domingo, 25 de octubre de 2009

Hilando Fino

El escándalo del Macrigate y la grave crisis institucional que se intenta negar

No se puede más que darle la razón al jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, cuando afirma lo difícil que es crear una Policía Metropolitana, con la cantidad de intereses “pesados” que se tocan. Y ni qué hablar si, como organizador del flamante cuerpo, se coloca a un policía tan cuestionado y polémico como Jorge “Fino” Palacios, como hizo Macri. Lo que ocurre en el gobierno de la Ciudad con el caso del espía Ciro James es un escándalo mayúsculo, de una enorme seriedad institucional. Un episodio que, en términos éticos, es mucho más grave que el incendio en Cromañón; obviamente, no en términos de la tremenda pérdida de vidas humanas. Pero allí, en esa noche fatídica, hubo negligencia y dolo eventual. Aquí hay espionaje realizado con los recursos del Estado para vigilar a un denunciante. Y detrás de todo esto no puede estar otro que el ex comisario Palacios. Hagamos caso omiso a las exageraciones de los opositores al macrismo, y también a las embarradas de cancha que intentaron los hombres y mujeres del Ingeniero en Jefe (por cierto, es muy llamativo el silencio de Gabriela Michetti frente a este tema). Vayamos a lo más simple y comprobable de todo lo que se ha dicho. Es imposible que Jorge Palacios desconociera el nombramiento de Ciro James como funcionario del Ministerio de Educación de la Ciudad, dada la vinculación laboral que los une desde hace bastante tiempo en esas tareas tan peculiares a las que se dedicaban. La diputada Gabriela Cerruti, por ejemplo, ha denunciado que Palacios y James trabajaron juntos en diferentes agencias de seguridad privadas -además de la Policía Federal, en la cual James fue subordinado directo de Palacios- y que Ciro James también cumplió tareas a las órdenes de su jefe cuando se hizo cargo de la seguridad de Boca Juniors, en épocas en las que Mauricio Macri era su presidente. Así como están las cosas, si James fue infiltrado por Aníbal Fernández en el gobierno de la Ciudad, tal como lo denunció el ministro de Seguridad porteño Guillermo Montenegro, el verdadero infiltrado kirchnerista debiera ser el propio Palacios, cosa que ya sí sería un tanto descabellada. En el gobierno de la Ciudad se escudan diciendo que no sabían que James era policía federal cuando fue contratado. Pero tampoco los funcionarios porteños están en condiciones de aclarar para qué lo contrataron. Queda la impresión, además, de que la Ciudad le puede llegar a pagar 6.000 pesos por mes a cualquiera por no hacer nada, con sólo presentar un currículum trucho en mesa de entradas. Pero James no era un ñoqui sino un espía activo, que plantó los números de celulares de Sergio Burstein, un familiar de las víctimas de AMIA y enconado crítico del nombramiento de Palacios al frente de la Policía Metropolitana, y de Carlos Ávila, ex titular de Torneos y Competencias, para que fueran intervenidos legalmente por la SIDE, en una causa llevada, primero, por el juez Gallardo y, después, por el juez Rey en la provincia de Misiones, por el asesinato del contador Pedro “Leca” Figueroa. En la causa contra James llevada por el juez Norberto Oyarbide se consignan, en los días de la intervención de los celulares a Burstein, 150 llamados a la empresa de seguridad del suegro de Palacios. Y esto es, en esencia, todo. Quizás algún día se sabrá si ha sido una cuestión aislada, un negocio de James, una operación del Fino o, tal como lo denuncia Aníbal Ibarra, algo que se inscribe en la intención del gobierno de la Ciudad de armar un cuerpo de inteligencia porteña, cosa que fue intentada en un proyecto de ley macrista rechazado por la legislatura. O que los vínculos de los jueces misioneros son directamente con James, quien trabajó en la Triple Frontera, siendo sólo una casualidad que hayan sido nombrados por el padrino y socio político de Mauricio Macri, el entonces gobernador de la provincia Ramón Puerta. O bien que no se trate de una casualidad sino de una causalidad efectiva en esta saga, que bien debiera ya llamarse el Macrigate. Sin embargo, el espionaje dentro del gobierno porteño ha sido considerado por los medios opositores al gobierno nacional sólo como un episodio más del ambiente de crispación que atraviesa el país. Por cierto, el oficialismo tendría que poner el mayor de los empeños en controlar a aquellos más papistas que el Papa que, con su actitud infantil, pueden abonar la creciente “sensación de violencia” que se amplifica en los medios opositores.

