miércoles, 9 de septiembre de 2009

El clientelismo mediático: Miradas sobre los relatos construídos por los medios

La ventana|Miércoles, 9 de septiembre de 2009
medios y comunicación

Dos miradas críticas sobre los relatos construidos por los medios. Una de un grupo de investigadores de Idaes-Unsam sobre las diferentes representaciones acerca de los jóvenes. Otra, de Juan Pedro Gallardo, argumentando a partir de un reciente estudio del Comfer sobre contenidos de la televisión abierta.

Por Juan Pedro Gallardo *

Con notable regularidad, la cadena privada de medios suele acusar que los movimientos políticos con amplia base social exhiben su condición de tales a causa del usufructo de las necesidades básicas insatisfechas de sus seguidores, que sin opciones a la vista quedan cautivos de dichas relaciones. Consustanciados con el ideal que robustece la autodeterminación racional del Yo, pulcros y bellos medios de comunicación descalifican las manifestaciones políticas de los sectores populares porque no nacen de una experiencia y saber acumulado en instituciones educativas formales o de respetables intereses surgidos de una posición de clase privilegiada.

Esa interpretación, que niega la existencia cultural de algunos y fragmenta la sociedad, suele acelerar su beligerancia cuando acceden a la conducción del Estado gobiernos que promueven la desconexión de los centros internacionales o nacionales de poder o que se identifican con los olvidados de siempre.

A partir de allí, los apoyos que obtenga no serán legítimos. Serán prebendarios si emanan de sindicatos de trabajadores y clientelares si florecen de organizaciones sociales o de pobres con destino tradicionalmente incierto.

La prebenda y el clientelismo coexistirán con alternancia en el relato para graficar un turbio mecanismo, donde un selecto grupo de inescrupulosos y ambiciosos se apropian, en su afán de acrecentar su gigantesco poder, de ignorantes almas perdidas a cambio de recursos materiales miserables.

Con las salvedades de algún caso por revisar, llama la atención no sólo la difusión de lo que H. Marcuse calificó como pensamiento unidimensional, aquel que por oposición al dialéctico transforma en cliché toda frase, acción o idea a través de la supresión de la crítica y la historia, con la finalidad de trocar las elaboraciones conceptuales por afirmaciones cristalizadas, propias de cualquier estrategia de marketing, sino que lo hace también la enorme contradicción que se devela cuando las relaciones de cautiverio descriptas son ejercidas por aquellos que las denuncian, mediante la defensa de la centralización horizontal y vertical de la estructura comunicacional dominante, que permite la neutralización de las voces disidentes y la correlativa sujeción de los espectadores a un discurso cerrado y único.

Descartando de plano la transferencia literal de significación, pero reconociendo la enorme influencia de los medios masivos en la creación de sentido, podemos observar cómo unas pocas corporaciones producen y comercializan los bienes simbólicos que consumimos los argentinos sin que la participación equitativa de los diversos actores pueda tener espacio.

La libertad de expresión y pluralidad de fuentes de información son derechos constitucionales que un contexto monopólico obtura irremediablemente. Un reciente trabajo de la Dirección de Supervisión y Evaluación del Comfer para el trimestre marzo-abril-mayo de 2009, titulado “Contenidos de la Televisión Abierta Argentina”, arrojó datos que revelan una concentración inédita difícil de encontrar en los EE.UU. o en países europeos o latinoamericanos.

Los de mayor trascendencia indicaron que el 67 por ciento de las emisiones que efectúan los canales del interior son retransmisiones de los canales ubicados en las ciudades de Buenos Aires y La Plata, como América, 9, 11, 13 y 7, sólo este último de gestión pública. En ese sentido, se observó con claridad que la producción nacional surge de la zona geográfica señalada.

Asimismo, en el total país se visualizó que la producción propia en los canales públicos es de un 61 por ciento del total de las horas que emiten, mientras que en los canales privados es sólo del 29 por ciento, con el dato sobresaliente para la región arriba aludida, donde los canales privados sólo producen el 38 por ciento de lo que emiten frente a Canal 7, que lo hace en el 91 por ciento.

Con respecto a los tipos de programas emitidos por el total de los 45 canales de TV abierta tomados para este estudio, quedaron en primer lugar con el 29 por ciento los de entretenimiento, seguidos por los noticieros, con el 20. Bien lejos se encontraron los educativos o de difusión cultural (3 por ciento).

A modo de conclusión, este documento destacó que el 83 por ciento de los contenidos que circulan por todo el espectro son emitidos por los canales de cabecera propiedad del Grupo Clarín y Telefónica, es decir, por Canal 13 y Canal 11, con un 36 y 47 por ciento respectivamente.

Como vemos, también en este rubro tenemos relaciones cautivas, con abuso de la parte más débil, con la grave especificidad de que en este caso la oferta y comercialización se reduce, cada vez más, a productos amarillistas, con alto grado de racismo e impregnados por una ideología neoliberal.

Revertir dicho proceso requiere urgente tratamiento, si se tiene por objetivo la construcción de una sociedad justa y democrática.

* Periodista. Asesor de Prensa y Comunicación de la Defensoría del Pueblo de la C.A.B.A. (Adjuntía Nº 4) y de la Unión de Trabajadores de Sociedades de Autores y Afines de la R. A. (UTSA).

© 2000-2009 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.

