miércoles, 17 de noviembre de 2010

Un homenaje a nuestras queridas mascotas orientales, especialmente a mi Shih Tzu. 1-3-2003 _ 7-11-2010

Serie de estampas para Ku-Ku-Hai
 por Marguerite Yourcenar
Naciste en Florencia, la ciudad de las puntiagudas torres, de las cúpulas redondas como un seno, de los palacios cerrados como un rostro que ya no sonríe. Naciste a orillas del Arno amarillo y gris, de ese río tan leonado como tu pelaje, criaturita a la que un rival de Marco Polo, al volver de sus expediciones asiáticas, pudo traer de regalo a Beatriz, junto con un collar de jade y dos onzas de seda de China. Tú mismo eres un dragón de seda. Tu lengua, rosada voluta, pudo lamer las manos pensativas de la Dama angélica y los senos desnudos de Simonetta.
Aquí, en esta ciudad donde la fe luce tenue detrás de todas las cosas, como el fondo de oro de las pinturas, animalillo de Oriente, yo te proclamo cristiano. A lomos de un dromedario, por el camino lento de las caravanas, entre el incienso, el oro y la mirra, te uno al cortejo de los Reyes Magos que pintó Benozzo Gozzoli para un príncipe Magnífico. Y tu hocico no es ni más negro ni más chato que la faz de Baltasar. Durante toda la noche de la Epifanía, acurrucado en el portal, estuviste calentando al niño Jesús. Después, un día de pobreza, sus padres, modestos carpinteros de pueblo, te vendieron a María Magdalena que empezaba por entonces su carrera de cortesana, ya cansada su carne y toda amasada con amor. Tú la seguiste ladrando al festín de Simón y alrededor del lecho de muerte de Lázaro. Dormías sobre sus rodillas durante la comida de Betania. Y bajo el árbol de la Cruz, cuando los afeites mezclados con lágrimas resbalaban por su rostro, tú contemplaste el llanto de aquella opulenta amante de Dios.
Buda, tu dios, el pálido asceta de las manos abiertas, recordaba haber pasado por todas las metamorfosis del Bestiario, tal el embrión de hombre que desarrolla sucesivamente todas las formas animales, antes de concretarse en su rango de feto humano. Pero aquí, en esta vertiente más fría del mundo, el hombre se ha reservado a Dios para él, del mismo modo que se ha reservado el universo. Aquí, sólo el pecado da derecho a la vida eterna; sólo hay alma en la culpa y salvación en el pecado. Tú eres anterior a la culpa. En ti reside la inocencia, tal vez la malicia, creaciones en flor antes de que el hombre viniera a complicarlo todo. Nuestros Salvadores sólo se interesaban por el hombre, y en el hombre, por su alma, como si fuese para ellos un mérito ser invisible. Y cuando se dieron cuenta de que los hombres no escuchaban, se volvieron hacia Aquel que no tiene forma. Ya no querían hombres; ya no querían una vida que sólo nos llega a través de nuestros sentidos humanos. Querían al Perfecto, al Inaccesible, a Dios. Su Dios era el infinito al que no limita sustancia alguna, el espacio vacío del que sustraían el universo. Esas gentes, que suplicaban a su Dios para que les concediese un milagro, no se asombraban del milagro de estar con vida. No se maravillaban de que  la misma fuerza que piensa en el hombre, repte en la lombriz, vuele en el pájaro o vegete en la planta. De toda la naturaleza, sólo el cielo les interesaba. Todo lo más, hubieran consentido ver, en tus patas torcidas, en tu vientre redondo y en tus abiertos ojos convexos, la inocente distracción de un Demiurgo que bate su arcilla, una de las distracciones del Creador. Para los más severos, no hubieras sido más que el perro de las Escrituras que retorna a su náusea.
Y puede que únicamente san Francisco te hubiera hecho un sitio pequeñito en su Cántico de las Criaturas.
