viernes, 22 de enero de 2010

ENTREVISTA AL ESCRITOR Y DOCENTE JUAN CARLOS SANCHEZ SOTTOSANTO – (Segunda Parte)




Radicado desde hace un par de años en Buenos Aires, Juan Carlos sigue siendo para muchos de los amantes de los libros y la cultura, nuestra biblioteca de consulta permanente, y nuestro guía a la hora de elegir o enfrentarnos a las grandes obras universales de la literatura y el pensamiento. En exclusiva
para eldolorense, la segunda parte de la entrevista donde nos habla de su fe, el papel de la religión católica en nuestra educación, el cambio de su vida entre Dolores y Buenos Aires y la lectura de la Biblia entre otros temas.

Juan Carlos Sánchez Sottosanto es Escritor y docente. Bibliotecario Profesional. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Quilmes. Doctorando en Teología, por ISEDET


Ha publicado: Francisco (novela), Buenos Aires: Gárgola, 2007. Poesía de amparo y desamparo, en revista Cayey, Universidad de Puerto Rico recinto Cayey. Fragmentos Presocráticos, en revista Cuadernos Internacionales de Humanidades y Filosofía, Universidad de Puerto Rico recinto Humacao. Medición de la Pampa, en revista Malinche, Casa de las Américas de Andalucía. Miembro del staff de la desaparecida revista literaria Oliverio. Traductor de Baudelaire para editorial Gárgola.


Blog: http://sanchezsottosanto.over-blog/es
Dolorense, reside en Buenos Aires desde el 2008.
Militante por las minorías LGTTBI desde la fundación Other Sheeps.

¿Podrías explicar en qué consiste tu fe?

Bueno, hagamos una acotación primero. Quizás se dé por sentado que alguien que, como en mi caso, tiene como uno de sus centros de interés lo religioso o que se está doctorando en Teología – aunque mis intereses son mucho más amplios – necesariamente deba poseer ese sentimiento un tanto misterioso y ubicuo que llamamos fe. Pues bien, si por fe se entiende una creencia sistemática en una serie de postulados, llámense dogmas, doctrinas, credos, yo no la poseo. No me siento identificado ni soy miembro de ningún credo. No apoyo ninguna institución religiosa aunque muchas me simpaticen por su labor, especialmente social. Si se quiere, retomo en lo institucional la idea del filósofo Jacques Ellul: el cristianismo debería ser, básicamente, anárquico. A nivel íntimo, la fe es bastante indefinible. Los que pueden dar cuenta de sus creencias, apetencias y solideces religiosas, los que no parecen poseer ninguna duda, bueno, desconfío mucho de ellos.


Jesús dudó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. San Pablo dudó. Los dogmáticos, los fundamentalistas, tienen una respuesta tajante para todo; no se permiten dudar. Creo que estoy más allá del concepto de fe, y que eso es bueno. Tuve una necesidad de ella, y la satisfice muy mal con la impostura de la credulidad, que es la antítesis de la fe. Después, flasheé con el existencialismo cristiano de Kierkegaard, que me convenció de la ineficacia de las instituciones para la fe. Hoy, no sé si creo en cosas tan primordiales como la encarnación, la resurrección, la revelación. Son absurdos totales; lo paradójico es que grandes cristianos como San Pablo o Kierkegaard sabían que esos eran absurdos, pero tenían la capacidad de seguir creyendo. Yo no. Me fascina la praxis y la enseñanza de Jesús, me fascinan las Escrituras como objeto de estudio, sigo poseyendo un ansia de la Trascendencia, pero no un sistema de creencias. Algunas escuelas filosóficas griegas decían que, ante ciertas cosas que el hombre no puede captar, debe producirse la “epojé”, una palabrita que podría traducirse como “suspensión del juicio”. Ante ciertos misterios, como el de la existencia y la muerte, uno se carga de preguntas; después puede venir esa epojé, que es liberadora, que me dice: este es el límite, y sobre todo, no confíes en los que tienen respuesta para todo. Y de vuelta a los griegos, después de la epojé venía la ataraxia, es decir, la tranquilidad de ánimo necesaria, que nos hace no sucumbir a la inquietud.

Con acontecimientos desgraciados en países desgraciados -como el terremoto en Haití-, ¿cómo puede explicarse la presencia de un Dios que ama a los hombres?

Ante la situación puntual de Haití, me cabe una contrapregunta: ¿vale la pena intentar una respuesta teológica? Yo creo que no, que cualquiera cae en seguida como insuficiente e, inclusive, como cruel. Si querés podemos hacer a vuelo de pájaro una recorrida por esas respuestas intentadas, pero ninguna me satisface. Y otra contrapregunta: la situación de Haití, ¿no debe ser respondida desde lo histórico, lo sociológico, lo político más bien?


En Haití hay 100 000, 200 000 muertos, aún no se sabe y quizás nunca se sepa. Las imágenes nos horrorizan, nos sensibilizan, aunque el fin primario de los medios de comunicación que nos las transmiten pueda ser, ante todo, lucrar con esa espectacularidad macabra; todos decimos “ay, qué horror”, como lo decimos ante los niños de la calle o la situación de nuestras villas miserias. La mayoría, muy burguesamente, después tratamos de olvidarlas y no movemos un dedo – y son situaciones cotidianas, pero no menos terribles. Ayer fue Gaza, anteayer fue Irak o el tsunami en Indonesia, mañana quizás lo olvidemos todo. Los medios crean una conciencia efímera.


Pero volvamos al tema de Dios y el sufrimiento. No se necesita la tragedia de Haití para que la pregunta surja. Una madre que pierde a su niño, un sufrimiento intenso personal, nos ponen ante el abismo del ¿por qué?, del ¿dónde está Dios? Y como nada es nuevo bajo el sol, el hombre ha venido planteándose esas preguntas y esbozando soluciones desde el origen de los tiempos.


Me atengo, nuevamente, a Occidente. Pensemos en el mito de las edades, de los griegos. El hombre nace en una edad de Oro, degenera a una de Plata, después a una de Bronce, después a una de Hierro. La cuestión sería, ¿qué culpa tienen los haitianos por ese ciclo de decadencia? La doctrina, que relacionamos con la India pero que también estuvo en Grecia, de una metempsicosis o reencarnación, donde nuestros sufrimientos son consecuencia de errores cometidos en vidas pasadas, no es menos cruel. ¿Cómo puedo compensar en esta vida las supuestas vidas pasadas que no recuerdo? ¿Los 200 000 haitianos fueron unos malhechores terribles, qué se yo, hace mil años, y ahora la están pagando? Absurdo total. Pasemos a la tradición judeocristiana. Uno de los primeros escritores (o grupo de escritores) de la Biblia fue el Yavista, a quien debemos el famoso mito de Adán y Eva y su caída. Es un relato folklórico, si se quiere, pero con él el Yavista intentó responder a la cuestión más o menos así: el hombre se ha alejado de Dios, Dios se aleja de los hombres, lo que le sucede al hombre queda bajo su responsabilidad, él ha elegido libremente esa lejanía. Muchos siglos después, con San Agustín principalmente, ese relato sería la base del dogma del “Pecado Original”. Pues bien, el mito pudo satisfacer a la conciencia del Yavista, ¿pero puede explicar que 200 000 haitianos paguen de buenas a primeras por un supuesto pecado cometido al comienzo de los tiempos? La respuesta fue tan poco satisfactoria para la propia tradición judía que allí se alzaron libros como el de Job, donde se cuestiona el sufrimiento de los justos; poco a poco, cuando la vieja y reduccionista creencia de que al bueno le iría bien y al malo le iría mal cayó por su propio peso – costaba muy poco percatarse que los justos sufrían igual o peor que los malvados – se postergó la recompensa al más allá, es decir, nace la escatología, la creencia de que tras la muerte cada uno será recompensado eternamente. Lo cual también es absurdo: si fui un hijo de puta 20 años y me muero, ¿merezco sufrir toda la eternidad? Si fui medianamente “bueno”, ¿merezco tanto como un paraíso eterno? En fin, aún otras explicaciones se intentaron: que el sufrimiento es una suerte de entrenamiento o pedagogía divina; que la muerte de Cristo redimirá a toda la humanidad, etc. El tema es: ¿satisfacen estas respuestas? Más las rumia uno y más pareciera que estamos ante un Dios demasiado cruel. ¿Creer, como algunos sostienen, que la tierra es un campo de batalla entre Dios y Satán y que aquí se juega la partida a costa del sufrimiento humano? El filósofo Leibniz hasta inventó una palabra, “teodicea”, de Theos, Dios, y diké, justicia: justificación de Dios; y si Dios necesita ser “justificado” por los hombres ya nos da la señal de que algo anda muy mal. Leibniz sacaba sus conclusiones y decía que este es “el mejor de los mundos posibles”. Voltaire, socarronamente, le puso justamente el ejemplo de un terremoto de su tiempo – el de Lisboa – para mostrarle cuán “bueno” era este mundo.



