lunes, 6 de julio de 2009

Ganadora del Premio Nueva Novela a los 85 años

Aurora Venturini, a dos años de haber ganado el Premio Nueva Novela

“Soy prisionera de mis ficciones”

La autora se muestra orgullosa del camino que ha recorrido su libro. “Quería un mundo a la manera de mi imaginación creadora”, dice esta joven de 87 años que no deja pasar ni un solo día sin escribir. De hecho, Las primas ya tiene sucesora, aún inédita: Yuna y las lunáticas.

Por Silvina Friera
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El libro de Venturini, galardonado por Página/12, ya ha sido leído por 80 mil personas.

La voz ronca de Aurora Venturini, esta muchacha peronista sin edad que por esos accidentes burocráticos del destino tiene 87 años, transita de la escala del grave a un agudo apenas audible cuando se sorprende. Hace dos años, esta escritora nacida en La Plata en 1922 salió de un relativo anonimato, a pesar de que llevaba publicados más de treinta libros en muchas “ediciones de cabotaje”, con una obra maestra, la novela Las primas, ganadora del Premio Nueva Novela organizado por Página/12, que ahora se acaba de reeditar en Mondadori. Hace un mes se publicó en España por Caballo de Troya; en agosto se editará en Italia y a fin de año en Francia. “¡Qué lindo camino que ha recorrido este libro!”, repasa la escritora, sin que la emoción le quiebre el tono de cantante de boleros. “Me han llamado a casa preguntando si yo soy Yuna Riglos. Este personaje me ha trascendido de tal forma que ahora Yuna es más importante que yo.” No hay atisbos de reproche hacia esa criatura que parió en su máquina de escribir eléctrica en apenas dos meses, a esa narradora de un mundo sórdido, cruel, asfixiante, que pierde el hilo ante los signos de puntuación y cuando puede, los evita, alterando todas las reglas sintácticas habidas y por haber. A la voz de Yuna y su fragilidad ante la gramática –a ese dolor por la sintaxis, al hambre por superar esa atávica debilidad mental con la ayuda del diccionario que le permite reponer las frases– le debe su consagración definitiva como escritora.

“Recién ahora me está gustando la novela –confiesa–, está bien escrita ¿no?”, pregunta retórica que Venturini, que recibió de manos del mismísimo Borges el Premio Iniciación en 1948 por El solitario, lanza con la convicción de que la respuesta se cae de maduro. Nadie ha logrado escribir supuestamente “tan mal”, con una sintaxis maravillosamente endiablada que despliega los compases de un cerebro ajeno a la “normalidad”. La musiquita de Aurora sacude al lector de punta a punta, de la primera página hasta el punto final. Como subrayó el jurado del concurso –integrado por Juan Boido, Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain–, Las primas es una “novela única, extrema, de una originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente en silencio”. La novela es devorada aún hoy con la sospecha de que detrás de esa “terrorista” que puso un puñado de efectivas bombas molotovs a las convenciones del lenguaje hay una joven vanguardista atrevida, que se ríe a carcajadas de la broma maestra que ha pergeñado. El que avisa no es traidor. Venturini pronosticó el efecto que generaría la lectura de su novela: “se van a caer de culo”, ha dicho. Enrique Vila-Matas, uno de los que celebra el haberse caído de culo desde España, tuvo el enorme acierto de decir que quizá tras el manuscrito pudiera ocultarse el prolífico César Aira disfrazado de loca faulkneriana. “Las primas es el boom de la Venturini”, aclara la escritora, como si no fuera ella la que habla.

Si nadie en su sano juicio puede perderse esta novela, que ya ha sido leída por 80 mil personas, Venturini, desde que se transformó en la “joven y nueva promesa de la literatura argentina”, no ha dejado de escribir ni un solo día. El secreto de su éxito es darles duro y parejo a las teclas de su máquina ocho horas diarias, hacer bicicleta fija –se recomienda a todas las mujeres que lean esta nota seguir al pie de la letra estas sugerencias–, y comer alimentos que no engordan. “Esta es la fórmula que sigo para no envejecer, así la edad no me alcanza”, bromea la escritora que ha traducido y escrito trabajos críticos sobre poetas como Isidoro Ducasse, Conde de Leautréamont y Arthur Rimbaud, entre otros. “No ves que casi no tengo arrugas”, subraya orgullosa de su cruzada antivejez. En dos años ya escribió varias novelas. La continuación de Las primas, que tiene unas doscientas páginas, se titula Yuna y las lunáticas. “Son los amigos que Yuna va conociendo cuando viaja a Europa –anticipa la escritora–; la gente que conocí cuando estuve en París, Simone de Beauvoir, Jean Paul–Sartre, Violette Leduc, Eugène Ionesco y Juliette Gréco, pero también como fui mucho al teatro aparecen Jean-Paul Belmondo y Alain Delon, la farándula de la época. Las noches de París que vive Yuna son las mismas que viví yo a fines de los años ’50.”

