viernes, 10 de julio de 2009

EL AMOR, NOSOTROS Y LA MUERTE, por Mónica Volontieri

EL AMOR, NOSOTROS Y LA MUERTE, por Mónica Volontieri

A Néstor Sánchez, el desasitiado. No sé muy bien, o mejor será decir, no recuerdo si Néstor me trataba de tú o de vos. En rigor, hay muchas cosas que se me han ido borrando, como la última vez que lo vi o el lugar exacto de ese bar en Chacarita donde nos juntábamos algunas tardes de domingo, durante el 90, a conversar amenamente sobre el suicidio. No sé muy bien en qué lugar está Néstor, si en el corazón, en la ficción, en el saber literario o en la niebla dolorosa en que se me ha convertido Buenos Aires. Lo cierto es que está, como se diría en el Caribe hispano, desasitiado. Su recuerdo no tiene ya lugar y menos aún tiempo, pero sin duda existe. Existe de manera persistente como la muerte de Pavese o la de todos nosotros o la que planificó Néstor varias veces esos domingos de bar en Chacarita con cortado, cigarrillo, tos y el muro del cementerio como escenografía obvia de un folletín existencialista tan propio de nosotros o de ustedes. También me confundo con los pronombres. Fue por recomendación de Pablo Ingberg que lo llamé para unirme a su grupo de taller literario. Me citó en la Ópera, el público local no necesita referencias. Tampoco sé cómo nos reconocimos pero él pidió café y yo leche batida con crema. Él estaba derrotado, era alto, oscuro, barítono, encantador, soberbio e inmensamente cruel con mis palabras, que a los veinticinco años son parte de la carne. Yo, en cambio, era una inconsciente y estaba al límite de lo imposible. Creo recordar, ahora que escribo en esta desgastada libreta de notas (por consejo de él), que me dijo, con una sintaxis inédita y una semántica de otra dimensión, que me aceptaba en su taller, que mis textos servían como inicio del inicio, que todo era vanidad y apacentar vientos, que era vergonzoso que no conociera a tantos autores que ya olvidé. Creí encontrar un maestro y no me equivoqué. Néstor no me enseñó a escribir, sino a desescribir. Después o ahora: escribo. Sin embargo, lo que realmente me brindó Néstor, sin saberlo, fue la posibilidad de percibir el borde que atormenta a los sobrevivientes. La línea de dolor que separa al suicida del mandato de vivir y el deseo de matarse. Me explico, porque me reconozco como su aprendiz, pero –sin duda– prefiero ser clara y transitar la anécdota o la vida, que son casi lo mismo. En fin, me acerco a donde quiero llegar, y es aquí mismo, Subte B, estación Chacarita, año 90, primavera porque me gusta. Bar sobre Lacroze de la mano de la terminal de una línea de trenes que ya ni sé de dónde viene. Las vías, sin duda, se unen en el infinito porque son ejemplos perfectos de líneas paralelas. Repito: café, cigarrillo, tos y tema el suicidio. Néstor habla, yo escucho. Dice sobre las diferentes opciones como pastillas, saltar al vacío y así por el estilo. Yo escucho sin pasión, no me alarmo, aprendo a no ser catequista de la vida. Después me voy a Manhattan y confirmo su certeza que no puedo citar porque alguien se quedó con mi ejemplar de la Condición efímera y eso me duele mucho más que su ausencia de muerto. Su persistencia de vivo me dolía de pura empatía. De verdad, deseaba que se hubiese atrevido a suicidarse. En cambio el que se pegó un tiro fue mi padre, una mañana de mayo en el año 91, allá muy lejos de Chacarita, de Manhattan y Siberia Blues, en Viedma, Río Negro. Entonces lloré como lo hacen las hijas de los padres suicidas y le agradecí a Néstor Sánchez que me haya regalado la palabra, no la poética, sino la verdadera, esa que toca el costado de la realidad, que todos sabemos que no existe. Néstor me brindó la posibilidad que casi nadie tiene, hablar con el que se va a ejecutar a sí mismo y entender sus desasosiegos. Y en este caso en particular es evidente la relación entre el padre y el maestro: misma edad, hombres, bailarines de tango. Es suficiente para convencer a cualquier psicoanalista. Después, ya no habló más de la muerte, me escribía cartas con una caligrafía pésima, lo llamaba por teléfono y lo visitaba cuando iba a Buenos Aires. Solía decirme que debía convertirme en una viejita sabia. Ojalá. Y la verdad es que aún le tengo un inmenso cariño. No me consta que intentara acercarse a la vida. Yo, por mi parte, lo convertí en detective privado de la novela que aún no puedo escribir: El gran ginecólogo de la Patagonia. Ronda el suicidio de un padre y el detective se llama igual que Néstor: Néstor Sánchez, es puertorriqueño, tiene su oficina en 42nd. y Broadway, una secretaria colombiana y un trabajo: seguir las certezas de una hija que tiene pruebas. Néstor, el verdadero, me contó que destruyó una novela en París, que se casó muchas veces, que hay que encontrar un estado de sinceridad irremisible, que cuando el texto se le entorpecía de musicalidad, copiaba nombres de la guía telefónica. Néstor Sánchez, finalmente, se murió, me enteré en el fin del mundo. Estaba en Dinamarca y me quedé desasitiada, igual que él, entre el amor y la muerte. El nosotros es un recurso desesperado de la gramática para espantar la soledad. Santo Domingo, 16 de abril, 2007

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