domingo, 20 de diciembre de 2015

La soluciòn a la cuestión del EI es política, no militar

El mundo|Domingo, 20 de diciembre de 2015
Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París

“Actuar más y hablar menos”

Según el geopolitólogo francés, hablar de terrorismo es hacerles un favor a los terroristas. Dice que la solución a la amenaza que plantea el Estado Islámico es fundamentalmente política y requiere de amplios acuerdos internacionales.

Por Eduardo Febbro
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“Los egoísmos nacionales no tienen más cabida frente a la urgencia de la situación.” Un verdadero acuerdo requiere que todo el mundo participe
Desde París
Bajo una apariencia engañosa de administración mundial, el sistema internacional está en pedazos. La guerra en Siria y en Irak, el hundimiento libio, el acrecentamiento del poder del Estado Islámico, el arraigo dramático del conflicto israelo-palestino o la confrontación entre las potencias occidentales y Rusia son apenas puntas de una madeja muy enredada. Los últimos años han mostrado un sistema internacional que funciona como un eslabón libre, fuera de todo consenso multilateral. ¿Cómo volver a componer un esbozo de coherencia para gestionar las crisis en vez de ampliarlas, tal y como ocurrió en Siria? Para el geopolitólogo Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París (IRIS), las potencias occidentales han perdido varias oportunidades de reformar un sistema que se fue quebrantando con la caída del Muro de Berlín y las sucesivas guerras del Golfo, la del 91 y la de 2003. El desastre está ante nosotros. En estos tiempos de profundas crisis internacionales, el especialista francés ve una ocasión importante de recomposición de ese sistema internacional a partir de las negociaciones sobre el clima. Sin embargo, tampoco obvia los problemas por granel que sacuden al mundo, empezando por el Estado Islámico y la, hasta ahora, imposibilidad de las potencias para adoptar un perfil común y combatirlo a través de una solución política. En esta entrevista con Página/12 realizada en París, Boniface analiza los grandes desafíos modernos, desde el Estado Islámico, el conflicto con Rusia, el acuerdo con Irán o la posición de la política exterior Argentina después de las elecciones.
Este especialista de las relaciones internacionales, autor de numerosos libros, tiene también una pasión popular: el fútbol. Si alguien le da una lista de jugadores y le pregunta cuál es el más grande, responde sin dudar: “Messi”. Ha escrito más de un libro y varios artículos imperdibles sobre la geopolítica del fútbol o el fútbol y la globalización.
–¿Usted considera que en un mundo donde el sistema internacional está dañado, las negociaciones sobre el clima que tuvieron lugar en París dentro de la conferencia COP21 son una forma de recomponer ese sistema multilateral?
–A la comunidad internacional se le reprocha el hecho de que sea incapaz de poner término a la guerra civil en Siria, de resolver la crisis israelo palestina o de vencer al terrorismo. Al mismo tiempo, esa misma comunidad internacional fue incapaz de luchar contra el calentamiento del planeta, y ello cuando ya existe un acuerdo general político, científico, con las ONG y hasta con los industriales para admitir que el calentamiento del planeta es uno de los desafíos más graves que pesa sobre la humanidad y que la responsable de ese calentamiento es la actividad humana. Sin embargo, el sistema internacional no supo detener o ponerle límite a ese problema. Ahora bien, con la conferencia de París sobre el clima se puede empezar a hablar de nuevo de comunidad internacional. De hecho, lo que cambió fundamentalmente entre la precedente cumbre sobre el clima que tuvo lugar en Copenhague en 2009, y que fracasó, y la de París, es que dos países importantes para la lucha del calentamiento del planeta, Estados Unidos y China, cambiaron de posición. Cuando se firmó el protocolo de Kioto, este fue firmado únicamente por los Estados que representaban apenas el 15 por ciento de las emisiones de gases contaminantes. Un verdadero acuerdo requiere que todo el mundo participe. Los egoísmos nacionales no tienen más cabida frente a la urgencia de la situación.
