martes, 14 de julio de 2009

No fue un rayo en un día de sol. El cielo amenazaba tormentas desde mucho antes.

La restauración conservadora

No fue un rayo en un día de sol

Por Mario Rapoport -

Si bien es cierto que la historia no se repite, hay momentos en que es bueno recordar hechos del pasado que tienen cierto parecido con coyunturas actuales. No por las formas que asumió ni por su desenlace, más bien por hacer un poco de memoria sobre procesos y mecanismos que nos son útiles para entender mejor algunas cuestiones del presente.

En este sentido, un período de nuestra historia que despierta de nuevo el interés de muchos es la época de la restauración conservadora, la década de 1930, pero sobre todo el proceso previo que dio lugar al derrocamiento del presidente Hipólito Yrigoyen, más allá de sus aspectos militares que derivaron en un golpe de Estado. Aquí, la ya célebre frase de Federico Pinedo (“la revolución no llegó como un rayo en pleno día de sol”) cobra todo su sentido. Porque la acción militar, con ser decisiva, no fue el elemento fundamental que provocó la caída del gobierno.

Tampoco es posible atribuir la sola culpa, como muchos lo han hecho, a los errores o a la ineficacia del mismo, a la ya menguada capacidad del presidente, o a los apetitos de poder del círculo cada vez más restringido que lo rodeaba. La crisis económica mundial tuvo una importancia relativa porque sus principales consecuencias no se hicieron sentir de inmediato, aunque constituyó también un argumento esgrimido por los que se oponían al gobierno.

Así, por ejemplo, el editorial del diario La Nación del 1° de septiembre de 1930, poco tiempo antes del golpe del día 6 decía: “(...) Las naciones mejor organizadas sufren actualmente una crisis profunda en su economía. En Gran Bretaña, en Alemania, en los Estados Unidos, la desorganización asume proporciones riesgosas, de una crisis difícilmente soluble, que es la consecuencia de complejos factores de desajuste mundial.

Esos factores repercuten hondamente en la economía argentina, y si a su descuido, a la incomprensión de su trascendencia, a la inactividad para remediar sus graves proyecciones, se mezclan el desquicio político y la ausencia total de administración, de iniciativa, de propulsión en el trabajo y en el desarrollo de la riqueza, no tardaremos en padecer los resultados que conocen los países que se dislocan en la disolución.

Es lo que inquieta al pueblo, que se interesa por algo tan esencial como es la vida del país. La situación acaba por comprometer el nombre argentino en el exterior. Basta ver el juicio de la prensa en el extranjero. Los diarios más autorizados comentan con sorpresa el momento dramático en que ha caído la Nación por el desgobierno y disciernen con acierto sobre sus motivos reales.”

En realidad, el condimento principal, la causa determinante de la caída de Yrigoyen, radicó en la poderosa coalición de intereses económicos y políticos, que ya desde la asunción de su primer mandato, en 1916, y sobre todo desde el momento en que asume por segunda vez, en 1928, volcaron todos sus esfuerzos para desestabilizar al gobierno y crear el clima que facilitara su derrocamiento. Una de las razones era evidente y la diplomacia inglesa la caracterizó muy bien en un informe diplomático de los años ’40: “La experiencia de los gobiernos de Yrigoyen –decía el informe– había convencido a las ‘clases privilegiadas’ de la necesidad de unirse a fin de evitar el peligro comunista que esos gobiernos habían dejado desarrollar, ‘unión’ que pudo concretarse en el golpe militar de 1930”. (Foreign Office A3230/173/2 del 30/3/1942).

Que dicha amenaza existiese o no, realmente poco importa. Lo que interesa es lo que aquellos sectores percibían. Además, las características populares del yrigoyenismo y su mística caudillesca, basada no sólo en la personalidad de su líder sino en la alternativa que ofreció en su momento el nuevo partido político –expresión de nuevas capas sociales– respecto de las fuerzas conservadoras tradicionales, y que la Ley Sáenz Peña hizo posible, no fueron nunca plenamente aceptadas por aquellos a quienes desplazó y menos aún cuando las posibilidades de volver al poder por la vía electoral se fueron haciendo cada vez más remotas.

En realidad, Yrigoyen no afectó en lo esencial las bases del poder de esas fuerzas y en sus gabinetes ministeriales figuraron personajes ligados por diversos vínculos, incluso familiares, a las viejas “élites”. Alvear mismo, el sucesor del “caudillo” en 1922, es un ejemplo de ello. Pero mientras, se pensaba que algunas medidas del gobierno que satisfacían a las élites económicas dominantes –como el Tratado D’Abernon, antecesor por sus características del Pacto Roca-Runciman y firmado en 1929 por Yrigoyen– podían, y se verificó poco después, ser implementadas directamente por una administración conservadora; esos sectores manifestaban, en cambio, una gran preocupación por otras acciones o iniciativas de corte nacionalista, cuya expresión principal fueron las disputas con la Standard Oil y el proyecto de ley de nacionalización del petróleo.

Hoy resulta más claro que la escisión del antipersonalismo y la acción del mismo gobierno alvearista fueron los primeros intentos para quitarle al yrigoyenismo aquellos atributos que se consideraban peligrosos. El desprendimiento del socialismo independiente en el seno del “viejo y glorioso”, como sus dirigentes acostumbraban llamar al partido socialista, contribuyó, por el aporte de sus principales personalidades, de Tomaso y Pinedo, y sus efímeros éxitos electorales, a solidificar la alianza antiyrigoyenista que luego iría a plasmarse plenamente en la “Concordancia”, unión de fuerzas políticas que gobernó el país con Justo, Ortiz y Castillo.

El rol que la prensa, y en especial el popular diario Crítica –“incubadora de los socialistas independientes”, como lo satirizó en su momento Ramón Columba–, fue quizás más significativo de lo que se cree en el proceso de hostigamiento al gobierno y agrupamiento de las fuerzas opositoras: conservadores, radicales antipersonalistas y socialistas independientes. Lo interesante es que a ese juego se prestó también parte de la izquierda e, incluso, sectores internos del mismo yrigoyenismo, sin mencionar al futuro jefe del partido y ex presidente Marcelo T. de Alvear , que en un primer momento, y antes de pasar a la oposición, manifestó su acuerdo con el movimiento militar.

Es cierto que los civiles solos no hubieran podido derrocar a Yrigoyen y el recurso a los militares era un paso obligado. Es cierto también que diversos sectores militares conspiraban por sí mismos. Pero lo principal es que los dos sectores que dentro del ejército participaron en la revolución, el de Uriburu y el de Justo, agrupaban tras de ellos a fuerzas civiles y no hubieran podido triunfar sin ellas.

El golpe de Estado de 1930 no necesitó por ello un gran despliegue militar porque no fue el resultado de una acción fulminante y puntual, sino la culminación de un largo proceso de hostigamiento y “cercamiento” del gobierno de entonces. En él confluyeron, directa o indirectamente, sectores militares y civiles de distinto signo que por diversas razones estaban de acuerdo con la caída de Yrigoyen. Federico Pinedo tuvo aquella vez razón. El cielo amenazaba tormentas desde mucho antes.

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