domingo, 8 de febrero de 2009

LLEGUE A VER EL ROSTRO DE JOMEINI EN LA LUNA

De aquella revolución sólo queda el desencanto

Los ayatolás aún no han resuelto los problemas que desataron hace 30 años la revuelta contra el sha

ÁNGELES ESPINOSA - Teherán - 08/02/2009

"Llegué a ver el rostro de Jomeini en la luna", recuerda ahora incrédulo A. H., que siendo un joven oficial del Ejército del sha participó en la revolución que le derribó en 1979. "Fui un revolucionario", admite con una mezcla de orgullo y desencanto. Como él, millones de iraníes siguieron la llamada de Jomeini a finales de 1978 y principios de 1979, para echar del poder a Mohamed Reza Pahlevi.

"Llegué a ver el rostro de Jomeini en la luna", recuerda ahora incrédulo A. H., que siendo un joven oficial del Ejército del sha participó en la revolución que le derribó en 1979. "Fui un revolucionario", admite con una mezcla de orgullo y desencanto. Como él, millones de iraníes siguieron la llamada de Jomeini a finales de 1978 y principios de 1979, para salir a la calle y echar del poder a Mohamed Reza Pahlevi. Treinta años después, aquella generación sigue gobernando, pero la República Islámica aún no ha resuelto algunos de los problemas que desataron un movimiento revolucionario sin precedentes en el mundo musulmán.

"Éramos jóvenes; no analizábamos las cosas. Nos limitábamos a repetir los eslóganes y creíamos a pies juntillas en las palabras del imam", manifiesta este hombre de 55 años que hizo la transición a las nuevas Fuerzas Armadas y luchó durante los ocho años de guerra con Irak. Hoy, ya jubilado, ha perdido aquel entusiasmo. "Poco a poco, mis compañeros y yo nos dimos cuenta de que nos habían engañado", admite sopesando sus palabras.

Pocos reconocen en público que la revolución fuera un error. Una revisión no sólo supone cuestionar el mito en el que el régimen ha convertido el momento fundacional de la República Islámica, sino las propias trayectorias vitales. Se trató de un levantamiento popular que contó un respaldo de todo el espectro político. La oposición al sha incluyó desde marxistas hasta partidarios de la monarquía constitucional, pasando por intelectuales laicos. La figura de Jomeini sirvió de aglutinante y el clero chií actuó de amplificador al llevar el mensaje hasta las mezquitas de las aldeas más remotas.

Cualesquiera que hayan sido los logros, quedan sin embargo muchos asuntos pendientes. La propia llegada al poder de Mahmud Ahmadineyad en 2005 se hizo sobre una plataforma que reclamaba la vuelta a los principios revolucionarios, dando a entender que en alguna medida Irán se había alejado de ellos. Pero ¿cuáles fueron esos pilares sobre los que se levantó este nuevo modelo que proponía combinar islam y democracia?

En el ámbito interno, Jomeini prometió un buen gobierno y una sociedad justa, de acuerdo con la sharía o ley islámica. En el externo, independencia y soberanía. Hasta qué punto se han conseguido esos objetivos, es materia de debate en el propio Irán.

"En términos económicos los resultados no han sido tan buenos", admite Saeed Leylaz. Este economista crítico cita como ejemplo que el Producto interior bruto per cápita no alcanza el de 1976 a precios constantes, o que Irán está exportando el mismo número de barriles de petróleo que entonces (2,2 millones diarios). Sin embargo, subraya que la brecha social es hoy menor que hace 30 años, sobre todo entre el campo y la ciudad. "En ese sentido, el principal objetivo de la revolución ha sido un éxito", asegura.

Para Leylaz, el mayor logro de todos fue sin duda transformar Irán de una sociedad rural en una sociedad urbana. "La República Islámica nos convirtió ciudadanos", afirma. Paradójicamente, ése era el objetivo que se proponía el sha con sus medidas modernizadoras. Sin embargo, su abandono del campo y su revolución desde arriba, con la prohibición del velo y otras costumbres importadas, produjeron la reacción contraria. "La sociedad rural era demasiado tradicional para ello", concede el analista.

Otro destacado reformista, Mohamed Atrianfar, abunda en la misma idea. "Han mejorado todos los indicadores de desarrollo, el nivel de bienestar, de educación, de salud, e incluso el patrón de consumo", defiende antes de recordar que su país se vio obligado a afrontar ocho años de guerra con Irak (1980-1988) que retrasaron esos avances.

En la calle, muchos iraníes están de acuerdo, aunque lamentan haber perdido en el camino lo que el director de una sucursal bancaria resume como "alegría de vivir". Todo ha adquirido un tono gris en este país cuyos poetas siempre han ensalzado los placeres de la vida, el amor, las mujeres y el vino. Pero los iraníes no están para juergas. Sus principales preocupaciones son el paro y la pobreza, según una encuesta realizada por la BBC con motivo del lanzamiento de su servicio en farsi el mes pasado. Así lo manifestaron un 45% de los encuestados. Sólo un 1% señaló la falta de democracia o la necesidad de reformas políticas.

La promesa de una justicia distributiva queda en entredicho ante el dato de que un 20% de la población controla el 80% de la riqueza del país. El agravio es aún mayor cuando se considera que Irán es el cuarto exportador de petróleo del mundo. Al margen del despilfarro del que los reformistas acusan a Ahmadineyad, Leylaz habla de un problema estructural que se arrastra desde antes de la revolución: La dependencia del petróleo. "Los petrodólares han permitido que el 70% de la economía esté en manos del sector público, se ha olvidado el sector privado y como resultado nuestra productividad es mínima", explica.

