martes, 10 de febrero de 2009

Los zapatos de Thomas Bernhard

Los zapatos de Thomas Bernhard Se cumplen veinte años del fallecimiento de Thomas Bernhard El 12 de febrero se cumplirán veinte años de la muerte de Thomas Bernhard y yo me pondré los zapatos que robé en su casa-museo de Ohlsdorf. Lo haré de madrugada, cuando la ciudad haya caído en el más profundo de los silencios. Me levantaré de la cama, me calzaré sus botines y me ilusionaré pensando que soy el escritor más feroz del mundo. Como tantas otras personas, me enamoré de Thomas Bernhard a una edad temprana. Yo apenas era el borrador de un proyecto de escritor y acudía a las tertulias que José Boix, director de la revista de creación "El vendedor de pararrayos", organizaba en un garito del barrio de Gracia. Allí me hablaron por primera vez del austríaco y enseguida corrí a una librería para comprarme su pentalogía autobiográfica. Nunca volví a ser el mismo. Su prosa alambicada, musical, repetitiva se adentró en mi interior como rayo partiendo árboles. Intenté emularlo, por supuesto que intenté emularlo, y fracasé estrepitosamente. No podía ser de otro modo. Sólo puede haber un Bernhard y murió, hace ahora veinte años, sin que nadie se enterara. Había dado instrucciones de engañar a todo el mundo. El anuncio de su óbito llegó tres días más tarde y entonces se supo que lo habían enterrado tal y como vivió: en la más absoluta de las soledades. Así pues, como ya en aquel tiempo comprendí que jamás sería Thomas Bernhard, compré un billete de avión y me planté, si no recuerdo mal con veinticinco años, en Viena, desde donde cogí un autobús que habría de acercarme a la localidad de Ohlsdorf. Luego entré en su casa-museo. Me sorprendió la poca cantidad de libros que allí había, pero todavía me aturulló más los cientos de zapatos almacenados en las distintas alcobas. Fue entonces cuando, aprovechando la soledad del lugar, robé un par. Para disimular el hurto, coloqué los míos en la balda. A continuación abandoné el lugar y mis zapatos de Bernhard pisaron la nieve una vez más. Los botines me vienen grandes, pero no me importa. Me gustan así. Me los volveré a poner el 12 de febrero, y probablemente lo haga de nuevo en abril, cuando la editorial Alianza publique "Mis premios", obra póstuma que acaso no deberían traducir, dado que Bernhard ordenó en su testamento que ninguno de sus inéditos saliera jamás al mercado tras su defunción. No le han hecho caso en Austria, ni tampoco se lo harán aquí. Yo también pecaré. No podré contenerme. Me pondré mis/sus zapatos, caminaré hasta una librería y me compraré el libro, así como también el poemario que pronto publicará la editorial La uÑa RoTa. Quizás incluso me haga con la pentalogía autobiográfica que Anagrama publicará en un solo tomo, en vez de los cinco que lanzaron en su momento y que guardo en la estantería de los libros amados. Pero eso será después del aniversario. Porque el 12 de febrero me pondré nuestros zapatos simplemente para sentirme un poco Bernhard. Y supongo que me sentaré frente al escritorio para releer algunos pasajes de sus libros, como por ejemplo la descripción del cono perfecto en medio del bosque de Kobernauss ("Corrección"), o el silencio de los dos amigos de Glenn Gould cuando éste tocaba el piano ("El malogrado"), o las horas de agonía padecidas por el trasunto literario de Berhnard cuando fue encerrado en el sanatorio de Granfenhof para que muriera, convencidos como estaban los doctores de que jamás podrían curarlo de su enfermedad respiratoria ("El frío"). Luego encenderé el ordenador, echaré un vistazo al video que alguien colgó en YouTube donde se muestra la casa de Berhnard y me pondré a escribir mi siguiente novela. Entonces leeré en voz alta mi propio texto y comprenderé, una vez más, que nunca seré Thomas Bernhard.

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