sábado, 31 de octubre de 2009

La nacionalización de la clase media argentina

ELArgentino
imprimir

Por Federico Bernal

30-10-09 / Entre la aplicación de la resolución 125 y su derogación, la estrategia política y mediática del neoliberalismo argentino logró conquistar al gran factor decisor de la contienda: no los miles de millones de dólares en juego, no el interés de los pequeños y medianos productores, sino a la inmensa mayoría de la clase media rural y urbana del país. Aprovechándose de su atraso cultural y socioeconómico, hacia ella apuntaron los cañones del subdesarrollo. Culturalmente, al neoliberalismo le bastó con agitar las banderas del federalismo mitrista por un lado, y de la Argentina agraria como única vía al desarrollo, por el otro. Un binomio que bien puede sintetizarse de la siguiente manera: “El interés provincial es incompatible con un Estado activo y rector en materia económica y agraria, actuación que conduciría a la destrucción del campo o, lo que es igual, a la destrucción del país”. Azuzada pues por la inminente liquidación de la república, la clase media se calzó el emblema unitario y puso en jaque al Gobierno nacional. A su triste desempeño durante el conflicto por la 125, sobrevino su tristísima postura en los comicios del 28 de julio. De nada sirvió la irrefutable recuperación social y económica experimentada desde el 2003. De nada sirvieron las obras públicas, el repunte de las exportaciones ni la creación de millones de nuevos puestos de trabajo. Culturalmente atrasadas y socioeconómicamente desvinculadas de lo industrial –por demás históricamente exiguo en el territorio argentino– la clase media no sólo pasó por alto dichas mejoras sino que las creyó letales a su preservación. ¿Cómo se explica esto? Sucede que, como grupo social, los sectores medios se encuentran desfasados de un modelo industrialista, socialmente justo y latinoamericanista. Efectivamente, mientras que la estructura productiva del país comienza a transitar en dirección a una economía moderna, la mentalidad de las capas medias se mantiene inmóvil. Una inmovilidad que, conforme aumenta al número de fábricas abiertas, conforme sobrevienen nuevos reclamos salariales y se expande el movimiento obrero, va mutando en temor. Temor a volver a un modelo industrialista, al recuerdo de los descamisados, al autoritarismo infinito y a los oscuros términos “soberanía” y “justicia social”. Industria y obrerismo son para esta clase sinónimos de atraso. Y entonces aparece el embrujo: como en el cuento del rey que muda en sapo, acontece la gran transformación, pero al revés. El sapo se convierte en rey. Al espejo, el medio pelo hembra se ve como una pobre vaca entrando en el matadero de Mataderos en vez de viajar trozadita y empacada al mercado europeo. Y le da mucha pena; y le genera abundante inseguridad. ¿Y cuándo al espejo se ausculta el medio pelo macho? ¿Qué ve? A un pobre paisano coartado en su libertad de plantar el dojar, ese mágico poroto de soja que exuda proteína de dólar. Del sapo al rey, la mágica paradoja que tanto es costumbre en la periferia próspera se produjo al fin. El pavor a lo industrial, al Estado y a las masas conduce a la clase media (y lo hará una y otra vez) a pensar y obrar a imagen y semejanza de la burguesía improductiva y la oligarquía agropecuaria. Mientras la tele les remacha en el inconsciente la opresión a la que la Nación somete a las provincias o cómo el Estado despótico se lanza contra el empobrecido campesino de la Pampa Húmeda sojera, el medio pelo hembra y macho exclama horrorizado: “¡Sin vacas ni granos estamos fundidos! ¡A por las cacerolas! ¡A detener el genocidio chacarero!”. Esta paradójica afinidad política e ideológica de la clase media con los sectores antagónicos a un modelo nacional y popular obedece, como se mencionó, a la inmovilidad de la mentalidad de las capas medias argentinas. Pero, ¿cómo definir esa mentalidad? Y más importante aún, ¿en qué época ha quedado detenida? Para aventurar una respuesta a estos interrogantes, conviene empezar por definir el término mentalidad. Tomamos aquí la definición de A. J. Pérez Amuchástegui. Mentalidad es, para este genial historiador: “Nuestro saber íntimo de lo que nos afecta, de lo que muerde nuestro interior y de lo que nos llega de afuera. La mentalidad, pues, no es nada definitivo, permanente, inmutable. Es algo que sufre cambios, rápidos o lentos, intensos o minúsculos, según cambien o se modifiquen las condiciones del ambiente en que desarrollamos nuestra acción vital” (Mentalidades Argentinas, 1860-1930). Pero si la mentalidad es un concepto dinámico, una suerte de conciencia del ambiente afectada por el entorno, ¿cómo se explica que la mentalidad de la clase media se mantenga estática? A pesar del cambio registrado por la Argentina en el último lustro, las capas medias parecen sentirse extranjeras en el nuevo país que renace. Advierten que su mente