domingo, 11 de diciembre de 2011

Los españoles hemos españoleado demasiado en Suramérica y en especial en Argentina

A propósito del bloqueo de más de un millón seiscientos mil libros españoles en la Aduana Argentina, que se levantó en setiembre pasado (luego de la firma de un Acta Acuerdo entre  la Ministra de Industria, Debora Giorgi, el Secretario de Cultura, Jorge Coschia el Secretario de Comercio, Guillermo Moreno y el representante de la Cámara Argentina de Publicaciones, Héctor Di Marco, con el compromiso de ésta última  Cámara de incrementar la impresión y exportación de libros entre octubre de 2011 y setiembre de 2012) el autor español del blog SCRIPTAVERBA, hace las siguientes reflexiones que desasnan al más iluso de los argentinos, como yo y como la mayoría, sobre la conciencia que muchos españoles de bien tienen sobre la neocolonización española en estas tierras. Transcribo unos párrafos súper elocuentes y sabrosísimos,  que bajo el título: Esperpento en la aduana: ¿crónica de un secuestro editorial? se posteo en el blog mentao:
Pero…
…nos estaríamos equivocando si acusáramos a Argentina de ser un Estado delincuente. Sería muy fácil, desde una injustificable superioridad moral europea que algunos insisten en abanderar, achacar todo este desaguisado al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Tras ver cómo ha ido todo, tras entender que las cosas no deberían hacerse de esta manera, hay que comprender por qué se llega a estas situaciones y qué parte de culpa tiene la industria editorial española. Industria que, por cierto, no ha abierto la boca. ¿A qué se debe su silencio?
Los españoles hemos españoleado demasiado en Suramérica y en especial en Argentina. Creyendo que todo el monte hispanoparlante allende el Atlántico era orégano y sus gobiernos neoliberales de los años noventa del pasado siglo un remedo de caciques tribales dispuestos a intercambiar sus valiosos recursos por cuatro baratijas, les mandamos tantos Cortés y Pizarros como tuvimos ocasión. Lo sucedido en Argentina sobrepasa el bochorno y equipara a nuestras multinacionales con los corsarios de tristes épocas. No digopiratas porque, a diferencia de éstos, los corsarios operaban bajo patente de corso del rey; desde finales del pasado siglo nuestros prebostes empresariales se han dedicado al asalto y desvalijo de la riqueza albiceleste con el patrocinio del gobierno español, el disimulo del argentino y la avaricia de los directivos de la peor calaña que ambos países han dado al mundo. Baste recordar el triste caso de Aerolíneas Argentinas que, funcionando razonablemente bien a principios de los noventa, casi se quedó sin aviones y en bancarrota tras la deficiente gestión de Iberia y la delincuente gestión de Grupo Marsans. O lo que ocurrió con YPF, la compañía pública petrolífera argentina, que fue vendida por un plato de lentejas a Repsol. O las prácticas ajenas a toda ética de Telefónica que, no contenta con cobrar precios abusivos a sus compatriotas españoles, cobraba -¿sigue cobrando?- unos precios tan altos a los argentinos que por poco detiene la expansión de Internet en ese país y, por ende, su progreso, por no hablar del pésimo servicio. Podríamos seguir con los bancos y otras muchas empresas, la lista es suficiente como para que uno se sorprenda de que muchos argentinos sigan llamando Madre Patria a España.
Tras este resumen de lo bien que lo hemos hecho los españoles, tras este repaso a los muchos amigos que debemos habernos granjeado tras dispensar tan esmerado trato a países con quien se supone que compartimos tantas cosas, tras haberlos tratado casi tan mal como los EEUU han tratado siempre a su Patio Trasero –qué suerte que sólo tengamos un espionaje de chiste y un portaaviones de juguete – ¿de veras podemos ir por ahí dando lecciones de buen comportamiento al gobierno argentino? Yo creo que no. Lo que han hecho me parece objetivamente mal, pero no sólo lo encuentro subjetivamente justificado, lo que me sorprende es que no lo hayan hecho antes.
Estupideces para todos
Carlo Maria Cipolla se divertiría con el caso -recomiendo la lectura de Allegro ma non troppo-, pues esta es una situación muy estúpida. Aquí la estupidez, como en la lotería de Navidad, está muy repartida. Diríase que ha caído en lugares donde no hacía puñetera falta, pues ya iban bien servidos. Dos son los principales cuadros de esta galería demencial:
