sábado, 4 de febrero de 2012

La economía argentina transita un ciclo de crecimiento impactante en términos históricos con dos restricciones notables: sin crédito externo al gobierno nacional y con fuga de capitales.

La existencia de estas limitaciones tiene sus respectivas explicaciones, aunque resultaría un ejercicio contrafáctico entretenido especular sobre el probable comportamiento de la economía aliviada de ese par de factores. ¿Crecería más del ya exuberante 9 por ciento o igual o menos debido a que provocaría la apertura de otros frentes turbulentos, como la probable apreciación cambiaria? Se trata de un juego que requeriría de excesivos supuestos, aunque el punto de partida sería que muy pocas economías en el mundo pueden registrar tasas de crecimiento tan vigorosas como la argentina con esas dos restricciones a la vez.
Lo dice muy bien aquí, el economista (mal que les pese a muchos lo es, aunque debamos admitir que utiliza muchos clisés en su heterodoxia periodística) Alfredo Zaiat, quien fundamentándose en una investigación  de la FUNDACION PARA LA INVESTIGACIÓN DEL DESARROLLO (FIDE) que lidera Héctor Valle, coincide con la necesidad de acciones proteccionistas a la industria así como la de creación de industrias sustitutivas de importaciones que está diseñando el segundo mandato de la Presidenta argentina en pos de, dada la crisis internacional, mantener el crecimiento por un lado, y la balanza de pagos  equilibrada por otro. El rubro de importación de energía (una sangría en las cuentas del comercio exterior, debido al crecimiento de la industria nacional y a la falta de inversión en los nuevos yacimientos por parte de REPSOL-YPF) es la preocupación mayor de la Presidenta por estos días, por lo que ha hecho públicas sus demandas de inversión a la compañía argentino-española, y hay hasta rumores de una reestatización de la empresa si no cumple con los objetivos de inversión pactados y continúa con su política de repartir el 90% por ciento de sus ganancias (ver nota completa de Sebastián Premici).

En  el mismo artículo, Alfredo Zaiat sintetiza la historia del proteccionismo  que el economista Ha-Joon Chan  relata en Pateando la Escalera y cuenta que, según este economista coreano heterodoxo, todos los países desarrollados tuvieron una etapa proteccionista de sus industrias antes de abogar por la libertad a ultranza del mercado:


Gran Bretaña se hizo librecambista a mediados del siglo XIX (más precisamente en 1846 con la abolición de las leyes de granos) cuando ya era la principal potencia industrial del mundo y podía colocar ventajosamente sus manufacturas y bienes de capital. Estados Unidos es otro ejemplo: los industrialistas y proteccionistas del Norte necesitaron una guerra civil para eliminar a los librecambistas sureños, cuya base de sustentación económica era el sistema esclavista. Más adelante, Alemania en el siglo XIX, Japón en el XX, los países del sudeste asiático después de la Segunda Guerra Mundial, que forman hoy parte del mundo industrializado, practicaron el proteccionismo para defender sus industrias.

Un relato parecido, con enfoque marxista, hace el historiador británico, Eric Hobsbawm en su libro Industria e Imperio sobre cómo Inglaterra protegió y defendió a sus industrias nacientes incluso destruyendo otras, como la industria del género de algodón de India y la industria de ponchos la ciudad de Córdoba, Argentina, por no detenernos en la destrucción de un país entero, el Paraguay, para que no hubiera competidores de la industria británica por estos lares.  

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