está aislada de su cuerpo, porque en esencia no es la Argentina del trabajo y la producción la que los hace sentirse argentinos, sino más bien la del modelo agroexportador. Como en el título del libro del maestro cordobés, la mentalidad de la clase media argentina ha quedado detenida entre 1860-1930, período al que además reconoce –coincidiendo con el comando civil Mariano Grondona– como el del “milagro argentino” (Grondona lo circunscribe a 1880-1930). Y ha quedado detenida en el tiempo porque la clase media aún no ha sido incorporada, anclada y amarrada a un modelo nacional y popular. Excluida –así se siente– se lanza ciegamente a la defensa de una Argentina granero del mundo. Ahora bien, visto que el imaginario colectivo de la vasta mayoría de la clase media cree que nunca estuvimos mejor que durante el modelo agroexportador, ¿cómo liberar entonces su mentalidad? ¿Cómo convertir esa “inconsciencia de clase” (término que al mayúsculo Pierre Vilar le gustaba mucho utilizar en estos casos) en “conciencia de clase”? En definitiva, ¿cómo ponerla a tono con la realidad y emparentarla con un verdadero proceso de desarrollo nacional en un contexto social incluyente y ascendente? El conflicto por la resolución 125 y el comportamiento de los estratos medios rurales y urbanos en torno de él permitieron ubicar temporalmente el período en el cual su mentalidad se encuentra estacionada. Y aquí lo grave del asunto, pues sólo la pertenencia y la identificación a una época (pretérita o presente) genera seguridad y pacifica el espíritu de las personas. Inversamente, cuando esa época se acaba o es amenazada por un cambio de época, genera pavor, confusión e irritación. Se impone, pues, trabajar sobre las causas que desvirtúan el pensamiento y el accionar de las clases medias: el sometimiento cultural (faceta subjetiva) y su casi absoluta desvinculación de un modelo industrialista (faceta objetiva). De esto se deduce que dotar de una “conciencia de clase” a la clase media es el paso fundamental para destrabar su mentalidad, trasladándola de una época lejana y ajena a su realización a una consustanciada con sus intereses, tal vez como nunca antes en la historia. Y proveer a la clase media de una “conciencia de clase popular” no significa otra cosa que su nacionalización. En términos subjetivos, la clase media argentina deberá ser nacionalizada desde una revolución cultural, desandando el mito de la Argentina granero del mundo y el del falso federalismo imperante. Si bien resta mucho por hacer en este sentido, la promulgación de la nueva ley de medios de la democracia ha sido el primer gran paso. El segundo, generar una verdadera cultura industrialista. En términos objetivos, la clase media (y las clases bajas, comenzando por los movimientos sociales) deberá ser nacionalizada desde una revolución industrial, una que conlleve el lanzamiento de un programa masivo y federal para la creación de una vasta red de pequeños y medianos empresarios, vinculados a un proceso productivo de tipo industrial, identificado y cimentado en el desarrollo de un capitalismo nacional con el Estado como actor fundamental en materia inversora, empresaria y planificadora. El lema: “Un argentino - una industria” deberá llegar a todos los rincones de la geografía nacional. Claro que tamaña iniciativa entraña la democratización y universalización de la industria. Una decisión de alto impacto en sintonía con la reciente decisión presidencial de otorgar la protección social por hijo menor a 18 años. Queda claro que el objetivo del gobierno es “pelear por el trabajo decente, por agregar valor a nuestros productos, a nuestras empresas y al comercio”, tal como destacó la Presidenta. Incorporar masivamente a las clases medias al proceso productivo industrial redundará en más trabajo decente, más valor agregado a las manufacturas, más empresas y más comercio. Legado de nuestro atraso que se remonta a la España de la conquista, mucho habrá de hacerse, mucho habrá de revertirse para que el hombre urbano se vuelque e invierta en industria y producción. Mientras tanto, podríamos empezar por reconocer que no habrá cambio neto de modelo en la Argentina mientras subjetiva y objetivamente no se inserte a la sociedad en dicho proceso de cambio. Y esto no es algo menor. Implica tomar conciencia de que al igual que los recursos naturales estratégicos, la economía, el comercio, el trabajo y el aparato productivo, la sociedad también debe ser considerada como una variable más a modernizar, industrializar y nacionalizar. Y acá la llave maestra que resolverá nuestra cuestión nacional: el nacimiento de una sociedad moderna e industrial, no identificada con el granero del mundo y aliada al movimiento obrero, marcará el ocaso definitivo de los sectores sociales ligados a una Argentina semicolonial. Entonces, el cambio se habrá hecho invencible.

Url: http://www.elargentino.com/Content.aspx?Id=63981
imprimir