domingo, 16 de enero de 2011

Muchas cosas que han cambiado en la cultura local está el hecho de que ya casi no hay círculos culturales de clase alta. ¿no? Durante un largo período había grupos importantes de escritores de clase alta, a los que se pegaban otras gentes que, de alguna manera, aceptaban ese liderazgo o ese mecenazgo. Pero eso parece haber desaparecido...

NEWSWEEK
María Elena Walsh (1930-2011)

El revés del reino


Dedo acusador y mano acariciante a la vez, sólo hablaba cuando tenía algo que decir. Aquí, el recuerdo de una entrevista con la cantautora que se convirtió en parte natural de la cultura argentina.

Creadora: Falleció a los 80 años, este lunes 10.
Por Martín Caparrós

Su reino es de este mundo: es probable que, dentro de muchas décadas, chicos argentinos sigan cantando las canciones de María Elena Walsh; es probable que, entonces, muchos crean que esas canciones no empezaron nunca: que siempre existieron, como el arroz con leche. O, dicho en la voz más solemne de su amigo perdido: que se les hagan tan eternas como el agua y el aire. Fue él —el viejo amigo que, como tantos, alguna vez trató de seducirla sin el menor éxito— quien dijo que lo único que esperaba de su vida de escritor era dejar algunas palabras, un par de líneas, que se convirtieran en voces comunes, anónimas: en parte natural de la cultura. María Elena Walsh lo consiguió: sólo los eruditos y los antiguos sabemos que hubo tiempos en que la reina Batata no temblaba en su plato de plata.

En estos días de homenaje más que duelo se ha repetido hasta el cansancio: María Elena Walsh puso la banda de sonido de nuestras infancias. En esa frase, la clave es el plural de nuestras: cincuenta años de infancias tan variadas, tan diversas en todo lo demás, tan parecidas en Manuelita y el doctor y la Osías el osito en el bazar.

En cambio, se ha hablado menos de sus intentos de decir lo que pensaba que pensaban muchos: de trabajar de intelectual. Lo hizo poco; a diferencia de tantos de nosotros, sólo hablaba cuando tenía algo que decir. Lo hizo la primera vez que nos abandonó —a los chicos de entonces— y publicó su primer disco para grandes: a fines de los sesentas decidió hacer una crónica sarcástica de una época que estaba cambiando el sarcasmo por la convicción. Lo hizo de nuevo diez años después, cuando empezaba a terminarse la dictadura militar y ella fue de los primeros en entenderlo y empezar a hablar: su artículo sobre el país jardín de infantes fue una especie de campana de largada. Lo volvió a hacer veinte años más tarde cuando le pareció que el segurismo exageraba y que el peligro de que la pena de muerte nos gustara se acercaba demasiado. Y de nuevo hace un par de años, cuando aceptó hacer pública su vida tan privada, su pareja con una mujer.

Ese costado —el menos cantado— de su vida siempre me interesó. Hace casi treinta años, María Moreno la entrevistó para una revista donde yo trabajaba bajo sus órdenes: Alfonsina. Allí “La madre de todas nosotras” —era el título— decía que el nuevo gobierno de Alfonsín le había ofrecido la dirección de ATC pero que la había rechazado porque “mi función en la vida no es tener un cargo público”. También defendía el aborto, “no como un ideal, sino como una solución que debe poder pensarse valientemente” y decía que la apertura política era un verdadero cachetazo para las mujeres porque su “participación es escasísima en todas las esferas”. Lo lamentaba por muchas razones; entre ellas que “con mujeres en el poder, ¿cómo podrían seguir manejándose los engranajes basados en la estafa, el porcentaje, la corrupción? Es muy difícil que un hombre le diga a una mujer ‘vamos y vamos’. ¡Ah, no! Eso es cosa de ellos, es el eterno muchachismo. Una mujer ahí es un convidado de piedra”.