–Sin embargo, frente a esa misma comunidad internacional, la opinión pública manifiesta una angustia creciente. Clima, guerras, terrorismo islamista radical, flujo de refugiados. Las respuestas de esa comunidad son desencontradas. El mejor ejemplo es lo que está pasando con el Estado Islámico en Siria e Irak.
–Con el Estado Islámico ocurre lo mismo que con el clima: únicamente juntos lograremos vencerlo. El Estado islámico no será vencido por un puñado de países. Por ahora, incluso si todo el mundo afirma que es una necesidad, todos no tienen ni las mismas prioridades, ni el mismo calendario en el combate contra el Estado Islámico. Es preciso trabajar en pos de un consenso para que, en vez de decir que el Estado Islámico es un enemigo, se diga cómo será neutralizado ese enemigo. En suma, existe un acuerdo entre todos para diagnosticar la enfermedad, pero no para definir la forma de curarla.
–¿De qué convergencia de errores críticos, de herencias coloniales y de estrategias disparatadas surge el Estado Islámico?
–No se debe negar la historia colonial. La herencia colonial existe, desde luego, y occidente debe tomarla en cuenta, pero no explica todo. No se puede resumir la situación a ese único dato. Si miramos lo que ocurre hoy se puede decir que el Estado Islámico tiene, de hecho, dos filiales, dos padres: el primero es la Guerra de Irak (2003), que se lanzó contra el terrorismo y a la cual Francia y Argentina se opusieron. Quienes estaban en contra de esa Guerra de Irak no lo hicieron porque respaldaban a Saddam Hussein, sino porque decían que esa guerra iba a aportar más desgracias que cosas positivas. Vemos bien que sin la Guerra de Irak y sin las decisiones estúpidas del administrador norteamericano nombrado en Irak, Paul Bremer, nada de esto hubiese ocurrido. Bremer decidió desmantelar todo el aparato del Estado iraquí pensando que todos los sunnitas eran ardientes partidarios de Saddam Hussein. Los sunnitas se sintieron rechazados. Eso dio lugar al surgimiento del Estado Islámico. Luego, del otro lado, está lo que pasó en Siria y la brutal represión del presidente Bashar al Assad. Al principio, en Siria, asistimos a una revolución pacífica. Pero Bashar al Assad va a convertir esa revolución en un asunto confesional y la va a militarizar con el argumento según el cual si la revuelta ganaba los alauitas y los cristianos serían eliminados. Seguidamente, Bashar al Assad procederá a internacionalizar ese conflicto cuando pidió ayuda a Rusia y a Irán. Hoy vemos cómo el Estado Islámico recluta combatientes a partir de la terrible represión de Bashar al Assad. Esa represión lleva a que muchos opositores que antes eran pacíficos se unan al EI diciéndose que, frente a la violencia del régimen, vamos a emplear métodos igualmente violentos. Desde luego, hay más razones que estas, pero se puede decir que los dos elementos claves que produjeron al Estado Islámico son estos: la Guerra de Irak en 2003 y la represión del régimen sirio después de 2011.
–La solución parece empantanada en la disputa ente las potencias y sus abismales divergencias.
–La solución es doble. Todos son hoy conscientes de que se requiere una solución política. Mientras el gobierno iraquí no sea más inclusivo, mientras los chiítas no cedan un poco de espacio a los sunitas, el estado Islámico seguirá reclutando en Irak. Y mientras Bashar al Assad siga en el poder ocurrirá lo mismo en Siria. Hay evidentemente una elemento militar para derrotar al Estado Islámico, pero vemos muy bien que la solución pasa antes que nada por lo político.
–Sin embargo, las monarquías del Golfo Pérsico también intervinieron en la guerra siria cuando, al principio, empezaron a armar a la oposición. Arabia Saudita y Qatar aparecen regularmente citados.