Algunos han ido más lejos; los gnósticos de los siglos II-IV, por ejemplo, dijeron que nuestro mundo era fruto de un error, una equivocación obra de un dios menor, de allí el sufrimiento; la Divinidad mayor nada tenía que ver, y sólo un grupo de iniciados llegaba al conocimiento de esa deidad. Muy original la respuesta, pero muy elitista. En el caso de Haití, tan cruel como cualquier otra. Hay otra más cruel aún, que sin duda aprovecharán muchas sectas fundamentalistas: ver en los terremotos y sufrimientos consecuentes, un cumplimiento de supuestas “profecías”, marca segura de que el fin de los tiempos está cerca y después todo será mejor. Todos hemos escuchado alguna vez esta explicación; lo cierto es que no es nada nueva. Hace 2000 años que de vez en cuando reaparece, tras alguna catástrofe.



Fin de las respuestas teológicas. Mi conclusión: más o menos inútiles todas. Si a alguno le satisface alguna, no tengo nada que objetar. Decir que el sufrimiento humano es un misterio quizás sea lo más acertado, pero a la postre nos deja tan en ayunas como siempre.
Entonces me atrevo a revertir tu pregunta y decir: Ante situaciones como las de Haití, ¿CÓMO SE EXPLICA LA AUSENCIA DEL HOMBRE? Basta consultar la muy pedestre wikipedia para conocer algo de la historia de Haití. Esclavos venidos de África, explotados primero por los franceses, después por los británicos, después por los yankees. Uno de los países más pobres del mundo, pero claro, nunca aparecen en las noticias, a menos que haya imágenes vendibles como estas. Sufrieron las dictaduras de los Duvalier, de entre las más crueles del mundo, sostenidas por Estados Unidos y por la Iglesia; hasta la Madre Teresa de Calcuta las apoyó. Basurero de Norteamérica, con una deuda externa que el FMI nunca se preocupó en condonar; con transnacionales que pagaban salarios de hambre. Sin agua potable, sin servicios básicos, pobres siempre. Cuando tuvieron un presidente progresista como Aristide (un sacerdote de la Teología de la Liberación), que quiso poner coto a la explotación capitalista y nivelar los salarios, la propia CIA – bancada por grupos religiosos fundamentalistas, desde los mormones hasta los bautistas – solventó un golpe de Estado. Está bien, podrá decirse, pero un terremoto es un fenómeno natural, ¿qué tiene que ver la CIA con esto? Y sí, es natural, pero los países ricos tienen la tecnología para prevenirlos, y un sismo de 7 en la escala Richter en otros lados produce daños mínimos, no 200 000 muertos, no un país devastado. El tema de la ausencia de Dios quizás sea insoluble; pero la solución humana siempre fue posible, y no estuvo. Más que sobre la ausencia de Dios, deberíamos preguntarnos sobre el egoísmo del hombre, que la sociedad capitalista no ha hecho más que llevar a un extremo espeluznante.

¿Es o ha sido compatible la educación con la religión católica en Argentina?