Ella siempre lo fue y nunca lo fue. Supo ser, al mismo tiempo, un dedo acusador y una mano acariciante: es tan difícil. Hace casi veinte años me atreví, por fin, a pedirle una entrevista. Yo quería que habláramos de su lugar de intelectual, y ella no. Fue en junio de 1992, en pleno menemismo.

La luz era limpieza, la pulcritud de un departamento grande y muy bien puesto con plantas y moquettes y una mañana clara más allá, detrás de las ventanas de piso doce sobre Palermo Buenos Aires. La luz era un exceso, una especie de salvajada de sentidos; ella, en medio de la luz, escuchaba con cuidado antes de hablar, se tomaba su tiempo. Yo empezaba a recordar que la cordialidad es una de las formas más eficaces del silencio, y trataba de explicarle que lo que me interesaba era su lugar. Que quería, en realidad, saber cuál era, le decía, y ella me miraba. Me miraba, así que yo seguía:

—Hace unos meses estuve en China —seguía yo— y todo el tiempo cantaba eso de que la luna baja en palanquín/ a poner un crisantemo en el jardín/ quien la pesque con una cañita de bambú... —canturreaba yo, y era, claro, una canción de ella—. Y me resultó un poco fuerte que mi idea más primaria de lo chino fuera una canción tuya —le decía—. Y está, por otro lado, la publicación de tu texto en Clarín sobre la pena de muerte, y todas las reacciones que produjo. Son dos datos caprichosos, pero me parece que muestran cómo se conforma algo, de lo que quería que habláramos. Digo, me parece que ocupás un lugar social bastante fuerte...

Ella me escuchaba como con interés, fruncía un poco el ceño o sonreía. Antes de hablar, calló un momento.

—Yo soy una inventora: en realidad mi función es inventar cosas y moverme en el mundo de la fantasía. Pero, como ya es bastante fantástica nuestra realidad, uno no puede evitar opinar sobre ella, ¿no? Amanecemos un día, por ejemplo, con que otra vez se va a debatir el tema de la pena de muerte, que creíamos superado. Es un asunto medio surrealista y me siento en la obligación de encararlo.

—Pero digamos que cuando vos te sentís en la obligación de encararlo, eso produce un efecto mayor que las demás reacciones —que tampoco son tantas— ante el tema. Eso te da un espacio significativo del que vos debés tener alguna conciencia y debés pensar “¿lo uso? ¿no lo uso? ¿cómo lo uso?”.

—Sí. No, desde ya, no lo uso. Creo que soy una de las pocas personas que no se sienten dios, porque hay una gran tendencia a derivar de una profesión que pueda tener cierta importancia para el público, derivar eso a una situación de poder y hablar y decir unas obviedades que ni De la Rua, mirá. Digamos: un excelente futbolista que se siente obligado a perorar sobre la ética, el arte, la política y, si es posible, a postularse como legislador o como lo que sea. Creo que no hay que confundir los tantos. Maravilloso si uno, desde un simple texto, que considera justo, puede tener alguna influencia. Pero de ahí a creerme en un púlpito hay una distancia muy grande.

Dice ella, y calla de nuevo. Parece no voy a conseguir que diga lo que espero. La entrevista es una situación casi única de dúo para una sola voz. Durante una entrevista, el tonto del periodista hace ímprobos esfuerzos para que de la otra boca salgan las palabras que querría: va dibujando en el aire con labios que se esconden las palabras que el otro debería decir y, en general, no dice.

—De todas maneras, digo, a ver... Hay como un modelo que viene de Voltaire y que se cristalizó con Émile Zola y el affaire Dreyfus y después lo simboliza Sartre, que es el modelo de alguien que, como vos decías, se hace conocer por otras cosas, no por jugar al futbol sino por escribir, por pensar...

—Sí, sí, intelectuales...

Dice ella, apiadándose.

—Lo que se solía llamar el intelectual. Y que en determinado punto usa ese prestigio, ese lugar que ocupa para intervenir sobre ciertas cuestiones de la sociedad, hacerse cargo de un lugar de opinión y crítica. Y ese modelo parece estar muy en baja últimamente. En la Argentina, en concreto, nadie se hace cargo ahora de ese espacio.

