miércoles, 12 de mayo de 2010

LA ARGENTINA Y VENEZUELA NO COMPARTEN TANTO COMO SE PRETENDE

La Argentina y Venezuela no comparten tanto como se pretendeViva la diferencia Carlos Escude
lanacion.com | Opinión | Mi�rcoles 12 de mayo de 2010

Existe un error muy difundido en grandes segmentos de la opinión pública argentina respecto del parentesco ideológico y la presunta alianza estratégica entre los gobiernos actuales de la Argentina y Venezuela. Independientemente de la corrupción que quizás haya plagado a los negocios entre ambas partes, la estructura de nuestras relaciones bilaterales se parece a la vigente entre los Estados Unidos y el régimen caraqueño. Más allá de diferencias culturales y de estilo (como los exuberantes abrazos criollos), tanto Washington como Buenos Aires hacen negocios con Venezuela, pragmáticamente, a la vez que ambos países discrepan radicalmente de Caracas en lo que tiene que ver con sus inquietantes relaciones con Irán.
Que no lo dude nadie: Hugo Chávez es un personaje indeseable. Pero quien lo hace peligroso es, paradójicamente, Estados Unidos, por lejos el comprador más importante del petróleo venezolano. El país caribeño es, según el año, el tercero o cuarto proveedor más importante de los Estados Unidos en materia de crudo y de productos de petróleo refinado. Más aún, alrededor del 45 por ciento de las exportaciones venezolanas van a los Estados Unidos, y más de un 30 por ciento de sus importaciones provienen del gigante norteamericano. Por si fuera poco, el entrelazamiento de ambas economías está apuntalado por Citgo, una gran empresa estadounidense refinadora de petróleo (la cuarta más importante del país), que desde 1990 pertenece en su totalidad a Petróleos de Venezuela (Pdvsa). En cambio, la Argentina ni figura en las tablas de los socios comerciales importantes de Venezuela.
En otras palabras, es Estados Unidos quien enriquece a Venezuela, y en el contexto de su actual régimen bolivariano, esa riqueza engendra su capacidad desestabilizadora en la región. Hay muchos ejemplos de la intrusión de las políticas de Hugo Chávez en otros países de América latina. Ha suministrado petróleo barato a Nicaragua y la ha cooptado para su alianza con Irán. Ha financiado organizaciones de protesta afines en la Argentina. Se ha convertido en el principal sostén del régimen comunista de Cuba. Azuza al mandatario boliviano Evo Morales para que acelere procesos de nacionalización, ofreciendo financiar bases militares en las provincias petroleras de ese país. Y más allá de nuestro continente, en su fallido intento de 2007 por conseguir un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, prometió comprar todo el excedente exportable de las cosechas de algodón de Benín y Malí.
Nada de esto estaría a su alcance si no fuera por el aporte norteamericano, que antecede en mucho al régimen de Chávez. Nuestros negocios, buenos o malos, no son nada en comparación. En este plano vital, que es el de la supervivencia, más allá de las retóricas de Washington y de Caracas, las de Estados Unidos con Venezuela son "relaciones carnales".
En otro ámbito relevante, el geoestratégico, es notoria la posición argentina frente a Irán. Durante tres años consecutivos, 2007, 2008 y 2009, nuestros mandatarios denunciaron a ese Estado terrorista en la mayor vidriera del mundo: la apertura de las sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Ciertamente, al igual que Estados Unidos, en esta cuestión estamos en las antípodas de Venezuela, cuyo presidente realizó siete visitas oficiales a Irán desde 2001.
Caracas y Teherán se han juramentado financiar los esfuerzos de algunos gobiernos que buscan "liberarse del yugo imperialista". La alianza explícitamente incluye la cooperación venezolana con el proyecto nuclear iraní, que tiene en vilo al mundo.
Mientras tanto, la política argentina frente a la cuestión de la no proliferación nuclear no podría ser más responsable. Por cierto, a pesar de sus múltiples colapsos, la Argentina tiene más capacidad nuclear que cualquier país del Medio Oriente, excepto Israel. Si escuchara los cantos de sirena de Chávez, podría convertirse en una fuente de desestabilización. Pero en vez de ello, cumple a rajatabla con su papel de país estabilizador, y por eso puede exportar reactores nucleares a Australia, un país avanzado, cosa que sin duda contribuye al progreso de nuestra industria nuclear.
