domingo, 26 de diciembre de 2010

Pettit, Philip, Republicanismo ISBN: 84-493-0689-2 I. DOMINACIÓN: Una definición

Consentimiento y disputabilidad

Algunas de las relaciones que ilustran formas de dominación surgieron históricamente de una manera consentida, pero otras no. Proceda históricamente o no, fuera consentida o no, el hecho de que en una relación de contrato exista en una de las partes la capacidad para interferir más o menos arbitrariamente en alguna de las elecciones de la otra parte significa que una persona domina o subyuga a otra. Esto pudo haber dado una buena razón a los republicanos para ser hostiles, como lo fueron, al contrato de esclavitud: al contrato merced al cual alguien a cambio de alguna ganancia, voluntariamente se sometía a la dominación de otra. [1]
El hecho de que el consentimiento dado a una forma de interferencia no sea suficiente para evitar la interferencia, significa que nadie que se preocupe  por la dominación puede contentarse con dos desarrollos intelectuales que cobraron gran impulso al romper el siglo XIX. Uno de esos desarrollos fue el crecimiento de que mande la mayoría. El poder de la mayoría puede parecer bendecido por su carácter de consensuado pero claramente puede entrar la dominación ejercida sobre grupos minoritarios, y nadie que rechace la dominación puede aceptar un mayoritarismo sin restricciones.
El otro desarrollo que los enemigos de la dominación tienen que lamentar es el surgimiento de la doctrina del libre contrato. Según esta doctrina, la libertad de contrato significa libertad para decidir los términos del contrato –no libertad para cerrar un contrato o no cerrarlo-, y el libre contrato legitima cualquier trato que uno dé a otro, mientras todas las partes estén de acuerdo en aceptarlo. El derecho contractual estaba en proceso de rápida evolución y consolidación al romper el siglo XIX. Con el desarrollo de la doctrina se apeló a la libertad de contrato para defender algunos ordenamientos contractualistas espantosos, pues ignorando las consecuencias dominadores -en la medida en que se ignoraban las asimetrías de poder establecidas por el contrato-, podía argüirse que un contrato que había sido activamente forzado era libre. Ese desarrollo es muy cuestionable desde el punto de vista de quien se preocupa por la dominación. Nunca hubiera acontecido, con toda probabilidad, si se hubiera mantenido la alerta sobre este mal, en particular si se hubiera seguido pensando que la libertad exige la ausencia de dominación, no sólo la ausencia de interferencia


[1] LOCKE sostenía esta aberración. Véase:  Locke, John, Ensayo sobre el gobierno civil, Universidad Nacional de Quilmes Editorial, Bernal, 2004, Traducción y notas de Claudio Amor, Cap. IV, De la esclavitud, Pág. 39

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