Me he puesto más y más confuso pero insisto. Ella me mira raro; yo intento concretar:

—Y entonces digo bueno, cuando sale por ejemplo tu texto sobre la pena de muerte o hace muchos años cuando fue lo del país jardín de infantes, parece que por momentos te hacés cargo de ese lugar. Decís “bueno, yo tengo la posibilidad, tengo el acceso, etcétera, y digo ciertas cosas”...

—No sé a dónde querés ir. 

Dice ella y, por lo menos, se ríe. Es pura gentileza. Ella sí sabe dónde quiere.

En 1947, cuando andaba por los diecisiete, María Elena Walsh era una niña rubia y casi prodigio que había editado un libro de poemas, Otoño Imperdonable, por el que recibía elogios de su mamá, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Rafael Alberti. Había nacido en Ramos Mejía, hija de un inglés del ferrocarril en una casa grande con libros, piano y una higuera, y a los doce o trece se metió en la Escuela de Bellas Artes, pintó yesos y modelos, se recibió, lo olvidó y se hizo, queda dicho, poeta. Borges la invitaba a tomar el té a la Richmond, le hablaba de letras y la asustaba más que un poco.

—Fue a propósito de la revista Anales de Buenos Aires, que él dirigía; entonces empecé a publicar ahí, comentarios. Y él me llamaba por teléfono y me invitaba a tomar el té. Esos tés eran  muy trabajosos para mí, porque no era fácil el trato con Borges y su manera de monologar.

—¿Por qué? ¿No alcanzaba con sentarse y decir “qué suerte que tengo de estar escuchando a Borges”?

—Lo que pasa es que uno de pronto pretendía intervenir en ese diálogo, en ese monólogo, pero era muy difícil. Borges llamaba al carrito de las masas, pedía un enorme cacho de torta para que yo comiera; él no comía, entonces era muy difícil comer mientras Borges hablaba. Era realmente muy difícil salir de la situación. A mí me ponía nerviosísima.

Dirá tantos años después, con la animación de los ojos azules, el pelo siempre corto, la sonrisa. Es probable —dijo ella alguna vez— que muchas cosas se vayan al cielo del olvido, pero los ojos quedan.

—Creo que es difícil reconstruir el grado de timidez al que puede llegar un adolescente, que es tétrico, ¿no? Quiero decir, parálisis total ante estos personajes, porque entonces Borges no era una celebridad para todo el mundo pero para los escribas ya era Borges. Después de la publicación de Ficciones ya era un grande, entonces nos aterraba un poco a todos.

—¿Y él no era bastante tímido también?

—El también. Eso creaba una terrible dificultad y, sin duda, eso lo obligaba a monologar tanto, ¿no? Porque tendría terror a las pausas, era un tímido enfermizo, como puede ser un adolescente. Muy difícil la cosa.

—¿Hablaba sobre todo de poesía?

—Bueno, él tenía esa manía de estudiarte el apellido.

—¿Cómo?

—Claro, la genealogía, la historia de tu nombre que era una manera de darte existencia. Pero también recuerdo que se largaba a delirar, a inventar el tema de sus historias; se ve que los ensayaba con algún interlocutor.

—¿Te acordás de algún tema?

—Algunos temas tipo que... eso de las casas móviles, que después estuvo en un cuento de él, que todos los cuartos pudieran cambiar de lugar. Lo recuerdo porque es un tema muy apasionante para mí. Pero Borges era muy ambivalente; decía cosas muy interesantes pero de pronto le producían gran interés reverendas pavadas. Y más cuando estaba con Adolfito (Bioy Casares), una pareja maravillosa, podían detenerse y decir “esta rosa”, por ejemplo, y hacer todo un invento fabuloso sobre una tontería. Los dos juntos armaban un gran culto de la tontería.