Es de todas maneras sorprendente que, frente al flagelo de la pobreza, cualquier intento de contención colectiva para paliar la situación sea ahora considerado por el sector bienpensante de la opinión pública argentina no sólo como una expresión del “infame clientelismo”, sino como una estrategia para organizar milicias populares armadas hasta los dientes, tal como las creadas por Hugo Chávez o, peor aún, por Evo Morales. Un disparate que hasta resultaría una exageración hilarante en el programa radial de Capusotto. Como todo tiene que ver con todo, según la reconocida tesis de Pancho Ibáñez, resulta que ya se dice que las organizaciones y cooperativas sociales surgidas en todo el país serán esos votantes clave (300.000 o 400.000, a ojo de buen cubero de los “analistas” políticos) que, si se sanciona la ley de reforma política impulsada desde la Casa Rosada, garantizarían la candidatura presidencial de Néstor Kirchner (¿o será pingüina también esta vez?) en 2011. No importa que ser candidato no es lo mismo que ser presidente, ni que más bien el proyecto de reforma -tal como estaría redactado en su versión oficial- no se sabe si conviene realmente al oficialismo. Si se sanciona la nueva ley, todo partido o alianza nacional para proponer candidatos a la fórmula presidencial tendrá que tener, como mínimo, 4.000 afiliados en cinco distritos provinciales y realizar una interna abierta obligatoria. La ley vigente impone 4.000 adhesiones, no afiliaciones, en cinco distritos provinciales, por lo que se estima que muchos de los más de 30 partidos nacionales quedarán imposibilitados de participar individualmente en estas elecciones presidenciales. De esta manera, ellos deberán armar coaliciones con los partidos grandes que cumplen con los requisitos y, en todo caso, presentar o apoyar alguna candidatura interna. Por ejemplo, hay grandes dudas de que la nueva agrupación de Elisa Carrió pueda superar el nivel de afiliados que se solicitará, por lo que estaría forzada a unirse o desaparecer. Sin embargo, si algo conviene al kirchnerismo es la fragmentación de la oposición, cosa de la que ha disfrutado en todos estos años en el poder. Gracias a la dispersión partidaria, y al apoyo de Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner pasó en 2003 a segunda vuelta con el 22 por ciento de los votos. En 2007, Cristina Fernández, se movió en un escenario que en ese momento describimos como de Blancanieves y los siete enanitos, dada la proliferación de candidatos opositores.

El escenario que se baraja hoy, cuando falta tanto tiempo, es nuevamente de una fragmentación del espacio político, tal como se dio a partir del “que se vayan todos.” Dada la intención de voto negativa que hoy tiene el oficialismo, todos los opositores se entusiasman con ser el elegido para repetir la estrategia de Kirchner contra Menem en el ballotage de 2003, ahora contra el propio Kirchner. En el caso de que cada opositor reúna más o menos la misma intención de voto que los demás, al sumarse un contendiente baja el porcentaje necesario para pasar a segunda vuelta. Así se incentiva a que se sumen más opositores, multiplicándose la oferta electoral. Sería diferente si un opositor le sacara una considerable ventaja a los demás, lo cual funcionaría como una segunda vuelta en la primera, como anticipó el politólogo Franco Castiglioni lo que finalmente sucedería con la Alianza. De allí que hoy, además del globo de ensayo de Eduardo Duhalde, Felipe Solá dice que será candidato y Mauricio Macri que también lo será. Que cada día suena más Francisco de Narváez para sumarse a los presidenciables, con el antecedente favorable -y muy importante- de haber sido aceptada su candidatura a gobernador por la Corte Suprema de la provincia de Buenos Aires. Que a la muy firme candidatura de Julio Cobos se le agrega la de su Némesis, Elisa Carrió. En síntesis, si prospera la sanción de la nueva ley, ésta puede agrupar a la oposición. Y, lo que es más grave para el kirchnerismo, el peronismo disidente podría alcanzar el umbral de afiliaciones, dividiendo así lo que se busca concentrar.

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