La muchacha peronista, que trabajó con Eva Perón, además de haber sido una amiga íntima de “la Abanderada de los Humildes”, tuvo que rajarse con la marchita a otra parte durante veinticinco años; más precisamente a Francia, para escapar de la salvaje represión de la Libertadora. “El peronismo no ha perdido –plantea minimizando el resultado de las elecciones del domingo pasado–. Te lo digo yo que tengo experiencia. Ningún peronista puede dejar de ser peronista. Mientras haya alguien que se acuerde de nuestras épocas de lucha, el peronismo vivirá. No hay que olvidar que fue una epopeya, el movimiento más importante del mundo –continúa envalentonada, a pesar de que parezca que no son buenos tiempos para los peronistas–. Evita se dio tanto al prójimo que se olvidó de sí misma. El peronismo siempre que se cae se levanta. Pero hay que cuidarse mucho porque nos van a tirar con piedras. A veces me pesan las angustias que he vivido.”

Venturini ha esquivado muchas piedras en su camino. Ahora goza de esa sabiduría que le ha dado la bicicleta de la experiencia y la escritura. El sillón de mimbre es otra de las novelas que escribió después del bombazo de Las primas. Transcurre en su ciudad natal, La Plata, y cuenta que la escribió sugestionada por la sabiduría de su abuelo siciliano. Narrada en primera persona, es la historia de una muchacha, María Addolorata, que se queda soltera en los años ’40 mientras observa cómo todas las otras mujeres de su entorno se casan. “María se enamora de un muchacho que estudia medicina, pero es un amor imposible. El se casa con otra mujer que estudia medicina como él. Pasan los años y al negocio de costura de María llega el nieto de ese muchacho del que ella estuvo enamorada y le cuenta que el abuelo, que enviudó muy joven, siempre le decía que estaba enamorado de María, de ella –explica Venturini–. Entonces María descubre que su abuelo era un gran castrador. Cuando ella está fatigada, se desmorona en el sillón de mimbre.”

–¿A qué se debe tanta productividad?

–Yo siempre fui muy novelera, vengo a ser una suerte de prisionera de las novelas que estoy escribiendo. Yo tecleo en la máquina eléctrica y la temática de la novela surge como si fuera agua de un manantial. Creo que aunque escribamos muchísimos libros, todos los escritores somos una novela o un libro. Borges es El Aleph, Sabato es El túnel, y yo voy a ser Las primas eternamente. Aunque me sorprendí cuando me llamaron para avisarme que había ganado, íntimamente estaba segura de que ese premio era para mí.

–¿Cuál es el origen de la crueldad que hay en Las primas?

–Mi infancia fue cruel; yo era una chica autista, solitaria, a la que querían socializar. A los cuatro años se me daba por llorar puntualmente de cuatro a seis de la tarde porque en esa época veía en las tacitas de porcelana del té unos dibujos encantadores y quería irme con esos dibujos. Mamá, que era maestra, me daba unas palizas tremendas, yo era una chica muy molesta. A esa edad ya leía y escribía; en la escuela me pasaban de un grado a otro, cada medio año me sacaban del curso porque no me aguantaban y no sabían qué hacer conmigo. Por eso entré a la Universidad a los dieciséis años. Quería un mundo a la manera de mi imaginación creadora y terminaba duramente castigada. Por eso mis novelas tienen un fondo muy angustioso. ¿Sabés que me atemoriza?

–No.

–Las escaleras mecánicas, no he podido vencer el pánico que me generan...

–¿Tendrá que ver con la edad?

–No, yo soy una mujer sin edad (risas). No siento la edad que tengo, voy y vengo a todas partes, soy muy ágil. Yo no cumplo más años, no nací todavía. A mí el Altísimo no me tiene en cuenta. Me hizo por descuido, por eso no me quiere terminar de aceptar (risas).

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