Por el contrario, en el plano de su alianza con el régimen fundamentalista de los ayatollahs persas, los extremos en que ha caído el régimen chavista son inimaginables, inclusive para el argentino bien informado. Chávez llevó su simpatía por Irán al punto de apoyar los intentos de penetración chiita en la región, e incluso concurrió personalmente a la conversión al islam de indígenas de la Guajira, en su propio país. También se plegó a la retórica antiisraelí del régimen de Teherán.
Gracias a los coqueteos geopolíticos de Chávez, la milicia libanesa Hezbollah tiene en Venezuela una importante puerta de entrada a América latina. Se trata de una trama doble por la que se contribuye a financiar operaciones del Hezbollah en Medio Oriente, a la vez que se avanza en la penetración chiita de organizaciones populares latinoamericanas. Esta intrusión es efectiva porque Hezbollah brinda servicios sociales a los miembros de las organizaciones populares en que asienta su presencia, reproduciendo el modelo de su operatoria en el Líbano.
En este contexto, Ghazi Nasr al Din, diplomático venezolano de origen libanés, ha sido acusado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos de usar las embajadas de su país para proveer de fondos al Hezbollah y facilitar "cursos de entrenamiento", en Irán, de miembros venezolanos de esa organización terrorista. Estas operaciones se realizarían en connivencia con agencias de viajes de Caracas, manejadas también por libaneses. A su vez, el consulado de Venezuela en Maicao, Colombia, ha sido denunciado como proveedor de cédulas y pasaportes venezolanos a radicales islámicos. Un punto neurálgico del vínculo entre Venezuela y el Hezbollah se encuentra en la isla Margarita, donde opera un banco que financia actividades de la milicia chiita en el Medio Oriente, facilitando flujos de dinero provenientes del tráfico de drogas, la venta de armas, el contrabando de personas y otras actividades.
Por medio de éstos y otros mecanismos es que prosperan las actividades de "Hezbollah Venezuela", una organización de filiación política chavista que se autopublicita en Internet y que opera, principalmente, en la zona de la Guajira y la sierra del Perija, con indígenas de las etnias guajira y wayuu. Según informes norteamericanos, estas actividades cuentan con el apoyo de la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DSIP) del gobierno venezolano.
Aunque deploremos las andanzas proiraníes de nuestro compatriota Luis D´Elía, el contraste de Venezuela con la Argentina es enorme. D´Elía es oficialista, pero no es representativo del gobierno argentino en esta materia. Cuando en 2006, siendo funcionario, se solidarizó con Irán y se expresó contra la Justicia argentina en la cuestión de la imputación de altos ex funcionarios persas por la causa AMIA, D´Elía fue obligado a renunciar a su cargo en el gobierno.
Más aún, como antes de hablar con el encargado de negocios iraní, D´Elía había consultado con el embajador venezolano en Buenos Aires, Chávez fue presionado por el gobierno argentino para que reemplace a su enviado, Roger Capella, cosa que hizo.
Y todo esto ocurría mientras, con el aval del Poder Ejecutivo, la Justicia argentina pedía a Interpol el arresto de ocho ex funcionarios iraníes. Entre ellos estaba ni más ni menos que Akbar Hashemi Rafsanjani, ex presidente de Irán y actual presidente de la poderosa Asamblea de Expertos.
¿Alianza estratégica entre la Argentina y Venezuela? No me parece. En octubre de 2007, publiqué en esta página una nota en la que sostenía que el gobierno argentino era disimuladamente prooccidental. Hoy debo decir que, producidos los encuentros de la Presidenta con Hillary Clinton y Barack Obama, y puesta de manifiesto la firme disposición argentina a pagar la deuda, ya ni siquiera hay disimulo.
© LA NACION

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