lunes, 6 de julio de 2009

Aun cuando tuvieramos garantizado el acceso al financiamiento, persiste el problema de la huída hacia el dólar neutraliza políticas anticíclicas


Proceso con dinámica propia

Por Marisol Rodríguez Chatruc *

La crisis internacional encuentra a la Argentina –y a las economías en desarrollo en general– en una posición mucho más sólida que en otros episodios similares. Nuestra economía vino creciendo a tasas históricas en los últimos seis años, generando superávit externo y fiscal, acumulando reservas internacionales y reduciendo la pobreza y el desempleo. Esta situación inicial favorable explica que las consecuencias a nivel local hayan tardado en sentirse. Las primeras variables que sufrieron el impacto fueron las financieras, registrándose, a partir de agosto de 2007, importantes caídas en la bolsa de valores y un incremento persistente del riesgo país. El aumento del riesgo país tuvo lugar en todas las economías en desarrollo porque los inversores internacionales incrementaron su preferencia por activos de menor riesgo retirando capitales de estas economías. En Argentina, el proceso de salida de capitales (y también el de aumento del riesgo país) tomó una dinámica propia, al verse acentuado durante el conflicto con el sector agropecuario y haber continuado durante todo el 2008 mostrando otro pico en el momento de estatización de las AFJP. Para poner en perspectiva esta pérdida de recursos, la salida de capitales entre abril de 2008 y abril de 2009 (26.500 millones de dólares) fue mayor a la registrada entre julio de 2001 y julio de 2002 (18.700 millones).

A este panorama negativo en el plano financiero se suma, a mediados de 2008, la caída estrepitosa en los precios de los productos primarios que Argentina exporta. Aquí la economía comienza realmente a desacelerarse.

¿Por qué de todos los aspectos negativos de la crisis resalta la fuga de capitales? Porque tiene al menos tres efectos muy nocivos: disminuye el volumen de crédito disponible para el sector privado (principalmente para las PyMEs dado que son las primeras en sufrir el racionamiento de crédito), pone un límite a la capacidad de realizar políticas de incentivo a la demanda (básicamente porque el dinero extra que se pone en manos de la gente es usado para adquirir dólares y no para adquirir bienes y servicios producidos localmente) y, por último, genera pérdida de reservas internacionales (o disminuye su ritmo de acumulación si la salida de capitales se financia con superávit comercial) y/o bruscas depreciaciones cambiarias que pueden no ser deseables desde el punto de vista de la política económica.

El mercado cambiario argentino se encuentra en una situación delicada en la que una devaluación repentina podría acelerar la huida, lo cual anularía precisamente cualquier efecto expansivo pretendido. Pese al reclamo devaluatorio de ciertos sectores, no es evidente que la apreciación cambiaria sea hoy uno de los problemas centrales de la economía. Por un lado, desde hace varias semanas las monedas de algunos de nuestros principales socios comerciales (como el euro y el real) vienen experimentando una importante revaluación respecto al dólar y, por ende, también respecto a nuestra moneda. Por el otro, la desaceleración de la inflación doméstica producto de la caída del gasto agregado también está contribuyendo a la desactivación de ese problema.

Dado que es improbable que la receta devaluatoria rinda los resultados expansivos esperados, lo que queda es implementar políticas anticíclicas de impulso a la demanda. Lamentablemente, el país enfrenta numerosas restricciones a la hora de financiarlas. Pero aún cuando tuviéramos garantizado el acceso al financiamiento, persiste el problema de la huida hacia el dólar que neutraliza en gran parte la efectividad de estas políticas. Por otro lado, hay que tener en cuenta cómo se gasta y en qué. Es fundamental orientar el gasto público hacia los sectores más desfavorecidos, no sólo porque éstos son los que menos mecanismos de cobertura tienen ante una crisis, sino porque, además, esos sectores potencian la efectividad de cualquier impulso fiscal por su mayor propensión a consumir.

Algunos analistas sugieren que la peor etapa de la crisis internacional ya quedó atrás y que a partir de ahora se entraría en una fase de recuperación –aunque lenta y parcial– de los flujos de comercio internacional y de los precios de las materias primas. Sin embargo, hay que recordar que los países emergentes entramos de forma rezagada en la crisis, por lo cual, al menos durante el segundo semestre de este año es probable que la contracción continúe.

Sea como fuere, en la Argentina el proceso de desmonetización tomó una dinámica propia que es improbable que se resuelva con una mayor holgura externa. Más allá de cuál sea el escenario internacional que se avecine, hay que encontrar una forma de evitar la fuga de recursos al exterior. En este sentido si las autoridades se muestran capaces de resistir una devaluación abrupta, esto tendrá el beneficio de frenar la salida de capitales, incrementando, además, la efectividad de las políticas anticíclicas sin dañar seriamente la competitividad de la economía.

* Economista, investigadora del Centro de iDeAS-Unsam.

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