De ahí que este economista, que era un estudiante de 16 años cuando estalló la revolución y participó muy activamente en ella, asegure que las transformaciones han sido más sociales y culturales, que económicas. "Fue una gran revolución", resume con una chispa de emoción en los ojos. Esa ternura al recordar aquellos meses de protestas es algo que se repite en todos los entrevistados, incluso entre quienes hoy se muestran más críticos con ese momento histórico.

"Sin duda en el terreno cultural y científico, hemos hecho avances notables, sobre todo teniendo en cuenta que tenemos una población muy joven", apunta por su parte Atrianfar. Dos tercios de los 70 millones de iraníes tienen menos de 30 años y el país cuenta con 20 millones de estudiantes y 2,7 de universitarios. Él también estaba en la universidad cuando estalló la revolución y se unió a la lucha con la utopía de alcanzar la democracia.

¿Y se ha conseguido? "Tenemos las estructuras necesarias, pero no podemos mostrar unos logros ejemplares, y a la vista está el actual Gobierno", afirma. Atrianfar atribuye la falta de entusiasmo de la población en la defensa de los valores democráticos al control estatal de la economía. "Como no pagan impuestos, los ciudadanos no valoran su voto como es debido. Es una etapa que debe superarse, pero no lo lograremos mientras no se corrija el sistema económico". Aún así, también su evaluación global de la revolución es positiva. Este ingeniero reconvertido en periodista por la vía de su activismo político se ve obligado a admitir sin embargo que "las libertades, como la de prensa, han sufrido altos y bajos desde 1979". En su opinión, en ese tiempo sólo ha habido dos períodos aceptables: entre 1989 y 1990, tras el final de la guerra contra Irak, y entre 1997 y 1998, después de la elección de Jatamí.

"Aunque la sociedad ha evolucionado mucho, la visión de los dirigentes respecto a la prensa, no es distinta que antes de la revolución", explica con la experiencia de que en 2006 le cerraran Sharg, el periódico que dirigía. "La libertad de prensa no puede estar a expensas de los Gobiernos, mientras no logremos eso, no van a producirse las mejoras que esperan los defensores de los derechos humanos y las organizaciones internacionales", advierte. Es en ese punto donde resultan más claras las diferencias entre conservadores y reformistas.

En política exterior, ambos grupos suelen coincidir en que la revolución permitió recuperar la soberanía y la independencia. De Occidente, pero sobre todo de Estados Unidos, cuyo respaldo al sha no hizo sino confirmar para los iraníes la actitud colonial de un país que habían admirado hasta que respaldó el golpe de Estado de 1953. De ahí que la expresión de ese objetivo se tradujera en un antiamericanismo a ultranza que llenó el país de pintadas con la inscripción "Muerte a EE UU". El eslogan sigue repitiéndose mecánicamente en cada gran acontecimiento político, aunque de tanto usarlo se ha vaciado de contenido.

El precio de esa obsesión por la independencia ha sido el aislamiento internacional en el que hoy se encuentra el país, por mucho que sus dirigentes compren con los beneficios del petróleo improbables amistades con regímenes en las antípodas ideológicas como la Cuba de Castro, la Nicaragua de Ortega o la Bolivia de Evo Morales. Pero ni siquiera la ausencia de verdaderos aliados entre sus vecinos ha impulsado un consenso sobre cómo volver a reintegrarse en la comunidad de naciones y recuperar su puesto de líder regional. (Claro que la desastrosa política de Bush en Oriente Próximo, les ha ayudado en los últimos años a cabalgar sobre una ola de antiamericanismo que reduce esa urgencia).

En un reciente artículo publicado en la revista académica estadounidense Current History, Mahmud Sariolghalam, profesor de relaciones internacionales en la Universidad shaid Beheshti, apunta hacia un problema de identidad no resuelto. "Irán desea ser un Estado normal que ejerce las actividades corrientes en el mundo, a la vez que se empeña en ser revolucionario con una retórica desafiante", describe el académico.

La alternancia entre idealismo revolucionario y realismo político ha sido una constante en estas tres décadas que hace difícil que el resto de los países sepan cómo tratar con la República Islámica. Aún hoy, a pesar de que su comportamiento regional demuestra que Irán favorece el statu quo, su apoyo a los grupos radicales palestinos, su oposición a las negociaciones de paz con Israel y su programa nuclear, despiertan enormes recelos.

Más allá de la retórica exaltada de algunos de sus dirigentes, hay observadores que detectan la inseguridad de un régimen que no se siente plenamente reconocido. De ahí que, por acción o por omisión, el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Washington planee sobre el resto de las cuestiones y constituya un elemento clave para intuir cómo va evolucionar Irán en los próximos 30 años.

Mientras que una buena parte de la sociedad opina con la Nobel Shirín Ebadí, que "no hay diferencia que no pueda resolverse a través de un diálogo franco", los sectores más recalcitrantes recelan. El cambio no puede hacerse bajo la actual estructura. Renunciar al enemigo histórico, dejaría a la revolución sin uno de sus pilares. De momento, oponerse a las políticas arrogantes del Gran Satán y de Israel constituye una credencial de nacionalismo. Aunque un nuevo clima internacional (que incluya la renuncia de EE UU a promover un cambio de régimen) y el propio empuje de las nuevas generaciones terminarán, más tarde o más temprano, devolviendo a Irán al lugar que se merece.

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