permitido que los especialistas en Historia Judía vivan en un mundo muy insular y conservador, ajeno a los modernos desarrollos de investigación histórica. "En Israel se me ha criticado que escriba sobre la Historia Judía cuando mi especialidad es la Historia Europea. Pero un libro como éste necesitaba a un historiador que sea familiar con los métodos habituales de investigación histórica que se utilizan en las universidades del resto del mundo." Traducido por Manuel Talens

domingo, 8 de febrero de 2009

LLEGUE A VER EL ROSTRO DE JOMEINI EN LA LUNA

De aquella revolución sólo queda el desencanto

Los ayatolás aún no han resuelto los problemas que desataron hace 30 años la revuelta contra el sha

ÁNGELES ESPINOSA - Teherán - 08/02/2009

"Llegué a ver el rostro de Jomeini en la luna", recuerda ahora incrédulo A. H., que siendo un joven oficial del Ejército del sha participó en la revolución que le derribó en 1979. "Fui un revolucionario", admite con una mezcla de orgullo y desencanto. Como él, millones de iraníes siguieron la llamada de Jomeini a finales de 1978 y principios de 1979, para echar del poder a Mohamed Reza Pahlevi.

"Llegué a ver el rostro de Jomeini en la luna", recuerda ahora incrédulo A. H., que siendo un joven oficial del Ejército del sha participó en la revolución que le derribó en 1979. "Fui un revolucionario", admite con una mezcla de orgullo y desencanto. Como él, millones de iraníes siguieron la llamada de Jomeini a finales de 1978 y principios de 1979, para salir a la calle y echar del poder a Mohamed Reza Pahlevi. Treinta años después, aquella generación sigue gobernando, pero la República Islámica aún no ha resuelto algunos de los problemas que desataron un movimiento revolucionario sin precedentes en el mundo musulmán.

"Éramos jóvenes; no analizábamos las cosas. Nos limitábamos a repetir los eslóganes y creíamos a pies juntillas en las palabras del imam", manifiesta este hombre de 55 años que hizo la transición a las nuevas Fuerzas Armadas y luchó durante los ocho años de guerra con Irak. Hoy, ya jubilado, ha perdido aquel entusiasmo. "Poco a poco, mis compañeros y yo nos dimos cuenta de que nos habían engañado", admite sopesando sus palabras.

Pocos reconocen en público que la revolución fuera un error. Una revisión no sólo supone cuestionar el mito en el que el régimen ha convertido el momento fundacional de la República Islámica, sino las propias trayectorias vitales. Se trató de un levantamiento popular que contó un respaldo de todo el espectro político. La oposición al sha incluyó desde marxistas hasta partidarios de la monarquía constitucional, pasando por intelectuales laicos. La figura de Jomeini sirvió de aglutinante y el clero chií actuó de amplificador al llevar el mensaje hasta las mezquitas de las aldeas más remotas.

Cualesquiera que hayan sido los logros, quedan sin embargo muchos asuntos pendientes. La propia llegada al poder de Mahmud Ahmadineyad en 2005 se hizo sobre una plataforma que reclamaba la vuelta a los principios revolucionarios, dando a entender que en alguna medida Irán se había alejado de ellos. Pero ¿cuáles fueron esos pilares sobre los que se levantó este nuevo modelo que proponía combinar islam y democracia?

En el ámbito interno, Jomeini prometió un buen gobierno y una sociedad justa, de acuerdo con la sharía o ley islámica. En el externo, independencia y soberanía. Hasta qué punto se han conseguido esos objetivos, es materia de debate en el propio Irán.

"En términos económicos los resultados no han sido tan buenos", admite Saeed Leylaz. Este economista crítico cita como ejemplo que el Producto interior bruto per cápita no alcanza el de 1976 a precios constantes, o que Irán está exportando el mismo número de barriles de petróleo que entonces (2,2 millones diarios). Sin embargo, subraya que la brecha social es hoy menor que hace 30 años, sobre todo entre el campo y la ciudad. "En ese sentido, el principal objetivo de la revolución ha sido un éxito", asegura.

Para Leylaz, el mayor logro de todos fue sin duda transformar Irán de una sociedad rural en una sociedad urbana. "La República Islámica nos convirtió ciudadanos", afirma. Paradójicamente, ése era el objetivo que se proponía el sha con sus medidas modernizadoras. Sin embargo, su abandono del campo y su revolución desde arriba, con la prohibición del velo y otras costumbres importadas, produjeron la reacción contraria. "La sociedad rural era demasiado tradicional para ello", concede el analista.

Otro destacado reformista, Mohamed Atrianfar, abunda en la misma idea. "Han mejorado todos los indicadores de desarrollo, el nivel de bienestar, de educación, de salud, e incluso el patrón de consumo", defiende antes de recordar que su país se vio obligado a afrontar ocho años de guerra con Irak (1980-1988) que retrasaron esos avances.

En la calle, muchos iraníes están de acuerdo, aunque lamentan haber perdido en el camino lo que el director de una sucursal bancaria resume como "alegría de vivir". Todo ha adquirido un tono gris en este país cuyos poetas siempre han ensalzado los placeres de la vida, el amor, las mujeres y el vino. Pero los iraníes no están para juergas. Sus principales preocupaciones son el paro y la pobreza, según una encuesta realizada por la BBC con motivo del lanzamiento de su servicio en farsi el mes pasado. Así lo manifestaron un 45% de los encuestados. Sólo un 1% señaló la falta de democracia o la necesidad de reformas políticas.