Tienes mil almas. Un alma olfativa, que concibe el mundo como un tejido de perfumes. Y algunos de esos perfumes resultan extraños al olfato del hombre. Tu alma digestiva, doblada sobre sí misma como las circunvalaciones de las entrañas, tiene el apetito por buena conciencia. En ti como en mí se elaboran esa delicada química de los jugos, esas misteriosas combinaciones de átomos que nos permiten existir. Con paciencia, en silencio, tu cuerpo y el mío trabajan para vivir. Ambos somos dos pedazos de vida compactos, separados de lo demás, que no se conocen más que por oposición a todo. Ambos vivimos en un cuerpo estanco, al que nada de lo de fuera toca sin hacerle gozar o sufrir, por donde fluyen y se dividen en pequeñas ondas tibias las olas vivificantes de la sangre. Continuamente, tú mezclas, propulsas y reprimes el flujo de imágenes, de instintos, de sensaciones, que es para ti el universo. Y como tú, a pesar de tantas evidencias contradictorias, yo no imagino el infinito sino concéntrico a mi corazón.
Me amas. Yo soy para ti la que abre las puertas, enciende las lámparas y puede preparar el alimento. En ti, yo toco el fondo de cada naturaleza, el egoísmo esencial que sirve de base a todo el amor. Solo, tú ves en mí la Omnipotente al ver en mí a la No explicada. Cada día, lleno de meticuloso ardor, te aplicas en lamerme las manos. Pero te irritas si las besan. Cada mañana, cuando despiertas, celebras mi resurrección porque los ausentes son muertos para ti. Cada noche, cuando duermo, tú te acurrucas a mis pies. Mientras me abandono a esa muerte temporal, me siento como las estatuas yacentes de las mujeres de la Edad Media, con el doguillo familiar a sus pies. Privado del trato con tus semejantes, tu vida repleta adormece tus instintos para gran provecho del corazón. Cuando me miras, leo en tus grandes ojos esa religión de los débiles a quienes el miedo, la gratitud y la esperanza hicieron un día inventar a Dios.
Tienes antepasados ilustres. No desciendes del perro de Sirio: era un perro de caza y tú, tímida criatura, jamás cazaste más que mariposas. Pero apaciblemente echado sobre el arco de tus patas, girando en tus ojos graves una imagen redonda del universo, desciendes en la décimo octava milésima generación del sapo de oro que sostiene las flautas del claro de luna.
Cae la noche o, más bien, se extiende como una ola. La noche, dama de todas las magias tristes, borra el tiempo y la distancia. He aquí que una luna de cristal quiebra lentamente el cielo de jade. La luna llena pequinesa desvela su faz reluciente y redonda, pálida como la máscara de una enamorada en el barco de flores de las noches veraniegas. La luna derrama sobre las murallas pintadas con cinabrio, sobre los pueblos donde duermen los fatigados coolíes, sobre el desierto por donde van y vienen las caravanas, su encanto dulce como el zumo de la adormidera blanca. Las reinas se revuelven en su lecho y las mendigas en su jergón. Una gota de luna tiembla como una lágrima en las pestañas de bronce de los ídolos. Los emperadores prisioneros escriben poemas para consolarse de seguir con vida, las cortesanas escriben poemas para consolarse del amor; los que se aman, enlazados dos a dos como en estrechos esquifes, se deslizan por el río de la noche. Y tú, perrito, auditor de ojos abiertos de esta magia silenciosa, miras, en la noche de cristal, cómo palpita ese hermoso gong de plata.
Desde el fondo de tus vidas anteriores, de esas existencias ancestrales que se transmiten con la vida, ¿cuántas veces, desde esta misma terraza clara, has mirado caer la blanca luz de la luna? En la China azul de los Tang, el poeta Li-Tai-Po, seguido de su perro favorito, avanzaba ebrio de vino y de tristeza; vio un día, en el estanque blanco de luna, la pálida faz del bello astro como si fuera la cara sumergida de una mujer. Se lanzó, con las manos tendidas; el agua le llegó a media pierna, luego a la mitad del vientre y muy pronto el cuerpo del poeta flotó a la deriva en la noche. Y tú, perrito al que asusta la más mínima arruga del agua, permaneces a orillas del lago, ladrando miserablemente a la luna...
La sangre, las razas, las especies, las tradiciones nos separan. Con el destino que hizo de ti mi juguete, mi fetiche tal vez, colaboraron todos los azares planetarios. Producto de otro mundo, delicias de otro pueblo, nos serías ajeno si algo, no sólo de lo humano, sino de lo vivo, pudiese serlo. Y ni siquiera has tenido, como el hermoso lebrel del blasón, nada que ver con nuestros ancestros.
