miércoles, 23 de febrero de 2011

Una brillante nota en homenaje al GRAN SARMIENTO. Inteligente, culturosa, con un british humouir que a veces omite la sonrisa y prefiere la carcajada...


Por silph, el 20 de febrero de 2011.

                                                                                  Domingo Faustino Sarmiento 
                                                            La Casa Natal de Sarmiento


Hace doscientos años nació en San Juan Domingo Faustino Sarmiento. Con este comienzo de efeméride escolar, me permito compartir, con los compañeros y compañeras (como diría mi hijo de 3 años recientemente peronizado o barbarizado, según se prefiera) de Artepolítica, mis impresiones de los homenajes que, de un lado, y del otro, recibió el “gran maestro argentino”.
El gran diario argentino hizo un homenaje bien mainstream. Algunos fragmentos sarmientinos relativamente interesantes, la palabra del viejo Romero que aunque “vetusta” (diría mi rector Horacio Sanguinetti) siempre más certera que la de de su hijo, y la intervención de esas señoras expertas en educación que, a pesar de sus cortes de pelo modernos de pelo, se parecen más a Noelia, la maestra de Gasalla, que a los maestros sarmientinos, que como su mentor, eran normalmente autoritarios pero creativos y vanguardistas para su tiempo. Como todos los lancasterianos. Una de esas señoras se atreve a la siguiente boutade: la educación de Sarmiento era una educación popular no populista como aquella que presenciamos hoy con la distribución a mansalva de inútiles netbooks del Decreto 459/10. Realmente un argumento bastante pavo para plantear la antinomia popular populista que, en otro contexto, es más que interesante. O mejor dicho, para ser fiel a la pluma y la palabra de Don Domingo (el himno a Sarmiento con la Marcha de San Lorenzo me parecen lo más pero lo de la pluma y la palabra no deja de ser parcialmente redundante), lo que hace esta mujer con clara intencionalidad política de desacreditar el presente es una guachada que sólo puede decir “un mierda” (en este caso una mierda, para modernizar el tema de género). Dejemos por ahora el diccionario de improperios sarmientinos, una de sus genialidades que compartía con algunos de sus rivales políticos preferidos, y por eso más odiados, Rosas y los Varela. Vayamos al encuentro de Encuentro.
Ayer Encuentro pasó una bioepic de Sarmiento muy bien conducida por el envidiado y envidiable historiador hoy mediático, Gabriel Di Meglio, y con la calidad de formato y edición características de esos envíos del canal cultural. No faltó la cuota sensiblera, con niños claramente identificables por su fenotipo (al final puteamos al Sarmiento “racista” pero reproducimos sus gestos) con estudiantes de escuelas rurales del “interior” que contestaban aquello que sabían de Sarmiento. Algunas intervenciones intelectuales (Fabio Wasserman hablando de los intelectuales de 1837), una interesante dramatización de la composición del himno a Sarmiento, y un muestreo de esos lugares emblema donde Sarmiento dejó su marca (en un caso la literal los Baños del Zonda donde escribió en francés, “comme il faut”, las ideas no se matan). El mensaje era claro: Sarmiento era un enemigo de lo popular, pero, a pesar de ello, dejó un legado educativo que trascendió los intereses de la clase dominante a la que representó. Sin dejar de ser cierto, y cuidándose de contextualizar las expresiones de Sarmiento en un clima de época, también esta narrativa es algo simplificada (lo cual es lógico y natural) pero sobre todo nos impide apropiarnos desde acá de elementos claramente sarmientinos de nuestro modo de vida que pueden producir el desmayo o al menos el escozor (bah cosquilleo en la panza peluda) de quienes creen que nuestro presente es bien poco sarmientino.
Dejemos algunos comentarios al correr de la pluma. Primero, sin duda Sarmiento no era una amante de lo popular, o específicamente de aquellas fuerzas que encarnaban al pueblo real en su presente, pero tampoco era el mayor adorador de las elites dominantes entonces realmente existentes. En esa película épica, La vida de Dominguito, Homero Manzi, como guionista, demostró ser mucho más sutil que la historiografía neo-liberal y neo-revisionista al mostrarnos al viejo Sarmiento sordo y solo en el Senado, llamando a los diputados representantes de las fuerzas vivas de la nación (Rural Society) aristocracia con olor a bosta. Pero vamos por más. Si entendemos a la antinomia populismo legitimismo en términos de los valores culturales, sin duda Sarmiento era un legitimista, como casi todas las personas que llegan al saber por sus propios medios partiendo de una situación de subalternidad (como el propio Bourdieu que bien sabía de esto). Sin embargo, cualquier lector del Facundo, o incluso de los Viajes, se da cuenta que la fascinación de Sarmiento por la barbarie, ciertamente estetizada y romatizada, es tal, porque en su corazón, su estirpe (su sangre y su raza, para usar sus palabras) y su estilo (hasta en su lengua) se siente un bárbaro. El único bárbaro (quizás con la excepción de Rosas, aunque este actúe “a la inversa) que está autorizado el hacer de la barbarie el instrumento de civilización.