La promesa de una justicia distributiva queda en entredicho ante el dato de que un 20% de la población controla el 80% de la riqueza del país. El agravio es aún mayor cuando se considera que Irán es el cuarto exportador de petróleo del mundo. Al margen del despilfarro del que los reformistas acusan a Ahmadineyad, Leylaz habla de un problema estructural que se arrastra desde antes de la revolución: La dependencia del petróleo. "Los petrodólares han permitido que el 70% de la economía esté en manos del sector público, se ha olvidado el sector privado y como resultado nuestra productividad es mínima", explica.

De ahí que este economista, que era un estudiante de 16 años cuando estalló la revolución y participó muy activamente en ella, asegure que las transformaciones han sido más sociales y culturales, que económicas. "Fue una gran revolución", resume con una chispa de emoción en los ojos. Esa ternura al recordar aquellos meses de protestas es algo que se repite en todos los entrevistados, incluso entre quienes hoy se muestran más críticos con ese momento histórico.

"Sin duda en el terreno cultural y científico, hemos hecho avances notables, sobre todo teniendo en cuenta que tenemos una población muy joven", apunta por su parte Atrianfar. Dos tercios de los 70 millones de iraníes tienen menos de 30 años y el país cuenta con 20 millones de estudiantes y 2,7 de universitarios. Él también estaba en la universidad cuando estalló la revolución y se unió a la lucha con la utopía de alcanzar la democracia.

¿Y se ha conseguido? "Tenemos las estructuras necesarias, pero no podemos mostrar unos logros ejemplares, y a la vista está el actual Gobierno", afirma. Atrianfar atribuye la falta de entusiasmo de la población en la defensa de los valores democráticos al control estatal de la economía. "Como no pagan impuestos, los ciudadanos no valoran su voto como es debido. Es una etapa que debe superarse, pero no lo lograremos mientras no se corrija el sistema económico". Aún así, también su evaluación global de la revolución es positiva. Este ingeniero reconvertido en periodista por la vía de su activismo político se ve obligado a admitir sin embargo que "las libertades, como la de prensa, han sufrido altos y bajos desde 1979". En su opinión, en ese tiempo sólo ha habido dos períodos aceptables: entre 1989 y 1990, tras el final de la guerra contra Irak, y entre 1997 y 1998, después de la elección de Jatamí.

"Aunque la sociedad ha evolucionado mucho, la visión de los dirigentes respecto a la prensa, no es distinta que antes de la revolución", explica con la experiencia de que en 2006 le cerraran Sharg, el periódico que dirigía. "La libertad de prensa no puede estar a expensas de los Gobiernos, mientras no logremos eso, no van a producirse las mejoras que esperan los defensores de los derechos humanos y las organizaciones internacionales", advierte. Es en ese punto donde resultan más claras las diferencias entre conservadores y reformistas.

En política exterior, ambos grupos suelen coincidir en que la revolución permitió recuperar la soberanía y la independencia. De Occidente, pero sobre todo de Estados Unidos, cuyo respaldo al sha no hizo sino confirmar para los iraníes la actitud colonial de un país que habían admirado hasta que respaldó el golpe de Estado de 1953. De ahí que la expresión de ese objetivo se tradujera en un antiamericanismo a ultranza que llenó el país de pintadas con la inscripción "Muerte a EE UU". El eslogan sigue repitiéndose mecánicamente en cada gran acontecimiento político, aunque de tanto usarlo se ha vaciado de contenido.

El precio de esa obsesión por la independencia ha sido el aislamiento internacional en el que hoy se encuentra el país, por mucho que sus dirigentes compren con los beneficios del petróleo improbables amistades con regímenes en las antípodas ideológicas como la Cuba de Castro, la Nicaragua de Ortega o la Bolivia de Evo Morales. Pero ni siquiera la ausencia de verdaderos aliados entre sus vecinos ha impulsado un consenso sobre cómo volver a reintegrarse en la comunidad de naciones y recuperar su puesto de líder regional. (Claro que la desastrosa política de Bush en Oriente Próximo, les ha ayudado en los últimos años a cabalgar sobre una ola de antiamericanismo que reduce esa urgencia).

En un reciente artículo publicado en la revista académica estadounidense Current History, Mahmud Sariolghalam, profesor de relaciones internacionales en la Universidad shaid Beheshti, apunta hacia un problema de identidad no resuelto. "Irán desea ser un Estado normal que ejerce las actividades corrientes en el mundo, a la vez que se empeña en ser revolucionario con una retórica desafiante", describe el académico.

La alternancia entre idealismo revolucionario y realismo político ha sido una constante en estas tres décadas que hace difícil que el resto de los países sepan cómo tratar con la República Islámica. Aún hoy, a pesar de que su comportamiento regional demuestra que Irán favorece el statu quo, su apoyo a los grupos radicales palestinos, su oposición a las negociaciones de paz con Israel y su programa nuclear, despiertan enormes recelos.

Más allá de la retórica exaltada de algunos de sus dirigentes, hay observadores que detectan la inseguridad de un régimen que no se siente plenamente reconocido. De ahí que, por acción o por omisión, el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Washington planee sobre el resto de las cuestiones y constituya un elemento clave para intuir cómo va evolucionar Irán en los próximos 30 años.

Mientras que una buena parte de la sociedad opina con la Nobel Shirín Ebadí, que "no hay diferencia que no pueda resolverse a través de un diálogo franco", los sectores más recalcitrantes recelan. El cambio no puede hacerse bajo la actual estructura. Renunciar al enemigo histórico, dejaría a la revolución sin uno de sus pilares. De momento, oponerse a las políticas arrogantes del Gran Satán y de Israel constituye una credencial de nacionalismo. Aunque un nuevo clima internacional (que incluya la renuncia de EE UU a promover un cambio de régimen) y el propio empuje de las nuevas generaciones terminarán, más tarde o más temprano, devolviendo a Irán al lugar que se merece.

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