lunes, 14 de julio de 2014

Los Estados nacionales siguen siendo el único vallado que existe contra el flagelo de la globalización. Las afirmaciones precarias y parciales de Zygmunt Bauman en contra de la supervivencia de tales Estados, se tornan vagas y tendenciosas en el elegante análisis de Mario Wainfeld.

En éste artículo Mario Wainfeld sintetiza  cuán falaz se torna la denostación a los Estados nacionales con una prédica antinacionalista hoy día. Wainfeld,  además , señala qué intereses hay detrás de esta prédica que lejos de proponer  la libre circulación de las personas, el trabajo y las ideas, por lo contrario es una prédica que se propone derribar el único vallado que aun existe contra el flagelo de la globalización del capital (flagelo que supone por un lado, la libre circulación de la especulación financiera limitando la circulación del trabajo y de las personas: y, por otro lado, supone la concentración más gigante del capital a la que podemos asistir, y la exclusion mas gigante de personas del sistema capitalista mismo): 
El sociólogo Zygmunt Bauman en un reciente reportaje publicado en el diario Clarín critica a los gobiernos nacionales porque: “Proponen soluciones locales a problemas globales. No se puede pensar con esta lógica. Es preciso desarrollar soluciones que renieguen de las fronteras territoriales del mismo modo que lo han hecho los bancos, los mercados, el capital de inversiones, el conocimiento, el terrorismo, el mercado de armas, el narcotráfico”. Es cierto que esos poderes, casi todos nefastos y arrasadores, saltean las fronteras nacionales. El cuestionamiento a los estados merece, empero, ser revisado o complejizado. El historiador Eric Hobsbawm traduce mejor las tensiones y límites. Los gobiernos coexisten con fuerzas que, cuanto menos, ejercen el mismo impacto que ellos en la vida cotidiana y escapan a su control. Sin embargo, no pueden claudicar ante esas fuerzas. Ni pueden aducirlo. Ni deben, aún a sabiendas de las correlaciones de fuerzas.
Tras la caída del Muro de Berlín, desde el centro del mundo se fabuló el fin de la historia y de ciertos modos de agrupamientos y luchas. No fue así, para nada. No tocó a su fin la era de los imperios, sí la de los equilibrios y controles. Una sola potencia hegemoniza el poder en todo el globo terráqueo, como jamás en la historia universal.
Los estados nacionales con sus fronteras porosas, tantas veces atravesadas, son uno de los pocos vallados a los flagelos de la globalización.
Las identidades se reformulan a nivel planetario, la democracia representativa (con sus límites y bemoles) solo se ejercita a nivel nacional. En una aldea global en la que (se supone) coexisten dialécticamente mercados y democracia, los pueblos eligen sus representantes solo a nivel estatal. Hay atisbos supranacionales, por caso en la Unión Europea, pero son menores en su dimensión y capacidad de intervenir.
“La gente”, “el pueblo”, los “ciudadanos” (usted elige y no tiene por qué ceñirse a una sola variable) pronuncian sus veredictos dentro del estado nacional. Esa es su residencia, antes que su contingente y mudable domicilio. Tiene su lógica que se embanderen, lo hacen (entre otros motivos parciales o festivos) en defensa de sus derechos e intereses.
En un reciente e interesante artículo (“Existen tres clases de inflación y tenemos las tres”) el economista Julio Olivera señala algo que es notorio pero no siempre atendido. Enseña que “la provisión de los bienes públicos continúa siendo responsabilidad de los estados nacionales individualmente considerados. Esta limitación de la economía global no constituye meramente un dato histórico. Aun en el plano de la teoría y de los conceptos abstractos, la existencia misma del Estado, tienen por fundamento racional la provisión de bienes públicos. Ha de recordarse que la noción moderna de bienes públicos comprende no solamente los bienes públicos materiales (los bienes que integran el ‘dominio público’) sino los bienes públicos inmateriales o intangibles, como la educación, la salud, la Justicia y la seguridad”.
Es una gran virtud señalar lo patente y oculto a la vez. El oxímoron es solo aparente: uno de los mayores escollos para el saber humano es no reconocer lo que se tiene delante de las narices.

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