–Sí, es cierto, la militarización también los incumbe. Armaron a la oposición, pero no al Estado Islámico. Pero, por ejemplo, el papel de Arabia Saudita es más antiguo. Arabia Saudita financió a los predicadores, la construcción de escuelas coránicas, de mezquitas y a gente que propagaba una doctrina salafista. Pero desde 2001, Arabia Saudita cambió de política y hoy está incluso amenazada. Por eso hay que distinguir a Qatar y a Arabia Saudita. Incluso si ambos son wahabitas no tienen ni la misma gestión de sus asuntos internos, ni la misma política internacional. Se le pueden hacer muchos reproches a Arabia Saudita, pero no es lícito decir que financia al Estado Islámico. En la lucha contra el Estado Islámico, Arabia Saudita está de nuestro lado.
–¿Qué lugar ocupa el antagonismo entre chiítas y sunnitas en la aparición del Estado Islámico y en este conflicto?
–Existe una conexión, desde luego. En primer lugar porque el Estado Islámico prosperó con el rechazo a los sunitas en Bagdad y Damasco. El conflicto tiene, por consiguiente, una base confesional. Sin embargo, no comparto esa idea defendida por ciertas personas según la cual el mundo entero está separado entre sunitas y chiítas y que esta es la principal brecha. No. Por ejemplo, Irán ayudó a Hamás, que no es chiíta. Bashar al Assad es un alauita y un aliado estratégico contra el Irak de Saddam Hussein. En suma, la brecha existe pero no lo explica todo, excepto que cuando más pasa el tiempo esa brecha entre sunitas y chiítas se torna más importante.
–Ese terrorismo del Estado Islámico tiene otro perfil. ¿Cuál es la diferencia o la evolución entre el Estado Islámico y Al Qaida?
–La diferencia radica en que Al Qaida era una base presente en Afganistán pero no contaba con un territorio. El Estado Islámico cuenta con un territorio de 200 mil kilómetros cuadrados. Se trata de un terrorismo que es al mismo tiempo es territorializado y extraterritorial. El Estado Islámico ganó el combate contra Al Qaida. Las filiales que antes se aliaban a Al Qaida ahora se alían al Estado Islámico. Pero lo que cambia fundamentalmente es ese arraigo territorial a partir del cual el EI puede conseguir recursos que, por ejemplo, Al Qaida casi no tenía. El Estado Islámico obtuvo importante recursos exportando petróleo, o haciéndole pagar impuestos a las personas que viven en sus territorios. Ese dinero sirve para reclutar. El EI cuenta con un ejército de varias decenas de miles de hombres. Al Qaida nunca lo tuvo. En este sentido, el Estado Islámico es mucho más peligroso.
–Ese terrorismo de origen sunnita terminó por expandirse en Europa. Los atentados de París, en enero y noviembre de 2015, prueban que existe realmente un enorme problema, con varias cabezas.
–Sí, desde luego. Hemos sido alcanzados por el terrorismo, España en 2004, Gran Bretaña en 2005, Francia y Bélgica este año. La verdad consiste en admitir que un atentado puede tener lugar mañana mismo, en cualquier parte de Europa. Se pueden proteger 1000 lugares, pero los terroristas van a atacar el 1001. Es preciso integrar el hecho de que la amenaza persiste, sin plegarse a la paranoia ni cambiar de forma de vivir. Habrá que vivir con la amenaza terrorista como se vive con la amenaza de una enfermedad o de un accidente. Raymond Aron ya decía en 1962 que los terroristas tienen un impacto psicológico y mediático superior a su impacto estratégico. Nos golpearon, pero el país no fue invadido, no estamos de rodillas. Creo, sin embargo, que hablar tanto del terrorismo y los terroristas equivale a caer en la trampa que nos tienden. De lo contrario estamos dando la impresión de que los terroristas nos ganaron porque sólo hablamos de ellos. Habría que actuar más, y hablar menos para no suscitar nuevas vocaciones en personas que van a creer que son héroes. Cuando se muestran en primera plana las fotos de los terroristas eso les gusta. Siento que hace falta una reflexión colectiva acerca de un poco más de discreción mediática y política y mucha más acción, acción subterránea. De lo contrario, los terroristas se dirán: pusimos a Francia de rodillas, hay que continuar. Los atentados terroristas provocan muchas muertes, pero no borrar del mapa a Francia o la Argentina.
