martes, 6 de diciembre de 2011

Instituto Manuel Dorrego

Los dilemas de la historia > El debate sobre la creación del Instituto de Revisionismo Histórico

Instituto: ¡oh!

Por Noé Jitrik *
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Jorge Abelardo Ramos.
En la controversia que se armó acerca de la creación, por decreto, del Instituto Manuel Dorrego, que estará destinado a albergar lo que se conoce desde albores del siglo XX como el pensamiento “revisionista”, hay un aspecto que me parece curioso y que nada tiene que ver con el derecho que tienen algunos de estudiar la historia argentina de un modo o de otro, con perspectivas diferentes y opuestas. Se trata de que el Estado (1) aparece, al menos en las declaraciones del ya designado director, como antagónico del Estado (2). La oposición evoca una que fue célebre, Kramer vs. Kramer, extraños casos, ambos, de un inesperado divorcio.
En cuanto al divorcio está claro: el trabajo histórico (la historia “científica”) contra el que parece dirigido lo que el flamante instituto –estatal– se propone hacer, se realiza en universidades –que son instituciones del Estado– y acaso en academias, que también lo son y de una manera muy establecida. De modo que en lugar de hacer oír esas voces silenciadas, además de lo que ya se hace en libros, diarios, televisión y radio, en los lugares en los que la historia se considera, se examina, se dirime, se modifica, se discute y se enseña, se crea un reducto tipo refugio, que por el momento sólo se fundamenta en la vehemencia, no en la realidad.
O en la pereza, puesto que desde que Florencio Sánchez escribió M’hijo el dotor entrar a la Universidad teniendo ganas de seguir determinado rumbo del conocimiento, fue un ideal argentino que perduró hasta nuestros días. Salvo, desde luego, en la época de Rosas cuando la Universidad fue clausurada, o en la época de Onganía, cuando se entró a saco en ella, o en la época de la dictadura. Obviamente, la Universidad no es el paraíso, pero tampoco la horrible cueva llena de brujas que algunos pintan muy convencidos, claro que no se les ha ocurrido nunca acercarse a ella y tratar de entender lo que tiene y lo que le falta.
Previamente, todo parecía armónico: el Estado (1) había apoyado, en una política nunca vista, casi pródigamente –díganlo si no los mejorados salarios universitarios y del Conicet– a la ciencia –creación de un ministerio a cuyo frente puso a un científico de verdad– y a la investigación –repatriación de científicos– y, por otro lado, investigadores y periodistas independientes –revisionistas, marxistas, etcétera– revisaban, interpretaban, adherían, exaltaban a su pleno gusto, sin que nadie les dijera lo que debían hacer. Es raro esto que pasó y uno se pregunta por qué había que romper este clima de felicidad. ¿No era una prueba de que la Universidad no andaba oliendo mal a quienes no hacían historia como la que hacen quienes están en ella cuando decidió designar como grandes maestros a Norberto Galasso y a Osvaldo Bayer, notoriamente no “integrados” a la dizque hegemonía liberalmitrista que reina en la Universidad?
Es claro que hay un matiz suplementario: el instituto en cuestión –no conozco los considerandos del decreto, firmado, desde luego, por la Presidente de la Nación–, o su director, al parecer tendrá un objetivo reivindicativo: dar voz a las voces silenciadas por esa historia que nació con Mitre sobre los despojos del derrotado federalismo y la triste suerte de los caudillos, todos buenos, víctimas de todos los malos. Pero tal vez no haya sido así del todo: el iniciador del revisionismo, que tuvo acceso a los papeles que Rosas le facilitó durante su exilio, Adolfo Saldías, no sólo era amigo y discípulo de Mitre sino que éste lo alentó en su trabajo. Carlos Ibarguren, notorio revisionista, nacionalista por añadidura, fue miembro de la Academia de Historia y presidente de la de Letras, ambas del Estado. Ramón J. Cárcano, connotado miembro de la elite del ’80, escribió una biografía de Facundo Quiroga. En cierto memorable encuentro José María Rosa me miró con admiración cuando le dije que había leído un documento que informaba que el salvaje Facundo Quiroga había creado escuelas en sus desérticos Llanos: sarmientino “avant la lettre”. Ese dinamismo siempre existió y por suerte: no hay nada más pernicioso que esa necesidad de tener ídolos para poder adorarlos en lugar de otros a su vez adorados según quien dirija la adoración.
Hay más aspectos que llaman la atención en el episodio: después de años de bregar por presentar una historia no liberal, revisionista, el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas salió del ostracismo y entró a formar parte del conjunto de instituciones de la Ciudad de Buenos Aires y, se supone, financiado por ella. ¿No era el lugar para que el grupo que integrará el nuevo instituto entrara a la que fuera vanguardia revisionista y hoy callada catacumba y prosiguiera defendiendo sus puntos de vista? ¿Crear uno nuevo existiendo ya uno de idéntica filosofía? ¡Qué olvido tan notable! José María Rosa no debe estar tranquilo en su tumba con esta novedad.