No hay una respuesta unívoca, las relaciones de la iglesia católica con la educación argentina atraviesan toda la historia, desde la Conquista hasta hoy, con sus altos y bajos. Más allá de las escuelas, la Iglesia ha tenido – antes más que ahora, pero sin desaparecer – una enorme influencia educadora sobre las conciencias argentinas. Recordemos nuestros orígenes, básicamente hispánicos o itálicos; se entiende así que otros credos hayan tenido influencia menor.
El primer “romance” se da durante la larga historia colonial. Catequizadores primero: hubo de todo; explotadores, cómplices, gente sincera y humanitaria. El papel de los jesuitas fue impresionante; su labor en el terreno de la música, las artes y las letras, su sistema político cuasi-comunista, siguen causando asombro, y más si uno los ve enclavados en geografías inhóspitas como las que eligieron. Uno puede decir, y con razón, qué derecho tenían a cambiar las costumbres y creencias de poblaciones enteras. Pero al menos salvaron – por un tiempo – a miles y miles de indígenas de la esclavitud; llegaron a ser queridos. Expulsados los jesuitas, otras órdenes ocuparon su lugar, con bastante menos éxito. No olvidar que la Universidad de Córdoba, católica, fue por siglos la única de nuestro territorio.
Cuando se produce la revolución de Mayo, algunos sacerdotes la apoyan, pero por lo general el ala más progresista de los revolucionarios era anticlerical o masónica. La escasa educación quedó en manos de la Iglesia. Con el advenimiento de Rosas, ésta recobra su poder de antaño, pero Rosas prestó escasa o nula atención a la educación. Tras Caseros, se produce un intenso proceso de secularización. La Generación del ’80 es laica, liberal, anticlerical; quita la educación religiosa, crea el matrimonio civil, la Iglesia pasa a un segundo plano, no sin protestar. Lo feo viene después, con la desilusión que, tras la primera Guerra Mundial, provocan las democracias. Ahí se produce una combinación feroz: nacionalismo, iglesia, ejército. Es como si la Iglesia dijera: “Bueno, sus proyectos positivistas fallaron, aquí estamos nosotros, dispuestos a curar sus almas, como estuvimos siempre”. Pero vaya, ahí tenemos los ’20 y ’30, el fascismo, el antisemitismo, la revista Criterio, el nacionalismo católico-integrista. La Iglesia se encargó de educar al ejército, que hasta entonces había sido anticlerical. Y ambos, con apoyo civil, nos transmitieron la espantosa seguidilla de golpes de estado: 30, 43, 55, 63, 66 y el peor de todos, el del 76. La Iglesia los apoyó a todos; ese fue su aporte “educador”, desde su terror al marxismo y a la pérdida del status quo. Ojo, también hubo otras corrientes; uno no puede olvidar, por ejemplo, al padre Mugica, o a los Teólogos de la Liberación. Pero la propia Iglesia les cerró las puertas, y bastante poco le importó cuando los masacraron.
Hoy, desde el menemismo en adelante, sabemos del vaciamiento de la educación pública y del auge de la privada, mayormente en manos de la Iglesia. La paradoja: el gobierno de la ciudad de Buenos Aires aporta el triple para la educación privada que para la pública. Una cosa de locos. ¿La escuela privada sostenida por el estado y la del estado viniéndose abajo? Cosas del neoliberalismo que se niegan morir. Y por supuesto, todos los condicionantes que la Iglesia pone a la educación sexual, o a una visión de la historia donde quepa el mea culpa. Esto es, desde ya, una gruesa síntesis. En las últimas décadas, felizmente, se ha producido bibliografía de alto valor académico sobre el papel de la Iglesia en nuestra historia.

¿En qué te ayudó mudarte a Capital Federal?