–A este pesado y sangriento antagonismo se le ha adherido otro: el que Occidente tiene con Rusia, que también juega su propio juego en el mapa de Medio Oriente. ¿No cree usted que, en Ucrania y otras repúblicas rusas a las cuales la Unión Europea les ofreció acuerdos estratégicos, Occidente provocó a Rusia sin medir demasiado las consecuencias? El presidente ruso siempre dice que, tras la caída del Muro de Berlín, Occidente no cumplió con sus promesas frente a Moscú.
–Está claro que hay responsabilidades occidentales, incluso si esto no exonera a Vladimir Putin de las suyas. Yo diría que nos perdimos el momento decisivo para construir un nuevo orden mundial. El momento exacto de ese corte remonta la cumbre del grupo de los 7, el G7, que tuvo lugar en julio de 1991. El dirigente soviético de entonces, Mijaíl Gorbachov, había aceptado sancionar a su aliado iraquí votando a favor de la intervención militar en Irak tras la invasión de Kuwait. Gorbachov antepuso el nuevo orden mundial a la protección de su aliado iraquí. En esa cumbre del G7 Gorbachov vino a pedir una ayuda de urgencia. Francia y Alemania estaban de acuerdo, Estados Unidos y Japón no. Ambos apostaron por el otro dirigente ruso, Boris Yeltsin. En ese momento, Gorbachov les dijo: “Ustedes no me dan la ayuda, es la última vez que me ven a la cabeza de la Unión Soviética”. Creo que la enorme responsabilidad que recae en Estados Unidos es haber preferido ser el ganador de la Guerra Fría en vez de ser el constructor de un nuevo orden mundial. Por eso a Washington le convino mucho Boris Yeltsin, que era un dirigente débil, que no estaba a la altura de un país como Rusia. Washington pensó que era más útil desmantelar el comunismo y terminó reemplazando un de- safío nacional ruso por un de- safío ideológico. En este sentido, Vladimir Putin, si bien es muy impopular en Occidente, en Rusia tiene dos categorías que lo apoyan: el consumidor y los patriotas rusos, quienes ya no tienen ese sentimiento de humillación.
–Otro de los grandes temas de la actualidad es el acuerdo entre Irán y las potencias tendiente a superar el diferendo a propósito del programa nuclear iraní. Es un hecho de grandes proporciones que parecía imposible.
–Se puede pensar que el acuerdo firmado con Irán el pasado 14 de julio es bueno porque evita la perspectiva de ataques contra Irán y también un Irán nuclear. A partir de ahora, todo consiste en saber si Irán se va a servir de ese acuerdo para seguir desestabilizando a sus vecinos o calmarse. En cuanto al tema de Irán y la Argentina, ese tema sobrepasa el marco bilateral. Todas las revelaciones sobre lo que ocurrió deben ser divulgadas. Es difícil escapar a los debates nacionales sobre las cuestiones internacionales. Lo que si se debe evitar es que se comprometa una acción internacional para sacar ventajas políticas partidistas.
–Concluyo con un tema de geopolítica latinoamericana. Hay nuevas autoridades en la Argentina, país que usted conoce, y se dio todo un debate sobre las alianzas regionales más idóneas: por un lado el Mercosur, por el otro un lazo más fuerte con Estados Unidos, sus políticas de libre cambio, o con la a Alianza del Pacífico. Digamos una política con la brújula puesta en la región y otra en Washington.
–La Argentina no puede cortarse de su medio ambiente regional. Sería un error dramático y no conforme a sus intereses. Se trataría de un error ideológico y la Argentina sería la primera víctima. En cuanto a si hay que estar en medio de los dos, pienso que la Argentina debe tener, claro está, relaciones con los Estados Unidos, pero como es un país más latinoamericano no creo que los argentinos acepten aparecer como demasiado dependientes de Estados Unidos.
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