martes, 4 de agosto de 2009

¿Alcanza con el campo? POR ALDO FERRER

30-07-09 / Aceptemos, como afirma Aldo Ferrer, que “con el campo no alcanza” para el pleno desarrollo del país. En una nota reciente en un matutino de esta Ciudad, el ingeniero Héctor A. Huergo, parte de ese reconocimiento de mi punto de vista para formular el suyo sobre el papel del agro y la industria en la economía argentina. El comentario es significativo, por tratarse de un dilema no resuelto a lo largo de nuestra historia y por la relevancia de su autor y solidez habitual de sus argumentos, en la defensa del campo. Además, en pleno desarrollo de la 123ª Exposición Rural y la renovada evidencia del potencial agropecuario y el impulso innovador de los emprendedores del sector, es oportuno volver a la cuestión que destaca Huergo. El campo ha ocupado, desde siempre, una posición central en la economía argentina. Su integración en el mercado mundial, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, se realizó precisamente sobre la base de la producción y exportaciones de productos agropecuarios. Compartimos la experiencia con otros dos grandes espacios abiertos del “Nuevo Mundo”, los Estados Unidos y Canadá y otro de Oceanía, Australia. En esos tres casos más el nuestro, la ocupación y puesta en explotación de las fértiles praderas, fue fundamental en el poblamiento del territorio y el aumento de la producción rural y las exportaciones. Lo que diferencia la experiencia argentina de las otras tres es que, en éstas, las sociedades y sus gobiernos comprendieron, tempranamente, que el campo era un sector fundamental de su riqueza, pero que “no alcanzaba”. Por eso, desplegaron, simultáneamente, el desarrollo del campo y de la industria, a partir de políticas promotoras de ambos sectores. Para sostener su desarrollo industrial, los Estados Unidos fueron el país más proteccionista del mundo, todo el siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial. Los otros dos, siendo formalmente dependencias del Imperio Británico y con poblaciones menores a la nuestra, también defendieron sus mercados internos, su industrialización y empresas nacionales. La Argentina no. Nuestro país se adhirió incondicionalmente a la división internacional del trabajo articulado por la potencia hegemónica, Gran Bretaña. Así se organizó el modelo primario exportador, fundado sobre el principio que, con el campo “alcanzaba”, para el desarrollo del país. Las razones que explican nuestro distinto comportamiento reflejan la debilidad relativa de la densidad nacional argentina. Son causas complejas y de ellas me he ocupado en otras partes (“La economía argentina: desde sus orígenes hasta principios del siglo XXI”.F.C.E, 2008). La debilidad de una economía subindustrializada en la Argentina se hizo evidente durante la crisis de los años ’30 y la guerra mundial. En 1930, nuestro ingreso per cápita era todavía semejante al de Canadá y Australia. En 1945, ya estábamos entre un 30 y un 40 por ciento detrás. Como nunca resolvimos el problema, en el 2002 la diferencia era del 65 por ciento. En definitiva, el campo “no alcanza” por dos razones principales. Primero, porque, toda la cadena agroindustrial emplea alrededor de 1/3 de la fuerza de trabajo. Sin industrias y el pleno desarrollo de todas las regiones, nos sobraría la mitad de la población o funcionaríamos con un alto desempleo y condiciones insoportables de inseguridad, en el campo y en las ciudades. En parte, esto nos viene sucediendo. Segundo, porque el desarrollo descansa en la capacidad de gestionar el conocimiento e incorporarlo en todo el tejido económico y social. Para ello, es preciso contar con una estructura diversificada y compleja, que incluya los principales conocimientos y tecnologías de frontera. El hecho que todavía hoy nos estemos formulando la pregunta de esta nota, es una originalidad argentina. La cuestión está nuevamente presente en la actualidad, como consecuencia de la expansión de la demanda de alimentos y energías no convencionales en el mercado mundial. Esto ha revivido la ilusión que, sobre esas bases, el campo argentino se puede poner el país al hombro y sacarlo adelante. No, no puede. Basta con observar lo que pasó en la década del ’90, cuando ya estaba en pleno despliegue la revolución tecnológica en el campo argentino, la explosión de la soja, un aumento espectacular de la producción de cereales y oleaginosas, en un promisorio mercado mundial. El campo no pudo evitar la crisis de toda la economía y, antes bien, también la soporto, con altos niveles de endeudamiento e incertidumbre. Desgraciadamente, no aprendimos de la experiencia y nos metimos en este interminable conflicto entre el campo y el Gobierno. El debate está cargado de prejuicios y memorias del pasado. Para, al menos una parte de la opinión “progresista”, el campo de hoy es el heredero del régimen oligárquico, del fraude, los golpes de Estado y la subordinación a la potencia imperial, primero Gran Bretaña, luego los Estados Unidos. En la actualidad, el agro, sus bases sociales, la organización de los recursos, la tecnología, la inversión, el financiamiento, poco tienen que ver con ese pasado. Todo o casi todo ha cambiado. En la cadena agroindustrial operan actualmente muchos de los mejores emprendedores, innovadores, creadores de riqueza, artífices de la “agricultura de precisión” que, hoy, produce en la