a/ Colonialismo editorial español: la gran industria editorial española recoge las tempestades del ventoso trato colonial dispensado a los lectores suramericanos. Se les han endosado las sobras de lo que España no compraba, con los meses de retraso y manoseo que eso conlleva. Se les ha vendido bajo políticas de precio erráticas: en ocasiones se les somete a la ley del precio del libro de aquí, de modo que para ciertas depauperadas economías unos sencillos libros son artículos de lujo. Se han hecho muy pocos esfuerzos por imprimir allí y de eso se queja el gobierno argentino y su industria gráfica; de hecho, la ineficiencia en el sistema editorial español es tan escandalosa que, aunque quisieran hacerlo mejor, de la noche a la mañana no podrían. Se ha tratado a un mercado de centenares de millones de clientes como si fuera una extensión colonial del imperio cultural español (sic).
Eso incluye la negativa a editar y traducir libros desde allí, con el peregrino argumento que el castellano suramericano es ajeno y extraño al peninsular; doy fe que las exquisitas ediciones mexicanas del Fondo de Cultura Económica –por poner sólo un ejemplo- no adolecen de ningún problema de léxico, como tampoco lo hacen las traducciones argentinas que he leído. Un ejemplo palmario: ¿fue alguna vez necesario traducir las viñetas de Mafalda, llenas de argentinismos, para que fueran comprensibles en España? Nunca. Irónicamente, entre los libros retenidos en la aduana argentina había libros de Mafalda y otros álbumes de Quinocon todos los dialectalismos en su lugar. Dos generaciones de españoles crecieron viendo dibujos animados y series de televisión con doblaje puertorriqueño y ¿ahora se supone que debemos ofendernos por ver impreso papa en lugar de patata y ellos no pueden enojarse por ver cómo sus libros se llenan de coger en vez de agarrar o tomar? ¿Es el castellano más nuestro que suyo?
Estoy de acuerdo con el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires cuando dicen:
En primer lugar, estos tipos se acuerdan del libre comercio cuando les conviene, porque a la vez que lo reclaman, le piden a la administración de su país que intervenga en su favor cuando otros países defienden sus propios intereses como corresponde. Eso, en castellano, se llama incoherencia.
Pues tienen toda la razón. El sector editorial español vive, en parte, de la sopa boba, de la complacencia y el patrocinio de la administración, sea estatal o autonómica. Si con la crisis hay mucho menos dinero para comprar libros que nadie quiere leer, pagar suscripciones que nadie quiere pagar y engordar con subvenciones las actividades culturales de más de cuatro vividores, menos dinero habrá para descubrir América por enésima vez. Ahora que las editoriales anglosajonas empiezan a descubrir el castellano, con este panorama vamos dados.
b/ Cortedad de miras del gobierno argentino: el ejecutivo argentino pretende potenciar su industria gráfica en pleno cambio de paradigma, cuando la industria gráfica española se encuentra en franco retroceso a causa de la digitalización y la crisis financiera. No es un asimétrico duelo de pobres, no es un reto entre impresores argentinos y españoles, de lo que estamos hablando es de quién se quedará con los despojos de la edición en papel. Lo que el gobierno argentino parece no ver –o lo ve pero no le importa- es que el recorrido de una fortalecida industria gráfica argentina será forzosamente corto, de modo que los esfuerzos bien poco rendirán a su país. Mejor le iría invirtiendo talento y dinero en tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y en la reconversión industrial de su industria gráfica, ahora que es pequeña. También es posible que, a medida que se digitalice la demanda en España, acabe siendo más rentable imprimir directamente en Suramérica. Sería, en cualquier caso, un epílogo, no una victoria.
Dejando de lado las muchas o pocas simpatías que el gobierno de la señora Fernández de Kirchner pueda inspirarme, es muy posible que Argentina necesite unos años de protección arancelaria para despertar, cuando no resucitar, su tejido industrial. Debe reconocerse que el esfuerzo del gobierno argentino parece destinado a no gravar con impuestos la importación de libros y a la vez dar de comer a sus impresores, conjugación nada fácil y en mi opinión encomiable. Tiempo habrá para volver a abrir sus mercados al exterior, aunque sería deseable que las inversiones se realizaran en industrias culturales con algo más de futuro que las imprentas. Nunca dejaremos de imprimir papel –tampoco en Argentina- pero cada vez imprimiremos menos libros.
Es este un problema complejo y demasiado manoseado. Hay demasiada historia en la relación editorial entre España y Suramérica en general, y con Argentina en particular, como para resolverlo en 50 días. Ni en 500. Acaso 5.000. Me gustaría pensar que la digitalización es una oportunidad para todos, para leernos y tratarnos mejor. El Atlántico no necesita puertas. No se las pongamos en ninguno de los dos lados.

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