Los tuyos, diminutivos de dragones, crías de monstruos, reposaron sobre las rodillas de unos príncipes de uñas largas, tan voluptuosos que no podían por menos de ser crueles. Velaron junto a dioses hechos hombres o quizá de hombres convertidos en dioses, desde hace mucho tiempo aniquilados en la paz, pero que sin embargo recuerdan lo suficiente de nuestra vida para otorgarnos su compasión. Mientras mis antepasados cazaban uros en los bosques de las Galias, juntaban las manos bajo la gran rosa de las catedrales o lloraban a María Antonieta, los de tu raza, nacidos en un repliegue de la Tierra amarilla, se alimentaban de arroz al fondo de ciudades prohibidas, o dentro del equipaje de las mujeres de Timur, atravesaban la región del abismo, el desfiladero de Pamir. Para que mi dilección te adopte, ha sido preciso el derrumbe de la Gran Muralla y el saqueo del Palacio de Verano. Y para que yo eleve en mis brazos tu cuerpo en continuo movimiento, fue necesaria toda la Historia.
Vives, pero tu infancia ha muerto. La mía había muerto antes incluso de que hubieses nacido. Pero posees ese gran don: el olvido. No sabes que existes; no sabes que dejarás de existir. Únicamente la muerte, criaturita feliz, igualará nuestra ignorancia, pues entonces ni tú, ni yo, sabremos que hemos existido.
Cuando yo muera, sé que mi sombra de anciana (si muero a una edad avanzada) irá simplemente a reunirse con mi sombra de niña, con mi sombra de adolescente, pronto con mi sombra de mujer joven, quienes ya me aguardan al otro lado del tiempo. Pero no me iré sola. Nos llevamos con nosotros toda una serie de fantasmas: todos aquellos a quienes amamos y que tal vez nos amaron. Muertos, una parte de nosotros sobrevive allá arriba, en unos cuantos corazones que aún laten al oír nuestro nombre: aunque vivos, nuestra vida se ha enfriado ya junto con las manos que no volverán a acariciarnos, se ha disuelto con los ojos que se cerraron sobre nuestra imagen. Todos los que han perdido a alguien están, por poco que sea, comprometidos con la muerte. Pero no hemos perdido nada. Ellos están ahí; nos esperan donde la espera no existe. A lo largo de esa pendiente que corre fuera del tiempo, tu sombra danzarina, perrito, seguirá de cerca mi sombra cansada. Y cuando, golpeando este corazón exangüe que ya no me servirá para vivir pero sí para sufrir, yo confiese a los Jueces de los muertos mi pecado de apego a las criaturas, tú dormirás, entre los cachorros de Cerbero, arrebujado y friolero, en el regazo de Proserpina.
Un día, quiso tu ama que entrases en una iglesia. No fue en Florencia sino en Nápoles, y unos prelados vestidos de rojo te miraron con admiración. ¿Acaso no te asemejas a los leoncillos que sostienen el púlpito, la Palabra evidente y dura, la Verdad hecha mármol en las iglesias de Sicilia?
Yo no quiero, animalito de Asia, arrebatarte por más tiempo a tu raza y a tu verdadero dios. Retorna, perro de Fo, a esas pagodas donde la sombra es como el misterio y la luz como una sonrisa. Acuéstate a los pies del Perfecto sentado con su traje amarillo; bésalos, esos pies color de asta, sucios del polvo de todos los caminos. Pero no le pidas nada. Ni para ti, ni para mí, no le pidas la felicidad, porque es tarea nuestra el obtenerla y no de los dioses otorgarla. No le pidas reposo, pues lo obtendremos algún día sin los dioses. Lame sus grandes manos suaves, vaciadas por tantas limosnas, pero, si te habla, no le escuches. No le escuches cuando te hable del largo sueño definitivo que debe suceder a todas las cosas, pues la amnesia no es la justicia, y el término de nuestros males no impide que hayan existido. No le escuches, pues la nada es sólo una ilusión como la vida; y el sosiego, el frío de la inmensa noche que no perturbará ninguna estrella no impedirán que tantos corazones de hombres, niños o animales, hayan latido hasta romperse.
1927

1 comentario:

  1. HERMOSO TEXTO y fotografías!!! Marguerite era una de esas mujeres excepcionales e inmejorables...gracias por recordarnos su obra, adoré!. Besos.

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