Hablemos primero de las cosas buenas que tuve que dejar: los amigos, que me bancaron por etapas varias, difíciles algunas; una gran cantidad de ex alumnos que se han convertido en amigos personales, relaciones en las que el aprendizaje ha sido mutuo; la familia; los paisajes: extraño mucho el “vértigo horizontal” de la pampa. Son cosas que no tienen precio.
Los beneficios: Buenos Aires me insufló una buena, enorme dosis de humildad. En Dolores, al menos entre los que me registraban, no era difícil que me pusieran en un pedestal; los que me respetaban intelectualmente, bueno, me consideraban poco menos que un oráculo en materia de literatura o humanidades; los que me detestaban – también los hubo – fuere por envidia, competencia o por otras razones, bajo un signo opuesto, también me colocaban en un pedestal. Venirse a Buenos Aires significa que, si uno tiene un mínimo de conciencia de las propias limitaciones, ese pedestal se hace trizas en un segundo. Uno se enfrenta a la movida intelectual de aquí, traductores – hay uno que admiro profundamente, que también es dolorense, Pablo Ingberg - , escritores, artistas, gente brillante laburando en los sitios más inverosímiles, docentes de las universidades, sea en la de Quilmes, donde hice la licenciatura en Ciencias Sociales, o en la de Teología, donde curso ahora, ante los cuales solo cabe sacarse el sombrero. En contacto con esas personas, uno crece muchísimo. Dolores es un pueblo que ha producido y produce mucha gente sensible, poetas, artistas, pero las políticas culturales son tan erráticas o ineficientes o peor aún inexistentes… O peor aún, contraproducentes. Me ha tocado a mí y a muchas personas presentar proyectos culturales y salir echado como gato por tirante. En ese sentido, el ambiente – y la burocracia – pueblerinos son asfixiantes.
A nivel personal, me he permitido construir mi vida, lejos de la homofobia de Dolores. Dolores y sus instituciones quizás ya no recurran al insulto directo en ese sentido, porque no es “políticamente correcto”; hay que refugiarse tras una máscara de supuesto aperturismo. Pero la homofobia no solo se manifiesta por lo que se dice, sino por el silencio, lo que no se dice; es la otra parte del discurso. Una vida de ocultamiento, de marginalidad, de hipocresía, ya no la hubiera resistido. Creo que las minorías sexuales sufren lo indecible en los pueblos; de allí su huida a la gran ciudad, que no es un fenómeno nuevo, lleva siglos. Aunque muchos de los derechos básicos aún sigan sin conquistarse, también en la gran ciudad. Cavernícolas hay en todas partes.

Has leído la Biblia más de una vez. ¿Cuáles pasajes preferís?

Mirá, con la Biblia pasa como con Shakespeare, o con la Divina Comedia dantesca: uno no se enfrenta a un libro, se enfrenta a un cosmos. A lo largo de los años, son distintas las cosas que me han interesado de la Biblia, y en distintos planos. Uno de ellos, por ejemplo, es el estético, y por qué no: en gran parte, el conjunto de libritos que la integran son alta, a veces altísima, literatura. El Antiguo Testamento aún más, las cimas que alcanza en la prosa clásica o en la poesía son magníficas. El Nuevo nos resulta más cercano, pero en un plano estético, con excepciones, es menor; basta comparar el griego de un Mateo o aún de un Pablo, con el griego del siglo de oro ateniense para notar el abismo. Por supuesto, los evangelios, sus parábolas, tienen un encanto perenne; si tengo que elegir desde el plano estético, me quedo con Lucas; si desde el rupturismo subversivo, con el más viejo de todos, el muy radical y a veces menospreciado Marcos.
En el Antiguo, me sigue fascinando Job, creo que solo tiene un parangón en la literatura universal: la gran tragedia griega. Un hombre que sufre y que se dirige a sus amigos y a Dios mismo en una serie desbordante, alucinante de metáforas magníficas. Y que se cierra sin cerrar: la cuestión de por qué sufre el justo queda sin solución, sin dogma “tranquilizador”. Otro libro, desconcertante a primera vista, el Eclesiastés; un libro casi escéptico, una miscelánea brillante sobre la naturaleza y el destino humanos.
Ahora, hoy, hay otras cosas en que la Biblia no deja de sorprenderme. Los fundamentalismos tratan de mostrarla como un todo coherente, y su riqueza está precisamente en su incoherencia, en sus contradicciones. Su redacción llevó siglos, generaciones de hombres en búsqueda de respuestas, y en planteos provisionales. Lo loco es que allí mismo conviven posturas muy diversas, conceptos muy diferentes sobre la justicia, el bien, lo correcto, la historia. No sé si me explico. Doy un ejemplo: hay pasajes atroces, donde se justifica la guerra santa, la masacre en nombre de Dios, el ultranacionalismo del antiguo Israel. En otros pasajes, nos hallamos ante profetas pacifistas, universalistas, conciliadores. De antítesis como ésta, la Biblia está llena; sobre una cuestión se proponen, a lo largo del tiempo, varias, muchas respuestas. Y lo sorprendente es que todas entraron en el canon. Quizás los antiguos judíos y los primitivos cristianos sabían que no había una respuesta única, y conservaron todas; todas las corrientes teológicas entraron en el canon, y si se contradecían, no importaba. Sólo después se trató de fijar dogmas inequívocos que “solucionaran” esas contradicciones.
Otro interés mío, hoy por hoy, es ver las cuestiones de género en la Biblia. Siempre se creyó que había en ella un modelo de familia único; cada época proyectó al revés, desde la posteridad hacia el pasado, su modelo de vínculos. Pero la familia burguesa poco tiene que ver con el amplio espectro bíblico, donde conviven poligamia y monogamia, familias férreamente patriarcales con mujeres totalmente independientes, amores libres, erotismo en grado pleno como en El Cantar de los Cantares… y también homosexuales. Siempre se supuso que los griegos habían sido súper aperturistas al respecto (allí están el Banquete, o el Fedro, de Platón, por ejemplo) mientras que la cultura judeocristiana sólo había puesto restricciones. Estudios más recientes, desde los ’50 en adelante, nos muestran exactamente lo contrario: que la vieja historia de Sodoma nada tiene que ver con la homosexualidad sino con la falta de hospitalidad; que la Biblia está llena de homosexuales, como David y su amante Jonatán, como el esclavo-amante del centurión romano que Jesús curó y todavía felicitó. Historias que siempre estuvieron allí, pero que el velo de la homofobia había cubierto. Hasta Dios mismo, que en el Antiguo Testamento se muestra bajo metáforas antropomórficas, también se presenta como madre-mujer, o como un guerrero con amantes masculinos. ¿Parece urticante, no? La verdad es que no hace falta demasiada erudición para descubrir esas facetas… o para no querer verlas.
Una última acotación, en otro plano: también ha sido una maravilla para mí intentar leer las Escrituras en su idioma original. Con el griego del Nuevo Testamento me llevo bastante bien. En el hebreo estoy dando mis primeros, difíciles, hasta ahora bastante infructuosos pasos.

