martes, 14 de julio de 2009

La crisis, los economistas y los historiadores

La crisis, los economistas y los historiadores

Publicado por Anaclet Pons en Julio 14, 2009

Lord Robert Skidelsky, profesor emérito de economía política y autor de una célebre biografía de John Maynard Keynes, escribe en el Financial Times un texto (Economists clash on shifting sands) en el que alude a la polémica entre Niall Ferguson y Paul Krugman sobre los efectos del creciente gasto público.

Robert Skidelsky

La historia, dice, está repleta de célebres batallas intelectuales. En las ciencias naturales, por lo general han dado lugar a victorias decisivas, con la buena ciencia triunfando sobre la mala. Hay pocos astrónomos ptolemaicos o creyentes en la teoría de la combustión basada en el principio del flogisto. En las ciencias sociales, la situación es diferente. Ha habido muchas batallas famosas, pero no decisivas victorias. De hecho, es característico de las ciencias sociales que sus batallas sean interminables y que las derrotas temporales sean seguidas por el reagrupamiento de las fuerzas vencidas para un nuevo asalto.

Que la economía no es una ciencia natural se desprende de los combates inconclusos que han jalonado su propia historia. Hace un siglo la teoría clásica reinaba suprema. “Demostraba” que el libre mercado se autoregulaba de forma automática al pleno empleo. Tendía continuamente al pleno empleo o, si era perturbado por una sacudida externa, regresaba rápidamente a él. La única cosa capaz de malograr el funcionamiento de la mano invisible del mercado era la mano visible de la injerencia del Gobierno.

Luego llegó la Gran Depresión de 1929-32 y John Maynard Keynes. Keynes “demostró” que los mercados no tenían tendencia automática al pleno empleo. Este defecto de la mano invisible justificaba las políticas gubernamentales para mantener el pleno empleo.

Durante más o menos 30 años el keynesianismo gobernó las riendas de la economía – y de la política económica. Harvard fue reina y Chicago fue la nada. Pero Chicago sólo se estaba lamiendo las heridas. En la década de 1960 pasó al contraataque. El nuevo asalto fue dirigido por Milton Friedman, seguido por una pléyade de jóvenes e inteligentes discípulos. Lo que hicieron fue volver a la teoría clásica. Sus “pruebas” de que los mercados se autoajustan instantáneamente, o casi instantáneamente, al pleno empleo eran aún más impresionantes porque ahora contaban con las matemáticas. Expectativas adaptativas, expectativas racionales, la teoría del ciclo económico real, la teoría de la eficiencia de los mercados financieros – todo se esparció fuera de la línea de montaje de Chicago, y a sus inventores se les otorgaron Premios Nobel.

Ningún político entiendía de matemáticas, pero recibieron el mensaje: los mercados son buenos, los gobiernos malos. Los keynesianos estaban en retirada. Con Ronald Reagan y Margaret Thatcher se abandonaron las políticas de pleno empleo keynesianas y los mercados fueron desregulados. Luego vino la casi Gran Depresión de hoy y la batalla se reanudó.

Los habituales de la blogosfera saben que el asunto de moda es el efecto de “estímulo”. Los lectores del FT han podido captar algo de la intensidad de esta batalla en la columna que escribió Niall Ferguson el 30 de mayo, titulada “A history lesson for economists in thrall to Keynes”. Ferguson y el Profesor Paul Krugman, economista y columnista del New York Times, habían cruzado previamente sus espadas en un simposio público en Nueva York el 30 de abril. El historiador ha afirmado que los grandes déficit fiscales elevan a largo plazo los tipos de interés. Esto implicaba que tendría un efecto estimulador cero: el gasto público simplemente “hunde” el gasto privado. Un enfurecido Krugman respondió en su blog que Keynes había demostrado que dicha exclusión sólo puede producirse con pleno empleo: si hay recursos inutilizados, el déficit fiscal no aumenta los tipos de interés sin expandir la economía. Los comentarios impropios del profesor Ferguson sólo confirman, según Krugman, que “estamos viviendo en la Edad Oscura de la macroeconomía, en la que se han olvidado los conocimientos que tanto nos ha costado adquirir” [la polémica].

Sin embargo, éste no es un debate entre economistas y historiadores. Es una batalla dentro de la profesión económica – entre los neoclásicos y los neokeynesianos. Lo fascinante es que es una repetición casi exacta del debate entre Keynes y el Tesoro británico en 1929-30. El Tesoro era de la opinión de que la financiación pública con la emisión de bonos financiados suponía disminuir el gasto privado en una cantidad igual. Keynes respondió que, si esto fuera verdad, se aplicaría a cualquier nuevo acto de gasto privado. “En resumen, la creencia fatalista de que nunca podrá haber más empleo del que hay es totalmente infundada”.

Más tarde el Tesoro se retiró a una posición más defendible. El peligro adicional del gasto gubernamental, llegó a afirmar, no radica en el efecto “físico” de exclusión de otros recursos, sino en su efecto “psicológico”. Si surgen dudas sobre la solvencia del gobierno – una preocupación que Krugman ha reconocido - podría dar lugar a la fuga de capitales, que elevarían el coste de los empréstitos públicos.

¿Estamos condenados a repetir los mismos argumentos una y otra vez? En este debate, estoy del lado del profesor Krugman, pero no estoy de acuerdo en que el profesor Ferguson represente un regreso al flogisto en los debates sobre la economía. Esto sería tomar a la economía como una ciencia natural, lo que Keynes nunca creyó que fuera, porque pensaba que su materia era demasiado variable con el tiempo.

Keynes fue de la opinión de que tenemos diferentes modelos económicos en momentos distintos. La belleza de su Teoría General del empleo, el Interés y el Dinero radica en que era lo suficientemente general como para dar cabida a una variedad de modelos aplicables a diferentes condiciones. Los mercados podrían comportarse de la manera descrita por clásicos y neoclásicos, pero no necesariamente. Por tanto, es importante tomar precauciones contra el mal comportamiento. En última instancia, la revolución keynesiana no fue un triunfo de la buena ciencia sobre la mala, sino de un buen juicio sobre otro malo.

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