domingo, 9 de agosto de 2009

Unasur, Uribe y la derecha continental

INTERNACIONALES

09-08-09 / La ausencia del mandatario colombiano en la cumbre de Quito sincera el papel de Bogotá como aliado estratégico de EE.UU. Por Eduardo Anguita eanguita@miradasalsur.com

Este lunes, en Quito, se reunirán los presidentes de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y tendrán una agenda muy diferente a la que reunió en Trinidad y Tobago, en abril pasado, a esos mismos mandatarios con Barack Obama, el nuevo titular de la Casa Blanca. Hace algo menos de cuatro meses, el tema principal era la reinserción de Cuba en el sistema interamericano y constituyó una señal de distensión de fortalecimiento de la integración regional. Mañana, en cambio, cuando se inaugure Quito como la sede definitiva de Unasur, se hablará de las bases norteamericanas en Colombia y del golpe de Estado en Honduras. Unos vientos del viejo sistema del Sur dependiente y sometido soplan en Latinoamérica. Álvaro Uribe se paseó orondo por la mayoría de los países miembros de esta nueva comunidad regional para explicar por qué albergará a militares para convertirse en una amenaza directa a las fronteras calientes que Colombia tiene con Ecuador y Venezuela. Uribe, desde ya, pegará el faltazo a la cita de Quito. Lo que es preocupante es que el mismo presidente colombiano da información a los medios en el sentido de que algunos presidentes se mostraron “comprensivos” y que “no quieren interferir en decisiones soberanas” de Colombia, como si fuera soberano que el ejército más poderoso del mundo se asiente a pocos kilómetros de un país petrolero –Venezuela– que tomó el camino del socialismo del siglo XXI. Concretamente, Uribe dijo eso de la chilena Michelle Bachelet y del paraguayo Fernando Lugo. Uribe visitó a Cristina Kirchner y no dieron información oficial tras el breve encuentro que tuvieron en la Casa Rosada el miércoles pasado. Se sabe que la Presidenta argentina está en contra de esa decisión de Colombia y que, además, tuvo la iniciativa de viajar a Washington para acompañar al depuesto presidente de Honduras Manuel Zelaya tras el golpe de Estado en ese país. Cristina Kirchner no está sola en esa postura. Muy por el contrario, Lula da Silva, Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales han dado muestras contundentes de rechazo a esta decisión.

Militarismo, petróleo y drogas. La plata que el narcotráfico mueve es formidable. Es una de las fuentes principales del lavado de dinero en el mundo que, según el Departamento de Información Pública de las Naciones Unidas, mueve cien mil millones de dólares al año. Una tarea imposible de hacer sin la participación activa del sector financiero más concentrado, cuyo corazón está en las principales ciudades de Estados Unidos. A su vez, Colombia fue históricamente el país productor y comercializador de cocaína hacia ese país, que es el principal consumidor del mundo. Con esos datos en la mano, no resulta extraño que Colombia haya sido el principal país receptor de “ayuda” militar norteamericana en los últimos quince años. Para darle contexto, el cuarto en el mundo, después de Israel, Egipto y Pakistán. Pero así como Irán o Irak tienen petróleo, también hay petróleo en Venezuela, país al que apuntarán las bases norteamericanas que Uribe pretende instalar.

Doblar la apuesta. El último vuelo operativo de las naves estadounidenses desde la localidad ecuatoriana de Manta fue el pasado 17 de julio. Los militares norteamericanos tienen plazo para dejar Ecuador el 15 de septiembre. Lo que Washington podría haber vivido como una derrota lo convirtió en un desafío mayor: Uribe expresa la decisión de que el Sur no puede jugar a independizarse del Norte. Sobre todo cuando Venezuela ya consagró una serie de estatutos constitucionales que crean mecanismos genuinos de estatización de grandes compañías privadas para profundizar un modelo que el chavismo denominó “socialismo del siglo XXI” y que no ataca la propiedad privada nacional, sino la de los intereses monopólicos extranjeros. Un modelo que está sometido a las urnas y que no limita la participación de partidos opositores. La base de Palanquero, en Puerto Salgar, al centro del país, es la mayor. La de Apiay, un poco más al sur, en la región de Meta, y la de Malambo, en el departamento Atlántico, conforman un semicírculo que apunta a Venezuela. Una particularidad: la base de Malambo está cerca del municipio venezolano de Zulia, en manos de opositores a Chávez, donde crecen ideas de separatismo. La frontera de estos dos países tiene, cada tanto, hitos de conflicto. Muchas veces los personeros de Uribe crean la figura de “narcotraficantes” o “terroristas de las Farc” que van y vienen de los dos países para justificar posibles incursiones. Los paramilitares colombianos son vistos en muchas oportunidades en territorio venezolano. Como son “civiles” no pueden ser tratados como soldados en operaciones. Sin embargo, la presencia militar norteamericana, directa, sin disfraces de agentes civiles, creará un clima nuevo con sabor al viejo intervencionismo directo. Hay una oleada de la derecha, que combina a viejas oligarquías con nuevas expresiones de multimillonarios con apetencias presidenciales y contactos con los poderes de lobbies norteamericanos. Por otra parte, en Estados Unidos, no todos están dispuestos a alinearse con la política de Obama. La mismísima Hillary Clinton tuvo como asesores en política exterior a figuras que hoy son partidarias de las bases en Colombia. Su marido, Bill Clinton, siendo presidente fue quien concretó el llamado Plan Colombia, una mascarada para tener presencia física en la región. El vicepresidente norteamericano Joe Biden, siendo senador demócrata fue un entusiasta defensor de la guerra contra las drogas y la guerrilla colombiana. Una situación que pondrá a Obama, en estos días, ante la primera decisión grave de su gobierno en lo que respecta al continente: él es el presidente de un país armamentista, representante de los intereses de las corporaciones privadas globales con sede en su país y de una inmensa maquinaria estatal que deja un margen no siempre grande para que el inquilino de la Casa Blanca se convierta en un amante de la paz. Por eso, los mandatarios latinoamericanos que se reúnan en Quito deben tener presente que sólo con unidad y firmeza pueden balancear y oponerse a esta escalada.