¿Qué libros sobre religión recomendás para quienes deseen iniciarse en el tema?

Recomendar libros es toda una responsabilidad, en especial porque la oferta es mucha, y van desde la banalización hasta la erudición tecnicista que dificulta mucho la lectura del no iniciado. Sobre el tema religioso en general siguen siendo imprescindibles los textos de Mircea Eliade, como Lo Sagrado y lo Profano, El Mito del Eterno Retorno, y sobre todo, la muy voluminosa pero documentada y apasionante Historia de las Creencias e Ideas Religiosas, que va desde el Paleolítico hasta el siglo XX; son cuatro tomos. Para una buena introducción al judaísmo y al cristianismo, son muy accesibles los libros del historiador británico Paul Johnson, políticamente conservador, pero muy honesto en cuestiones religiosas: Historia de los Judíos; Historia del Cristianismo; ambos los publica Javier Vergara Editor. No son obras de un teólogo, a veces adolece en el manejo de fuentes primarias, pero son muy buenos. Para el Islam, Historia de los Árabes, de Albert Hourani, también en Javier Vergara. Un librito apasionante sobre los fundamentalismos norteamericanos es La Religión Americana, de Harold Bloom, con intuiciones brillantes; su tesis cardinal es la radical diferencia del fenómeno norteamericano de cualquier rama europea del cristianismo.
Y por supuesto, como diría Unamuno, no hay que olvidarse de los clásicos, de las fuentes. En el caso judeocristiano, la Biblia obviamente. Tenemos muchas – demasiadas – traducciones. Por su rigor científico a nivel traducción, sus notas filológicas, arqueológicas, lingüísticas, históricas, la más recomendable sigue siendo la última edición de la Biblia de Jerusalén, que es de 1998; cuidado con la edición de bolsillo, que quita gran parte de esas valiosas notas. Como traducción “literaria”, la más bella es la Biblia del Peregrino, de Schökel. Ambas son católicas. Dentro del mundo protestante hispánico, la Reina-Valera es todo un clásico. Su primera edición se produjo en 1569, pleno Siglo de Oro español; revisada varias veces, la última en 1995; la edición de estudio tiene notas abundantes, pero no demasiado jugadas.
Después – en cuanto a clásicos – que el lector elija. Confieso que hay textos más ilegibles que otros. No es lo mismo leer las Confesiones de San Agustín, que es casi una novela, que la Suma Teológica de Tomás de Aquino o las Instituta, de Calvino; se precisa tiempo y abnegación para obras tan arduas.