La ventana|Miércoles, 9 de septiembre de 2009
medios y comunicación

Jóvenes y desigualdad

Dos miradas críticas sobre los relatos construidos por los medios. Una de un grupo de investigadores de Idaes-Unsam sobre las diferentes representaciones acerca de los jóvenes. Otra, de Juan Pedro Gallardo, argumentando a partir de un reciente estudio del Comfer sobre contenidos de la televisión abierta.

Por Patricia Diez, José Garriga Zucal y María Graciela Rodríguez *

En el trabajo de campo que estamos llevando a cabo con jóvenes del conurbano ha surgido un dato que quisiéramos tomar aquí como punto de partida de una reflexión más amplia.

El dato refiere a una cierta distribución del espectro de boliches bailables de la zona donde habitan, según una organización imaginaria del mismo ámbito que hacen los propios jóvenes. Esta organización imaginaria relaciona, aunque no de modos lineales, clase social con boliche y/o circuitos de diversión.

Concretamente, los jóvenes de sectores medios califican a algunos boliches de “pesados” y sostienen su decisión de no concurrir afirmando que allí se arma “re-kilombo”, que hay peleas y consumo de drogas y de alcohol. Dicen preferir otro tipo de boliches porque, en conjunto, los “pesados” son “de negros”. La inversa también funciona: para los jóvenes de sectores populares, los boliches preferidos por los sectores medios son de “chetos”. Y el “cheto no se la aguanta”.

Que los circuitos de diversión se organicen a partir de delimitaciones nativas relacionadas con la “negritud” o la “chetitud” puede parecer en principio un dato banal. Pero el investigador está obligado a formularse otros interrogantes, que avancen más allá del sentido común. En este caso, nos preguntamos: ¿es que en los boliches “chetos”, los que no serían “de negros”, nadie se droga? ¿No hay peleas ni consumo abusivo de alcohol? ¿O será que hay otro tipo de consumos, sea de alcohol como de drogas, pero que quedan invisibilizados y naturalizados porque se ligan a la “diversión”? Y si es así: ¿qué mecanismos naturalizan estas prácticas en un ámbito y las estigmatizan en otros?

El dato –en apariencia– banal empieza a resultar interesante cuando es puesto en relación con otras investigaciones. Como una foto, que al revelarse comienza a mostrar de a poco otras conexiones. Y esas conexiones hablan más del estado de la cultura actual que de la propia foto. Mariana Alvarez está trabajando con las representaciones televisivas de jóvenes consumidores de drogas. Más allá de que toda consumición es ilegal, la televisión parece seleccionar modos diferentes de enmarcar esta práctica según la clase social de los jóvenes representados: muros descascarados, una intemperie hostil, colores amarronados y primeros planos de rostros pixelados en el caso de los jóvenes de sectores populares; lugares cerrados, colores brillantes y alegres, planos generales de gente bailando, son los elementos del encuadre de las escenas de jóvenes de sectores medios y altos. En ambos casos se trata de una práctica ilegal. Sin embargo, las representaciones difieren en los elementos que las enmarcan. Son representaciones que discriminan por el marco y que van dejando huellas en el imaginario acerca de los vínculos entre consumos, edad y clase social.

Y regresamos entonces al principio, al dato que muestra que los jóvenes que delimitan sus circuitos con la etiqueta de “boliches de negros”, organizan sus salidas y justifican esas calificaciones afirmando que los “negros” se drogan, se pelean, y abusan del consumo de alcohol. Mientras que los “chetos” se divierten. La huella, hecha carne, se convierte en frontera, espacial, pero también social.

¿Qué tipo de mecanismo está jugando allí, en estas representaciones extendidas? Entre las dos investigaciones hay un vínculo, a simple vista imperceptible, pero que aparece y le otorga densidad a la pregunta por la legitimación de la desigualdad por la vía de los discursos mediáticos.

Nos preguntamos entonces si la derogación de la Ley de Radiodifusión heredada de la dictadura, y su reemplazo por una ley de medios aggiornada y democrática, podría incidir de algún modo en este tipo de construcción simbólica. Y la verdad es que sospechamos que las rutinas periodísticas y los géneros narrativos están tan arraigados en el periodismo, que desmontarlos puede llevar décadas. De hecho, otra investigación pone de relieve una cuestión paralela. Es la realizada por Mercedes Mesia sobre la revista THC, dedicada a la difusión de la cultura de la marihuana y posicionada a favor de la despenalización de la droga. A pesar de que podría vislumbrarse cierta tendencia “progresista” en esta publicación, la revista cae en el mismo cliché: los sectores populares son representados como “negros”; y los sectores medios parecen no drogarse, sino sólo exacerbar la diversión.

No estamos postulando una relación lineal, mecánica y unívoca entre el discurso de los medios y las representaciones de los sujetos. Lo que sí nos interesa advertir es la espiral recursiva que se produce entre ambas dimensiones. Porque las formas que va tomando el imaginario sobre la juventud en la sociedad argentina actual, recae particularmente en los modos en que los mismos jóvenes perciben y organizan las fronteras en sus prácticas cotidianas. Y viceversa. Nos importa, entonces, señalar el papel legitimador que les cabe a los medios comerciales en esta construcción cultural de la desigualdad social.

* Investigadores Idaes-Unsam.

© 2000-2009 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.