sábado, 4 de julio de 2009

Es conveniente participar en los mercados internacionales de crédito sin renunciar a la soberanía

Por Aldo Ferrer

El “modelo”

02-07-2009 / LA EXPERIENCIA DE LOS PAÍSES EXITOSOS
Aldo Ferrer | Director Editorial
En economía se define como “modelo” a la estructura productiva y a la estrategia conforme a las cuales se organizan los recursos y establecen relaciones con el resto del mundo. Es un término del cual abusamos en la Argentina cuando discutimos nuestros problemas económicos. El hecho es revelador de la circunstancia que, dos siglos después de la Revolución de Mayo, no hemos logrado todavía conformar una estructura productiva ni aplicar una estrategia de largo plazo eficientes para desplegar el potencial de recursos disponibles. Subsisten, al respecto, proyectos, “modelos”, alternativos. A lo largo de nuestra historia operamos bajo diversos “modelos” económicos. El “primario exportador”, fundado en la producción y exportaciones agropecuarias, instalado desde mediados del siglo XIX hasta la gran crisis mundial de 1930. El de la ISI (industrialización sustitutiva de importaciones), desde 1930 hasta mediados de la década de 1970. El “neoliberal”, instalado con el golpe de Estado de 1976, el cual alcanzó su apogeo en la década de 1990. Ninguno de ellos conformó una estructura productiva y una inserción internacional viables en el largo plazo. La cuestión del “modelo” ha dejado de ser, hace mucho tiempo, un tema de debate en las economías maduras y en las emergentes en proceso de transformación. En todas ellas, sus sociedades y sistemas políticos operan con consensos básicos acerca de la estructura productiva necesaria, su vinculación con la división internacional del trabajo y la estrategia conveniente a los objetivos buscados. No es así en la Argentina. De allí la actualidad del debate sobre el “modelo”. De allí, también, la frecuencia con que empleamos la expresión “nación”, cuando nos referimos al país. Este último es un punto que, hace algún tiempo, lo observó el eminente economista chileno Osvaldo Sunkel. Conversando, un día me expresó su perplejidad acerca del empleo frecuente de ese término en la Argentina, en vez de “república” o “país”, como sucede normalmente en otras partes. La causa es probablemente la misma. Hablamos tanto del tema porque sospechamos que somos, todavía, una patria inconclusa que no ha consumado la realización de su densidad nacional. Vale decir, la cohesión social, liderazgos con estrategias de acumulación de poder fundado en el dominio y la movilización de los recursos disponibles dentro del espacio territorial, la estabilidad institucional y política de largo plazo, la vigencia de un pensamiento crítico no subordinado a los criterios de los centros hegemónicos del orden mundial y, consecuentemente, políticas económicas generadoras de oportunidades para amplios sectores sociales, protectoras de los intereses nacionales y capaces de arbitrar los conflictos distributivos para asegurar los equilibrios macroeconómicos. Tenemos así pendiente el fortalecimiento de la densidad nacional y, en este contexto, generar un consenso hegemónico sobre el “modelo” necesario y posible. La discrepancia entre los proyectos alternativos, se despliega principalmente en torno de tres cuestiones fundamentales: la relación campo-industria, el papel del Estado y la inserción de la economía argentina en la mundial. Para el proyecto neoliberal sucede que el ahorro interno es insuficiente para sostener una elevada tasa de crecimiento y que, más allá de la explotación de los recursos naturales, la sociedad argentina es incapaz de gestionar conocimientos de frontera inherentes a la formación de estructuras productivas industriales, diversificadas y complejas. Como el libre juego de las fuerzas del mercado impulsa el desarrollo y el bienestar, el Estado no debe intervenir en la asignación de recursos y la distribución del ingreso. De estos supuestos se desprenden conclusiones inexorables, a saber: 1. El crédito internacional y las inversiones privadas directas extranjeras son la fuente fundamental de la acumulación de capital. 2. El país y sus emprendedores sólo tienen capacidad de desarrollar, con eficiencia, la producción primaria vinculada a la explotación de los recursos naturales. 