frontera del conocimiento. Subsisten muchos problemas que deben resolverse. Como ejemplos figuran las asimetrías y desigualdades al interior del sector, posiciones dominantes en las cadenas de valor, desequilibrios regionales, insuficiente participación de los insumos nacionales en los paquetes tecnológicos que han transformado la cadena agroindustrial. Pero, en las condiciones actuales, los reclamos del campo no provienen necesariamente de los que lo tienen todo y quieren más. Son parte de una realidad compleja que tiene que ser atendida, para desplegar todo el potencial productivo existente, con un fuerte sentido nacional y solidario, El ruralismo, por lo menos, en su versión fundamentalista, es portador de otros prejuicios. Por ejemplo, aquel, según el cual, el productor rural es eficiente y el empresario industrial un prebendario, que lucra con los subsidios que se financian con el dinero que se quita, injustamente, al campo. En verdad, es inconcebible que, en la misma sociedad, los emprendedores, criados en el mismo medio, con la misma cultura y valores, salgan buenos en el campo y malos en la industria. Incluso que esto suceda en la misma persona, en los casos, frecuentes, de empresarios industriales que son, también, productores rurales. En realidad, la operación y resultados en el campo y la industria son también consecuencia de las condiciones propias de cada sector, incluyendo, en el campo, el peso decisivo de la oferta de recursos naturales. Pero volvamos a Huergo. Si la opinión ruralista acepta su reconocimiento que con el campo “no alcanza”, puede cambiar el contenido del debate y su desarrollo, en cuestiones tan complejas y puntuales como las retenciones y el tipo de cambio. Los países, como el nuestro, en los cuales sus recursos naturales son el origen principal de sus exportaciones, registran presiones a la baja de la paridad de sus monedas con el dólar y otras divisas. La explotación del recurso natural goza de una ventaja competitiva internacional no accesible al resto de la economía. Por lo tanto, la paridad suficiente para la rentabilidad de esa actividad no alcanza para la competitividad del resto de la economía, productora de bienes y servicios comercializados internacionalmente. A su vez, si la paridad es consistente con la rentabilidad de las otras actividades, se genera una renta exagerada en el sector que exporta bienes originados en la abundancia relativa de recursos naturales. En nuestro país el dilema se agrava porque la Argentina exporta el mismo tipo de bienes que consume. Por lo tanto, un tipo de cambio exageradamente alto para la producción primaria aumenta los precios relativos de la alimentación. En otros términos, el tipo de cambio es una variable crítica de la distribución del ingreso y del salario real. Es preciso así aplicar una política cambiaria que tome en cuenta estos desequilibrios de la estructura económica argentina, como proponía Marcelo Diamond, para asegurar la rentabilidad del campo y la industria y la equitativa distribución del ingreso. Pero, en la práctica, la discusión sobe las retenciones se realiza en términos de distribución de una renta, en lugar de tratar la necesidad de contar con tipos de cambios diferenciales, para darle competitividad a toda la producción de bienes transables, desde la soja hasta las manufacturas complejas. La diferencia entre uno y otro, son las retenciones. Como sucedió en otros momentos, pueden eliminarse las retenciones, colocando el tipo de cambio al nivel competitivo para la soja y la actividad primaria. En ese caso, como lo demuestra la experiencia, son inevitables la contracción industrial, el desempleo, el aumento de la pobreza y los desequilibrios inmanejables en el presupuesto y pos pagos internacionales. En resumen, el tratamiento de las retenciones es indivisible del nivel de tipo de cambio y la estrategia económica. Siendo esto así, lo que debe resolverse son los problemas de costos y otras circunstancias que determinan la rentabilidad de los sectores, para adecuar las retenciones a los datos cambiantes de la realidad. Y, también, el reparto equitativo de los ingresos fiscales que resultan de las mismas. De una buena vez debemos admitir que el país tiene la fortuna de disponer de una formidable dotación de recursos naturales para la producción agropecuaria, con productores competentes capaces de gestionar los conocimientos de frontera. Y, al mismo tiempo, del talento, el mercado interno y los recursos necesarios para constituir una amplia y diversificada base industrial, abierta al mundo y competitiva. Las condiciones son ahora propicias para poner en marcha una estrategia de desarrollo integrado del campo y la industria y formar cadenas de agregación de valor con la participación creciente de insumos, bienes de capital y conocimientos argentinos. Se trata, de abrir espacios de rentabilidad difundidos en todo el tejido productivo del país y su extenso territorio, de tal manera que el destino más rentable y seguro del talento y del ahorro argentino esté aquí mismo. El desarrollo integrado del campo y la industria es así una condición necesaria para erradicar definitivamente la fuga de capitales y de cerebros. Éstas son cuestiones centrales que deberían tratarse en el proyectado Consejo Económico y Social y ser objeto de un amplio debate en el Congreso. Director Editorial de Buenos Aires Económico