lunes, 15 de junio de 2009

Para acercarse a los libros, la cama, la mesa y el sillón son espacios de goce complementarios, nunca contradictorios

Miller & Cendrars, última copa

Por Juan Sasturain
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Hace exactamente setenta primaveras, en junio de 1939, en las ominosas vísperas de la Segunda Guerra Mundial que devastaría a casi toda Europa, un escritor yanqui de cincuenta años ya, alto, flaco, algo peladito, de anteojos de marco redondo y una reputación escandalosa y deplorable, decidía volver a partir. Henry Miller, después de nueve años de residencia en París, dejaba su casa de Villa Seurat para irse/escaparse a Grecia. Intuía la que se venía y esa guerra no era la suya. Ninguna lo era, en realidad.

Esa tarde, escéptica, filosóficamente, se tomaba una copa de vino y de despedida en la vereda de su hotel cerca de la Porte d’Orleans antes de subirse al tren, cuando llegó a verlo y despedirlo un amigo francés, escritor también, apenas unos años mayor pero de rostro gastado y arrugado por el sol de todos los meridianos del mapa. Blaise Cendrars, uno de los mayores poetas y fabuladores vagabundos del siglo veinte, apenas le llegaba al hombro a Miller. Con un brazo menos en la manga vacía y un cigarrillo siempre de más en los labios, el autor de la Prosa del Transiberiano, de El Oro –y que acababa de publicar sintomáticamente La vie dangereuse– se sentó a charlar y “le explicó Grecia” mientras bebían la última copa. Fue un rato, nada más. Por una vez, ante ese narrador inigualable, el locuaz Miller calló, se dedicó a escuchar. Y por suerte sabemos lo que sintió.

Hay un libro maravilloso, Los libros en mi vida, que Miller escribiría diez años después ya en Big Sur, su refugio en la escarpada costa californiana, en el que le dedica 25 páginas a Cendrars, con un artículo que lleva simplemente su nombre. Y comienza con ese encuentro postrero: “Cendrars fue el primer escritor que reparó en mí cuando estuve en París y el último hombre que vi al partir de París”. Así arranca. Acaso el hecho de que el francés haya sido el primero (y de los pocos) en saludar la aparición de Trópico de Cáncer cuando se lo miraba de soslayo, haya sido determinante. Pero lo de Miller no es gratitud. Es fervor persuasivo. No conozco (no recuerdo) ningún caso en que un escritor me (nos) haya hablado de un modo tan entusiasta y convincente, tan fervorosamente de otro, en vida y obra. “Junto a él (Cendrars) hasta Ernest Hemingway es un boy scout”. Y todo Los libros en mi vida es así.

Recuerdo que cuando lo leí por primera vez, recién en los setenta, en la edición de Siglo Veinte de la década anterior, conocía poco a Miller. Siempre había gambeteado sus novelas más populares y escandalosas acaso por pudor o prejuicio, pero no bien le entré por la antología que le hizo Durrell y sacó Sur –Lo mejor de Henry Miller– y por La sabiduría del corazón, me quedé con él. Sobre todo los ensayos y testimonios, más que la presunta vida novelada/ficción. Tampoco había leído por entonces a Cendrars y su texto me lo reveló. Entonces me mandé con los poemas completos que había editado Fausto por entonces y de ahí salté a El oro –que entonces recordé había devorado y comentado mi vieja en Leoplán, cuando yo era chico– y de ahí a todo lo que fui encontrando hasta hoy, hasta ayer nomás, cuando me cayó en las manos una vieja edición de Las confesiones de Dan Jack en pésima, vieja y única edición castellana hecha en España en 1930, cuando aún Miller no había llegado ni a París.

Recuerdo que en su artículo, Miller hablaba de La main coupée, de L’homme foudroyé, de Bourlinger, los textos autobiográficos de Cendrars escritos a partir de 1945, con el fin de la guerra donde perdió, ya no una mano como en la Primera, sino un hijo combatiente. Nada de eso estaba traducido. Recién años después, en el ochenta, aparecieron dos –La mano cortada y El hombre fulminado– en ediciones de Argos-Vergara. Y todavía tengo presente la emoción que me causó encontrar en una librería de Avenida de Mayo, no hace muchos años, a diez mangos, la edición francesa de 1948 de La banlieue de Paris –algo así como “Las afueras / los suburbios de París”– con textos de Cendrars sobre 130 fotos de Doisneau. Nada más verdadero ni menos glamoroso que esa gente, ese conmovedor reportaje suburbano de posguerra.

¿A qué viene todo este derivar? Acaso a la lectura en Internet de un lindísimo artículo de Christian Kupchik sobre Cendrars, acaso al hallazgo de Las confesiones de Dan Jack que conté, acaso al haber vuelto a la correspondencia de Miller con Durrell a fines de los cuarenta, cuando el inglés puteaba su destino en la Argentina. Algo de todo eso, claro. Pero acaso –y sobre todo– está la necesidad de contestar con un ejemplo a la recurrente pregunta sobre cómo acercarse a los libros, qué es lo que motiva la lectura, cómo se hace para “entusiasmar” al lector potencial. Algo que por ocasionales cuestiones/roles laborales, me llega como interrogante bastante seguido.

Y ahí aparece Miller, el maestro zen y atorrante, el entusiasta motivador, el que nunca pierde de vista el disfrute y la vida plena –signifique lo que sea para cada uno– como manera de acercarse, entre otras cosas, también a los libros: la cama, la mesa y el sillón –parece decir– son espacios de goce complementarios, no contradictorios.

Leer –leer literatura– es también un modo de conocer gente. En general mejor, más inteligente y sensible que uno. Así de simple e infinito: uno te lleva a otro. Y no se acaba nunca. A eso iba –creo– cuando empecé recordando el encuentro ante dos copas de vino, hace setenta años, de dos amigos que me hubiera gustado tener pero que cuando los leo es como si lo fueran.

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