viernes, 20 de febrero de 2009

Las políticas keynesianas en un país periférico y monetario

Las políticas keynesianas en un país periférico y bimonetario 18-02-2009 / Es clave sostener un tipo de cambio competitivo en términos reales. Jaime Saiegh Los economistas, como todos los seres humanos, aprendemos. En particular frente a una gigantesca crisis económica. No estoy hablando ni de la Argentina ni de la crisis actual, sino de la crisis de 1930 en los EE.UU. y Europa. Mas allá del drama humano, la crisis del 30 transformó el pensamiento económico moderno. En efecto, de manera similar a la actual, la crisis del 30 comenzó en los EE.UU. y se propagó al resto del mundo. Se originó en un derrumbe bursátil, con quiebras bancarias, y culminó en un largo período de alto desempleo y creciente pobreza, tanto en los EE.UU como en el resto del mundo. En ese entonces las recomendaciones de los manuales clásicos de teoría económica (predecesores de los hoy neoliberales) indicaban que el Estado debía abstenerse de intervenir y sólo debía limitarse a mantener el equilibrio presupuestario. La crisis la debía resolver el propio mercado. Los mecanismos que permitirían tal recuperación eran por lo menos dos: 1) la gigantesca desocupación destruía los salarios y por ende reducía dramáticamente el costo laboral। En “algún momento” los salarios serían tan bajos que tornarían rentable recontratar a los empleados. Es en ese punto que la economía, sin la intervención del Estado y sólo por el mercado, comenzaría a recuperarse. 2) Del mismo modo que la depresión reducía salarios, tendía a reducir significativamente el precio de los activos. La crisis del 30 -como la actual- redujo dramáticamente los precios de las acciones, bonos, propiedades, etc. Nuevamente “en algún momento” los tenedores de dinero percibirían como negocio adquirir dichos activos a los nuevos y menores precios y, por ende, del mismo modo que en el mercado de trabajo, comenzaría la recuperación. Seguramente este proceso hubiese ocurrido de la manera descrita “en algún momento” y sin intervención alguna del Estado। El problema político -y por qué no humano- fue que ese “en algún momento” para llegar podría haber tardado décadas। Y, por cierto, eso fue lo que pasó। La economía americana salió definitivamente de la depresión recién en el curso de la Segunda Guerra mundial, es decir quince años después. En el medio, el New Deal intentó políticas de reactivación a través de la intervención del Estado, pero en 1937 los neoliberales americanos lograron que el gobierno americano vuelva al “equilibrio fiscal” y a la no intervención y, por ende, volvió la recesión. Finalmente, la economía americana salió de la depresión gracias al gigantesco incremento del gasto público que significó la Segunda Guerra mundial।KEYNESIANISMO. Keynes fue el mejor expositor del aprendizaje, en términos de teoría económica, originado en la crisis del 30 y su posterior recuperación. Este, básicamente, señaló que en las condiciones de crisis descritas se requería la intervención estatal para salir de ella y lograr el pleno empleo. No se podía esperar a los tiempos y reglas del mercado. El economista británico sugirió: 1) en un contexto de alto nivel de desocupación y capacidad productiva ociosa lo que se requiere es que el Estado aumente el gasto público y el déficit fiscal. Es decir que gaste más de lo que recaude. A tal punto que recomendó al Estado contratar hombres para cavar pozos y a otros para taparlos. 2) Además sugirió reducir drásticamente la tasa de interés mediante la emisión de dinero. En otros términos, propuso emitir dinero con un doble propósito: financiar el déficit fiscal e inducir a la baja de la tasa de interés. 3) Tal emisión de dinero no debía generar presiones inflacionarias en tanto la producción se ubicase por debajo del pleno empleo. Hoy por hoy quedan muy pocos economistas serios en los países centrales que cuestionan tales principios keynesianos. Es cierto que en los EE.UU. aún hoy está en debate la intervención estatal. Pero dicho debate no cuestiona de manera alguna que el Estado deba aumentar el déficit fiscal sino el cómo y el para quién. Es decir, unos -los republicanos-creen que el mayor déficit debería vincularse a una reducción del impuesto a la renta -similar a nuestro Impuesto a las Ganancias- y el presidente Obama cree que hay que aumentar el gasto -y, por ende, el déficit- para financiar obras públicas, seguro de salud y vales de comida para pobres. En otros términos, el debate no es en torno de la intervención estatal sino es, fundamentalmente, una discusión distributiva. La rebaja de los impuestos es para la clase media y los ricos y la propuesta de Obama beneficia más a los pobres. Los EE.UU. y Europa pueden plantearse tales políticas ya que cuentan con todo el crédito del mundo. El dinero y los bonos destinados a financiar el déficit son aceptados casi sin límite en y por todo el mundo. Incluso, el Banco Central americano ya inundó de dólares el mercado local para evitar la quiebra del sistema bancario y hasta prestó a otros países para que hagan lo mismo. La ventaja de los países centrales es que todo el mundo acepta su moneda y los títulos de la deuda emitida por sus Estados. Para que se entienda bien, el Estado americano emite bonos públicos a treinta años de plazo al 3,5% de interés anual, y encima tiene mucha demanda. Claramente, Keynes modeló el comportamiento de economías centrales, una de cuyas características es que tienen moneda propia y crédito casi sin límites. En particular en contextos de alto desempleo. Pocos gobiernos como el argentino han reivindicado las políticas keynesianas y criticado las neoliberales. No obstante, paradójicamente, el Gobierno argentino, aun frente al impacto de la crisis en nuestro país, sostiene el superávit operativo fiscal y el Banco Central no emite moneda nacional para reducir las tasas de interés. Claramente un keynesiano “ortodoxo” diría que hay que hacer todo lo contrario, es decir, aumentar el gasto público, eliminar el superávit, emitir pesos y bajar las tasas de interés. Ahora bien, ¿las condiciones monetarias descritas por Keynes se dan en la Argentina? Francamente no. Tanto en los países centrales como en los periféricos lo que demanda la gente y las empresas es lo mismo: dólares. En tanto el Gobierno argentino sólo puede emitir pesos. Dicho en otros términos, la economía argentina no funciona como dicen los manuales de economía tradicional, incluso los de teoría keynesiana. Nuestra economía es bimonetaria, con predominio del dólar sobre el peso, y esto impone serias restricciones para aplicar los manuales correctos de teoría económica que hoy están aplicando casi todos los países centrales. La principal restricción es que el Estado argentino no puede emitir dólares. En efecto, no sólo los economistas aprendemos de las crisis. La gente, y en particular los argentinos, también. Desde mediados de los 70 en adelante en nuestro país se implementaron experimentos económicos que terminaron con abruptas licuaciones del valor del peso producto de devaluaciones masivas. Sólo cabe recordar la tablita de Martínez de Hoz y la crisis de la deuda externa argentina del 82, el Plan Primavera y la renuncia anticipada de Alfonsín, y el colapso de la convertibilidad que originó la devaluación de 2002 y la cesación de pagos externa. Todos terminaron con devaluaciones que destruyeron la credibilidad del pueblo en su propia moneda y en el Estado que la emitió. En los hechos, gran parte de la población argentina piensa, ahorra y opera en dólares. La moneda nacional funciona tan sólo parcialmente como unidad de cuenta y medio de pago y sólo para transacciones comerciales de menor envergadura. Este rasgo casi estructural de la economía argentina le impide al Gobierno aplicar las políticas keynesianas de manual. Sencillamente, no puede emitir -más allá de cierto límite- moneda nacional. Mientras que el Banco Central argentino sólo puede emitir, y con límites estrechos por cierto, la moneda subalterna, la principal fuente de emisión de “moneda” -léase principalmente dólares- está privatizada y en manos de los exportadores. Su origen es el resultado del comercio exterior, es decir el superávit entre exportaciones menos importaciones y pagos al exterior. Dicho excedente y