viernes, 25 de diciembre de 2009

TRABAJO, PROTECCIONISMO Y PRIMER MUNDO

http://www.revistadebate.com.ar//2009/11/13/2451.php




No hacer lo que nos dicen, sino hacer lo que ellos hacen


Al problema del trabajo no lo vamos a arreglar con exhortaciones a que haya más ocupación. Se necesita una política económica que estimule la existencia de ocupación, ¿Cómo se hace eso? Con diversas estrategias, por parte del Gobierno y por parte de los empresarios privados. Y las que tiene que tomar el Gobierno implican una interferencia con el puro mercado.
La Argentina ha tenido una experiencia de intervención y planificación del Estado que ya empezó en los años treinta, con gobiernos conservadores, las famosas Juntas Reguladoras, y otros organismos de control y promoción. Después, durante la Segunda Guerra Mundial, hubo una protección automática, un gran desarrollo social y el gobierno de Juan Domingo Perón, evidentemente, llevó muy adelante una política de intervención.
Esta política de intervención tuvo éxito en algunos aspectos y, en otros, tuvo debilidades, pero en general se dice que en los países de América Latina no funcionó bien. Esto es cierto, más en algunos casos que en otros. En la Argentina, si se toma el período largo, no ha funcionado bien; pero en otros países de la región ha funcionado mucho mejor, por ejemplo, en Brasil, que ha tenido tasas de desarrollo increíbles bajo diversos tipos de gobiernos, desde los relativamente autoritarios, como los primeros de Getulio Vargas, a los democráticos, como los del mismo Vargas, cuando volvió en 1951 e, incluso, bajo los militares que tuvieron éxito a expensas de otros valores, pero el desarrollo industrial fue de niveles asiáticos. Después han entrado también ellos en crisis, de las cuales están saliendo, pero Brasil es un país que se ha transformado totalmente en veinte o treinta años, aunque sigue teniendo brutales problemas porque las cosas no se arreglan tan fácilmente. La Argentina en cambio no se ha transformado tanto, aunque en algunos frentes los cambios son innegables.
Un proyecto de desarrollo e industrialización necesita implementar algunas medidas que son “bestias negras” para el supuesto Consenso de Washington, que está ya prácticamente muerto. Los casos históricos exitosos, empezando con las Navigation Acts inglesas del siglo XVII, y siguiendo con la política industrial de Estados Unidos del siglo XIX y comienzos del XX (y hasta la actualidad, cuando lo necesitan), y desde ya el Oriente asiático, han aplicado proteccionismo, intervensionismo del Estado y subsidios, o sea, un horror. Ese horror es lo que ha llevado a Japón a la gran prosperidad que tiene, a pesar de algún resfrío que hace unos años ha tenido. Esa política, de todos modos, no es ni ha sido de autarquía, y se da cuenta de que se necesita el mercado.
Pero, al mismo tiempo, si el Estado no interviene para controlar el mercado, el mercado se vuelve loco. De la misma manera, si un Estado es puramente Estado, sin mercado, como en el caso de la Unión Soviética, se genera otro desastre, por una serie de motivos, entre otros, por una dictadura que no funcionó, aunque hay algunas dictaduras que sí funcionaron. Por ejemplo, en algunos de los países del Este de Asia, aunque sea feo reconocerlo. Pero tanto en Corea como en Taiwan, al final, el gran desarrollo hizo posible una transición democrática.
En México ha ocurrido algo parecido, pues ha tenido desarrollos brutales durante varias décadas. Pero en la medida en que uno pasa una etapa mayor de industrialización, de urbanización y de educación se van presentando sociedades distintas. En el caso mexicano no hubo una dictadura militar, pero existió un gobierno excesivamente omnipotente y la omnipotencia lleva a la corrupción. A pesar de ello, hubo un desarrollo que también transformó al país.
En la Argentina ya veníamos bastante bien de antes, ya que en los años treinta y cuarenta éramos uno de los países más prósperos del mundo, aunque nos faltaba algo: nos faltaba la espina dorsal tecnológica. Éramos un país rico porque, sin demasiado mérito nuestro, de golpe conquistamos las pampas, cuando se volvió económicamente posible hacerlo, por las transformaciones de los ferrocarriles, por los transportes por mar, y entonces se valorizó algo que nos cayo del cielo sin suficiente mérito nuestro.
Nos faltaba la espina dorsal tecnológica, cuya importancia es obvia. La crisis argentina es la crisis de la industrialización. Cuando tuvimos que pasar de una economía predominantemente agraria a una economía industrial, como en cualquier país desarrollado del mundo, ahí se nos pincharon las gomas, por causas complejas que no es éste el momento para analizar, pero que tienen mucho que ver con la inestabilidad política.
En la realidad actual estamos cada vez más conscientes de que se necesita una política económica distinta a la que se ha practicado por varias décadas. Para esto hay que difundir sus características en la opinión pública, aunque ésta, por supuesto, es una opinión pública mediatizada, filtrada por los medios, controlada en gran medida por los elementos de poder que existen en diversos centros financieros nacionales e internacionales. Pero, a pesar de eso, se puede crear una opinión distinta y dejar claros los defectos del mal llamado Consenso de Washington. Es interesante ver lo que le ocurre al Fondo Monetario Internacional, que ha sido criticado por economistas como Joseph Stiglitz, Paul Krugman y otros, y la ola es cada vez mayor. Si yo fuera del FMI, estaría un poco asustado en este momento.
Obviamente, el tema del trabajo está vinculado al tema de las políticas económicas, que deben ser implementadas por los gobiernos en forma pragmática, sin ideologismos. Por supuesto que todos tienen ideología, pero hay que evitar el ideologismo, que es la fanatización con una ideología. Es cierto que el pragmatismo se ha invocado en el pasado para seguir políticas dependiendo totalmente del exterior, pero ese mismo pragmatismo tenemos que usarlo para encarar otro paquete de medidas económicas y sociales. Debemos tener en cuenta que a algunas de las “bestias negras” del Consenso de Washington, por ejemplo, el proteccionismo, los primeros que lo aplican son los países desarrollados, no sólo en la agricultura, donde es muy grande. Los argentinos protestamos, decimos que ellos deberían abrir sus fronteras a nuestros productos, pero eso jamás lo van a hacer. Estados Unidos, lejos de eso, ha decidido también proteger al acero, aunque tuvo que dar marcha atrás, luego, por presión de la Unión Europea. Es lógico que hagan estas cosas y, yo diría, que está bien que lo hagan, pues tienen que proteger sus intereses, no los del mundo. Acá podemos quejarnos, invocar las contradicciones entre lo que recomiendan y lo que hacen, pero no nos van a escuchar. Lo que sí se puede y debe hacerse es negociar, conseguir exportar un poco más de carne a Europa, o de arroz a Japón.
Detengámonos brevemente en Estados Unidos y su relación con Japón. Japón le exporta una cantidad de autos, pero con un límite y eso es una interferencia con el mercado, por lo tanto, es buena, ya que no es una interferencia arbitraria, no es cualquier cosa. Saber el límite y el equilibro entre lo que es el desarrollo del mercado, de la exportación y, además, de los necesarios elementos de intervención estatal, ahí está la capacidad política.
No hay una solución única, no hay una solución ideologista, tiene que ser una solución pragmática, pero el pragmatismo no es adecuarse a cualquier cosa que nos viene de afuera o de grandes poderes sino hacer un equilibrio. Eso es lo que necesitamos.


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