martes, 8 de septiembre de 2009

Vientos de cambio en el sistema monetario internacional

ELArgentino
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POR MARIO RAPOPORT

04-09-09 / El 28 de agosto pasado ocurrió un gran acontecimiento económico que no recibió toda la cobertura merecida: los bancos centrales de los miembros del FMI, que son casi todos los países del mundo, recibieron un monto muy importante de reservas internacionales, emitidas por este organismo. Se trata de reservas en deg, sigla de la expresión en inglés “derechos especiales de giro”, que es una especie de moneda virtual, sólo existente en los registros del FMI, de sus miembros y de unas pocas instituciones internacionales autorizadas. Los deg se crearon a fines de la década de 1960, en circunstancias muy parecidas a las actuales. Pero más allá de las cuestiones técnicas, lo importante es que cumplen una función de moneda internacional, como el dólar o el euro, aunque en lugar de emitirse por decisión de un país o de un grupo de Estados nacionales, en función de sus objetivos particulares, los emite un organismo supranacional: el FMI. Dado que la mayoría de los países no emite dinero internacional y debe conseguirlo principalmente exportando o tomando préstamos, los bancos centrales tienen que guardar reservas de divisas que aseguren su capacidad de brindar las cantidades necesarias para pagar importaciones, intereses, reembolso de préstamos, etcétera, al exterior. Son esas reservas las que vienen a engrosarse con esta nueva emisión de 161.184 millones de deg, que multiplicado por su tipo de cambio de un deg igual a poco más de un dólar y medio, equivalen a u$s250.000 millones, los cuales se distribuyeron entre los países miembros en proporción a su participación en el capital del FMI. La decisión de emitirlos se anunció en la reunión del G-20 de abril pasado, celebrada entre los principales líderes mundiales de los países centrales y periféricos, para coordinar políticas frente a la brutal crisis mundial. Estos deg, se dijo, reforzarían las reservas internacionales, especialmente las de las naciones más afectadas por la salida de capitales, como las de Europa del Este, África y otras que habían implementado programas económicos neoliberales. Pero otra razón importante para crearlos es la fragilidad del dólar estadounidense y la creciente reticencia de China y otros países con grandes superávits en sus intercambios con el resto del mundo, de continuar acumulando una divisa debilitada. El caso de China es emblemático. Por un lado, tiene la mayor reserva mundial de dólares (cerca de 2 billones, lo que representa más de dos tercios de un año de la producción china). A esta situación se suma su excesiva tenencia de Bonos del Tesoro norteamericano. Desde septiembre del 2008 supera a Japón como el principal tenedor de esos bonos en el mundo. En ese momento China tenía 1 billón más que su vecino asiático, pero en mayo del 2009 las tenencias chinas eran ya de 801 billones contra 687 de Japón. El circuito primigenio que las genera es simple. Los chinos colocan sus mercancías baratas en los EE.UU., por las cuales reciben dólares con los que a su vez compran Bonos del Tesoro. Esto es lo que tiene por el momento atrapado al gigante asiático, entre la gran debilidad de la economía norteamericana y sus propias necesidades, y por eso están pidiendo insistentemente abandonar el patrón dólar y pasar a un patrón monetario universal. En marzo del 2009 el Banco Popular de China publicó un documento instando a crear una moneda de reserva verdaderamente internacional, desconectada de las decisiones individuales de cualquier país, y sujeta a reglas que conserven su valor en el largo plazo. Además, celebró tratados con los bancos centrales de numerosos países para apuntalar mutuamente sus reservas internacionales. Por otro lado, ya antes de la crisis el dólar había perdido la confianza internacional y los tenedores extranjeros de dólares, que vieron declinar su valor en más de un 30% desde el 2001, comenzaron a diversificar su cartera de divisas. Los bancos centrales de los más importantes países iniciaron también ese proceso de diversificación y el movimiento del dólar al euro como moneda de referencia se transformó en una realidad. En este punto la historia permite trazar paralelos con lo que sucedía hace casi cuatro décadas, cuando en 1969 entró en vigor en el FMI la creación del deg, esa divisa virtual. En esos años el dólar también atravesaba un período de atonía, que tarde o temprano llevaría a una devaluación respecto de la paridad de u$s35 la onza de oro, fijada desde 1933. Y sus socios comerciales superavitarios, especialmente De Gaulle en Francia, presionaban para que los Estados Unidos ajustaran sus gastos a sus posibilidades reales, bajo amenaza de pedir la conversión de las reservas en dólares por el oro que el Tesoro norteamericano guardaba en Fort Knox, y que supuestamente debía respaldar la moneda estadounidense. Al igual que en la última década, fue el gasto bélico el que inició la inundación de dólares en los años ’60. Actualmente, la guerra en Irak y Afganistán; en aquellos años, la de Vietnam y las de Medio Oriente, más la intervención en Santo Domingo y otros países latinoamericanos. A lo que se sumó la carrera espacial y armamentista disputada con la URSS, que puso al hombre en la Luna y al presupuesto en el subsuelo. Y, como añadido, los programas sociales para contener las protestas antibélicas y los reclamos de los menos favorecidos por el sistema, como los afroamericanos y los pobres. Ahora el salvataje financiero para cubrir la peor crisis desde los años ’30 y la emisión consiguiente superan esos gastos. Otro elemento común. La desvalorización del dólar y su abundancia a comienzos de los años ’70 azuzaron la especulación y aumentaron los precios del petróleo y otras materias primas; como también ocurrió desde el 2005 hasta el 2008, aunque la desregulación de las actividades financieras hizo posible alzas mucho más dramáticas y desestabilizadoras que las de aquel entonces. En 1969 la creación de deg, presentados como activos de reserva para aliviar la presión sobre el dólar, proveyó una solución más de compromiso que efectiva. Porque si bien las normas del FMI dicen que se espera “que el derecho especial de giro se convierta en el principal activo de reserva del sistema monetario internacional”, sólo se emitieron deg en cantidades insignificantes. Según Barry Eichengreen, esto se debió a que los Estados Unidos rechazaban cualquier activo que pudiera desplazar al dólar para las transacciones internacionales. Para apreciar la magnitud insólita de la emisión del pasado 28 de agosto, basta recordar que hasta ese momento las únicas emisiones realizadas (en 1970-1972 y 1981) totalizaban 21.400 millones de deg. Y si se agrega la dispuesta en 1997, se llegaba sólo a 43.000 millones de deg. Casi nada al lado de los 160.000 millones actuales. Por ahora, los deg pueden emplearse para unas pocas operaciones internacionales, mayormente entre bancos centrales de los distintos países miembros del FMI. Pero ya en los foros monetarios internacionales se habla de un mercado de deg, y de ampliar sus posibles usos. En tanto que la moneda representa el poder del soberano, esta emisión de deg puede leerse como una señal de cambios en el juego mundial de las hegemonías. Para conservar su poder, el hegemón debilita su moneda, y crea una contradicción que se resuelve por el propio peso de las cosas. John Maynard Keynes, que en Bretton Woods propuso la creación de una moneda internacional, vetada entonces por los norteamericanos, debería hoy sentirse reivindicado. Mario Rapoport Economista e historiador Investigador superior del Conicet

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