¿Estás escribiendo alguna obra?

Siempre hay una “work in progress”, como decía Joyce. Estoy revisando y corrigiendo textos viejos, de los que se salvaron del fuego. Estoy haciendo, por puro placer nomás, mucha traducción de poesía, de grandes poetas, como Baudelaire, Rimbaud, Nerval, Pessoa, Mallamé, Leopardi, Ungaretti… La traducción poética es ardua y siempre insatisfactoria tarea; y humilde. Uno lucha con gigantes, sabiendo que tiene todas las de perder. Pero es un buen ejercicio para la propia poética. Y más cuando ya no se produce tanto propio: es que la poesía, la escritura de poesía, va en cierta medida aliada a la desdicha. Y yo hoy me siento muy feliz… para desgracia de mi poesía. Así que también incursiono en el ensayo, y hasta en algo que quizás sea mi cuarta novela (contando una publicada y dos que tiré a la basura), aunque de novela narrativa parece tener bien poco. Por ahora se llama “Santos Vega en los infiernos”.

¿Cuáles son los escépticos más grandes para vos?

Más que los obvios, los que Ricoeur llamó “maestros de la sospecha” (Freud, Marx, Nietzsche; yo agregaría a Feurbach, Voltaire o el ya lejano Diógenes el Cínico), me interesan aquellos que han luchado con sus raíces cristianas y lograron una estetización o una sublimación. Pongamos el caso del cine, que sé es una de tus pasiones. Fuera de Dreyer, que era creyente y fanático de Kierkegaard, ¿no es paradójico que el más alto cine “teológico” haya sido realizado por un agnóstico como Ingmar Bergman? Un cine atravesado por Niezsche, pero también por Kierkegaard – habría que hacer todo un estudio sobre la influencia de Kierkegaard en el cine. Bergman cruza, a grandes rasgos, por tres etapas, la primera marcada por su lucha con sus fantasmas cristianos, después otra donde traza una dialéctica sobre la incomunicación humana sin perder de vista el tema del “silencio de Dios”, y por último, una suerte de reconciliación, donde el tema de la salvación se da a través del arte, en su megafilm Fanny y Alexander, un poco como en el poeta William Blake. Son los tres estadios de Kierkegaard, pero al revés: el religioso, el ético y el estético. Algo similar con el gran Andrei Tarkovsky; agnóstico también, con fuerte presencia de lo religioso, especialmente en su último e inclasificable film, El Sacrificio… que también está atravesado por Kierkegaard. ¡La pucha! Sí o sí hay que hacer ese estudio sobre Kierkegaard y el cine.
En el área de la literatura, me fascina ver cómo los grandes místicos – San Juan de la Cruz, Angelus Silesius, Santa Teresa, Meister Eckhart – han influido en escritores para nada religiosos, como Paul Valéry, el propio Borges, Juan Gelman. La confluencia de cristianismo y arte ha sido muy fructífera, incluido para los ateos.
En el terreno de la filosofía, no puedo obviar a Michel Foucault, que ciertamente no era cristiano pero consideró a Dumezil, teólogo y mitólogo, como uno de sus grandes maestros. A la hora de la militancia, no tuvo reparos en actuar junto a clérigos de izquierda. Y por supuesto, allí está en Foucault una de sus teorías más revulsivas: el psicoanálisis no es revolucionario, sino el fin de una etapa muy vieja; el psicoanálisis no destapó ningún tema nuevo, sino que fue la culminación de una indagación sobre los cuerpos y el deseo, tarea que, siglos atrás, había preparado la “pastoral” cristiana, con sus manuales de confesión y su obsesión con la “carne”.



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