En esos días de 1948 juan Ramón Jiménez, que ya era el yo de Platero pero todavía no era premio Nobel, vino a Buenos Aires con su esposa Zenobia a leer poemas y recibir homenajes y hacerse con María Elena Walsh, poetisa adolescente: prendado, el matrimonio la invitó a pasar una temporada en su casa de Maryland. Ella tenía que tomar clases en la facultad pero no le daban muchas ganas, así que se pasó seis meses leyendo y aprendiendo y escuchando al viejo prócer gruñón.

—Me enseñó muchísimo, pero no era fácil de carácter... Un maníaco depresivo, un hombre enfermo, internado muchas veces, de modo que era muy difícil la relación con él. Después vos te das cuenta, pero a esa edad es muy difícil saber que los conflictos, la mayoría de los conflictos que uno puede tener con una persona es porque está enferma.

Dice ella, y yo no puedo dejar de pensar en su propia enfermedad: hace unos años la atacó un cáncer óseo que ahora le dejó, como amenaza, esta suave renquera.

—¿Y él leía poemas tuyos, te decía algo?

—Sí, sí, yo trataba de que no porque los deshacía, te podrás imaginar: “está muy bien, pero...”. Pero lo más fantástico era la fe que uno tenía entonces, la esperanza, la pasión —todas las virtudes teologales— puestas en la poesía. Era maravilloso como todos los pichones de poetas estábamos convencidos de que íbamos a ser arrolladores en nuestra hermosura.

María Elena Walsh se ríe: de verdad se ríe, con despliegue de dientes, y yo pienso que sí que debían ser arrolladores, o lo suficiente por lo menos para cambiar la tercera virtud teologal, la caridad, por una que afortunadamente nunca fue virtud: la pasión.

—¿Era fe en la poesía o en la poesía de ustedes?

—No, no, en la poesía, en la poesía, porque también teníamos adoración por los grandes popes y les mandábamos nuestros primeros libros a todos: a Neruda, a Guillén, a Valéry, que estuvieran lejos no importaba, era una gran pasión. Eso lo recuerdo con mucha envidia; me parece maravilloso.

—¿Cómo estaba socialmente considerado ser poeta? Digo, porque ahora es como una especie de arcaísmo...

—Siempre fue ambivalente, ¿no? Por un lado era, digamos, lo más prestigioso y, por otro lado, también algo que no daba dinero, que despertaba miedo y desconfianza en la familia: “bueno, y esta chica de qué va a vivir”. Pero el tema es que además se leía. Había un público que leía poesía, que leía lo que se publicaba en los suplementos o en las revistas literarias y lo comentaba. Creo que tenía mucho que ver con el ambiente de posguerra y también, esa agresión que sentíamos del peronismo contra la cultura que nos hacía cohesionar ¿no? Eso también importaba.

—Algo tenías que decir contra el peronismo. Por si acaso.

—No, no tengo que... La verdad esa siempre la dije; hubo una época en que me la refutaban, pero... que era una dictadura, era una dictadura.

Ella tuvo la decencia de mantenerlo incluso cuando quedaba mal decirlo: María Elena Walsh siempre fue una antiperonista clásica, consecuente. Y ahora me cuenta, de esos años, almuerzos con Borges en lo de Bioy y Silvina Ocampo, domingos en lo de Victoria Ocampo, encuentros letrados con apellidos agroexportadores.

—¿Y cómo funcionaba la pertenencia de clase ahí, en esos círculos? Vos eras una chica de clase media en medio de toda esta gente tan aristocrática...

—Sí, quizás lo que salvaba las diferencias de clase era más bien el trabajo literario, más bien la cultura, digamos. De todas maneras, yo creo que los de otra clase también teníamos distintos tratos y distintos horarios.

—¿Cómo es eso?

—Otra escritora que yo quería muchísimo y que frecuentaba también en aquella época era Carmen Gándara; yo me daba cuenta de que ella, a pesar de ser una mujer muy encantadora, tenía distinto trato según la clase, distintos horarios de recepción en su casa, distinta confianza. Pero yo creo que era más bien la cultura lo que salvaba la diferencia.

—Te lo preguntaba porque entre las muchas cosas que han cambiado en la cultura local está el hecho de que ya casi no hay círculos culturales de clase alta. ¿no? Durante un largo período había grupos importantes de escritores de clase alta, a los que se pegaban otras gentes que, de alguna manera, aceptaban ese liderazgo o ese mecenazgo. Pero eso parece haber desaparecido...

—Sí, es un tema muy interesante, no lo tengo muy pensado como para contestarte. Pero he tenido la noción, y la tenía de adolescente, de que yo ingresaba en una clase... como que subía un escalón social gracias a la cultura, a la escritura, penetraba en casas donde nunca hubiera podido entrar, digamos. La de Mallea, la de Gándara, las de las Ocampo. Y que, justamente, sin saberlo, yo había elegido una tarea que me llevaba tanto a la pobreza extrema como a ascender en la escala social. Era una contradicción que viví de muy chica. Incluso uno tenía mucho problema de “qué me pongo, cómo voy, qué hago, con quién voy a estar”, pero significaba un ascenso.

—¿Y había también vida de café además de los encuentros en las casas?

—No, con la clase alta se va a sus casas. Ellos no salen, no les gustan los cafés. No les gustaban y no creo que les gusten. Se iba a sus casas, si uno tenía la suerte de ser invitado. Casas abiertas, como la de Victoria Ocampo, que los domingos entraba una cantidad enorme de gente. Y en los cafés nos reuníamos otros, los jóvenes poetas. En la Jockey Club, de Viamonte y Florida, especialmente.

—Bueno, por lo menos el nombre sigue una línea...

—Sí, pero era un lugar horrible, asqueroso, lo más sucio que podía haber.

Vuelvo al ataque, impenitente. Hace unas semanas, María Elena Walsh habló de “los intelectuales como los desaparecidos de la democracia”, y le pregunto si cree que eso se debe a que a la sociedad no le interesan o a que los discursos ya no están tan claros, pero ella no compra el multiple choice. Una señora correntina llega con una bandeja de café, unos scones.

—Yo creo que principalmente a los medios no les interesan los intelectuales: que a la sociedad, así, en su conjunto, no le interesen es posible, pero por lo menos a buena parte de la sociedad le interesa saber qué opinan. Pero resulta que ahora se produce una gran inexistencia, una gran desaparición de todo intelectual, de toda persona que no esté en la vidriera de la televisión, principalmente. Porque sos desconocido no te convocan, entonces el desconocimiento es mayor. Yo creo que le tienen mucho miedo a toda persona que no sea complaciente, y somos todos muy críticos: muy críticos no sólo de temas del gobierno sino críticos en general.

—Si fuera porque nos tienen miedo sería una suerte, casi sería un halago. Yo no sé cuál es la parte del miedo y cuál la del desinterés, el hecho de que casi ninguno de nosotros consigue esa sintonía de onda en la cual podríamos hacernos escuchar, o hacernos entender.

—Yo sí creo que nos tienen miedo.

—Celebro tu optimismo.

—En todo caso será miedo a que seamos aburridos, pero es miedo también.

—¿Hay que reivindicar de alguna forma el aburrimiento? Vos solés decir que hacías tus canciones para entretener y...

—Sí, sí, pero reivindico totalmente el aburrimiento. Todo lo que tiene que ver con el estudio, con la cultura no tiene por qué ser divertido como dicen los burros. Los burros dicen “la cultura no tiene por qué ser aburrida”. No sé si es tan divertido leer a un filósofo, si es tan divertido estudiar. Son cosas serias, qué le vamos a hacer. Hay que aceptar que también hay cosas serias.

María elena walsh está vestida, por supuesto, como casi siempre: un pantalón y un pulóver de cuello redondo, alguna cadena que le cuelga del cuello. Le pregunto cómo fue que decidió escribir aquel artículo famoso, “Desventuras en el país jardín de infantes”, que publicó el diario Clarín en agosto del ‘79.

—No sé, se me ocurrió. Lo raro fue que se armó terrible revuelo, creo que con ese artículo se agotó el diario, que ya era mucho. Mandaban fotocopias a todas partes del mundo y me felicitaban incluso funcionarios. Fue un efecto totalmente inesperado.

—Pero ¿cómo fue que en ese momento pensaste que se podía, y Clarín pensó que se podía?

—No sé, fue como un destape, ¿no? Porque era el año '79, antes de que se abriera ninguna hendija, digamos, de libertad. No sé, yo tuve necesidad de hacerlo, estaba muy saturada de todo lo que vivíamos, entonces por lo menos referirme al tema de la cultura, de la libertad de expresión. Ahora, por qué el diario osó publicarlo no sé.

—¿Y tuviste un poco de miedo?

—No, no.

—¿No?

—No, miedo no porque había un tono, un estilo ahí que pensé que no era tan agresivo como para incitar a una venganza, digamos. Sí, la hubo, hubo una prohibición de aparecer en los medios y todo eso, pero miedo físico no, no tuve.

—¿Te sentías un poco intocable?

—No, no, a lo mejor era inconciencia esta falta de miedo, pero no tuve miedo en ningún momento.
Dice, y le da como un pudor. Entonces mira al fotógrafo y le dice que si le deja de sacar fotos, fuma:

—Si no me sacás más fotos fumo.

Le dice al fotógrafo.

—¿Y eso?

—No me gustan las fotos con cigarrillo, un problema estético.

—Pero te darían un cierto aire de cabaret alemán que no está mal...

—Sí, y después parezco Cipe Lincovsky.

Dice y enciende, con ganas, el cigarrillo que termina con las fotos. Entonces, ya con humo, hago mi último intento:

—¿Y todavía te da, a veces, la tentación de decir “bueno, yo sé que puedo decir cosas que pueden ser escuchadas” y decir “bueno, qué digo, qué tendría que decir”?

—Me da muchas veces ante muchísimos problemas y a veces me callo, no llego a formularlo, no llego a entenderme conmigo misma cómo lo puedo formular. Y otras veces sí, muchas veces he encausado eso en una canción protestona o en algún otro texto.

—¿Cuáles son los temas básicos?

—Hay un tema, que genéricamente es la desconsideración por el ser humano. Un tema que quizás me queda en el tintero es el de los chicos; un país que tiene una mortalidad infantil al divino botón, terrible, porque no creo que tanto la desnutrición como ciertas enfermedades infantiles no se puedan prevenir, ¿no? No son muertes por catástrofes o por pestes sino, realmente, por una desatención absoluta al ser humano, con grandes declamaciones, grandes planes, y después te salen con un plan materno-infantil con leche podrida. Eso sí que es un hallazgo.

Siempre hay un momento, caprichoso, innecesario, en que dos paralelas se tocan. Entre una chica que escribía poemas celebrados y una mujer que habla ahora y tiene un lugar en la cultura patria, ese momento se puede suponer hacia fines de los años cincuenta, en sus treinta, cuando ella ya haya vuelto de París, aunque ahora no le queden ganas de hablar de París. Porque María Elena Walsh está cortés, casi afectuosa, pero deja muy claro que los reportajes le gustan sólo un poco menos que aprenderse de memoria la lista de intendentes de Planicie Banderitas. Y llega un punto en que se alarma:

—Si vamos a recorrer toda mi vida no vamos a terminar ni a fin de siglo.

Dice, intentando una sonrisa, y yo supongo que, en realidad, tiene razón. ¿Por qué la grosería de sentarse ante alguien casi desconocido y preguntarle cuáles eran sus temores cuando se fue de la casa de sus padres, o cómo se enamoró de su tercer amor, o cómo evaluaría los efectos de la censura sobre las posibilidades de inmortalidad de los cangrejos lánguidos? La entrevista es la forma mejor legitimada de lo obsceno, un tributo que algunos pagan a vaya a saber qué dioses, la ceremonia-chasco en que la vida propia se transforma en materia de un debate pavote.

Y ella me lo hace sentir sin remilgos excesivos, y entonces callo un poco, otorgo, pero sabemos que ella estuvo en París, en los cincuenta, varios años con Leda Valladares formando un dúo que cantaba zambas o cuecas o vidalas en los reductos de la noche casi existencialista, en el mismo café en el que debutaban, junto con ellas, Jacques Brel o Barbara y después, incluso, en el Crazy Horse con sus ponchitos. Y que después, cuando volvió, se alejó de los ambientes literarios porque eran demasiado chismosos y malévolos y empezó con lo de las canciones infantiles, y ése fue el cruce de las paralelas: fin de la prehistoria, el momento en que María Elena Walsh, esta señora, se vuelve lo que es: la mujer que armó la primera música de todos nosotros, la que inventó las canciones anónimas, el romancero porteño. Eran los años en que la revista Primera Plana la llamaba “la reina de Buenos Aires”.

—Tengo la sensación de que la idea que la Argentina se hace de sí misma ahora es muy distinta de la que tenía cuando vos empezaste a cantar. ¿A vos qué te parece?

—No lo he pensado. Me parece que lo que sucede ahora, específicamente ahora, es que estamos por primera vez destapando las ollas de nuestros horribles defectos y problemas. Como que estamos tocando fondo en ese sentido; no sé si para bien o para mal, pero ése es el cambio mayor. Creo que siempre hemos estado tapando, esquivando los problemas y ahora hay un gran destape de todo lo que nos pasa.

—¿Por grandeza o por imposibilidad de seguir tapados?

—No, yo creo que porque es la primera vez en no se cuánto tiempo que tenemos diez años de democracia, entonces el ejercicio de esa democracia nos lleva a esto que es terrible pero ojalá nos sirva, ¿no? Porque nunca, que yo recuerde, se destapó tanto. No sé para qué nos va a servir, cómo lo vamos a manejar.

—¿Y te parece que nos bancamos sentirnos tan basura?

—Difícil. Difícil, difícil. Pero yo creo que no nos sentimos tan basura porque siempre le echamos la culpa a otro, en eso no cambiamos. Le echamos la culpa a nuestra clase dirigente, cosa que es verdad, pero no toda la verdad. Es cierto que los políticos lo único que quieren es salir en televisión, tener poder, tener plata, pero ¿por casa cómo andamos?

La charla, de pronto se ha puesto casi turbia. María Elena Walsh me sonríe y me dice si no estábamos hablando de canciones.

Estábamos hablando de canciones: de cuando sus canciones aparecieron desde alguna forma de la nada para ocupar un lugar que hasta entonces no existía. Yo le pregunto de dónde le venían, en qué pensaba cuando las escribía.

—Las canciones venían de una necesidad de juego verbal, sobre todo. Juego verbal, después juego musical, pero que pertenecieran al juego y no a la docencia, eso es lo que tenía claro. Tampoco ser contradocente, ¿no? Puede haber una docencia por la parte estética, la parte de sonoridad, un sonsonete. Pero eran eso, juegos.

Lo que más me impresiona es que algunos de esos juegos o canciones hayan conseguido el deseo de Borges: “que una sola de mis frases quede en el habla de la gente”, y se lo digo.

—Eso es interesante porque creo que sucede cuando no es deliberado. Creo que es muy difícil decir “bueno, voy a hacer esto para conquistar a un público masivo”. Por ahí se lo consigue dentro de cierta maquinaria industrial, del bestseller. Pero incluso ese bestseller tiene que tocar también algunas fibras; si no, no puede serlo. Creo que en mi caso es absolutamente involuntario, que si sucede que quedan, como aspiraba Borges, fragmentos en la memoria de la gente es porque hay una conexión de inconsciente a inconsciente. Es decir, cosas muy... una fantasía surgida de una napa muy inconsciente que toma distintos significados para cada receptor y por eso toca al vecino y permanece en la memoria del vecino, pero es involuntaria, tanto que yo nunca pensé...

Y hablamos un rato de las razones de esa persistencia, pero no llegamos a ninguna conclusión; al cabo, vaya a saber por qué, le pregunto si le molesta que hablemos de esto.