Y siguen las preguntas de un curioso. Los institutos de investigaciones existentes, en todas las ramas del saber, se proponen extender el conocimiento de los asuntos concernidos y así se los admite, la Universidad, el Conicet o quien sea, pero en ningún caso se les exige que declaren los resultados que creen que van a obtener. Este instituto innova: para justificar su creación el director declara los resultados que ya se sabe que se obtendrán y, se diría que, en consecuencia, en lugar de convocar mediante un sistema abierto a quienes podrían contribuir a dicho desarrollo se designa de entrada a otros, igualmente miembros de ese “ya se sabe”. No es por lo tanto un instituto lo que se crea sino un club de amigos que se entienden en relación con el lugar en el que estarán. Adhonorem, por supuesto, como gran parte de los investigadores universitarios que no lo dicen. ¿Dejarán sus ocupaciones habituales, televisión, cátedras, trabajos varios, para encerrarse en la oscuridad de los archivos conviviendo con sus queridos fantasmas y renunciando a sostener a sus familias, felices, ellas, porque el Estado proporcionará en adelante las picas para que sean derribadas ciertas estatuas y el mármol para en su lugar levantar otras? ¡Qué raro!
¿Qué estatuas a derribar y cuáles a levantar? Sobre las primeras uno de los según dicen silenciado por la Academia, nada menos que Juan Domingo Perón, tenía su idea, algo desconcertante porque, dicho o semi dicho, el mentado revisionismo viene en tándem con el peronismo, al lado en su momento, o junto muy posteriormente: cuando por fin los ferrocarriles fueron argentinos y le hicimos un corte de manga al imperialismo británico los nombres que les pusieron eran de antología, no de fantasía; en lugar de Mitre le podía haber puesto “del norte irredento”, en lugar de Roca, “sur misterioso”, en lugar de Sarmiento, “oeste temible”, en lugar de Urquiza, “proceloso y lacustre”, en lugar de Belgrano, “indomables pueblos originarios” pero no, haciendo oídos sordos a fervorosos partidarios como Fermín Chávez, los Hermanos Irazusta, Scalabrini Ortiz, todos distinguidos historiadores, antibritánicos decididos, Perón admitió el santoral liberal de tal suerte que esos nombres nunca fueron cambiados, para gran pesar, en el caso del sur, de Osvaldo Bayer. Tampoco, cuando propició, e intervino, en el Congreso de Filosofía de Mendoza, en 1949, prefirió el asesoramiento de Carlos Astrada, un filósofo serio, formado en Alemania, con todo el rigor heideggeriano y fenomenológico, y no el del simpático Discépolo, que tanto lo defendía, o del agudo polemista Jauretche o del nacionalista Chávez.
¿Y las estatuas a erigir que están en la propuesta? Una ya está, la de Dorrego; Rosas, gracias a la feliz idea de traer sus restos –creo que se le debe a Menem– tiene su lugar, no muy lejos de Sarmiento –deben dialogar en el silencio del mármol–; Eva Perón tiene su casa cerca del Botánico y Perón está por tener su monumento frente al antiguo Correo Central; seguramente el nuevo Instituto tendrá otras iniciativas, tanto para quitar como para levantar: ese cambio embellecerá la ciudad, si se hace en Buenos Aires, o ilustrará sobre la verdad de la historia nacional, presentada por ahora con profusión de adjetivos y escasez de sustantivos. No importa: esa verdad está cerca y lejos al mismo tiempo y por todas partes nos aproximamos. Si por ejemplo, como novedad, en el debate de estos días se habla de la Baring Brothers, no se menciona que Sergio Bagú, en un trabajo memorable, desnudó esta operación y ya hace años, y no era revisionista ni peronista sino un digno profesor universitario que emigró luego de la operación de limpieza que hizo el silencioso Onganía.
Y ya que se le da al revisionismo una gran oportunidad para hacerse oír, como prueba de un generoso pluralismo, por qué no se hace lo mismo con la historiografía de inspiración marxista. Es una propuesta nomás, ya que si es innegable la existencia de una corriente como la que capitanea el psicoanalista y diplomático O’Donnell, también lo es la que contiene los trabajos de Milcíades Peña y tantos otros, entre ellos el lamentado David Viñas, por no mencionar los de algunos que, como Rodolfo Puiggrós, Jorge Abelardo Ramos se pasaron al peronismo, este último en un irrefrenable tobogán que lo llevó al menemismo, pero sin olvidar el método dialéctico.
Alguien como yo, que ha celebrado grandes aciertos de este gobierno, asignaciones familiares, jubilaciones, quita a subsidios de privilegio, apoyo a la industria, estímulo a la cultura y a la ciencia, no entiende qué necesidad había de internarse en este campo. Será una cuestión psicológica: creer que un pragmatismo político y social que ha dado pruebas de sus logros debe descansar en un sistema de pensamiento que hay que formular porque, de lo contrario, se correría el riesgo de que se pensara que todo está regido por la improvisación. Y, modestamente, creo que no es así.
* Crítico y escritor.
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