sábado, 29 de octubre de 2011

Los discursos de la noche electoral: La épica de un país normal, por la politóloga María Esperanza Casullo


Comparados con los de la noche del 14 de agosto, los discursos del domingo 23 de
octubre fueron anticlimáticos. La amplitud y lo anunciado del resultado, restaron
urgencia a las reacciones de los candidatos. Sin embargo, dejaron algunos argumentos
para el análisis. Toda la atención estuvo puesta en lo que diría la Presidenta reelecta. Cristina Fernández de Kirchner dio dos discursos: uno en su comando electoral y otro en la Plaza de Mayo. Ambos fueron moderados en su contenido pero personales y emotivos en su tono. En su contenido, siguieron las líneas marcadas en campaña: moderación, apelaciones a la unidad nacional, ningún rastro de agresividad para con las otras fuerzas políticas.
No fueron, sin embargo, aburridos. Cristina Fernández ha crecido mucho como oradora política (siempre lo fue en lo que era su ámbito de acción, el Senado). Y lo ha hecho, sobre todo, porque aprendió a decir menos en sus discursos. Ahora son más simples, más personales, establecen con más facilidad un ida y vuelta afectivo con su público, usan más el humor y se mueven en un registro más intimista. Lo que sus discursos han perdido en tono épico han ganado en cercanía y personalidad. En el Hotel Intercontinental, Cristina Fernández tuvo dos momentos notables: cuando se emocionó al evocar la figura de Néstor Kirchner (“no como marido, sino como cuadro militante”) y cuando calló a su público, que rechiflaba sus menciones a los candidatos opositores. La frase “no seamos chiquititos, en la victoria hay que ser mas grandes”, fue una de las más memorables de la noche. En este discurso, además, pareció dejar a un lado rumores sobre una posible rerelección (dijo “yo ya no deseo más nada”). En síntesis, Cristina continuó con la línea de los últimos tiempos: tranquilo, afectivo, centrado en construir un vínculo con los que escuchan y en enfatizar su rol de Presidenta y garante de la institucionalidad.
Su discurso en la Plaza de Mayo, dirigido a los jóvenes, fue un poco más encendido
en su tono y contenido. El núcleo de sus palabras fue una comparación entre esa plaza
kirchnerista y las plazas de las juventudes peronistas. En esa comparación se marcaron continuidades pero también diferencias. “Ahora nadie los echa de la Plaza”, dijo Cristina. Esto marca uno de los núcleos del discurso kirchnerista, no sólo de esta Presidenta, sino de Néstor Kirchner: ambos hicieron hincapié, una y otra vez, en lo que podríamos llamar la presentación épica de la normalidad. Si bien el discurso kirchnerista se nutre de lo épico y lo pasional (ya sea por su contenido, ya sea por su tono afectivo), esta carga emotiva no se pone al servicio de grandes utopías revolucionarias, sino de una épica de “un país normal”. Es una inversión muy interesante.
La forma de los discursos de Cristina, más típicamente populista, se pone al servicio
de valores como la normalidad, la institucionalidad, la pluralidad, y la unidad. Lo “revolucionario” del kirchnerismo sería entonces lograr implantar la normalidad y romper la “normalidad anormal” de un país signado por las crisis. A menudo se señala que el Gobierno de Cristina Kirchner es “setentista”. Y es cierto que, en cada discurso, Cristina Kirchner enraiza su genealogía ideológica en la militancia juvenil de esa época. Sin embargo, en esta recuperación hay tanto una recuperación como una crítica. No sólo se marca un rechazo a la lucha armada, sino que se sostienen valores como el pluralismo, la tolerancia y la paz, que no estaban en la agenda de esa época. Es una evocación transformativa antes que nostálgica.
Con respecto a los discurso de los candidatos perdedores, no dejaron demasiado para
el análisis. En general, dijeron poco.Hermes Binner, el único que tenía algo para  festejar, dio un discurso poco memorable, aunque esto forma parte, a esta altura, de las características del candidato. Su discurso puede resumirse en una frase: “Seremos una oposición racional pero implacable”, y su estilo podría condensarse en “Hermes Binner, antipopulista”. No se le pedía, sin embargo, que dijera mucho más, ya que esta no era su noche, y cumplió su rol adecuadamente.
Los discursos de Eduardo Duhalde y Ricardo Alfonsín estuvieron marcados por una
idea común: marcar que no piensan retirarse de la política argentina (“No cometeremos los mismos errores”, dijo Alfonsín; “Seguiré participando”, dijo Duhalde). El tiempo juzgará la verdad de estos dichos. Rodríguez Saá, por su parte, hizo una nueva demostración de su nuevo estilo oratorio, que roza la comedia de stand up.
Párrafo final para el discurso de Elisa Carrió, tal vez la figura política más castigada
de las últimas elecciones. Enfrentada a un verdadero castigo electoral a su fuerza (tal vez no haya paralelo mundial para una figura que pasó de segunda en 2007 a sacar el 1,8% cuatro años después) Carrió decidió redoblar la apuesta. Anunció calamidades inminentes (“el dólar y el super”), responsabilizó a la mayoría de su propia estupidez (“de esto se tendrá que hacer cargo el 53% que la votó”) y anunció su pase de la política electoral a serla líder a una “resistencia al régimen” que llevarán a cabo ella y “un grupo”. No vale la pena decir más sobre estas aseveraciones, que no pertenecen,
strictu sensu, al discurso público-político. Sin embargo, el aviso de Carrió de que seguiría liderando el bloque de diputados de la CC da la pauta de que Carrió no piensa democratizar internamente su partido, el cual se reducirá, sin duda, al núcleo mínimo de seguidores de una líder cuasi mesiánica.
Así visto, el electorado argentino premió a los candidatos que privilegiaron en sus discursos elementos de racionalidad política, moderación y tolerancia (Cristina Fernández de Kirchner, Hermes Binner, Rodríguez Saá) y castigó a aquellos que construyeron discursos apocalípticos e intolerantes (Duhalde y Elisa Carrió). Esto habla muy bien de la salud del discurso político en nuestra democracia.
(De la edición impresa)

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