Sarmiento fue también un político pendenciero, peleador, con múltiples y cambiantes enemigos. Consciente, mucho más explícitamente que sus falsos acólitos, que la política es conflicto. Su carácter polémico no creo haya sido funcional a los designios de la elites dominantes que siempre juzgó como excesivo a este gaucho de la pluma. Albedi, otro personaje que merece algo más que gargareliadas (leáse comentarios del Dr. Roberto Gargarela) era en eso más funcional, como buen egresado del Colegio (entonces del Ciencias Morales y hoy Buenos Aires). Sarmiento jugaba un partido donde uno y sólo uno tenía que ganar: él. Era un personalista de la política, no tenía referentes institucionales, generaba antagonistas por doquier, se amigaba con execrables, y atacaba a sus antiguos compañeros de ruta. Y con sus enemigos, no tenía ni justicia. Pero era desagradablemente fascinante. Cualquier similitud con otros no “prohombres” argentinos, ¿será pura coincidencia? Lejos estaba Sarmiento de ser un hombre de partido: tiene razón Di Meglio. Para eso estaba Don Bartolo (Mitre). Hombre de partido, liberal, pero único, hegemónico, y controlado sólo por él y para él. Un partido que siempre ganaba porque cuando perdía era porque los otros habían hecho trampa. Eso es más típico de los pro-hombres y pro-mujeres de hoy. Pero si hay que reconocerle algo a Mitre es que, salvo cuando se escondía en la polvareda de los archivos (qué documentos tiene su biblioteca museo, vayamos populistas a apropiarnos del plusvalor ya apropiado por los dominantes) para hacer historia “científica”, decía lo que pensaba, aunque no siempre pensara lo que decía. Lástima que su diario presente hoy como objetividad lo que históricamente ha sido tribuna de doctrina.
Volviendo a Sarmiento si hay algo de popular en su forma de ver y hacer la política está en su “republicanismo cívico”. Para Sarmiento, quiera o no, todo pueblo debe votar. Mucho mejor si ese pueblo está compuesto por gajos renovados de la inmigración, pero para que estos den frutos no deben ser solamente industriosos y laboriosos habitantes, tienen que ser comprometidos ciudadanos. Y si no lo son, hay que obligarlos a las patadas. Sarmiento adoraba la política y despreciaba a quien se desinteresaba por ella y sólo quería llenar de dinero sus bolsillos sin comprometerse en lo que Arendt llamaría la “vita activa”. Por eso, su enojo final con los inmigrantes, no tanto y no sólo, porque no fuesen anglosajanes sino porque esos “tanos” querían seguir hablando italiano y ganar guita sin valorar las dos cosas más importantes para la vida de Sarmiento: la participación política y la escuela pública.
Sin entrar en detalle porque no tenemos ya espacio, pero haciendo honor a la actualidad, Sarmiento admiraba a los EEUU. Pero no tanto porque fuese potencia imperial (en su tiempo para eso estaban los chupamedias de Inglaterra) como hacen hoy quienes no se dan cuenta, que para bien o mal, el imperio americano está en decadencia. Lo admiraba porque creía que allí estaba el presente de la democracia y el desarrollo industrial articulado con una producción primaria centrada en la pequeña explotación. Seguramente sus EEUU tenían más de los EEUU de La Democracia en América de Tocqueville que los que él realmente llegó a conocer, pero desilusionado con la “civilización” europea encontró un sueño americano no en comprar en Miami si no en educar al soberano.
Al fin y al cabo, si de educación se trata en 6 años de gobierno Domingo fundó 800 escuelas. Cristina, que habla y vive orgullosamente como un producto de la escuela sarmientina, construyó y terminó en su gestión 686 escuelas en tres años de gestión y son 1098, contando desde el 2003. No se hacían tantas escuelas desde el primer peronismo, dicen los que saben y no necesariamente nos quieren. Vieron, al fin y al cabo, también hay Sarmientos nac and pop. Lo cool queda para el kirchnerismo 3.0.


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