viernes, 17 de julio de 2009

¿Por qué no se dejan de joder y fornican de una vez, en lugar de hacerlo con palabras?”.

Ecce Donna

Por Juan Forn
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El año es 1958. Pier Paolo Pasolini y Laura Betti acaban de conocerse por intermedio de Alberto Moravia y Elsa Morante, la pareja estrella de la intelectualidad romana. La Betti viene huyendo de la corrección provinciana de Bolonia con su electrizante unipersonal de music-hall. Pasolini ha llegado a Roma para ser el escritor que el Friuli le impidió ser (además de arrebatarle su cargo de maestro en un ignominioso proceso judicial). Los dos se han reconocido instintiva e instantáneamente como almas gemelas, en esa Roma que ya es casa tomada por la dolce vita que Fellini en breve habrá de inmortalizar en celuloide (Fellini le regalará a Pier Paolo su primer coche, un Fiat 600, en agradecimiento por haberle presentado a la Betti, a quien colocará en Las noches de Cabiria primero y en La dolce vita después, permitiéndole en esa ocasión que se escriba ella misma los parlamentos de su personaje).

Los paparazzi la han bautizado La Giaguaro (“La Mujer Jaguar”) por su casquete rubio platinado y sus ojos estirados por el maquillaje como dos comas hacia las sienes. En su show Giro a vuoto (que podría traducirse como “giro de 360 grados” o “yiro absoluto”) canta textos escritos especialmente para ella por Moravia, Italo Calvino, Vittorio De Sica, André Breton y Pasolini (“Ballata dell suicidio”), musicalizados por Kurt Weill, Nino Rota y hasta Igor Stravinsky. Según la prensa, la Betti ha inventado una nueva forma de glamour, combinación de provocación y desprecio que deja sin aliento a su platea. La noche en que se conocen, es ella quien toma la iniciativa. Encara a Pasolini, que lleva un rato largo mirándola de lejos con los anteojos puestos, y le dice: “¿Qué es lo que te da miedo de mí?”. Horas después, colgada de su brazo y a la deriva por la inconsumible noche romana, lo presenta como “mi marido”. El acepta el juego: poco después se la presentará a Jean-Luc Godard, a Roland Barthes y a muchas personas más como “mi mujer no carnal”.

Lo que empezó como un juego, un desafío a los prejuicios de la época, fue haciéndose cada vez más bizarramente cierto con el tiempo. Acompañarse no se reducía a farandulizar: Pasolini llevaba sus ragazzi di vita al departamento de Via del Babuino, donde la Betti vivía como una reina y recibía todas las noches a su claque de amigos, amantes y fans. La cocina era el VIP, y muchas fiestas terminaban cuando Pier Paolo y la Betti se encerraban ahí a conversar, dejando a los invitados sin comida ni bebida. Otras veces se peleaban a gritos delante de todo el mundo, con insultos vertiginosos e implacables. Elsa Morante les dijo una vez, cuando ya la tenían harta: “¿Por qué no se dejan de joder y fornican de una vez, en lugar de hacerlo con palabras?”.

Pero cada vez que Pasolini era llevado a los tribunales (por su novela Una vida violenta, por su película Accatone, por sus incursiones nocturnas por el Trastevere), acusado de “psicópata del instinto”, de “anómalo sexual”, de “amenaza social”, la Betti estaba siempre en primera fila, mirándolo sin parpadear para darle apoyo. Según Pasolini fue ella quien le regaló el hoy famoso verso “a un inocente no se le cree nunca” en una de esas batallas judiciales.

Con pocas personas se confesó Pasolini como con la Betti. Nomás conocerla le había dicho: “No puedo permitirme equivocarme en ninguna de mis obras. Mis enemigos me despedazarían y mis amigos dejarían de estimarme”. Pero “La Jaguara” fue de todo menos tolerante con él. Cuando él conoció a Ninetto Davoli y empezó a ir todos los días al gimnasio, ella lo increpó: “¿Dónde ha quedado toda aquella ternura dulcificada? ¿Prefieres ponerte la máscara de los músculos, como Mishima?”. Cuando una úlcera perforada lo postró en cama durante meses y volvió a escribir, la Betti le dijo: “Me parece que no entiendes que eres un poeta. Ante ese hecho, el cine se convierte en un pálido sucedáneo, que sólo ofrece satisfacciones mundanas. Te prefiero como poeta antes que como cineasta, aunque me detestes por eso”. (También Italo Calvino le decía lo mismo: “¿Es posible que no consigas abandonar el cine y la publicidad que se deriva de él para volver a ser el escritor que, ante todo, eres?”)

Pero cuando Pasolini presentó El Evangelio según Mateo en el Festival de Venecia y otorgaron el León de Oro a El desierto rojo de Antonioni, fue la Betti (que, por supuesto, estaba a su lado, además de haber actuado en la película sin figurar en los créditos) la que consoló a Pasolini cuando éste anunció que abandonaba el cine. Fue ella quien le hizo ver que por fin había llegado al lugar donde quería llegar, que por fin podía filmar lo que quería. “¡Puedes hacer la vida de Gramsci! ¡Si se te antoja, puedes hacer hasta esa porca película sobre San Pablo!”

Pasolini no hizo ni la una ni la otra pero, como sabemos, no abandonó el cine. Tampoco dejó de apelar a la Betti como actriz: primero le pidió que estuviera a su lado cuando armó, para las películas grupales Capricho a la italiana y Las brujas, el insólito dúo actoral de Totò y Ninetto (“Ayúdame a orquestar estos conciertos para Stradivarius y pito”). Después, en Teorema le dio el papel de la sumisa empleada doméstica que le valió un premio a la mejor actriz en Venecia y que acabó con la paciencia de él (ella había amenazado suicidarse en medio del rodaje: “Niego haber tenido un comportamiento que no fuera poético. Y no puedo creer que tan luego tú no entendieras eso”).

Aunque estuvieron casi dos años sin hablarse (“Extraño tus sublimes faltas de sensibilidad, añoro tu angustia egoísta. ¿Por qué no quieres verme?”), ella volvió a su lado cuando él la necesitó en Saló (“Nadie quiere actuar en esta película. Quieren dejarme solo”). Y la última vez que se vieron, la tarde del 1º de noviembre de 1975, sólo horas antes de que lo asesinaran, también hablaron de cine: él quería convencerla de que aceptara hacer de Adolf Eichmann (¡!) en Porno-teo-kolossal, la delirante película-denuncia que quería filmar en Nueva York, Palestina y la China de Mao.

Desde 1975 hasta su muerte en 2004, Laura Betti dirigió la Fundación Pasolini (que ella misma había creado), coordinó la edición definitiva de sus libros, donó a la Cinemateca Italiana copias nuevas de todas sus películas, escribió un libro y filmó uno de los mejores documentales que existen sobre él (PPP, la razón de un sueño). Y hasta el final repitió la misma frase, cada vez que le preguntaban por él: “Su muerte me dejó sin histeria”. Sólo ella podía lograr que los millones de homosexuales que idolatran a Pasolini en el mundo la aceptaran como su viuda.

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