fuente principal de dólares está en manos de los exportadores. Como además el propio Gobierno necesita dólares para pagar parte de los servicios de la deuda que está nominada en dólares, para conseguirlos se los tiene que comprar a los exportadores mediante la entrega de pesos. Como la demanda local de pesos es limitada, gran parte de ellos deben lograrse de la recaudación impositiva. En tanto, si el Banco Central emitiese más pesos que lo que demanda el público, éste automáticamente los convertiría en demanda de dólares presionando el tipo de cambio. En este contexto, la tasa de interés en pesos es poco relevante. En última instancia es una suerte de premio para inducir a los tenedores de pesos a no demandar dólares. Tal premio debe ser algo superior al porcentaje de devaluación del dólar, que la gente piensa que va a ocurrir. Las políticas keynesianas más tradicionales se basan en que los gobiernos tienen capacidad de emitir bonos y dinero nacional casi sin límites y que el público los acepte. No es el caso de la mayor parte de los países periféricos y, obviamente, de la Argentina. POSIBLES. Las políticas “keynesianas” posibles en una economía bimonetaria: No obstante las restricciones señaladas, hay posibilidad de implementar políticas de intervención estatal en la economía que denominamos heterodoxas. Las llamamos así porque se apartan de los manuales tradicionales y, a la vez, implican intervenciones del Estado en la economía. Claramente el Banco Central debe intervenir en el mercado de cambios para lograr un superávit externo que genere los dólares necesarios para el pago de una parte de los servicios de la deuda dolarizada, tanto pública como privada. Para ello debe sostener un tipo de cambio competitivo en términos reales y que tienda a ajustarse para compensar las eventuales caídas en los precios de exportación “vis a vis” los precios de las importaciones. Además es clave la determinación por parte del Estado de un sistema de tipos de cambio efectivos múltiples que se ajusten a la competitividad de cada uno de los sectores productivos. A mayor valor agregado, mayor tipo de cambio efectivo. Esta manera particular de definir el mercado de cambios, junto con un tipo de cambio competitivo, es lo que garantiza el mantenimiento del superávit externo y una adecuada defensa de la industria y el empleo locales. El Gobierno no puede emitir dólares para reactivar la economía, pero sí podría emitir bonos en dólares y colocarlos en el exterior para lograr los dólares para financiar obra pública. Lo cierto es que esta opción está seriamente limitada por la crisis internacional. En este sentido, el Gobierno actual está pagando el desbarajuste originado por el colapso de la convertibilidad y la cesación de pagos. Lo que sí puede hacer es, a cuentagotas, postergar pagos al exterior y tomar créditos de organismos multilaterales de crédito no condicionados. Cada dólar que ahorre de esta manera permite que su equivalente en pesos se destine a obra pública y a generar empleo. También a cuentagotas puede hacer política fiscal sin alterar el superávit. Puede reducir subsidios al consumo de gas y luz aumentando las tarifas a los sectores de mayores ingresos y destinando el ahorro a financiar obra pública. A partir de la estatización de las AFJP la ANSES se ha transformado en el mayor propietario de activos financieros। Actualmente están constituidos principalmente por bonos de las deudas pública, privada y acciones de grandes empresas। La prioridad de dicho organismo público debería ser destinar dichos fondos a financiar actividades que incrementen el empleo formal। Los ingresos futuros de dicha administración dependen del crecimiento del nivel de empleo। En tal sentido, debería -a medida que los mercados de acciones y deuda privada se vayan normalizando- reemplazar dichos activos por recursos destinados a financiar obra pública, consumo durable, viviendas; es decir, las necesidades de los aportantes al sistema y todo lo que genere ingresos futuros al sistema jubilatorio। Jaime SaieghTitular de la Comisión de Desarrollo Productivo de Ipedes

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