lunes, 14 de diciembre de 2009

Mercados Efímeros: un ensayo sobre un texto de Carlos Gabetta. Por Mario Cardoso


Mercados efímeros
(Una paráfrasis y reescritura del artículo de Carlos Gabetta, El capitalismo en cuestión, publicado en el Dipló de noviembre de 2009)

Para cualquier serio historiador de la economía, no importa cual sea su afinidad ideológica,  es una verdad que en nuestros días cualquier aumento de la producción y la productividad destruye puestos de trabajo.

Esto ocurre porque los bienes, que se producen en mayor cantidad y más rápidamente, se ofrecen en un mercado cada vez menor en términos de poder adquisitivo, consecuencia del  desempleo y de la caída de la participación de los trabajadores activos en el ingreso.

Después de los “años dorados” del crecimiento del capitalismo que culminaron con la crisis del petróleo de 1973, la tasa de ganancia del capital tiende a disminuir por lo que para compensar las empresas achican costos en proveedores, controles, servicios, y en particular: salarios. La otra cara del fenómeno de la disminución de la tasa de ganancia ha sido la derivación del capital productivo a la especulación financiera.
      
Otra vez, disminuir salarios ha sido la causa de la “deslocación”, esto es el traslado de la producción a otros países con salarios más bajos e incluso con requisitos ambientales e impositivos menores, es decir, con menores costos.
      
Esta conducta tiene el resultado paradojal de achicar la demanda global, pues se producen más bienes para mercados más empobrecidos. Lógica que se exacerbó luego de la implosión de la experiencia socialista en la Unión Soviética, puesto que se expandió a escala planetaria. El otro gran ensayo comunista, China, se ha transformado en un totalitarismo capitalista, protagonista de esta sistema perverso por su condición de titular de los bonos de estado de Estados Unidos, quien es a la vez su principal cliente comercial.
      
Estamos en un callejón sin salida dentro de esta lógica, como un perro que se muerde la cola.

Pateando el problema hacia adelante

      
Hace cuatro década cuando estalló el desarrollo tecnológico y científico aplicado a la producción, los primeros efectos fueron el debilitamiento progresivo del empleo y de la afiliación sindical, mientras que aumentaba la actividad financiera. Para la época la situación política mundial posibilitó un ocultamiento de los primeros síntomas de achicamiento de los mercados, puesto que los trabajadores desempleados en un sobreviviente Estado de Bienestar continuaban cobrando sus salarios y aportes -en el peor de los casos- por un lapso de dos años, mientras que los trabajadores activos recibían ofertas de crédito financiero. Fue por ello que los efectos sobre el consumo no se notaban todavía; por otro lado,  los países en vías de desarrollo recibían los beneficios de ladeslocalización”. El mundo iniciaba así una etapa vertiginosa de consumo basado en el endeudamiento; los préstamos del FMI y el flujo de la especulación financiera amplificaron el fenómeno. Pero luego de algunos chisporroteos en la periferia, el modelo concluyó finalmente con la implosión global de 2008.
      
En síntesis, a la baja en la tasa de ganancias y a la baja de la demanda global, se encontró el mecanismo de estimular artificialmente la demanda por medio de la globalización financiera.
      
Además, la presión por reducir costos, luego de reducido el costo salarial,  se hizo sentir en los Estados de Bienestar, productos éstos de un complejo proceso de inclusión y estabilización social minuciosamente tejido durante “los treinta gloriosos” que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Con esta presión por la reducción del “costo” de los Estados de Bienestar, podemos datar el surgimiento del llamado “neoliberalismo”, y señalar a sus emblemáticos personeros: Ronald Reagan, Margaret Tatcher, Pinochet, Videla, Felipe González, Mitterrand, Blair y Menem.
      
De manera paradójica, este modelo que se derrumbó en 2008, muestra nuevamente en rojo los números de las deudas públicas y del salario; volviendo a un grado cero, si tomamos como punto de partida los ’70 verificamos hoy las mismas variables de la depresión: aumento del precio de las materias primas, bajas tasas de interés, bajo crecimiento, estados endeudados y desempleo.

Las crisis políticas

      
Lamentablemente hay una cara política frente a este desasosiego e incertidumbre: las reacciones violentísimas, las crisis políticas permanentes. Después de haber rescatado al sector financiero con billones de dólares de los contribuyentes, Barack Obama es tildado o bien de “comunista” o bien de “nazi” por su intento de crear un seguro médico universal estatal que no sólo costaría la enésima parte de lo que costó el rescate financiero, sino que pondría fin al despilfarro en salud con escasos beneficios que hay en los Estados Unidos. Este país destina actualmente el 29% de su PBI a un sistema de salud desintegrado y tan ineficiente que deja sin cobertura a más de 50 millones de ciudadanos (mientras que en Dinamarca, con un gasto del 9% del PBI en salud, toda la población está cubierta y con excelencia).

Piénsese lo que se quiera sobre el hecho, lo cierto es que pareciera que se está perdiendo la posibilidad de resolver conflictos a través de las formas políticas hasta ahora vigentes: los descalificativos mencionados (nazi, comunista) son producidos por los medios de comunicación, una parte de la clase política y la propia sociedad estadounidense, lo que ha llevado al actual Presidente de los Estados Unidos a la sorprendente decisión de excluir a la cadena Fox News de sus conferencias de prensa a causa de la virulencia y el tono de sus ataques.