3. La inserción de la economía argentina en la división internacional del trabajo descansa necesariamente en su especialización como exportador de productos primarios e importador de manufacturas y servicios complejos. 4. Como consecuencia de lo anterior, el país siempre necesita adherirse al centro hegemónico de cada época, como lo fueron Gran Bretaña hasta la crisis de la década de 1930, luego los Estados Unidos y, en la actualidad, presumiblemente China por el dinamismo de su demanda de productos primarios. 5. El Estado debe limitarse a transmitir señales amistosas a los mercados y los operadores privados, con vistas a permitir la inversión y el crecimiento. Para el enfoque nacional, los supuestos del paradigma neoliberal no se corresponden con la realidad de la economía argentina y del orden mundial y, por lo tanto, su estrategia es incompatible con el desarrollo económico. La tasa de ahorro interno es elevada, fuente fundamental de la acumulación de capital y sustento potencial de una elevada tasa de desarrollo. Los cuadros técnicos y profesionales, la fuerza de trabajo y los emprendedores argentinos, han revelado reiteradamente su capacidad de gestionar el conocimiento y aplicarlo en la cadena de valor de la producción agropecuaria y en áreas de frontera de la industria. No es talento lo escaso en la Argentina sino, en todo caso, la existencia de condiciones propicias de largo plazo para su aplicación en todo el campo, toda la industria y todas las regiones. El Estado es el instrumento necesario para desplegar los recursos disponibles, incentivar la creatividad e iniciativas privadas, gestionar el conocimiento, conformar una estructura productiva conducente al desarrollo y defender los intereses nacionales en el escenario mundial. El papel periférico y subordinado al que la estrategia neoliberal conduce al país no es, por lo tanto, un destino inexorable impuesto por supuestas limitaciones internas y las realidades del orden mundial. En definitiva, los países se construyen desde adentro hacia afuera, no a la inversa. Cada cual tiene la globalización que se merece en virtud de la calidad de sus respuestas a los desafíos y oportunidades de la globalización. La Argentina no es una excepción. En la actualidad, los acontecimientos internacionales han desacreditado el imaginario neoliberal a nivel global. En el plano interno, la economía argentina se recuperó, después de la crisis del 2001/2002, cuando se rechazó el paradigma ortodoxo, ordenó la deuda, logró la solvencia fiscal y externa y modificaron los precios relativos a favor de la producción y el trabajo argentinos. En los últimos años, la política económica incorporó elementos fundamentales del “modelo” nacional. Pero la acumulación de tensiones en el plano interno debilita sus bases de sustentación. Una de las evidencias más graves se refiere al creciente déficit en el intercambio de manufacturas de origen industrial, revelador de la pérdida de competitividad de la producción de bienes transables distintos de los fundados en los recursos naturales. Ese déficit con dos de nuestros principales socios comerciales, Brasil y China, aumentó de u$s2,5 a u$s15.000 millones, entre el 2003 y el 2008. Otra evidencia es la fuga de capitales que, en los últimos dos años, ha implicado un drenaje de recursos del orden de los u$s40.000 millones, los cuales, de haberse retenido y reciclado en el circuito productivo interno, habrían elevado en tres o cuatro puntos la tasa de inversión, aumentado el empleo y permitido una tasa de crecimiento superior al 5% del PBI. El mantenimiento de estas tendencias amenaza con restablecer la vulnerabilidad externa y, a partir de allí, fortalecer la prédica ortodoxa de volver a recurrir a la ayuda internacional, para cerrar la brecha en los pagos externos y recuperar la “confianza”. Éste sería el punto de partida del regreso al “modelo” neoliberal. La única vía realista de restablecer la confianza es consolidar los equilibrios macroeconómicos del sistema y ratificar que podemos vivir con lo nuestro, abiertos al mundo, en el comando de nuestro propio destino. Sobre esas bases es posible y conveniente participar en los mercados internacionales de crédito sin renunciar a la soberanía. En resumen, tenemos que hacer lo mismo que los países exitosos cuyos “modelos” son, siempre y en todos los casos, “nacionales”. Aldo Ferrer Director Editorial Buenos Aires Económico

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada