jueves, 6 de agosto de 2009

El mito agrario en la Argentina y el aporte canadiense POR FEDERICO BERNAL

06-08-09 / Durante las últimas décadas del siglo XIX, las vastas y deshabitadas praderas de Australia y América del Norte (Canadá) al igual que las pampas argentinas en el Río de la Plata fueron testigos de una profunda transformación. En pleno auge industrial, Europa -y fundamentalmente el centro industrial de la época y principal consumidor de trigo, carne y aceites, Gran Bretaña- exportó las libras y los inmigrantes necesarios para adaptar la producción del Nuevo Mundo a su pujante demanda. Las nuevas tierras fueron así inundadas con inversiones en ferrocarriles, puertos, sistemas financieros y comerciales que permitieron a los flamantes centros agro-exportadores manejar y transportar su producción al Viejo Mundo. La periferia antes colonial se insertó así en la economía mundial. Pero a diferencia de lo que habitualmente se cree, el grado de penetración inglesa, sus repercusiones y el tipo de respuestas brindadas entre los países receptores fue absolutamente diferente. Las causas de tales diferencias provinieron de las propias particularidades de sus clases dominantes, en el nivel de industrialización doméstica y en el poderío estatal ostentado entonces por cada país. En efecto, el boom de la demanda mundial de granos y de cultivos industriales de las últimas décadas del siglo XIX, encontró en Canadá y en la Argentina dos países marcadamente distintos. Si la Argentina accedió a convertirse en el granero del mundo subordinando su industrialización y convirtiéndose en una semicolonia inglesa, Canadá aprovechó su potencial agrario para profundizar su industrialización y consolidar su unidad política con fines defensivos, tanto geopolíticos como económicos. No obstante y para aquellos que -engañados por la supuesta similitud o superioridad del PBI- acostumbran comparar y asemejar a la Argentina de fines de siglo pasado con algunas potencias de la actualidad, sírvanse saber que el único paralelismo viable se limitó simplemente al aprovechamiento de la oportunidad histórica que por entonces representaba la coyuntura internacional. Con este propósito, sus clases dominantes se lanzaron a la obtención del máximo provecho que la situación les obsequiaba, pero que simultáneamente les permitiera acumular riqueza y consolidar su posición elitista. En Canadá, esta estrategia se basó en un magnífico programa de desarrollo agrario, comandado por el Estado y subordinándolo al desenvolvimiento y a la consolidación del sector industrial. Estado y agricultores se fundieron así en una alianza de acero: el cooperativismo rural, alianza que potenció al sector a extremos impensados. En pocas palabras, fue el interés nacional y popular del pueblo canadiense lo que determinó el desarrollo agrario en ese país. Contrariamente, las clases dominantes de la Argentina -históricamente vinculadas al comercio exterior de materias primas- usufructuaron la demanda mundial para consolidar su status socioeconómico y retrasar primero y anular después cualquier atisbo de industrialización a escala nacional. Sin embargo, la historia demuestra que al atentar contra el desarrollo de un capitalismo industrial, las élites argentinas atentaron también contra un normal proceso de expansión agrícola-ganadero, sentando las bases de su posterior estancamiento. Justamente y a contramano del mito agrario, no fue la aparición del populismo industrial de la década del ´40 lo que frenó el crecimiento del país distanciándolo de su ingreso divino al Primer Mundo, al que por ejemplo sí accedían Canadá y Australia. Tampoco fue el populismo industrial quien sembró los gérmenes de la atrofia agraria argentina. Al comparar el desenvolvimiento agrario argentino entre 1880 y 1940 con el de otras potencias agrarias contemporáneas -pero utilizando como parámetro al trigo-, el resultado arroja un desempeño no sólo magro en todo el período estudiado, sino que los signos de paralización y rezago aparecen tan tempranamente como a comienzos del siglo XX. ¿Las causas? Un análisis comparativo con Canadá permite concluir que las divergencias entre este país y la Argentina en el sector agrario obedecen a la carencia simultánea de: 1) un capitalismo industrial y financiero propio; 2) una economía diversificada y territorialmente aglutinante; 3) un Estado protagonista y promotor en lo económico y social; y 4) un Estado igualmente protagonista en el sector agrario. Obedecen, asimismo, a la presencia simultánea de las siguientes barreras: 1) su desvinculación de las ex colonias hispanoamericanas en un país cultural, económica y políticamente infundado; 2) un sistema de tenencia de la tierra concentrado, elitista y latifundista (nula democratización de la tierra); y 3) una minoría social de naturaleza oligárquica vinculada al control y usufructo de la renta estratégica nacional, la renta agraria. Federico Bernal Director Centro Latinoamericano de Investigaciones Científicas y Técnicas (CLICET)

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