—No, molestar no me molesta. No, la molestia que le podría suceder a otro, que no es mi caso, sería del tipo “cómo, yo he escrito una poesía seria, tan maravillosa, y me van a recordar por estas minucias”. Yo no siento para nada eso; si se olvidan de la poesía, mejor. No sé, yo también estoy sorprendida porque pensé que las canciones eran efímeras. Y me sorprende que el mecanismo sea al revés. A veces hay una industria que obliga al público a que no se olvide nunca de cierto material. Es decir, nunca nos podremos olvidar de Walt Disney porque hay una industria muy grande sosteniéndolo. Esto fue al revés, fue la demanda que obligó a que la grabadora o el editor los reeditaran permanentemente. Eso sí me llena de orgullo, que el juego fuera al revés.

—¿Y te da un poco la sensación de que estás hecha? Decías que cuando tenías 18 años pretendías la gloria, y una de las formas más imaginables de la gloria es que algo que uno ha escrito siga tan presente. ¿Eso te tranquiliza?

—Sí, posiblemente sí. No los tengo pensados estos temas, me tenés que hacer otro reportaje cuando los tenga todos pensados. A mí me pasa en los reportajes eso que decía Neruda: soy ocurrente años después. Uno piensa por qué no habré contestado tal cosa…

Yo me río y le digo que vuelvo cuando quiera y, ante el peligro, me contesta:

—Pero sí me tranquiliza, me alegra mucho, también me da mucho orgullo y me da una gran satisfacción poder haber vivido de eso, porque hace muchos años vivo exclusivamente de los derechos de autor, lo cual le pasa a muy poca gente... haciendo lo que me gusta, ¿no? En general, nunca fabricando algo para ese fin. Eso también me da una gran satisfacción.

—¿La satisfacción del deber cumplido, o algo así?

—No, no, no, me parece mucho más que lo que yo podía haber soñado. Esa trascendencia de los años juveniles no sé dónde iba a parar, si al premio Nobel o a alguna academia. O mejor a las famas que en su momento habían tenido Rubén Darío o Neruda; esto es un fenómeno parecido. De modo que sí, esa gloria... Quizás uno puso muchas energías en conseguir alguna especie de gloria o de glorieta.

—Me acabo de dar cuenta con terror que en realidad casi te estoy preguntando la pregunta paradigmáticamente imbécil: si te sentís realizada.

Digo, y ella se ríe, salta sobre la ocasión:

—Ahí está, es muy buena, creo que tiene que ser el final del reportaje.

Cualquier excusa sirve, diría Maquiavelo o el brujito de Gulubú.

—Es un papelón este reportaje.

Le digo, buscando su complicidad, y la consigo a chorros:

—Vergüenza absoluta.

—Sí, vergüenza.

—Así es. Hasta acá podíamos llegar.

Dice, y se ríe, y se levanta de su silla. Siempre es difícil hablar con los que te escribieron las canciones.

2 comentarios:

  1. Tal vez no se lo proponga, pero Caparrós es el mejor amante de las palabras. Es él quien las acaricia y nos invita a hacerlo. Una cae en la tentación de hacerse la distraída para volver a leer cada línea y así prolongar eso que se parece a la plenitud, a la felicidad. Nos seduce para la lectura serena, lenta, para disfrutarla mejor. La ubicación de la barra de desplazamiento –esta nueva forma de medir el tiempo, en este caso, sinónimo del goce- genera ansiedad y pesar, porque a medida que desciende sabemos que se acerca el final, de las palabras y del placer. No queda otra chance que volverlo a leer.

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  2. Me pasa exactamente lo mismo, estimada lectora. A Caparrós me fascina leerlo y releerlo. Lo increíble es que no me gusta escucharlo hablar. Tiene una pedantería que no condice con lo excelso de su prosa. Al contrario de Borges, que leerlo o escucharlo eran placeres.
    De todos modos, es una bendición que exista Caparrós en nuestra literatura, en nuestra historia, y en sus investigaciones contemporáneas que superan lo imaginable. Mi saludos cordiales y el mejor 2011

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