domingo, 13 de septiembre de 2009

Sensatez y sentimientos

Domingo, 6 de septiembre de 2009
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Su obra influyó gran parte de la literatura japonesa moderna. El mismo, en cierta forma, inauguró la literatura japonesa moderna. Natsume Soseki resume en Kokoro la fascinación por la literatura europea y la tensión que produce con el mundo propio, las rígidas relaciones sociales y los choques entre las ciudades y la vida campesina, todo en una novela de marcas tan indelebles como difíciles de olvidar.

Por Juan Pablo Bertazza

Kokoro Natsume Soseki Gredos 327 páginas

Una traducción de una traducción más auténtica que el original, una consecuencia lógica pero liberada de su causa. Así podría definirse la obra de Natsume Soseki (1867-1916), uno de los escritores más importantes de Japón que, pese a ser lectura obligada en colegios de ese país y a meter su cara en los billetes de 1000 yenes, no es tan conocido en estos lares, por lo menos en comparación con otras figuras más cercanas como Murakami, Ishiguro o Banana Yoshimoto. Algo extraño teniendo en cuenta que su aporte literario coincide con la irrupción de la literatura moderna que experimentó su país a fines del siglo XIX, en coordinación perfecta con un renovado interés hacia Occidente, en especial hacia escuelas europeas como el romanticismo y el naturalismo que fueron filtradas por la literatura japonesa de golpe y porrazo; es decir, lo que se conoce como el período literario del reinado del emperador Meiji (1888-1912).

Pero lo interesante es que en Soseki esa renovación tuvo mucha resistencia, muchos movimientos contrarios: peros, aunques, sin embargos; aquellos intersticios, en definitiva, donde termina de moldearse la mejor literatura. Cada uno de los movimientos europeos lo influyen, pero ninguno termina por convencerlo del todo; siente un metejón impresionante por la literatura anglosajona, pero luego se asquea de ella y de los ingleses que no saben observar la naturaleza; muestra una clara apertura hacia el mundo occidental, muy a tono con su época, pero no tarda en anunciar los riesgos que esa fascinación implica, sobre todo a la hora de perder identidad.

Esa misma mueca expresiva de quien no se decidió todavía por el cambio, pero también lo desea, se vislumbra a la perfección en un detalle aparentemente insignificante de Kokoro (de 1914, novela que corresponde al último período de este escritor, y cuyo título no fue traducido por tener tantas acepciones como el logos griego, aunque en el rango de “corazón”, “espíritu”, “alma”, “voluntad”, “sensibilidad”, “sentimientos”, etcétera). La novela arranca, ni más ni menos, cuando un joven descubre en una playa a un hombre misterioso al que aun antes de empezarle a hablar y perseguir no duda en llamarlo sensei (maestro). Pero algo determinante de esa fascinación es que lo ve acompañado de un hombre occidental que, a diferencia de otros hombres occidentales, parecía estar muy cómodo mostrando el torso, los brazos y las piernas. Ese personaje occidental no volverá a aparecer en todo el libro, pero marca a las claras la atmósfera no sólo de esta historia sino de las búsquedas literarias y hasta sociales a caballo entre el cambio y el miedo, entre la tradición y la modernidad, que sostenían las vigas de esa época en Japón. A la vez, Kokoro mezclará kimonos con ropa europea, elementos occidentales como el envío de telegramas y la historia de un amor tórrido con temáticas claramente orientales como la iniciación de un joven a partir de la experiencia de un hombre adulto que le muestra el camino de la sabiduría. Claro que en Kokoro hay, sin embargo, una pequeña variante de esto último: el maestro del joven –una especie de filósofo desocupado y misántropo– no parece para nada seguro de poder aportarle algo, a tal punto que se muestra muy reacio y reservado en cada uno de sus encuentros, sobre todo cuando el joven decide ir a buscarlo a un cementerio, donde el hombre asiste con frecuencia de ritual. “Expuesto una y otra vez a esas ligeras decepciones, me hallaba precisamente en una situación en la que no podía alejarme de sensei”, dice el joven una vez que conoce su casa, a su esposa, sus ideas y la voz de su maestro, pero no aquello que todavía lo mantiene expectante. Como si lo único capaz de asegurar el vínculo entre ellos fuera justamente lo que el maestro jamás se animaría a revelar. Mezcla y fascinación, atracción y repulsión marcan entonces los contornos de una relación exquisitamente contada que además de proponer un diagnóstico personal de la vida y del amor –a la manera, tal vez, de esa maravillosa película que es Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera–, lo hace de una manera tan hipnótica como ordenada, con lo cual no habría que dejar de agradecer no sólo su traducción sino también la muy buena y completa introducción de Carlos Rubio.

Kokoro es de esos libros que nos clavan una duda desde el título y se vuelven poco menos que adictivos; uno de esos libros que, no pasa muy seguido, dan ganas de leer toda una obra, aun cuando sea tan lejana.

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