viernes, 26 de junio de 2009

Peronismo: historia, presente y futuro

Historia, presente y futuro
Peronismo: ¿quo vadis?

¿Será que el peronismo puede ser cualquier cosa, populista autoritario (Perón lui même), conservador popular (Eduardo Duhalde, Carlos Reutemann), neoliberal (ya saben quién), izquierdista moderado (sí, los Kirchner), o aun revolucionario social (los Montoneros)? No, el peronismo no puede ser cualquier cosa, pero puede, en determinadas etapas de su historia, incorporar diversas corrientes y darse líderes con diversas actitudes e ideologías, como ocurre con el laborismo británico, que ha evolucionado desde un Clement Attlee nacionalizador, en la inmediata posguerra, hasta un Tony Blair privatizador. Lo que hay en común en su historial es estar basados sobre las organizaciones de la clase obrera, ocupada o semiocupada, de los sindicatos bien o mal dirigidos, y de los piqueteros, clientelistas o no, aparte de algunos grupos radicalizados -y algo violentos- que siempre existen en partidos populares hasta que sus excesos hacen que sean expulsados (como se ha dado en el PT de Lula da Silva, por citar sólo el caso más reciente). En los países de la periferia, por el mero hecho de serlo, se dan fenómenos bien distintos a los de los países centrales, y no siempre adecuadamente entendidos por las teorías desarrolladas en el centro, fueren de tipo evolucionista liberal o marxista. Ocurre que por el impacto del desarrollo económico fogoneado desde afuera se genera una gran heterogeneidad interna, según la forma o grado en que se absorbe ese impacto. En gran medida, hay elites tradicionales que se proletarizan, fueren ellas aristocracias decadentes o clero desestabilizado, nuevos grupos emergentes que necesitan un mejor lugar al sol, como los intelectuales subocupados, los industriales necesitados de protección o muerte, o los militares sin suficientes armas ni sueldos pero altas e insatisfechas ambiciones. Por el otro lado, el desarrollo y la urbanización aceleradas, que de todos modos se dan, generan masas movilizadas de migrantes del campo a la ciudad o a concentraciones mineras o plantaciones tropicales, donde forman una masa disponible, como la llamó en su tiempo Gino Germani, que ha perdido la protección de los “tres padres” de la sociedad tradicional (el paterfamilias, el patrón y el cura) y que, al no alcanzar aún gran experiencia de organización autónoma, necesita de un “padre de los pobres”. En estas condiciones se genera el verticalismo y el culto a la personalidad, y ahí hay parecidos entre Fidel Castro y Juan Domingo Perón o Hugo Chávez, o entre Daniel Ortega y Víctor Raúl Haya de la Torre, por más que sus hojas ideológicas luzcan incompatibles y sean distintos los efectos de su accionar. Las características comunes de estos fenómenos populistas, que sería mejor llamar movilizacionistas, son suficientemente importantes como para mantener la clasificación. Y es preciso recalcar las diferencias entre ellos y los reformismos del Primer Mundo. En los países de alto desarrollo urbano, industrial y cultural hay, por supuesto, líderes apreciados por sus seguidores, pero ellos no tienen la capacidad de generar lealtades tan pronunciadas y fanatizadas como ocurre en la periferia.

Ahora bien, en sociedades tan carenciadas, tan llenas de injusticias brutales como son las de nuestra región, los movimientos populares, una vez que se forman, tienden a ser muy contestatarios, aceptando la violencia e, incluso, la dictadura, fuere la del proletariado o de quienes pretenden representarlo, o de tecnócratas tipo Vargas, o de los militares supuestamente progresistas, como los de la Revolución Peruana. En los países europeos, por diversos caminos, también los movimientos populares se iniciaron de manera muy contestataria, para entrar luego en una etapa de convivencia con el enemigo, transformado en adversario, cambio que lleva tiempo en establecer, cuesta admitir y más difícil aun es implementar la nueva estrategia cuando se llega al gobierno. En América Latina, prácticamente todos los “populismos” han sido los principales enemigos de las clases poseedoras a lo largo de su historia y fueron más temidos y odiados por éstos que los partidos comunistas o socialistas a la europea, vigentes, sobre todo, en países del Cono Sur. Pero después de tratar de destruirse mutuamente, en lo que fue el equivalente de guerras civiles de baja o a veces alta intensidad, llegaron a acuerdos, hechos en cada lugar de manera distinta. Durante su primera etapa en el poder, el peronismo se fue radicalizando, lo que continuó después de su caída, en 1955. Para volver al poder, Perón tuvo que armar una coalición que puede parecer extraña para quienes no conocen lo que es habitual en el Tercer Mundo. Por supuesto que lo primero que hizo Perón tras llegar al gobierno en medio de aquel caos fue expulsar de su entorno a los Montoneros, de igual manera como lo hizo -en el otro hemisferio político- Charles de Gaulle con la extrema derecha de la Organisation de l’Armée Secrète (OAS) que lo había ayudado en su poco “republicano” acceso a la presidencia. Cuando Carlos Menem, aparentemente encarnando al peronismo más “salvaje”, llegó al poder en medio de la hiperinflación, decidió, para evitar una situación de preguerra civil, hacer el gran pacto con el establishment, representado en la ocasión, a falta de un partido de derecha creíble, por la principal empresa argentina, Bunge y Born. Este pacto fue visto como una traición o entrega por parte de sus seguidores más entusiastas, pero contribuyó a la pacificación nacional, haciendo que el peronismo dejara de ser visto como una amenaza para el orden social. En el fondo, lo que hizo fue algo parecido a lo que había hecho Felipe González unos años antes al acceder finalmente al gobierno, en 1982, pero con una diferencia, debida -personalidades aparte- a que el populismo, aunque parecido a la socialdemocracia y basado sobre casi los mismos sectores sociales, no le es igual. Menem quedó demasiado pegado a la derecha y, al final, perdió el apoyo de su partido tras unos años de éxito en poner coto a la inflación. Su política económica, sin embargo, fue muy negativa por la desindustrialización que permitió y por el neoliberalismo que se impuso en muchas áreas. Pero esto último no lo diferencia de más de un proceso socialdemócrata, como el tan ensalzado de Chile. No es que sean fenómenos iguales, pero es bueno señalar sus parecidos.

Una vez digerida la etapa de la reconciliación -que tiene en común con tantos otros fenómenos populares- era esperable un retorno al cauce del reformismo social, aggiornado, claro está, y adaptado a las condiciones actuales, y eso es lo que ha ocurrido. Y si antes, los gobiernos peronistas operaban con déficit fiscal -por ejemplo- y luego, con Néstor Kirchner, tuvieron fuertes excedentes primarios, eso no se debe a un cambio generado en la cúpula sino a la acumulación de experiencias en lo que, por cierto, tiene algo que ver con la personalidad de los dirigentes, pero es más bien resultado de un proceso macro social. Ahora, habrá que ver cómo sigue evolucionando el peronismo, cosa que no será efecto de decisiones de sus dirigentes, sino de fuerzas sociales que operan debajo de la superficie pero con mucha mayor fuerza. La etapa que se inaugurará después de estas elecciones será vital para ver cómo sigue evolucionando el movimiento creado por Perón, que ahora se presenta dividido, en forma muy probablemente definitiva, entre una derecha y una izquierda (¡relativas, ambas!). Y en política, a menudo, no hay que ilusionarse con lo ideal, sino optar por lo relativamente mejor. O aunque sea, si lo quieren poner así, por lo menos malo, que es igual que decir lo mejor, porque no existe Papá Noel

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