Alguien ha dicho que la polarización es el crack de la política de nuestros días: la necesidad de experimentar una sensación breve e intensa que el sistema ansía experimentar una y otra vez. Hay una exacerbada división entre “derecha” e “izquierda” en América que ya no se corresponde con su significado acuñado en la Revolución francesa, sino más bien se trata de una especie de pérdida del sentido de la realidad.

Lo que ocurre es que todavía existe la idea de que los únicos afectados por la crisis económica son los sectores populares, los trabajadores poco calificados; pero la desocupación  crónica incluye a las clases medias por la desaparición y el hundimiento del comercio pequeño y mediano y la desvalorización del salario en el sector de los servicios, donde tradicionalmente la capacitación oficiaba como un plus de valor. Los trabajadores de cuello blanco, y los técnicos especializados y profesionales están cada vez más sumergidos en el magma de los asalariados o directamente, desempleados.

En síntesis, esta crisis afecta a las clases populares, a las clases medias, y a las clases medias altas. Considérese los sorprendentes  25 suicidios en menos de dos años en France Telecom, un sector de trabajadores hasta hace poco privilegiados; estos suicidios no responden a un deterioro salarial, y menos a una pérdida de empleo, sino al nuevo estilo de gestión de los “recursos” humanos que implican arbitrarios e intempestivos cambios de horario o de lugar de trabajo; recorte o desaparición de beneficios sociales.

Asistimos a una era donde la clase política es incapaz de asumir el timón como lo hizo Roosvelt después de la crisis del 29, reinventando el ideario norteamericano hasta ese momento anclado en un libertarianismo acérrimo promovido por el Partido de los Negocios, el Partido Republicano, durante largos años.

La emergencia de clases medias desesperadas, con un presente sin futuro, tiene por cierto un destino abierto políticamente hablando.

Si la crisis de la Edad media, en el siglo XIV no podía prefigurar para sus contemporáneos el lento tránsito al capitalismo. A los contemporáneos del siglo XXI, no nos es posible prefigurar si hay una crisis Terminal del capitalismo o vamos a una nueva etapa.

Pero lo que sí es cierto es que ciertos modos de pensar la política que imaginó el Iluminismo del Siglo XVIII como la representación, la división de poderes, los partidos políticos, se han demostrado  insuficientes y anticuados para encarar esta crisis.

En su libro, LA CONTRADEMOCRACIA, La política en la era de la desconfianza, Pierre Rosanvallon nos describe los 3 modos de Control que los representantes ejercen sobre sus representados:
1.   La vigilancia,
2.   La denuncia
3.   La calificación
Me interesa señalar la última por novedosa:
La calificación, y más en general la evaluación es la tercera forma que adopta el poder de vigilancia. Consiste en una evaluación documentada, técnicamente argumentada, a menudo cualificada, de acciones particulares o de políticas más generales. El objetivo es el peritaje de la calidad y la eficacia de una gestión. Durante la dinastía Ming, en la que evidentemente no había ni democracia ni formas de representación, el equivalente de las alternancias políticas se realizaba en el momento de las “grandes calificaciones” (daji) periódicas. La administración imperial hizo de la organización de una inspección muy estructurada un elemento de su poder y eficacia. De modo que no debe sorprender que Sun Yat-Sen, padre de la República China, haya propuesto agregar a los tres poderes de Montesquieu el “poder de control” (el Yuan de control) para constituir la arquitectura política de la China del siglo XX.
    Creo, con Rosanvallon, que
Los ciudadanos han conquistado verdaderamente, bajo esta modalidad de la calificación, el equivalente de un nuevo poder: un poder aquí prácticamente directo, que se ejerce sin representantes.
La democracia por esta vía está igualmente en tren de transformarse profundamente.[1] Y el capitalismo puede transformarse definitivamente en una forma más controlada de convivencia social, que respete el mercado como asignador de recursos, pero con los límites que el propio ambiente reclama.
Si la crisis comenzó inexorable por el aumento de los precios del petróleo (la energía vital del capitalismo que hemos conocido en el siglo XX), es hora, por el bien de nuestro entorno y de todos nosotros, que comencemos a pensar al menos en un capitalismo diferente, absolutamente respetuoso del medio y de las personas.
Si de esto deviene un cambio de modo de producción con mercados menos efímeros,  pues no seremos nosotros quienes lo podremos inducir, -no creo en el éxito de vanguardias iluminadas-, aunque no me caben dudas de que resultará una sociedad mejor de la que vivimos hoy.
nos cabe a todos encontrar nuevas formas de integración y cohesión social con un respeto profundo por la naturaleza y el hombre. Parecida fue la función del Iluminismo del siglo XVIII. Como dijo un catedrático español, Antonio  la Fuente[2], el siglo XVIII fue la liberación de las almas de la sujeción religiosa. Tal vez el XXI pueda abrigar el nacimiento de la liberación de la sujeción tanto a los Estados como a las Multinacionales como paradigmas de lo político.

Mario CARDOSO, Bs. As. Diciembre de 2009


      


[1] ROSANVALLON, Pierre, LA CONTRADEMOCRACIA, La política en la era de la desconfianza. Editorial Manantial, Bs. As. 2007. PÁGS. 66-69
[2] Antonio Lafuente El carnaval de la tecnociencia.
Diario de una navegación entre las nuevas tecnologías y los nuevos patrimonios
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