sábado, 21 de febrero de 2009

La doctrina Rahm

POR ERNESTO F. VILLANUEVA

La doctrina Rahm

16-02-2009 /

Ernesto F. Villanueva

Hay quienes hablan de época de cambio y quienes de cambio de época; algunos piensan en cambios menores y otros en modificaciones sustantivas, pero lo cierto es que en las esferas más decisivas de la economía mundial no hay quién crea que todo seguirá igual. Ya no hay que leer a trotsquistas, autonomistas o a ecologistas para encontrar frases y pensamientos tremendos; simplemente, podemos escuchar a legisladores moderados de los EE.UU. o a los propios banqueros, quienes hablan del enojo y la desconfianza del pueblo hacia Wall Street, de la codicia excesiva del mundo financiero, de irresponsabilidad y hasta de corrupción en el uso de los fondos que recientemente, y de manera gratuita, cedió el amigo Bush, para salvar a esa corporación que todavía dirige el mundo.

Esta vez no son nuestros gobiernos los causantes del desastre: las cifras del 2008 en el mundo nos ubican casi como excepciones. Lo que el establishment pensaba, y sigue pensando que eran debilidades, han sido hasta el momento nuestras fortalezas. Dependemos menos del mundo financiero que otros países, lo que no es poco. Nuestra economía real ha crecido vertiginosamente casi sin crédito, estamos excesivamente escaldados por la especulación financiera. ESCENARIO. Pero si el mundo está ante un escenario horrible, nuestro país no quedará enteramente al margen como descubrimos diariamente. Podemos atenuar algunos efectos de la crisis mundial pero no vivimos en una burbuja. Problemas en las exportaciones, en las importaciones, en el equilibrio fiscal, en el ritmo del crecimiento, en la rentabilidad empresaria, en el empleo. El tema es con qué armas teóricas encaramos esta crisis, con qué esquema de pensamiento. Y aquí hay un riesgo severo. Como la Argentina, está menos afectada que muchos otros, no sólo el establishment está menos cuestionado sino que el pensamiento que tradicionalmente lo avala tampoco está tan sensibilizado como en el resto del mundo.

Durante demasiado tiempo se sostuvo que los años electorales eran un problema para la economía. En esos años, los políticos tenían una actitud hacia la gente que violentaba las fuerzas naturales del mercado, el gasto fiscal se elevaba, y se “concedían” beneficios más allá de los incrementos de productividad. Pues bien, la política no es un capricho y una molestia ni la economía es una ciencia exacta: está claro que debe revisarse la relación entre estado y mercado. Cuando no hay regulaciones, y regulaciones que se cumplan, el mercado no es el producto del juego entre infinito número de oferentes y de demandantes, con una transparencia total de la información, sino que es el dominio de los económicamente más fuertes, ya sean monopolios, oligopolios, monopsonios, o como se llamen. Y ello da lugar ya no a una ganancia capitalista sino a rentas provenientes de las situaciones privilegiadas que se tienen.

Pero más aún, Rahm Emanuel, jefe de gabinete de Obama, ha dicho hace poco que “Una crisis grave nunca debe desaprovecharse. Es una oportunidad de hacer cosas que antes no se podían hacer”. Esta frase, que comienza a llamarse la doctrina Rahm, constituye un toque de atención para todos nosotros. Más que un toque, un verdadero solo de clarín que debe despertar hasta a los más sordos.

¿Qué cosas no podíamos hacer antes? ¿Cómo podemos aprovechar esta crisis mundial? Esto es, no debemos pensar en términos de conservar una situación dada, en términos defensivos, sino en cuáles son aquellas cuestiones que este cimbronazo universal nos permite modificar. No se trata sólo de conservar el empleo sino básicamente cómo hacemos una sociedad más justa; no se trata sólo de cómo conservar los márgenes de ganancia sino cómo ellos revierten hacia un mayor crecimiento económico y abandonan formas horriblemente rentísticas del consumo.

En el plano económico, la Argentina tiene muchas deudas consigo misma. Y avanzar en la confianza sobre nuestras fuerzas no es la menor de todas. Todavía se escuchan muchos gurúes que parecen contentos en la televisión cuando presagian desastres; todavía se ve a demasiados dirigentes sociales y políticos no alertando sobre errores gubernamentales sino alegrándose de las dificultades que tenemos. En fin, el nuevo esquema de país se está construyendo en estos días pero hay demasiadas voces, que más bien parecen gritos desafinados, que repiten eslóganes que en el mundo se están cayendo.

Este desafío, el de la constitución de un pensamiento económico propio y, sobre todo, de su difusión en el plano del sentido común, es quizás uno de los más complejos a encarar, mucho más que los tramos de deuda que debemos afrontar este año o los equilibrios macroeconómicos imprescindibles para que nuestras preocupaciones micro (léase seres humanos) puedan tener un desarrollo digno.

Sin esta renovación de la perspectiva económica seguiremos quedando atados a cifras e indicadores impropios para conocer nuestros problemas y medir nuestros objetivos cuantitativos; peor aún, no tendremos las categorías mínimas para empezar a responder aquellas preguntas que tan crudamente está planteando el jefe de gabinete de los EE.UU.

En particular, ésta es una provocación para los argentinos que sólo miraban las corrientes ideológicas de los países centrales. A ellos podemos decirles: ¡no se queden en los noventa! Ernesto F. Villanueva Universidad Nacional de Quilmes

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada