viernes, 29 de abril de 2011

dante augusto palma

Filósofo



JUEVES 28 DE ABRIL DE 2011

Los liberales infalibles (publicado originalmente el 27/4/11 en Veintitrés)



Finalmente, la tan esperada conferencia de Vargas Llosa, aquella que iba a presentar al mártir acosado por las huestes totalitarias para erigirse como ícono de la libertad frente a la turba populista, fue una intervención moderada, cauta y previsible. Para los cazadores de slogans fue una decepción y para aquellos a los que nos interesa el debate con algo de sustancia significó la obligación de remitirnos a algunas de las entrevistas no condescendientes que el premio Nobel concedió, especialmente las de Granovsky y Friera y la de Martín Kohan.


En ambas, cuando se lo interpela acerca de su transformación ideológica Vargas Llosa menciona al filósofo austríaco Karl Popper, conocido en el mundo académico por sus aportes en Epistemología y no precisamente por sus intervenciones políticas. Popper fue, junto a Milton Friedman y Alexander Von Hayek entre otros, uno de los íconos liberales que fundó, allá por 1947, la Sociedad Mont Pelerin, espacio que reúne hoy día al pensamiento de la derecha liberal y que cuenta entre sus miembros al autor de La tía Julia y el escribidor.


La referencia a Popper obedece especialmente al libro La sociedad abierta y sus enemigos, publicado en 1945 y que resulta un alegato contra el totalitarismo en un momento muy particular del mundo. El enemigo de Popper es todo aquello que suponga una amenaza contra la libertad individual, lo cual incluye desde el comunismo y el nazismo hasta las intervenciones estatales más moderadas.


Este enemigo es atacado por diferentes frentes: por un lado está lo que Popper considera una disputa liberadora que atraviesa la historia de la civilización occidental entre posturas “tribalistas” que anteponen el todo sobre la parte disolviendo al individuo en el interior de una comunidad irracional, arcaica y totalitaria, y aquellas gestas individualistas, reflexivas y críticas que desafían al poder de turno y que hallarían su máxima concreción en las repúblicas democráticas modernas. Las primeras son sociedades cerradas donde prevalece la coacción; las segundas, sociedades abiertas, libres, donde cada sujeto persigue libremente sus fines. Por otro lado, especialmente frente al marxismo, Popper ataca lo que él llama el “historicismo en las ciencias sociales”, esto es, la idea de que la historia está regida por leyes históricas que trascienden, en algún sentido, la voluntad individual y, por lo tanto, la responsabilidad que los hombres tenemos por nuestras acciones; leyes que, como sucede cuando se estudia la naturaleza, es necesario descubrir para a partir de allí poder predecir el futuro.


Sin embargo, como se indicara más arriba, Popper es más conocido, entre un sinfín de aportes en Epistemología, por un punto de vista influido fuertemente por el falibilismo. Los falibilistas consideran que nuestro conocimiento es limitado, que podemos errar y que no es posible tener certeza de la verdad, algo que Popper apoya en principios lógicos de los razonamientos. Para el austríaco, no es posible afirmar con plena certeza que algo es verdadero para siempre puesto que ese “para siempre” no es otra cosa que la confianza que tenemos en la regularidad del mundo. Dicho de otro modo, suponemos que el Sol saldrá, que algún día nos tocará la muerte y que los lobbys seguirán presionando a los gobiernos democráticos, pero puede que las cosas no sean así en el futuro (especialmente los primeros dos casos).


Si bien el salto parece brusco, el falibilismo también se aplica a la política y, de hecho, es la piedra fundamental del liberalismo, al menos de buena parte de esta tradición. De hecho, por ejemplo, si pensamos en dos ideas caras a nuestras sociedades actuales, como la neutralidad y la tolerancia, notaremos que uno de sus fundamentos puede ser la falibilidad del conocimiento humano.


Así, entonces, una pregunta que podemos remitir a al padre del liberalismo, John Locke, sería ¿por qué el Estado debe ser neutral? ¿Acaso no sería mejor que el Estado se comprometa con un ideal, deje de ser indiferente y lo persiga para intentar alcanzarlo? Un liberal diría que no, porque no existen valores objetivos, ideales incontrovertibles que merecerían la pena ser perseguidos por todos. Los individuos tenemos distintos fines y consideramos que la felicidad la podemos alcanzar de diversos modos. No existe “la felicidad verdadera”, común a todos. Esto es lo que en la época de las guerras religiosas obliga a que el Estado se separe de la Iglesia pues de no existir esa distinción, lo público, esto es, lo de todos, estaría cooptado por una creencia particular que discriminaría a todas las otras creencias. El conflicto con el uso del velo en Francia tiene que ver con esta disputa y la insólita situación en la que una mujer argentina asiste a exigir sus derechos reproductivos a un juzgado cuyas paredes sostienen crucifijos, es parte del mismo asunto.


Ante la evidencia de que nadie puede sostener que tal creencia es verdadera o más verdadera que otra, el Estado debe mantenerse al margen y tanto éste como los ciudadanos que lo formamos, debemos ser tolerantes con el punto de vista ajeno. Claro que, en la práctica, las cosas suelen hacer equilibrio sobre fronteras más porosas o demasiado gruesas, algo que se observa con claridad en aquellos que explícita o implícitamente pregonan por los ideales de neutralidad estatal y tolerancia política.


En este sentido, pienso en el ataque permanente a periodistas, intelectuales, políticos y todo aquel que reivindique políticas del gobierno kirchnerista. Obsérvese este fenómeno interesante que aparece con elocuencia en la idea de que los periodistas oficialistas cobran sueldos de 100.000 pesos en la TV Pública; o que los jóvenes de La Cámpora fingen su reivindicación de las juventudes setentistas seducidos por sueldos de 40.000 pesos, por cierto, mucho más de lo que cobra la presidenta de La Nación. Todo aquel que defiende al gobierno lo hace por dinero, esto es, lo hace por corrupto. Nótese que si bien existen acusaciones de este tipo contra miembros de la oposición, sea que vengan en formato de políticos, sea que vengan en formato de periodistas, salvo en casos harto evidentes, la crítica suele ser, en general, de tinte ideológico y no apunta a los valores éticos de la persona. No se acusa a los editorialistas de La Nación, Clarín y Perfil de corruptos. Se los acusa de ser ideólogos de un sistema injusto. Se respeta su integridad, se critican sus ideas. Si bien está claro que esto no significa que todos aquellos que defienden al gobierno son sujetos con archivos y presentes pulcros, la tendencia es a generalizar y a suponer que la mera adscripción al ideario oficialista supone un acto execrable, y las razones para tal justificación son profundas. Esto es, se trata de un caso claro de intolerancia que podría sintetizarse así: “dado que nosotros (los opositores al gobierno) poseemos la verdad, todo aquel que apoye al kirchnerismo lo hace o por ignorante (de la verdad) o por dinero”. Los oficialistas no son ni siquiera candidatos a la verdad, su relato está vedado desde el vamos y en aquellos críticos que se apoyan en principios liberales no aparece la más mínima posibilidad del austero falibilismo. Extraños liberales los nuestros: hablan de tolerancia y de neutralidad pero dicen poseer la verdad y, si hay verdad, ser tolerantes y neutrales sería casi un acto de desidia pues, ¿cómo, sabiendo que existe la verdad, vamos a dejar que el resto de los ciudadanos viva en la ignorancia? Este es el razonamiento célebre del prisionero de la caverna platónica, el imperativo que lo obliga a una actitud casi evangelizadora. Quien conoce la verdad tiene la obligación de propagarla y, de ser posible, de imponerla. Sabemos que la consecuencia de ello es un Estado muy poco tolerante con las creencias que no son consideradas en pie de igualdad pues simplemente son tildadas de “falsas”. De este modo ¿qué tipo de diálogo plantean los que se excitan con el llamado al diálogo? ¿Una conversación entre alguien que posee la verdad y otro que sostiene una creencia falsa pero que la defiende movido por su desconocimiento o por su venalidad?¿Puede alguien que considera poseer la verdad, hacer un examen crítico de la misma, tal como lo exige la racionalidad ilustrada implícita en el ideario liberal de Popper? ¿No hace falta un mínimo de aceptación de que somos falibles para poder revisar nuestras posiciones? Esto no quiere decir, claro, defender tibiamente las propias creencias pero sí suponer que pueden estar equivocadas o, que, en todo caso, en tanto creencias, son tan válidas como las del resto de los ciudadanos. Seguramente, la gran cobertura que se le ha dado a las ideas de Vargas Llosa hará que los liberales argentinos depongan esa actitud intolerante de suponer que debe sospecharse de todo aquel que no cree lo que creen ellos. No tengo duda, que ante la evidencia de las

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