miércoles, 20 de enero de 2010

"A Mario": ¡pucha qué lindo!

Martes 19 enero 2010 2 19 /01 /2010 21:22

Sonetos, cuasi-sonetos, antisonetos, sones.



el-viajero-del-bosco.jpg



 
I
 
Y los cardos perdieron la avaricia
de liturgia; los cirios se apagaron
del lirio y del junquillo; se quedaron
sin teurgia los campos. La caricia
           de algún último dios resultó en vano.
Ya no es sacra la noche, profanada
de ausencia y de presencia de la nada.
El sol apenas ocre sobre el llano
           se niega a devolverme lo perdido.
¿Por qué debo hablar siempre con fantasmas?
¿Por qué el cauce se deviene en miasma?
¿Por qué un túmulo donde otrora un nido?
           Desamparados campos, sin un rastro
del aura de los rostros y los astros.
 
II
 
           Un dios en los confines se disuelve
y nos deja este mundo de cenizas.
Bajo el orbe lunar quedan las trizas.
El polvo al polvo y a la brasa vuelve.
           Así proclamo hoy. ¿Qué haré mañana,
si ayer proclamé que no creía,
y más atrás, ninguna acefalía
me privó de esperarTe en la lejana
           semilla de plegaria? Estamos solos,
y los dos nos creímos refugiados
en certeza de Dios, o que creado
por el Tú que no eres es todo el dolo
           de este mundo que en soñarte persiste
cuando Tú de soñarnos desististe.
 
III
 
           Breve bitácora en el breve viaje.
A los sitios que huí hoy me regreso.
Oh terca persistencia del exceso
de solaz del dolor. En mi equipaje
           he plegado un murmullo de recuerdos,
y una música leve me quisiera
traer, y resurrecto, yo me viera
en un paisaje que se penetra lerdo.
           Qué habrá tras la fragancia del aromo,
qué habrá en los fondos de los charcos,
qué habré en tantos ojos zarcos
que me asoman y a los que no me asomo.
           Misterio es regresar, no haber partido,
concéntrico argonauta del olvido.
 
IV
 
Olvidados que un día fuera el Otro
quien el encuentro fraguó, que sin cimientos
hoy sabemos, volvemos a encontrarnos y el nosotros
en pura nimiedad entretejemos.
           Nos restan fragmentos de los rostros,
excusas del morir, vanas palabras,
y ardemos en amores y en calumnias,
pero cuánta inocencia, pero cuánto de ingenuos
           trazamos al cruzarnos y rehallarnos
casi otros también, ya no nosotros
sino apéndices del ayer que fuimos.
           Y gastamos la tarde, desgastamos
las rocas del vocablo, y en la puerta,
no importa que día es hoy, yace el otoño.
 
V
 
           Sobre mis propias huellas me percibo
extranjero; ni al menos peregrino:
extranjero; y no son falsas las huellas
sino mis pasos hoy, y el hoy la vana
           ilusión de reflujo; calcifica
la arena lo que fue o pudo haber sido,
y la noche hace el resto; no hay Itaca,
ni siquiera hay Ulises, ni siquiera
           Telémaco; mi puñado de greda
cae en los surcos extraños, la belleza
se exilia en cierto otoño, una mañana
que reinventé hacia mí, que es toda clara.
           Oh abeja parmenídea que quisiera
en un zumbido eterno detenida.
 
VI
 
           Ellas labran la tierra que otrora
les fuera masacrada de cemento.
Ellas trazan los surcos, se acuclillan
casi en adoración, y la caléndula
           les responde con llanto de colores.
Es feraz esta tierra, y tras de cardos,
explotan los rosales y el eneldo.
La tierra hace olvidar, la hierba
           más humilde en Leteo transfigúrase.
Soledad y vejez saben de arrugas,
de muertos días, de excesivos días.
           Pero cuánto complace un paraíso
de rectángulo mínimo, casi un viaje
de bálsamo a los años malheridos.
 
VII
 
           Ya habiendo dicho todo, o repitiendo
las pequeñas hazañas de un pasado
que finge ser idilio en el hartazgo
del hoy – un hoy de previa periferia
           tan salobre, tan cruel, que se perdona
soñar con un sur de paraíso –
quizás en el sopor que da el estío
entornemos los ojos, descubriendo
           pese a todo el regusto de falacia.
Y entreabriendo los ojos, y cerrando
los labios, más que angustia, tedio o limbo,
           nos sintamos en el vacío, cómplices,
maniatados al pacto malherido
de la sacralidad que da el silencio.
 
VIII
 
           Ausencia, sólo ausencia, da certeza
de amor; emprendido ya el viaje,
el roce de los cuerpos se entreabre en vacío,
y el vacío da cuenta del amor que
           impide la poesía en la presencia.
Ausencia, sólo ausencia, da certeza
de la noche poblada, del despueblo
que los roces acéfalos impiden.
           No se puede hacer versos de la dicha.
Pude escribir raudales al no habido
amor, o al rostro esquivo sempiterno
que me dolió una vez. Ahora, amado,
           sólo ausencia despliega su halo
para encontrarte aquí, entre mis versos.
 
a Mario